Las
siguientes dos semanas fueron patéticas. Yo era el blanco de todo tipo de
burlas, pero en lugar de vencerme levantaba la cara y enfrentaba aquello lo
mejor que podía. Tenía para entonces varios sobrenombres —la niño-niña, la
huerfanita, la princess caída— yo hacía como si no me importara; pero,
aquí entre nos, debo admitir que era doloroso.
Por otra
parte, si antes no tenía tiempo libre ahora el tiempo me sobraba. En primera
instancia, en esta escuela se tenían menos horas de clase, las tareas eran
sencillas y bastaba mucho menos esfuerzo para obtener una nota aceptable. En
segunda instancia, ya no había horas extra clase, visitas a Mercedes, club
deportivo, ni ensayos con la banda. Tampoco estaba la presión de maquillarme,
arreglarme y desmaquillarme. No había cumplido con lo que había dicho de tirar
todas esas botellas y cosméticos, pero ya no las usaba.
Tampoco me
deshice de la ropa y mucho menos de la guitarra, aunque eso sí, la tomaba
menos, y en cuanto la hacía sonar me ponía a llorar. Ya tampoco escuchaba
música, abandoné los discos de mi tío que me encantaba escuchar, excepto los
más tristes. The Cure sonaba en mi cuarto cada noche. Pasaba horas y
horas en mi cama pensativa, reflexionaba en todo lo que había pasado y cómo
hubiera sido de haber manejado las cosas de mejor manera.
A veces
imaginaba que llevaba un arma a la casa de Luis Ontiveros y lo acribillaba
desnudo en su cama y luego otros tiros a Giselle. Terminaba todo ese desastre
diciéndole —Vete al diablo, imbécil —sueños de adolescente.
Un día tenía
cólicos menstruales horribles. Aun así, asistí a clases. Aplastada en mi
pupitre esperaba el inicio del día. Alicia, aquella que me había confundido con
un niño en mi primer día, era la única de toda aquella jungla que se me
acercaba en forma amistosa. Ese día me dijo:
—Ana, ojala
hubieras sido niño, estás guapísimo.
Yo la miré
con la mejor sonrisa que me permitían mis malestares y le respondí:
—Sí, Alicia,
hubiera estado muy bien, ojalá.
Entonces por
la puerta del salón apareció. Era mi fantasma.
El salón lo
recibió como a un héroe, lo vitorearon.
—¡Lo
hubieran visto, le ganó a esos ricachones! —dijo uno.
—¡A dos
seguidos, luego le quisieron hacer trampa! ¡Entonces sucedió lo de la loca!
—dijo otro.
—¡Vaya loca
aquella! ¡Lo que sí es que lo salvó! ¡Eso y las sirenas! —remató otro más.
Pobres
tontos, no habían caído en cuenta de que esa loca era yo, pero, ¿cómo podrían?
Esa versión de mi misma tenía un cabello hermoso, ojos azules, olía bien y
tenía toda la delicadeza que el dinero puede comprar.
Alberto no
decía nada, en su rostro las heridas habían sanado, pero especialmente un corte
en su ceja todavía le molestaba visiblemente. Entonces me miró. Por dios, esa
forma de mirarme.
Uno de los
compañeros le dijo a Alberto.
—¿Saca de
onda, verdad? Pero si, es una niña, muy descuidada la pobre eso sí. Es la
nueva.
Alberto no
le hizo caso y caminó hasta mí. Se sentó. Alicia se quedó y Alberto con una
mirada le indicó que por favor nos disculpara. Yo soñaba despierta con sus
labios.
—¿Qué haces
aquí? —me preguntó.
—Es mi nueva
escuela —le expliqué.
—¿Te
expulsaron? ¿Por lo de ese día?
—Sí —dije y
los ojos se me pusieron llorosos.
Hizo una
pausa, tomó mis manos y me pidió perdón. Entonces el maestro en turno entró y
comenzó de manera mecánica a dar su clase.
—¿Puedo
estar contigo en el descanso? —le pregunté.
El asintió
con la cabeza. Y ambos pusimos atención al maestro que hablaba de la evolución
de las especies y todo ese rollo de que el ser humano tenía orígenes primates.
En el
descanso, Alberto estuvo conmigo todo el tiempo y santo remedio. Nadie se
burló, nadie me dijo cosas feas, nadie me aventó papeles ensalivados. En la
cooperativa me invitó un Frutsi. Él me atendía y estaba al pendiente de
mí. Yo era la niña con periodo más feliz del mundo.
—¿Te puedo
abrazar? —le pregunté.
Él hizo esa
sonrisa que tanto me derretía. Me abrazó. Ahí, en el medio del patio, puso sus
labios contra los míos. Rock’n roll. Ustedes sabrán de qué les habló, ese
momento en la vida que queda para siempre y para toda la eternidad. Por tanto
tiempo deseado, tanto lo habíamos pospuesto, y eso había sido mejor porque el día
que llegó, este día, me supo a gloria, a chocolate derretido con cereza.
—¡Eso es
Alberto! —aullaban algunos.
Mi Alberto
era respetado por todos.
A la salida,
estuvimos tomados de la mano. La señal era clara. Entonces, Rodríguez se nos
cruzó, de nuevo esa sombra que tapaba el sol.
—Rodríguez
—le dijo Alberto.
—Alberto
—dijo el enorme chico —, quiero pedirle disculpas a tu chica.
—¿Por qué?
¿Qué hiciste?
Rodríguez se
tomaba la boca. No sabía por dónde empezar, era un momento difícil para él. Yo
intervine.
—No importa.
Está bien. Todo está bien ahora.
El semblante
de Rodríguez cambió en un instante. Hizo una sonrisa, tomó mi mano y me hizo un
extraño saludo, de esos de chico de barrio donde se juega con los dedos de
quien saludas.
—Gracias
—dijo Rodríguez y se quitó de en medio.
Cuando
Rodríguez se fue, Alberto me preguntó qué había pasado.
—Nada —fue
lo que le dije.
A lo lejos
alcancé a escuchar que Alicia le comentaba a Rodríguez.
—Cómo es la
vida, cuándo Lola se entere.
Fuimos hasta
casa de Alberto. Sí, ya lo adivinaron, en el arrabal, la zona pobre. Ahí, casi
no había calles; eso sí, muchos pasillos y escalones que ascendían pendientes
imposibles. Llegamos a su casa, una construcción de ladrillo de dos pisos, con
muchas flores y plantas en macetas que colgaban de las bases de las ventanas.
La puerta era de lámina y cristales, la adornaba una cortina blanquísima. Era
una casa sencilla, pero digna. Entramos e inmediatamente estaba la cocina, piso
de cemento; sin ninguna separación estaba el comedor y solo limitada por una
cortina había, lo que visiblemente era, una recamara.
—¡Mamá! ¡Ya
llegué! —gritó Alberto.
Una señora
algo rechoncha apareció por detrás de la cortina que hacía las veces de pared
entre el comedor y la recamara que les acabo de mencionar. Traía un niño
pequeño en una mano y en la otra sostenía un cucharon. En la estufa algo se
cocinaba.
—Mamá, ella
es Ana.
Su madre me
miró y luego de un momento, en que seguramente me evaluó, me dijo.
—Buenas
tardes, Ana. ¿Eres de la escuela verdad?
—Sí, señora
—respondí.
—A Ana la
expulsaron de la escuela de ricos, mamá —dijo Alberto.
—¡¿Cómo?!
—preguntó sorprendida la señora.
—Tranquila,
mamá, la expulsaron por ayudarme —respondió Alberto como si nada.
—¿Tranquila?
¿La expulsaron por ayudarte? ¿Es la niña que…? —preguntó ella.
—Sí, mamá,
pero ya no te preocupes, ya pasó. Ahora va a la escuela conmigo, está en mi
grupo —dicho esto, Alberto abrió la olla que se calentaba en una hornilla de la
precaria estufa de gas.
—El caldo ya
está, mamá. Yo ayudaré y protegeré a Ana, mamá —dijo Alberto.
Nos sentamos
a la mesa. La señora no dejaba de inspeccionarme. Al fin soltó lo que sabía de
mí.
—Dicen que
eres muy lista, Ana. Que eras una alumna modelo. Yo traté de hablar con el
director de tu escuela, fuimos a pedir disculpas. Alberto me lo contó todo.
—Bueno,
gracias… pero no soy tan lista.
—Si lo eres
—dijo Alberto. Luego dirigiéndose a su madre, agregó —. Ella toca música, mamá.
—Vaya, qué
bien —dijo ella un poco sorprendida.
Terminamos
de comer ese delicioso caldo (que era muy distinto a lo que se comía en casa de
Mercedes donde lo más que se rebajaba el menú era a comida popular francesa) y
salimos de la casa. A unos pasos, ladera abajo, estaba un taller mecánico.
—Este es de
mi papá. Mira, ese motor de ahí es de un Charger del 68; se lo donaron a papá,
algún día lo arreglaremos y lo montaremos en alguna carrocería. Será un auto
feroz.
—¿Pasas
mucho tiempo en el taller de tu padre? —le pregunté a Alberto.
—Sí, pero no
tanto como en otro sitio, vamos.
Aquellos
pasillos tenían vida, había niños pequeños por doquier que jugaban a las
escondidas, saltaban la cuerda y jugaban fútbol callejero; había varios trazos
del juego avión dibujados con tiza sobre el pavimento. Cada casa tenía su
peculiaridad, su propia y libre arquitectura. El número de niveles no estaba
dictado por la seguridad del cimiento sino por las veces que la mujer de cada
casa se había embarazado. Algunas construcciones tenían su esqueleto al aire
libre y otras tenían acabados modestos, pero con pintura de colores alegres y
hasta chillantes en algunos casos; eso sí, todas encumbraban una antena de
televisión y tenían macetas que se asomaban por las ventanas. El temido
arrabalero ahora ya no me lo parecía tanto.
Ascendimos
la colina, ahí arriba había una avenida y luego un deportivo con canchas de
tierra donde los jugadores levantaban mucho polvo e ilusiones. Caminamos
paralelos a una inmensa barda que cercaba instalaciones de la Luz y
Fuerza. Entonces, empezaron a aparecer
las pintas, un museo de arte al aire libre.
—Esas no son
mías —me dijo Alberto como tratándose de desligar del horrible estilo vandálico
—cuando llegamos nosotros esas ya estaban.
Entonces
aparecieron y eran increíbles: explosiones de color, algunas eran realmente
impresionantes.
—Las mías
son esa, esa de allá, esa donde pinté a un vaquero y esa que solo son formas,
no hay un motivo ahí realmente. Mira
esa, es de las mejores, es un barco fantasma, de esos de los cuentos. Y si ves,
esta es la que trabajamos ahora, es Emiliano Zapata.
—Son preciosas
—dije.
—Y bueno, si
caminamos más allá está esa.
Cuando la vi
el corazón se me saltó.
—¿Soy yo?
—pregunté.
—Se supone,
tuve que imaginar algunas cosas. No siempre te veía.
Ahí, sobre
la pared, en colores intensos, había un retrato de mi rostro, todavía tenía mi
cabello largo y le había dibujado la banda hippie sobre mi cabeza. Admiré durante
un buen rato la pintura. Él, mientras tanto, acercó unos troncos, se sentó y me
invitó a acompañarlo.
—Ana —me
dijo sin mirarme, con un poco de vergüenza —, te espiaba. Después de que te vi
enfrente de la tienda, ahí en el parque, te seguía por todas partes. Supe que
eras cantante. Supe que estabas con ellos. Durante un tiempo, me daba miedo
acercarme a ti. Pensaba que no te ibas a acordar de mí. Todos los días ibas a
esa casa grandiosa, no la de los Ontiveros, la otra. Así que pensaba ¿Quién soy
yo?
Se detuvo un
instante, aquello fue la pausa más larga del mundo, pero a la vez la más
agradable y feliz. Entonces me miró y lo dijo:
—Eres
bellísima.
Me quedé muda.
¿La vida podía ser mejor? Seguro que no. Toda mi desgracia, mi salida del mundo
material, me había dado, me había traído, justo al lado de lo que más había
deseado en todos estos días.
—El día de
la pelea —continuó Alberto —te reconocí, pero no podía quedarme. Perdón porque
te hayan expulsado, no sabía que…
Le calle la
boca con un beso. Se me fue el tiempo y nos besamos muchísimo por todos esos
días en que ambos nos habíamos deseado, por todos aquellos días en que
estuvimos separados. La vida paga amigos míos, la vida paga.

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