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9 EL REINADO DE ANA Y UNA CANCIÓN DE AMOR



Los siguientes días estuvieron llenos de actividades. Si antes me quejaba con la vida por tener mucho tiempo libre, ahora no tenía tiempo para reflexionar. Primero que nada la escuela me robaba varias horas del día. Ahí trataba de subir mis notas, poner atención, aumentar mis puntos con el sistema conservador de educación. El descanso era tiempo para cultivar mis relaciones públicas. El acto consistía en exponer ante toda la plebe escolar mi belleza recién descubierta. Caminar por los pasillos al lado de Pamela, Laura y Mercedes me daba el statu quo más deseado por todas las chicas de la escuela. Me había convertido en un objeto de envidia y mis compañeros de clase me presionaban más y más para escoger pronto una pareja.
—Ana —me dijo Mercedes un día —, estás sola y eso nos preocupa. Elije de entre los que tienes aquí. Está Jesús, su papá trabaja en Pemex; Roberto, su padre es dueño de…

—¡Mercedes! ¿Por qué me dices lo que son sus padres? ¿Estos chicos no valen por sí mismos?
—Amiga mía, su posición es importante, significa cuánto dinero tienen. Con eso te compraran regalos y con suerte dejaré de ser yo la que te dé cosas.
—¿Y tú qué? Andas con Tomás, ¡el más pobre de esta escuela! ¿Cómo me lo explicas?
—Ya te lo dije: entre él y yo no hay amor. Pero si quieres, Ana, elije por amor. ¿Hay alguien? No ¿verdad? Solo ese fantasma, Alberto, del que me hablas tanto. A veces no sé si existe. ¡Por el amor de Dios, solo lo viste una vez! Así que…  si no vas a elegir por amor, procura elegir a alguien que sea conveniente para tu causa.
—¿Y si no quiero elegir?
—Tienes que hacerlo, porque recuerda que el siguiente año escolar yo ya no estaré aquí, ni Laura ni Pamela… (bueno, con un poco de suerte Pamela repetirá el grado, pero no puedes contar con ello) y estarás tú sola. No podrás sola.
—¡Solo voy a estudiar el segundo grado! ¿Qué tiene eso de complicado?
—Mi inocente palomita, ¿no te das cuenta que vas a heredar una posición, un reino? Juntarte con nosotras ya les dio el mensaje a todos ellos de que cuando nos vayamos, tú serás la reina de esta escuela.
Mercedes decía esto con tanto atino que realmente me preocupó.
Las actividades de mí día a día realmente parecían prepararme para gobernar algo. Luego del colegio tenía que ir al club deportivo donde Mercedes me había conseguido un lugar, ahí practicaba dos horas diarias de danza. Era divertido y me relajaba de la tensión de tener que acudir al club de debates de la escuela. Ahí los alumnos más inteligentes sostenían conversaciones creyéndose adultos; yo tenía la suerte de preguntarle a mi tío sobre el tema a tratar el día siguiente y así podía presentar una visión del tema distinta que, poco a poco, me ganó el respeto de los chicos listos. Además, me presentaron directamente con el director, por lo que el señor ya me saludaba como si yo fuera su familiar y me hablaba del servicio dominical religioso, al que tuve que comenzar a ir cada domingo. Luego de todo eso pasaba dos horas en casa de Mercedes para hacer la tarea. Ella tenía una inmensa biblioteca en su casa con libros que podían resolver cualquier investigación académica. No me van a creer, pero incluso tenían una computadora, una IBM personal de última generación, que me dejaban usar, y Mercedes me decía que para segundo grado me metería a los cursos extras de computación.
Cuando no había tarea, Mercedes aprovechaba para enseñarme cosas de moda y estilo. Además, todos los viernes la veía para que me colocara mascarillas; eso era relajante, como un descanso. De la casa de Mercedes me iba a la casa de los Ontiveros, donde ensayábamos tres horas diarias, y a veces más. Era un momento mágico, lo que más esperaba en el día. A veces veía a Luis Ontiveros, pero me hablaba poco. Luego del encuentro incómodo de la última vez él se fijó poco en mí, parecía haber perdido su atención. Eso me hizo sentir incómoda, pero, ¡qué rayos! Yo era quien lo había descubierto en una situación embarazosa.
El tiempo que pasaba a lado de Mercedes era también muy agradable. Primero la veía en el descanso y ahí nos apartábamos un poco de Pamela y Laura y platicábamos sobre el libro en turno que estuviéramos leyendo. Luego, en su casa, me ayudaba a hacer la tarea si terminaba antes con la suya, algo que casi siempre lograba. Además, la veía el sábado en el club deportivo donde pasábamos todo el día ocupadas en las diferentes actividades de ese fabuloso lugar. Muy temprano le ayudaba a entrenar tenis, luego podíamos ir a la alberca, y posteriormente, a tomar algo refrescante a la cafetería, donde comentábamos a gusto de nuestras lecturas. En la tarde, una clase de baile de salón o, mejor aún, íbamos a montar a caballo. Esa actividad me parecía increíble; yo había tenido tan poco contacto con la naturaleza que la convivencia con los equinos daba a mi espíritu algo diferente y bueno. El lugar tenía un enorme campo de golf que me gustaba recorrer, no podía creer que hubiera algo tan verde en esta ciudad...
En ocasiones asistíamos a apoyar Jafet y Tomás el Moro que jugaban fútbol en un equipo y regularmente ganaban. Ahí también nos reencontrábamos con Laura y Pamela. Jafet me miraba con extrañeza y siempre me decía en broma:
—¡Ey, Ana Zeppelin, ya crece!
El domingo había que estar en misa, donde estaban todos los adultos. Comencé a conocer a los padres de varios de mis compañeros. Me molestaba que entre este grupo de adultos se me conociera como “la huérfana”, pero Mercedes me decía que me dijeran lo que ellos quisieran pues la que se aprovechaba sin ningún derecho de los beneficios de su estilo de vida era yo. Su explicación me pareció, como siempre, atinada.
El resto del domingo lo pasaba con mi tío, él me enseñaba a tocar guitarra o comentábamos el último libro que me había dejado leer. Había abandonado la lectura del joven Weather a poco más de la mitad, porque era muy cansado perder tanto tiempo en el diccionario en donde buscaba las decenas de palabras que no entendía. Entonces, mi tío pensó en ponerme lecturas más sencillas; además, la historia de ese enamorado no correspondido se había comenzado a poner tan triste… Romeo y Julieta sí lo tuve que terminar por razones escolares, pero también era trágico. Recuerdo que pensé: —Mierda con esto del amor. Los otros libros fueron más emocionantes: Narraciones extraordinarias, Las Batallas en el Desierto y algunas cosas de los modernistas. Un día estuve lista para Marx, al menos para los dibujos de Rius según mi tío, pero la verdad era que yo era todavía muy joven para entender todo lo que quería decir, así que le preguntaba a mi tío qué quería decir Marx con esto o aquello. Ese libro, en aquel entonces, me dejó una frase que pensaba gritaría la próxima vez sobre el escenario: ¡Rockeros del mundo, uníos! Devoré libros en ese periodo donde casi no tenía tiempo, y es que todos los días en mi cuarto, por la noche, dedicaba unas dos horas a leer. Sin duda el que más me impactó por su cercanía conmigo fue Mujercitas; era increíble cómo la vida de esas niñas del siglo XIX no se distanciaba mucho de lo que yo sentía en aquel entonces. Hoy no sé cómo tenía energía para todo eso, apenas si dormía cinco horas al día.
Entonces, un día de mayo de 1992 me levanté de la cama y sentí una humedad en mi entrepierna. Vi la sangre y no me asusté, más bien pensé que no me había preparado para eso. Me bañé y le hablé por teléfono a Mercedes para explicarle la situación.
—¿Qué hago exactamente? —le pregunté.
—¿Cómo que qué haces exactamente? Compra toallas sanitarias.
—Sí, pero ¿de cuáles?
—¡¿Cómo que de cuáles?!
—Las compro en la farmacia, ¿verdad?
—¡Claro que en un farmacia! No sabes nada de nada…
—Sí, ya sé, y por eso soy muy afortunada.
Como pude adquirí lo necesario. En realidad sabía bien qué hacer, era de esas cosas que siempre esperas, pero que cuando en realidad pasan, no atinas a creer que fuera justo ese día. Necesitaba compartir el suceso y ahora que Mercedes era mi amiga había decidido llamarle, aunque, al parecer, a ella no le había gustado mucho. Ese día no fui a la escuela. Cuando mi tío me preguntó qué me ocurría, le expliqué y solo acertó a poner una cara preocupada.
—¿Y ahora qué hacemos? —me preguntó casi en pánico.
—Tranquilo. Ya lo arreglé todo.
—¿Sí? ¿Tú solita?
—Sí, pero las sábanas de mi cama se mancharon.
—Haberlo dicho, las meteremos a la lavadora.
Con la menstruación oficialmente inaugurada, las cosas fueron un tanto distintas y hasta pesadas. Según me había dicho Mercedes, el ciclo menstrual iría a la par del ciclo de la Luna, me pareció tan romántica la idea… sin embargo en mi segundo periodo, cuando quise ver en qué fase estaba la Luna… el maldito cielo estaba nublado por completo ¡Shit damnded! Por otro lado, había días muy lindos y dulces, y otros tristes y oscuros; todo sin una aparente razón lógica.
Luego le pregunté a la misma Mercedes qué iba a pasar ahora. ¿Ya llegarían los ansiados cambios? Ella me respondió que incluso esos cambios no dependían de la aparición de la regla, y me dijo algo que yo no había notado.
—Ana, ¿no has notado que eres más alta? ¿Acaso no te has visto la cara? Estás más bonita.
—Sí pero eso ha sido por tus pócimas mágicas.
—Ja ja, sí en parte, esas controlaron el acné, pero tu cara, Ana, ya casi no pareces un niño.
—¡Mala!
Mercedes tenía razón.
El vello púbico ya había hecho su aparición y en el pecho sentía esa comezón extraña que anunciaba el crecimiento de las mamas. El acomodo de la grasa en las caderas fue gradual pero notable; mi ropa ajustada ya lo evidenciaba cada vez más. Eso me hizo celebrar… No tenía idea de que dejaba la niñez, la etapa más dulce de la vida, y que desde ahora y para siempre me adentraba en ser adulta, la etapa más irracional del ser humano.
Llegó el último día de clases. Fue muy nostálgico. La generación de Jafet, Laura, Mercedes, Pamela (que sí había alcanzado a pasar el año), Tomás el Moro y Patiño se despedía de la escuela donde reinaron durante tres años; escuela en la que yo, en teoría, tendría que gobernar los dos años siguientes.
Lo más dramático es que no lo haría sola. Presionada por todos, al fin elegí un novio. Se llamaba Ricardo, era de segundo y tenía porte de chico de ensueño, pero a mí nada me ocasionaba. Mi primer beso fue para olvidar: un acto público, involuntario y carente de toda pasión amorosa. Besé a Ricardo y traté de pensar que era Alberto, pero ni siquiera así pude dejar de sentir que toda esta pantomima me robaba algo; algo me era arrebatado: el derecho de toda niña a tener un primer beso lleno de amor. Pensé en demandar a la Disney por haberme hecho creer que todo saldría como en los cuentos.
Además, también me había hecho de nuevas “amigas”. Nuevamente, se trataban de cómplices de sociedad, elegidas entre las más bonitas de la escuela, que fueron invitadas a pertenecer a la elite de mi nuevo reinado. Ricardo también eligió a sus compinches. Todo el aparato estaba puesto para el año próximo. Por fortuna, antes se cruzaba el verano.
El día de la fiesta de graduación de los de tercero fui a casa de Mercedes a ayudarla a prepararse. También estaban Laura y Pamela. Las tres llevaban vestidos hermosos y muy caros. Asistí en todo lo que pude: traer y llevar cosas de un lado a otro, sostener espejos y hasta tomar las fotos. Ellas se veían increíbles, pletóricas. La madre de Mercedes no paraba en elogios y me repetía una y otra vez: Aprende, Ana. Un día tú pasarás por todo esto. Yo solo asentía con la cabeza.
Entonces llegaron los muchachos. El espectáculo era increíble. Eran todos unos caballeros enfundados en saco y corbata, se veían guapísimos, más altos, adultos. Cada uno de ellos fue hasta la chica que le correspondía y posaron para la fotografía. Posteriormente, las tres parejas se tomaron las fotografías juntas. Me las arreglé como pude para manejar todas las cámaras con las que se debían tomar las fotos.
Luego, Tomás el Moro me dijo:
—Ahora ven tú, Ana.
Laura reclamó —¡Ella no está arreglada!
A pesar de eso Jafet dio su aprobación y ante eso Laura no pudo decir nada.
—Laura, es Ana, nuestra sucesora, amiga y vocalista; tiene derecho a guardar este momento— dijo Jafet.
Se tomó la foto con el disparador automático de una de las cámaras. Me sentí feliz, me sentí valiosa, única, querida.
Antes de irse hacia la fiesta Mercedes se acercó a mí y me dijo.
—Ana, me da gusto que estés aquí, amiga. Quiero decirte algo. Me iré a Inglaterra a estudiar la preparatoria.  Por eso el verano quiero que lo pasemos juntas.
—¿A Inglaterra?
—Sí, en Londres, fui aceptada por una excelente escuela. Además, si gano el torneo nacional juvenil de tenis este verano, podré comenzar a pensar ya en participar en torneos profesionales y nuevamente viajaré alrededor del mundo. Estoy muy feliz.
La abracé, casi lloró. Mi mejor amiga se iba a ir lejos en unos días, ¿qué sería de mí?
Todos ellos subieron a una limusina que Luis Ontiveros había puesto a su disposición. Para ellos comenzaba la noche; yo regresé a casa y buscaba entre las sombras a mi fantasma Alberto.
Durante toda mi infancia antes del verano de ese año, esta estación era la época del año que más esperaba, significaba no ir a la escuela y no recibir las burlas de mis compañeros por casi dos meses. Para mí eso era un oasis que me permitía hacer las cosas que me gustaban y la principal era mirar la televisión. Podía ocupar doce horas seguidas frente al televisor y su programación infantil, conectada como zombi a ese aparato veía caricaturas americanas y japonesas, algunas más trágicas que la historia del joven Wheather. No sé cómo pude sobrevivir a todo aquello, entre otras cosas porque todo ese tiempo estaba sola, papá trabajaba. Los domingos de verano era que leía las historias de Julio Verne o escuchaba música pop en español, pues papá era el que monopolizaba ese día la televisión para ver películas, partidos de fútbol o noticiarios. Nunca salíamos de vacaciones ¡nunca salíamos de fin de semana! Supongo que papá notaba que me hacían falta amigos, pero nunca me preguntó el por qué yo no salía a jugar al parque o a la calle. No asistíamos a eventos ni íbamos a los servicios religiosos. El verano era la estación dedicada a la TV y mi soledad. Todo eso cambio cuando llegó el rock.

 El verano de 1992 fue mágico. Para mí no fue un periodo de descanso como en los años anteriores. El tiempo que me quedaba libre fuera de las clases de danza, el club deportivo y las dos horas de estudio en casa de Mercedes, las usaba para aprender nociones básicas de composición musical. Primero me recargue en mi tío que me dejó usar la guitarra que tenía en casa. Pero mi tío me daba discursos interminables de las biografías de los grandes rockeros y la verdad es que trabajamos poco. Entonces decidí asistir a los cursos de guitarra eléctrica que daban en el club. Para ello necesitaba una guitarra, pensé que quizás mi tío podría prestarme la suya, pero entonces un día de ensayo, Jafet y los otros chicos me dieron una sorpresa.
—¡Una guitarra! ¿Pero porque?
—Mi hermano Luis —me explicó Jafet —se enteró de que querías aprender a tocar guitarra así que mandamos a arreglar esta. ¿La recuerdas? Es la que lance al aire el día que debutaste con nosotros en la fiesta de Domingos.
Así era. Era una bella Epiphone Les Paul en tonalidad muy cercana al amarillo. Lloré de felicidad. Los chicos se conmovieron realmente y más de alguno ha de haber pensado que con este tipo de acciones hacia los necesitados realmente se gana uno el cielo.
Con mi nueva guitarra, que oculté de la vista de mi padre, comencé a aprender a tocar en forma. El maestro del club era bueno y me tuvo paciencia. Mis dedos eran duros y cortos, los ejercicios para “hacer dedos” me dolían y mi mano izquierda la tenía casi todo el tiempo adolorida. Cuando no ensayaba con la guitarra me ponía a escribir canciones. Me di cuenta de lo complicado que eso era. A veces escribía cada estupidez. Se me cerraba la mente y las ideas me abandonaban. Finalmente logré una letra que desde mi punto de vista era decente.
El tiempo pasa, la vida va,
Eres mi fantasma, aparición espectral.
Disentería siento en mi estomago
El no encontrar una razón para explicar por qué no estás…
Fantasma mío, ¿Dónde estás hoy?
¿Por qué ya no veo tu rostro azul?
Dime porque, dime porque
No puedo dejar de amarte a ti
Mi fantasma, mi fantasma azul…
—Es ridículo ¿de qué demonios habla Ana? —preguntó Jafet.
—Es linda —comentó Julio y sus tres compañeros varones lo miraron muy, muy, extrañados —¿No lo ven? Es un amor que ya no regresó, quizás murió o simplemente se dejaron de ver.
—¿Tiene que ver algo con tu chico fantasma propio? —preguntó Tomás el Moro. ¿Cómo demonios sabia de aquello? —No te ofendas, Mercedes me contó.
—Pues sí, tiene que ver con eso. ¿Cuál es el problema?
—¡Demonios! ¡Vamos a cantar las fantasías amorosas de una niña de trece años! ¡Es ridículo! —dijo Jafet con desdén.
—Fue ridículo desde el principio —dijo Saúl —, pero… quizás con el ritmo punk, la fuerza de la música.
—Tengo una propuesta de melodía —dije.
—A ver —dijo Jafet.
—No la traigo escrita, no sé escribir música aún.
—¡A la mierda, Ana! —reclamó Tomás el Moro.
 Entonces Luis Ontiveros entró a escena, como siempre, o casi siempre cuando no tenía modelos drogadas, se veía muy bien. Venía acompañado de Fabián y Domingos.
       —Tranquilos caballeros, parecen niños ¿Qué es lo que ocurre? —preguntó con toda propiedad.
—Tengo una canción —entonces tomé mi nueva guitarra y comencé a dar los primeros acordes. Fui ruda, burda pero convincente. Terminé y hubo un silencio. Luego:
—¿Opiniones? —pidió Luis Ontiveros.
—Esta niña es dinamita —dijo Fabián.
 —Es buena Luis —dijo Domingos —, le falta mucho trabajo, pero es buena.
—Decidido, la ensayaran y la tendrán lista para el sábado en la fiesta de Mercedes. Vámonos.
—¿Y yo qué? —reclamó Jafet —Soy el líder de la banda ¿mi opinión no cuenta?
—Hermanito, la ensayaran, la presentaran el día de la fiesta de Mercedes y ya. Vámonos.
Y se fueron.
—¿Qué esperabas Jafet? —le dijo Tomás el Moro a su amigo —Nunca te equivocas.
Y de esa forma. Montamos mi canción.

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