Mercedes se bañó y juntas salimos del estadio. Afuera, un monolítico
Tomás el Moro nos esperaba. Había hecho su propia vigilia.
—¿Cómo está? —me preguntó.
—Pregúntame a mi tonto —dijo Mercedes —, aquí estoy.
—Perdón, es que pensé que estarías muy afectada.
—Solo fue un partido. Como puedes ver no estoy muerta.
La seguridad que Mercedes quería aparentar se derrumbó al poco rato. De
nuevo las lágrimas aunque esta vez sin alaridos, solo un llanto discreto.
—Gracias por esperar, Tomás —le dijo ella.
—Mercedes, sabes que por ti daría todo —dijo él abrazándola.
—Tomás —dijo Mercedes mirándome —la niña nos está viendo, solo la vamos
a confundir. Vámonos.
Hicimos camino a la casa. Llegamos algo tarde y ya todos los invitados
estaban ahí. Había muchos compañeros de la escuela acompañados de sus padres.
Eso no lo había previsto, tendría que evitar hacer locuras sobre el escenario,
definitivamente aventarme sobre la batería estaba descartado.
Mercedes fue a cambiarse y yo me reuní con mi banda. Conectamos los
instrumentos, hicimos una breve prueba de sonido y todo estaba listo.
Al poco rato, Mercedes salió de la casa y junto a ella apareció Luis
Ontiveros, él la ayudó a sentarse y se dirigió al escenario donde estábamos nosotros.
Tomó el micrófono, preguntó si ya estaba encendido y comenzó un discurso
memorable:
—Señoras y señores. Hoy tuvimos una derrota dolorosa. Pero estarán de
acuerdo de que Mercedes merece toda nuestra admiración. El saber levantarse es
una característica de gente como nosotros, por eso forjamos un país donde podemos
prevalecer. Mercedes es mi amiga y me ha dado una lección hoy: hay que
levantarse. Mercedes, en unos días partirás a Londres. Ahí obtendrás la
educación necesaria para sobresalir entre lo mejor de lo mejor de nuestra
sociedad. Para mi hoy tú eres un ejemplo, una ganadora y una mujer increíble.
Feliz cumpleaños.
El público aplaudió. Fue un momento feliz, pero aun así, yo no notaba a
Luis como alguien contento, me parecía más como aquella vez que lo encontré en
su casa semidesnudo con una mujer a medio drogar, y explicándome lo
inexplicable.
—¡Oigan! —interrumpió Luis los aplausos —¡Esto es una fiesta! Les
presentó ahora a la banda de mi hermano, Kindergarten, que tiene a una
vocalista peculiar. Cuando todos la vemos por primera vez nos dan ganas de
reírnos, pero luego de que canta… ya no nos reímos más, solo aplaudimos.
Señoras y Señores, Ana Zeppelin y los Kindergarten —dicho esto Luis me dio el
micrófono.
—Gra… gracias. Esta canción que vamos a tocar habla de algo muy
personal para mí, pero quiero dedicárselo a mi amiga Mercedes —dije
abiertamente, sin portada.
Y empezamos. “Fantasma” la tocamos con otro ritmo. Deben comprender,
había papás por todos lados. Fuimos discretos. Pero eso le dio a “Fantasma” el
toque melancólico del que había hablado Julio y, a todos esa noche nos permitió
descubrir que mi voz había cambiado. Las hormonas, ya saben. Eso ayudó esa
noche. Varios de los padres se me acercaron a decirme que debería tomar clases
de canto y se referían a mí como señorita.
El día en que Mercedes se fue a Londres solo yo y Tomás el Moro la
acompañamos. Sus padres debían trabajar y además su madre había dicho que no lo
soportaría, ver a su hija partir era demasiado. Así, ella hizo todo lo necesario
en el aeropuerto y platicamos antes de muchas cosas.
—Ana Zeppelin, cuídate mucho, no dejes que te ridiculicen, no dejes que
nadie te insulte, eres una reina ¿me entiendes?
Debes ser fuerte y digna. Mantén la portada y el contenido en lo más
alto.
—Eso hare —respondí segura.
—Bien. Cualquier problema que tengas acude a Luis, él te sabrá ayudar.
Te voy a extrañar, tontita —dijo Mercedes.
—Y yo a ti —le respondí.
—¿Sabes porque Laura no fue al partido ni a mi fiesta de cumpleaños?
—me preguntó ella.
—¿Le salió una verruga en la nariz? —bromeé.
—Ja ja ja, no. Algo peor —dijo
Mercedes seriamente.
—¿Qué cosa?
—Le dije qué pensaba de ella.
—¿Indiferencia? ¿Cómplices de sociedad? Debió haberse ofendido. Por eso
no fue más —dije sorprendida.
—No, Ana. No fue eso. Pero sabes qué, ya no me importa. En Londres seré
libre. Voy a darle más interés a lo que hay dentro que a la portada.
En ese momento Tomás el Moro nos interrumpió y le indicó a Mercedes que
ya debía irse. Mi amiga miró el pasillo. Le dio un abrazo al Moro y le dijo
—Gracias por ser tú.
Tomás el Moro quedó en pie, pero
les juro que lo vi llorar un poco. Entonces ella se concentró en mí.
—Ana, se digna —dicho esto, acercó sus labios a mi mejilla y me
besó. Tomó rumbo al pasillo y se perdió entre la gente.
Yo quedé ahí. Al lado del Moro, que también había quedado ahí. Esa
gravedad enorme que era Mercedes dejaba a la deriva a sus dos satélites más
cercanos. Nos dejaba solos. Juntó con Tomás regresé a casa.
—Tomás ¿Qué es lo que ella realmente quería? ¿Por qué no te quería a
ti?
—Sí nunca te lo dijo a ti, yo no tengo derecho a revelártelo, pero te
puedo decir, sin temor a equivocarme, que eso ya no importa. Digamos que
encontró algo mejor.
—¿Londres? —pregunté inocente. Él no contestó.
Ya no me atreví a preguntar más.
El verano de ese año es el más corto que recuerdo, se me fue entre
ensayos y actividades tan variadas y nuevas para mí que realmente hicieron que
pensara por un tiempo que mi mundo era ese, el de la opulencia. La vida era
intensa y solo esperaba regresar a clases. Estaba algo nerviosa porque Mercedes
había dicho que yo heredaría un reino. Por otro lado, el sentimiento hacía
Alberto, curiosamente, se intensificó a pesar de que no lo veía, pero lo sentía
cerca y estaba convencida de que lo encontraría de nuevo. Ese verano, pocas
horas las pasé en casa y no vi un solo programa de televisión en esos mágicos
días.
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