El resto del
verano de 1993 nos invitaron a tocar a diferentes sitios. Nos habíamos hecho de
un lugar en la escena musical underground de nuestro barrio.
Alicia nos
comentaba que tenía saturada la agenda, pues todos los fines de semana de ese
mes de julio tocábamos en algún lugar. Tres fiestas, dos tocadas más al aire
libre y un bar. Lo del bar fue lo más complicado, salvó Amanda, todas las demás
tuvimos que mentir sobre nuestra edad. Cuando al fin, Alicia cerró lo del bar,
llegó con nosotras bastante contenta.
—¡No me lo
van a creer! ¡No me lo van a creer! Nos pagaran —nos dijo.
—¡Santa
mierda! ¿Cuánto? —preguntó Lola.
—Bueno… solo
serán trescientos pesos de los nuevos, cien pesos para cada una. Y una bebida
gratis.
—Está bien,
es poquito. Pero para empezar está bien —dijo Lola.
En mi mente
aquel suceso significaba mucho ¿estaba yo, Ana Zeppelin, en el nacimiento de mi
carrera dentro de la música? La idea me pareció genial y desde ese momento, me
creí la gran estrella de rock.
—¿Qué te
pasa Ana? —me preguntó Lola.
—Soy una
estrella de rock, soy bonita y tengo novio —dicho esto puse unos ojos grandes,
grandes.
—Ana,
felicidades; además puedes agregar a tu lista que eres una pendeja ¡Estás
completa!
No hice caso
a la broma de Lola, yo estaba en mi idilio.
Ese verano
fui por primera vez a un bar y mi tío me sirvió de cuartada. Era increíble, ahí
había varios chicos guapos mayores de dieciocho años, para mi fortuna yo no
cargaba esa noche con el peso muerto que ahora representaba Alberto. El lugar
tenía como decoración la oscuridad y el escenario era pequeño. Aquella
experiencia fue una de las más intensas de mi vida. Nos aplaudieron, tuvimos
que tocar nuestras diez canciones y hacer el cover de “Anarchy in the
UK”.
Al final de
nuestra presentación nos ofrecieron el alcohol. Yo no bebía, pero el coctel que
nos invitaron se veía tan mono en esa copita tan mona de cristal coronada por
la rodaja de naranja, que no lo pude resistir. Entonces unos chicos con cámara
de vídeo se acercaron hasta nosotras y nos pidieron hacernos una entrevista.
Nos pareció tan divertido. Fuimos con ellos hasta un lugar más tranquilo del
bar. El tipo de la cámara era guapo, pero no más que el del micrófono.
—Bien
chicas, díganme primero sus nombres —comenzó la entrevista el chico del
micrófono.
—Ana
Zeppelin —dije segura.
—Lola —dijo
secamente mi compañera.
—Amanda… la
mami —expresó una divertida Amanda.
—Bien— dijo
el chico guapo —¿Quién es la líder?
—Yo —dije
sin pensar y con una gran sonrisa.
—¿Perdón?
—dijo Lola con molestia. Entendí que había cometido un error. Traté de
enmendar.
—Las dos,
quiero decir Lola y yo. Lola antes que yo.
El tipo
guapo se divirtió con la situación.
—Dos hembras
alfa. ¿Cómo escriben sus canciones?
—Solemos
usar una pluma —dijo Lola.
—Bueno
—comencé —es un proceso de inspiración y bueno, tratamos de… inspirarnos en
cosas que nos pasan en nuestra vida, esten… vida de adolescentes, esten
de lo que vivimos a diario en la secundaria… esten.
—Te recuerdo
que tenemos dieciocho años, Ana. Ya no vamos a la secundaria —me corrigió Lola,
pero no la escuchaba, yo solo podía ver al chico guapo del micrófono.
—…y bueno, esten
tratamos de plasmar lo que sentimos. Esten, a veces estamos tristes, a
veces estamos contentas, y a veces… mmm… solo estamos ji ji ji. Es un proceso
de inspiración.
—Señoras y
señores, Ana Zeppelin —se burló Lola cuando acabé.
—Qué bien
—dijo el chico del micrófono —, ¿y tienen novio?
—No —dije de
inmediato.
Lola y
Amanda me miraron y además Lola hizo un gesto de reprobación con la cabeza.
El resto de
la noche en ese bar solo hablé con Gerardo, que era el tipo del micrófono y
trabajaba en una radiodifusora, y que me decía que éramos excelentes. Entonces
comenzó a acariciarme la pierna y yo no supe qué hacer; sabía que estaba mal,
pero a la vez lo disfrutaba. Entonces me besó y aquello duró muchos minutos. Me
ofreció un cigarro, lo tomé, aunque advertí que fumaba poco y con eso
justifiqué mi ataque de tos. Luego trató de ir más lejos, metió la mano hasta
mis genitales a través de la falda y ahí fue cuando me asuste y salí huyendo.
Llegué hasta donde mis amigas.
—La que
juega con fuego se quema —me dijo Lola sin mirarme. Me había tirado una
indirecta muy directa.
Al poco rato
llegó mi tío por nosotras. En un momento en que estuve sola, Lola se me acercó
y me pidió que habláramos.
—¿Qué demonios
te pasa Ana?
—¿De qué
hablas?
—¿De qué
hablo? Querida, cuando te haces la pendeja te sale tan natural. ¿Cómo que de
qué hablo? ¿Eres la líder del grupo? ¿No tienes novio? ¿Ahora fumas?
—No eres mi
mamá, Lola.
—No, Ana, tu
mamá está muerta ¿Qué demonios haces?
Estás perdiendo el piso y apenas tocas en bares y fiestas. ¿Así quieres
ser una estrella de rock? ¡Estás cagada!
—¡¿Y tú
qué?! En cada tocada tienes sexo con alguno del público, no creas que no lo
hemos notado.
—Bueno, yo
no tengo novio, Ana.
—¡Eso no lo
justifica!
—En eso
tienes razón, no lo justifica, pero en ti es… malo.
—¿Malo? ¿Es
todo lo que tienes? ¿Es todo lo que tienes?
—No me
remedes, Ana.
—Solo quiero
un poco de lo que tú tienes y puedes hacer, Lola ¿Qué tiene de malo?
—El usar jeans
tan ajustados no deja que te llegue la sangre a tu cerebro, Ana. ¡Tú tienes
mucho! No lo eches a perder.
—¡¿Exactamente
que tengo?! ¡Solo quiero divertirme un poco, vivir un poco!
—Pendeja,
tienes…
—¿Qué tengo?
¿Qué tengo? —le dije mal encarándola pues estaba ya muy molesta.
—¡Tienes a
Alberto pendeja! ¡Tienes a tu papá, tu tío, a tu amiga rica, tienes educación,
tienes tus libros! ¡Puta madre! Ya basta, yo no le voy a echar flores a tu
panteón, te encanta que te idolatren, que te digan lo bonita que eres, lo
talentosa y simpática que eres. ¡A la mierda! ¡Eres bien pendeja y narcisista!
—dijo eso y se fue.
Los
siguientes días regresamos a la escuela. Sentía mucha culpa de ver a Alberto,
él me daba regalos y todo el cariño de siempre. Evitaba ir a nuestras presentaciones,
pero fuera de eso él era mi Alberto. Me daba tanta culpa mirarlo.
Por aquel
entonces conseguí el disco de un nuevo grupo que me parecía genial: Radiohead,
el Pablo Honey. Me encantaba su estilo. Se lo mostré a Alberto, pero él
tenía tan poco oído musical que le parecieron normales, ahí me amainaba la
culpa.
Por otro
lado papá ya había conseguido salir de la depresión y había montado un puesto
ambulante de comida. Era divertido verlo y ayudarlo en la cocina porque la idea
funcionaba maravillosamente.
Mi tío me
acompañaba a las tocadas, pero fuera de eso, estaba más ausente que nunca. Era
muy extraño, él decía que escribía para un diario, pero yo buscaba y buscaba en
el puesto de revistas su nombre y nunca estaba. No quería preguntarle. No me
preocupaba, el muro de Berlín se había caído en 1989, los socialistas habían
muerto, pensaba yo, no podía ser otra vez esas cosas de los socialistas en lo
que andaba mi tío.
Ana
Zeppelin, vocalista de 60-90-60, tenía los sumos hasta la cabeza. Necesitaba un
revulsivo y ese revulsivo llegó con el nuevo maestro de música.
—Mi nombre
es, Abel Cristand Solorzano.
Nos dijo
aquel hombre de mediana edad, con facciones judías y de barba rasurada, cabello
muy quebrado y buen porte. Un profesor en toda regla, pero el grupo estaba
listo para devastarlo. Un papel ensalivado fue directo hacia su persona justo
cuando escribía su nombre en el pizarrón. El proyectil se esparció por toda la
pizarra de color verde, no dudo que algunas gotitas de saliva le hayan
salpicado el rostro. Con toda calma se dio la vuelta, ya todos reíamos. Él nos
ignoró. De sus cosas sacó un violín. Si, un violín. Y comenzó a tocarlo, suave,
luego la melodía se hizo reconocible para todos cuando ya era vertiginosa, era “Master
of Puppets” de Metallica… pero en violín. Nos controló, pusimos
atención como nunca antes. Estábamos hipnotizados, sorprendidos, incluso Lola.
Ese violín era un instrumento del demonio, de las más profundas entrañas del
infierno de Lucifer, la maestría en cada movimiento. Luego, llegó a la parte
calmada, si han escuchado la canción saben de cuál hablo. Yo estaba conmovida,
estaba enamorada, el violín negro, el maestro con sus grandes caireles, su
gabardina negra y sus hermosos ojos. Era alto, músico, era perfecto.
Al acabar,
otro más de los proyectiles fue lanzado, esta vez hacía su persona y manchó su
gabardina.
—¡Qué te
pasa, Landeros! —reclamó el grupo al instante.
—¡¿No
escuchaste?! ¡Eres un pendejo Landeros! ¡Ignorante Landeros! —gritábamos todos
al infractor.
Landeros
nunca más hizo una de esas bromas en su vida. El maestro se quitó su gabardina,
ya todos estábamos otra vez en silencio.
—Señor
Landeros, usted va a ser el encargado de barrer el salón, además limpiará los
vidrios al terminar las clases y yo estaré aquí para vigilarlo. Ahora, para
todos los demás, yo estudié música en el Conservatorio Nacional, además estudié
en Londres y en Francia. Me he presentado con diferentes orquestas sinfónicas
en varios lugares del mundo: Estambul, Moscú, Casablanca, Madrid, Buenos Aires
y tuve el honor de tocar el violín en la Opera House en Sidney. Quizás
ahora se pregunten: ¿Qué hace un maestro como yo en su escuela? ¿Por qué no
estoy de gira o soy parte de una orquesta reconocida a nivel mundial o vivo en
Viena en una linda casa al lado del Danubio? ¿Por qué doy clases en una escuela
que, es evidente, le hace falta mucho mantenimiento? La respuesta a esa
interrogante son dos: la primera, es que los mejores siempre debemos ser los
que demos clases. La otra es que algunos hombres tenemos un inconfesable
pasado.
Su voz era
fuerte y clara.
—Estoy
enamorada —le dije a Alicia.
—Ay, Ana. Tú
tienes una gran debilidad por los hombres hermosos —me respondió ella.
El nuevo
maestro Abel nos indicó que algunos formaríamos una orquesta escolar y nos
pidió a los que ya tocáramos algún instrumento que asistiéramos a la audición
que haría el jueves después de las clases. Lola, por supuesto, fue y ahí
estábamos algunos otros.
—¿Bien quién
quiere ser el primero? —preguntó Abel.
—¡Yo
maestro! —dije.
—¿Y su
nombre es?
—¡Ana
Zeppelin! —dije entusiasmada.
—No la veo
en mi lista
—En realidad
soy Grajales —varios chicos rieron.
—Ya veo.
¿Qué instrumento toca?
—La guitarra
y también canto.
—Bien
veamos.
Tomé mi
guitarra, la conecté e iba a comenzar en el momento en que Abel me interrumpió.
—Suficiente.
—¿Perdón?
—pregunté consternada.
—Es todo,
gracias. Siguiente.
—Pero,
maestro, no he comenzado a tocar.
—Señorita,
usted no sabe tocar guitarra. Lo sé por la forma en cómo toma el mástil, por su
postura y por la manera en la que acomoda los dedos sobre los trastes. ¿No sabe
la posición correcta del pulgar? Mire como se encorva, ¿es eso necesario? Por
si fuera poco, esa técnica para tomar la plumilla me habla de una improvisada y
claramente indiqué en la convocatoria que solo se presentaran si sabían tocar
un instrumento. Eso es todo.
—Pero,
maestro, ensayé para la audición toda la semana —dije con tristeza.
—Es una
pena. Siguiente.
Me sentí tan
mal, había hecho el ridículo ahí ante todos. Regresé a mi asiento.
Providencialmente le llegó su turno a Lola.
—¿Su nombre?
—Dolores
Cañedo —dijo ella. Tomó la guitarra y comenzó. Luego de un minuto Abel la
interrumpió.
—Suficiente
—dijo sin mayor entusiasmo. Lola ya se levantaba y entonces, Abel le dijo.
—Dolores,
usted será la guitarra de la orquesta; sino no le importa, me gustaría tener
ensayos particulares, ya que parece que su talento podría desarrollarse.
Eso me dolió
en el espinazo. Sentí una envidia enorme.
Los siguientes
días apenas si le hablé. Estaba bastante frustrada y nunca había sentido esa
repulsión por alguien. Varias veces Lola se acercaba a hablarme y yo la
despachaba con desdén, ella decía unas cuantas groserías y yo la dejaba
hablando con el viento. Luego, cambió su estrategia y trataba de hacerme reír
con su negro humor y burlas sobre Rodríguez y sus secuaces. Yo solo la ignoraba
y respondía con un simple si o un no. Un
día, Lola se me acercó en otro plan.
—¿Qué te
pasa? —me preguntó.
—Nada —dije
con minimalismo mordaz.
—Estás
enojada conmigo. ¿Es por lo que te dije la otra vez en el bar?
—No
—respondí sin mirarla.
—Entonces,
¿por qué estás así conmigo?
—No es nada,
Lola.
—No te gusta
no ser el centro de atención ¿verdad? Eso te afecta mucho.
—Déjame en
paz, Lola. No necesito tus regaños.
—Ensayo con
el maestro Abel, él da clases particulares. Me dijo que te podía hacer un
descuento. Yo se lo pedí. Él te puede enseñar mucho.
Dicho eso la
miré, Lola podía ser una piedra en el zapato, un edema pulmonar tropical, una
maldita bajada de periodo dolorosa, pero también podía ser una amiga y conocía
perfectamente a la gente a la que le tenía estima. Acepté sin saber en qué me
metía. En ese momento supe que Lola era mi amiga, no solo mi compañera de banda
o cómplice de sociedad; se me salió una pequeña lágrima y la abracé. Me sentí
tan bien de ya no estar enojada con ella.
—Ana, a
veces eres muy pendeja —dijo Lola, pero al final me correspondió el abrazo.

Comentarios
Publicar un comentario