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15 ALBERTO



Las siguientes dos semanas fueron patéticas. Yo era el blanco de todo tipo de burlas, pero en lugar de vencerme levantaba la cara y enfrentaba aquello lo mejor que podía. Tenía para entonces varios sobrenombres —la niño-niña, la huerfanita, la princess caída— yo hacía como si no me importara; pero, aquí entre nos, debo admitir que era doloroso.
Por otra parte, si antes no tenía tiempo libre ahora el tiempo me sobraba. En primera instancia, en esta escuela se tenían menos horas de clase, las tareas eran sencillas y bastaba mucho menos esfuerzo para obtener una nota aceptable. En segunda instancia, ya no había horas extra clase, visitas a Mercedes, club deportivo, ni ensayos con la banda. Tampoco estaba la presión de maquillarme, arreglarme y desmaquillarme. No había cumplido con lo que había dicho de tirar todas esas botellas y cosméticos, pero ya no las usaba.
Tampoco me deshice de la ropa y mucho menos de la guitarra, aunque eso sí, la tomaba menos, y en cuanto la hacía sonar me ponía a llorar. Ya tampoco escuchaba música, abandoné los discos de mi tío que me encantaba escuchar, excepto los más tristes. The Cure sonaba en mi cuarto cada noche. Pasaba horas y horas en mi cama pensativa, reflexionaba en todo lo que había pasado y cómo hubiera sido de haber manejado las cosas de mejor manera.
A veces imaginaba que llevaba un arma a la casa de Luis Ontiveros y lo acribillaba desnudo en su cama y luego otros tiros a Giselle. Terminaba todo ese desastre diciéndole —Vete al diablo, imbécil —sueños de adolescente.
Un día tenía cólicos menstruales horribles. Aun así, asistí a clases. Aplastada en mi pupitre esperaba el inicio del día. Alicia, aquella que me había confundido con un niño en mi primer día, era la única de toda aquella jungla que se me acercaba en forma amistosa. Ese día me dijo:
—Ana, ojala hubieras sido niño, estás guapísimo.
Yo la miré con la mejor sonrisa que me permitían mis malestares y le respondí:
—Sí, Alicia, hubiera estado muy bien, ojalá.
Entonces por la puerta del salón apareció. Era mi fantasma.
El salón lo recibió como a un héroe, lo vitorearon.
—¡Lo hubieran visto, le ganó a esos ricachones! —dijo uno.
—¡A dos seguidos, luego le quisieron hacer trampa! ¡Entonces sucedió lo de la loca! —dijo otro.
—¡Vaya loca aquella! ¡Lo que sí es que lo salvó! ¡Eso y las sirenas! —remató otro más.
Pobres tontos, no habían caído en cuenta de que esa loca era yo, pero, ¿cómo podrían? Esa versión de mi misma tenía un cabello hermoso, ojos azules, olía bien y tenía toda la delicadeza que el dinero puede comprar.
Alberto no decía nada, en su rostro las heridas habían sanado, pero especialmente un corte en su ceja todavía le molestaba visiblemente. Entonces me miró. Por dios, esa forma de mirarme.

Uno de los compañeros le dijo a Alberto.
—¿Saca de onda, verdad? Pero si, es una niña, muy descuidada la pobre eso sí. Es la nueva.
Alberto no le hizo caso y caminó hasta mí. Se sentó. Alicia se quedó y Alberto con una mirada le indicó que por favor nos disculpara. Yo soñaba despierta con sus labios.
—¿Qué haces aquí? —me preguntó.
—Es mi nueva escuela —le expliqué.
—¿Te expulsaron? ¿Por lo de ese día?
—Sí —dije y los ojos se me pusieron llorosos.
Hizo una pausa, tomó mis manos y me pidió perdón. Entonces el maestro en turno entró y comenzó de manera mecánica a dar su clase.
—¿Puedo estar contigo en el descanso? —le pregunté.
El asintió con la cabeza. Y ambos pusimos atención al maestro que hablaba de la evolución de las especies y todo ese rollo de que el ser humano tenía orígenes primates.
En el descanso, Alberto estuvo conmigo todo el tiempo y santo remedio. Nadie se burló, nadie me dijo cosas feas, nadie me aventó papeles ensalivados. En la cooperativa me invitó un Frutsi. Él me atendía y estaba al pendiente de mí. Yo era la niña con periodo más feliz del mundo.
—¿Te puedo abrazar? —le pregunté.
Él hizo esa sonrisa que tanto me derretía. Me abrazó. Ahí, en el medio del patio, puso sus labios contra los míos. Rock’n roll. Ustedes sabrán de qué les habló, ese momento en la vida que queda para siempre y para toda la eternidad. Por tanto tiempo deseado, tanto lo habíamos pospuesto, y eso había sido mejor porque el día que llegó, este día, me supo a gloria, a chocolate derretido con cereza.
—¡Eso es Alberto! —aullaban algunos.
Mi Alberto era respetado por todos.

A la salida, estuvimos tomados de la mano. La señal era clara. Entonces, Rodríguez se nos cruzó, de nuevo esa sombra que tapaba el sol.
—Rodríguez —le dijo Alberto.
—Alberto —dijo el enorme chico —, quiero pedirle disculpas a tu chica.
—¿Por qué? ¿Qué hiciste?
Rodríguez se tomaba la boca. No sabía por dónde empezar, era un momento difícil para él. Yo intervine.
—No importa. Está bien. Todo está bien ahora.
El semblante de Rodríguez cambió en un instante. Hizo una sonrisa, tomó mi mano y me hizo un extraño saludo, de esos de chico de barrio donde se juega con los dedos de quien saludas.
—Gracias —dijo Rodríguez y se quitó de en medio.
Cuando Rodríguez se fue, Alberto me preguntó qué había pasado.
—Nada —fue lo que le dije.
A lo lejos alcancé a escuchar que Alicia le comentaba a Rodríguez.
—Cómo es la vida, cuándo Lola se entere.
Fuimos hasta casa de Alberto. Sí, ya lo adivinaron, en el arrabal, la zona pobre. Ahí, casi no había calles; eso sí, muchos pasillos y escalones que ascendían pendientes imposibles. Llegamos a su casa, una construcción de ladrillo de dos pisos, con muchas flores y plantas en macetas que colgaban de las bases de las ventanas. La puerta era de lámina y cristales, la adornaba una cortina blanquísima. Era una casa sencilla, pero digna. Entramos e inmediatamente estaba la cocina, piso de cemento; sin ninguna separación estaba el comedor y solo limitada por una cortina había, lo que visiblemente era, una recamara.
—¡Mamá! ¡Ya llegué! —gritó Alberto.

Una señora algo rechoncha apareció por detrás de la cortina que hacía las veces de pared entre el comedor y la recamara que les acabo de mencionar. Traía un niño pequeño en una mano y en la otra sostenía un cucharon. En la estufa algo se cocinaba.
—Mamá, ella es Ana.
Su madre me miró y luego de un momento, en que seguramente me evaluó, me dijo.
—Buenas tardes, Ana. ¿Eres de la escuela verdad?
—Sí, señora —respondí.
—A Ana la expulsaron de la escuela de ricos, mamá —dijo Alberto.
—¡¿Cómo?! —preguntó sorprendida la señora.
—Tranquila, mamá, la expulsaron por ayudarme —respondió Alberto como si nada.
—¿Tranquila? ¿La expulsaron por ayudarte? ¿Es la niña que…? —preguntó ella.
—Sí, mamá, pero ya no te preocupes, ya pasó. Ahora va a la escuela conmigo, está en mi grupo —dicho esto, Alberto abrió la olla que se calentaba en una hornilla de la precaria estufa de gas.
—El caldo ya está, mamá. Yo ayudaré y protegeré a Ana, mamá —dijo Alberto.
Nos sentamos a la mesa. La señora no dejaba de inspeccionarme. Al fin soltó lo que sabía de mí.
—Dicen que eres muy lista, Ana. Que eras una alumna modelo. Yo traté de hablar con el director de tu escuela, fuimos a pedir disculpas. Alberto me lo contó todo.
—Bueno, gracias… pero no soy tan lista.
—Si lo eres —dijo Alberto. Luego dirigiéndose a su madre, agregó —. Ella toca música, mamá.
—Vaya, qué bien —dijo ella un poco sorprendida.
Terminamos de comer ese delicioso caldo (que era muy distinto a lo que se comía en casa de Mercedes donde lo más que se rebajaba el menú era a comida popular francesa) y salimos de la casa. A unos pasos, ladera abajo, estaba un taller mecánico.
—Este es de mi papá. Mira, ese motor de ahí es de un Charger del 68; se lo donaron a papá, algún día lo arreglaremos y lo montaremos en alguna carrocería. Será un auto feroz.
—¿Pasas mucho tiempo en el taller de tu padre? —le pregunté a Alberto.
—Sí, pero no tanto como en otro sitio, vamos.
Aquellos pasillos tenían vida, había niños pequeños por doquier que jugaban a las escondidas, saltaban la cuerda y jugaban fútbol callejero; había varios trazos del juego avión dibujados con tiza sobre el pavimento. Cada casa tenía su peculiaridad, su propia y libre arquitectura. El número de niveles no estaba dictado por la seguridad del cimiento sino por las veces que la mujer de cada casa se había embarazado. Algunas construcciones tenían su esqueleto al aire libre y otras tenían acabados modestos, pero con pintura de colores alegres y hasta chillantes en algunos casos; eso sí, todas encumbraban una antena de televisión y tenían macetas que se asomaban por las ventanas. El temido arrabalero ahora ya no me lo parecía tanto.
Ascendimos la colina, ahí arriba había una avenida y luego un deportivo con canchas de tierra donde los jugadores levantaban mucho polvo e ilusiones. Caminamos paralelos a una inmensa barda que cercaba instalaciones de la Luz y Fuerza.  Entonces, empezaron a aparecer las pintas, un museo de arte al aire libre.
—Esas no son mías —me dijo Alberto como tratándose de desligar del horrible estilo vandálico —cuando llegamos nosotros esas ya estaban.
Entonces aparecieron y eran increíbles: explosiones de color, algunas eran realmente impresionantes.
—Las mías son esa, esa de allá, esa donde pinté a un vaquero y esa que solo son formas, no hay un motivo ahí realmente.  Mira esa, es de las mejores, es un barco fantasma, de esos de los cuentos. Y si ves, esta es la que trabajamos ahora, es Emiliano Zapata.
—Son preciosas —dije.
—Y bueno, si caminamos más allá está esa.
Cuando la vi el corazón se me saltó.
—¿Soy yo? —pregunté.
—Se supone, tuve que imaginar algunas cosas. No siempre te veía.
Ahí, sobre la pared, en colores intensos, había un retrato de mi rostro, todavía tenía mi cabello largo y le había dibujado la banda hippie sobre mi cabeza. Admiré durante un buen rato la pintura. Él, mientras tanto, acercó unos troncos, se sentó y me invitó a acompañarlo.
—Ana —me dijo sin mirarme, con un poco de vergüenza —, te espiaba. Después de que te vi enfrente de la tienda, ahí en el parque, te seguía por todas partes. Supe que eras cantante. Supe que estabas con ellos. Durante un tiempo, me daba miedo acercarme a ti. Pensaba que no te ibas a acordar de mí. Todos los días ibas a esa casa grandiosa, no la de los Ontiveros, la otra. Así que pensaba ¿Quién soy yo?
Se detuvo un instante, aquello fue la pausa más larga del mundo, pero a la vez la más agradable y feliz. Entonces me miró y lo dijo:
—Eres bellísima.
Me quedé muda. ¿La vida podía ser mejor? Seguro que no. Toda mi desgracia, mi salida del mundo material, me había dado, me había traído, justo al lado de lo que más había deseado en todos estos días.
—El día de la pelea —continuó Alberto —te reconocí, pero no podía quedarme. Perdón porque te hayan expulsado, no sabía que…
Le calle la boca con un beso. Se me fue el tiempo y nos besamos muchísimo por todos esos días en que ambos nos habíamos deseado, por todos aquellos días en que estuvimos separados. La vida paga amigos míos, la vida paga.

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