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13 COMO TODO SE FUE AL CARAJO



Un día de noviembre todo se fue al carajo de la manera más ridícula. Estaba yo en el grupo de debates y una chica de mi séquito me advirtió que había problemas afuera de la escuela.
—¡Una pelea! —gritó ella.
Otra pelea, estos niños, ¿no podían aprender a resolver sus diferencias pacíficamente? Salí al patio y no vi nada, pensé —otra vez es afuera.
En efecto, afuera estaban, para mi sorpresa, Jafet, Patiño y Tomás el Moro. Los tres acorralaban contra la pared a un pobre chico de la 113, lo identificabas por su suéter verde, al verlos a ellos pensé que todo sería tranquilo y quizás ya lo habían solucionado.
—¿Jafet que pasa?— le pregunté a la distancia. Él me escuchó, pero no me contestó, estaba en estado de alerta.
—¿Qué pasa aquí Moro? —traté con Tomás.
—Quédate atrás Ana, no te metas —me dijo el Moro
—¡Déjamelo a mí! ¡Déjamelo a mí! —decía Patiño.
A todos ellos los rodeaba un gran número de chicos tanto de mi escuela privada como de la 113, algunos adultos miraban sin saber qué hacer.
—Lo persiguieron hasta aquí. Dicen que es un delincuente —dijo alguno entre la multitud.
—Es un pinta paredes, rayaba los muros de la preparatoria de Jafet. Lo persiguieron hasta aquí —mencionó otro.
En el pavimento yacía una mochila abierta, de esta habían salido varias latas de aerosol que ahora estaban esparcidas por todo el lugar, era la evidencia contúndete.
—Entonces llamen a la policía —dije, luego di un paso al frente para ver más de cerca al presunto culpable —¡Alberto!
El pánico entonces se apoderó de mí, tartamudee de nuevo al tratar de decir algo que ya no recuerdo. Solo pude ser una espectadora más.
Patiño arremetió con los puños contra Alberto quién ya se veía más maduro, aunque mantenía todavía esa carita tierna. Eso sí, su cuerpo había ganado altura. Se tiraron golpes, mi Alberto dio uno contundente al cuerpo de Patiño en las partes blandas de su abdomen. Patiño cayó ante la sorpresa de todos.
Entonces, Jafet fue con toda su ira contra Alberto, le alcanzó a dar sendos golpes en la cara. Alberto ya sangraba profusamente de la nariz, cayó al suelo, pero casi de inmediato se levantó, espero a Jafet y… ¡pum!, ¡pum! Dos golpes certeros al rostro del niño rico. El menor de los Ontiveros perdió la cabeza y, en su torpeza, Alberto acertó dos veces más en su cara. El guitarrista de mi banda se tomó el rostro con las manos, pero no cayó al suelo, de todas formas estaba fuera de combate.
Entonces Patiño se levantó y tomó a Alberto por la espalda. Lo inmovilizó.
—¡Ahora Tomás! —gritó Patiño para obtener la ayuda del Moro que había estado hasta entonces, como yo, observado todo aquello.
Vi que el Moro avanzó y en eso me abalance entre él y Alberto, justo en medio. Las lágrimas ya se me salían de los ojos  y suplique.

—¡No por fa.. fa… favor! ¡Tomás, no lo hagas! ¡No lo hagas, por favor no lo hagas!
Supongo que todos se sorprendieron mucho de mi actitud, más Tomás y Patiño. Jafet como ya dije, estaba con el asunto de su nariz rota. Entonces, en escena, sin que nadie lo llamara, apareció mi novio Ricardo y me quitó de en medio.
—¡Déjame! —le exigí y lo golpeé con una de las latas de pintura que eran pesadas pues estaban llenas aún. Le di justo en la cabeza. Se tambaleó y cayó al suelo. Tomás estaba atónito y yo estaba nuevamente entre él y Alberto.
—Es Alberto, perdónalo —supliqué.
Tomás hizo gestos de reprobación y al final me dijo con todo su enojo.
—¡A veces eres tan pendeja, Ana!
Una pausa siguió y entonces…
—¡Patiño! Suéltalo— dijo al fin Tomás. Jafet dijo que no, pero Tomás insistió.
—Viene ya la policía, Jafet. ¿Te quieres quedar? Vámonos.
Patiño entendió la gravedad del asunto. Cualquier problema con la ley no era conveniente desde ningún punto de vista. Entonces dejaron a Alberto tirado en el suelo, casi noqueado, escurría sangre, ya tenía un ojo inflamado y su uniforme escolar estaba totalmente empolvado. Tenía la expresión de un gato asustado, jadeaba, se notaba que había corrido mucho y su boca estaba seca.
Me arrastré hacía a él para ayudarlo, pero también había escuchado las sirenas y como pudo se levantó y se fue velozmente, no me miró y nadie lo detuvo; simplemente, como fantasma que era, se esfumó.
Las autoridades escolares llegaron antes que la policía. De primera instancia pensaron que yo y Ricardo habíamos sido los agraviados.
A Ricardo tuvieron que llevarlo al hospital.
El director preguntó qué había ocurrido. Ya más calmada, entendí que estaba en serios problemas, no podía delatar a Alberto, ni a mis compañeros de banda. Por lo tanto, me quedé complemente en silencio mientras me llevaban a la enfermería.
Unas horas después en la oficina del director yo estaba frente a la junta directiva. Esa que tanta reverencia me hacía.
—Ana, ¿Qué fue lo que pasó? —preguntó el director.
Silencio.
—Ana  —dijo una de las señoritas de la mesa directiva —, eres una alumna modelo de esta escuela. Por favor, dinos que pasó.
Silencio.
—Ana —insistió el director —, ya sabemos lo que pasó y hay muchos testigos. Pero quiero escuchar tu versión. Ellos dicen que… te vieron defender a un delincuente y golpear a Ricardo con una lata… yo, personalmente, no lo puedo creer. Ana, también debes saber que los padres de Ricardo están en extremo molestos, el chico tiene una contusión en la cabeza y exigen que te expulsemos.
—¡¿Cómo?! —dije sorprendida y llena de miedo —le explicaré todo director. Vera el chico que acusaban era mi amigo. No lo podía dejar así. Tuve que defenderlo…
—Señorita Ana —me interrumpió otra de las señoras de la junta —, usted es una señorita, no tiene por qué meterse en peleas de hombres, usted no está para eso. Desde antes ya habíamos notado su irreverencia y su actitud irrespetuosa; de pronto todo cambio, pensamos que usted realmente había mejorado, pero ahora vemos que no es así. Usted es una…
—¿Salvaje? ¿Por ayudar a un amigo? —pregunté.
       —¿Cómo se llama ese amigo? —preguntó el director.
—Alberto —respondí.
—Alberto ¿Qué? —insistió el director.
       —Alberto… no lo sé.
—¿Dónde lo conoció? —preguntó de nuevo el director.
—En la calle, un día… —traté de responder.
—¿Dónde vive? —insistió él de nuevo.
—Él vive… no lo sé.
—¿Conoce a sus padres?
—No.
—Ana, veo que conoce usted muy bien a sus amigos —concluyó el director.
El director se quitó las gafas, lanzó un suspiro y negó con la cabeza. Estaba condenada. Me ordenó salir.

Papá llegó en la tarde-noche a la escuela. Me miró, pero nada me dijo, seguramente ya le habían adelantado todo por teléfono. Pasó a hablar con el director. Esa charla tardó varios minutos. Yo estaba hambrienta. Ninguna de las secretarias que tanto respeto me profesaban se compadeció de mí. Papá salió de aquella oficina.
—Trae tus cosas —me dijo secamente.
—Aquí las tengo.
—Todas tus cosas —aclaró  mi padre.
Envuelta en lágrimas fui por mis libros al cuarto de debates, recogí mi ropa deportiva del gimnasio y mis cuadernos de la gaveta de mi salón de clases habitual. Me reencontré con mi padre ya afuera de la escuela y mi tío estaba con él. Miré las puertas de mi pulcra secundaria privada por última vez. En el camino nadie habló.

Ya en casa recordé que todavía había una posibilidad.
—Ahora regreso —les dije en el momento en que ya estábamos frente nuestra casa y salí disparada rumbo a la residencia de los Ontiveros.

En la puerta, la sirvienta me dijo que el señor Luis no me podía atender en ese momento. Le expliqué que era una emergencia y que era indispensable verlo. La sirvienta no salía de su postura, entonces me le colé por entre su robusto cuerpo y la puerta. Corrí.  Ella llamó a seguridad. Adentró fui directo al cuarto de Luis y ahí estaba él… en cama… con Giselle y con menta en la nariz.
—¿Y tú qué haces aquí? —me preguntó al verme.
—¡Luis, tienes que ayudarme, me quieren expulsar de la escuela, por favor haz algo…!
—No te quieren expulsar —dijo Luis poniéndose de pie enrollado en las sábanas —Ya te expulsaron, Ana Zeppelin.
—¿Cómo? ¿Estás enterado?
—Yo siempre lo estoy, Ana Zeppelin. Por cierto Giselle, esta es Ana.
—Mocosa —dijo Giselle mirándome con desprecio.
—Sí, Giselle, es una mocosa. Y es pobre. Y es ridícula. Hoy mismo hizo que le rompieran la nariz a mi hermano. Y ahora quiere mi ayuda. No, no, no… Anita la huerfanita, te equivocaste.
—Perdón, Luis —me puse de rodillas.
—¡Atrás! —me apartó Luis —Ana, si te queda algo de dignidad, vas a levantarte y te vas a ir. Y si insistes en continuar con esta ridícula pantomima te voy a tener que meter a la cárcel y el reformatorio para menores no te va a gustar, Anita.
—Mercedes dijo…
—Esa perdedora, ven Anita, mírame… —una luz de esperanza me surgió, él me hizo un cariño en el rostro con su mano, luego con una sonrisa de cocainómano me dijo —Vete al diablo, Anita —y me aventó de nuevo al suelo.
Totalmente decepcionada, me puse en pie, traté de dejar de llorar. La cabeza me dolía, no había comido nada ni bebido agua en todas esas horas de estrés. Caminé hasta la puerta y antes de salir de la habitación...

—Luis, a tu hermano le rompieron la nariz en buena lucha, uno contra uno, yo nada tuve que ver con eso —dije mientras respiraba hondo y le daba intencionalmente la espalda.
Salí del cuarto. Adentro Giselle intentaba decir algo, pero Luis no la dejó…
—Cállate Giselle, cállate Giselle ¡Qué te calles Giselle!
Afuera de la casa ya había una patrulla, la sirvienta les dijo a los policías que el joven Luis había dicho que me llevaran a mi casa. Así lo hicieron.


Al llegar, mi padre y mi tío estaban con otra patrulla. Aclarada la situación de mi huida y de mi allanamiento en casa de los Ontiveros, los policías se fueron. Mi tío dijo que tenía que irse, huía, finalmente yo era su sobrina, no su hija. Quedé sola con papá. Él solo me dijo que me fuera a dormir.
Puse el reproductor de discos a todo volumen, al diablo con los vecinos, con la policía, con todo el jodido planeta si se molestaban, la canción era “Help!” Nada más adecuado. Pasé al baño, miré el espejo para quitar ese labial carmín con papel higiénico como se hace con la mierda, luego la sombra de ojos, el rímel… cuando me desmaquillaba y vi mi rostro estresado, el maquillaje acabado, los aretes caros y mis falsos ojos azules, solo se me pudo escapar un nuevo regaño hacía mi persona mientras bajaba la vista y más lágrimas me salían: ¡Qué estúpida eres, Ana!
Regresé la vista al espejo. Mi cabello, aunque polvoriento, rebosaba de buena salud y me llegaba a la cintura, pero ahora me daba una repulsión terrible. Con brusquedad, me quité lo que sobraba de maquillaje, luego me quité el uniforme hasta quedar en ropa interior, tiré los aretes y las pulseras que tenía en las muñecas al escusado y jalé de la palanca. Aún hacía falta una cosa, tomé unas tijeras y corté mi cabello lo más que pude. Se trataba de quitarme de encima todo lo que ellos habían hecho. Puse mi cabellera en el bote de basura, la voz de John terminó el estribillo de su éxito de 1966 y traté de dormir. Me habían destronado. Dios salve a la reina.

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