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22 INVASIÓN INGLESA



El cinco de abril de mil novecientos noventa y cuatro Kurt Cobain se suicidó con una escopeta, por supuesto yo ni nadie lo sabíamos en ese momento, pasarían algunos días más antes de que encontraran su cadáver. Se había acabado, me había quedado sin grupo, sin afiche y deje ser una groupie.
Mientras tanto, yo ya no tenía guitarra que tocar. Amanda se había dedicado a su niño a quien había descuidado un poco en todo el tiempo que duró 60-90-60. Lola era la misma de siempre, pero ahora dedicaba mucho tiempo a sus clases con el maestro Abel.
Yo era un cero a la izquierda, ir a la escuela y ver a Alberto era desastroso. Finalmente, ese cinco de abril rompió la ley del hielo conmigo. Tuvimos que hacer una tarea juntos y ni modo que no nos habláramos. Al final del trabajo aquel, que hicimos en mi casa junto con otros dos compañeros, yo le pregunté a solas.
—¿Me extrañas?
—No —me dijo.
—Yo si te extraño.

Yo estaba recostada en mi cama. Miraba al techo. Él, sentado en esa misma cama, miraba el suelo.
—Sé de la otra niña —le dije.
—Se llama Susana —me dijo con frialdad.
—Yo no sé qué va a pasar conmigo, Alberto —le dije —. De verdad espero que me vaya bien, pero en este momento quiero decirte que fui una burra. Me gustaría ser yo Susana, pero no lo soy.
—Las cosas cambian. Yo también espero que te vaya bien.
Ahí terminó la capitulación, fue todo el armisticio.
El nueve de abril. Yo escuchaba a los Beatles, “Don´t let me down”. Por la tarde alguien tocó a la puerta de mi casa y pensé que sería Lola, quizás quería que escucháramos algún disco nuevo de Pearl Jam, Sound Garden o Live. Abrí la puerta y vi a Mercedes.
—Hola, ¿no me invitas a pasar?
Yo seguía atónita.
—¿Cómo estás? ¿No me reconoces? —dijo mientras me pedía un abrazo. Iba como siempre, excelentemente bien vestida, su cabello estaba precioso, su semblante era perfecto, pero había una nueva luz en aquella mujer.
—Mercedes —dije abrazándola. Luego la invité a pasar. Nos sentamos a la mesa y le ofrecí agua del garrafón, no tenía nada más. Luego caí en cuenta de que yo estaba terriblemente mal combinada en mi vestir, que mi cabello era un nido y que no estaba maquillada.
—Perdón, Mercedes, no tengo nada más que agua —le dije realmente apenada.
—Tranquila, no soy de la realeza ni nada, solo soy una vieja amiga que ha venido a verte. Además siempre me gustaste aun con ese estilo rebelde que tenías. Hoy te veo, además más alta, con más luz, más contenta. Espero no haberte traumado con mis ideas de la imagen y eso.
—No, no lo hiciste, sobreviví bien con eso. Luego, me expulsaron de la escuela ¿sabes…?
Le conté a Mercedes todo lo que había pasado: la expulsión, Alberto, mi estancia en la 113, las burlas de las que era presa, mi amistad con Alicia y con Lola, mi banda y el robo del concurso. Ella me escuchó atentamente y me hizo saber su molestia por lo que los Ontiveros habían hecho.
—Pero estás aquí, Ana —me dijo —. Estás viva y te veo mejor. Y de hecho vengo a ofrecerte una nueva vida… otra vez. Pero, no más regalos, no más cosas materiales. Hay un programa de intercambio de estudiantes. Ahora, con lo que me has contado de tu expulsión, será mucho más difícil que te acepten, pero podemos tratar por el lado de la música, si realmente eres buena como dices, que compones, que cantas y tocas al mismo tiempo…
—No te entiendo.
—Una beca para estudiar en Inglaterra, Ana. Una beca como la mía. Yo ya sé cómo es y puedo ayudarte. Mis padres te pueden auxiliar como auspiciadores. Es posible, Ana.
—¿Y yo por qué querría estudiar allá? —pregunté.
—Eso no lo sé. Eso depende de ti. Yo solo te ofrezco la oportunidad. Las inscripciones para el proceso son a mediados de este mes y Ana, tú eres una chica lista y buena. Me enteré de cómo manejaste las cosas en la escuela, cómo el grupo de debates creció y de que fuiste la más alta calificación. Eso no es fácil.  Eres buena.
Miré los documentos que Mercedes me ofrecía y los folletos donde había fotos de estudiantes felices. Ahí estaba, otra vez, esta vida que tanto nos duele, dándome la oportunidad de comenzar otra locura.
—Ana— continuó Mercedes —, yo tengo que regresar a Londres, pero realmente me encantaría recibirte el próximo mes en mi casa en Mayfair. A Marie le encantará conocerte.
—¿Marie? —pregunté.
—Mi pareja.
—¿Tu pareja? Qué nombre tan raro para un chico… —dije. Se hizo un silencio de esos incómodos y ella no dejó de mirarme. Entonces comprendí todo y até toda la historia, la portada, su acuerdo con el Moro y sus viajes a Nueva York.
—¿Es mujer? —pregunté.
—Pues sí —dijo ella.
—¿Adiós a la portada?
—Adiós a la portada, Ana.
Entonces me contó todo ese proceso de aceptación por el que tuvieron que pasar sus padres cuando les contó lo de su orientación sexual. Todo eso me tomó por sorpresa y ante mi ignorancia del tema prefería no decir palabra.
Mercedes salió de mi casa, nos abrazamos, recordamos cosas y nos reímos de la vida. Como había dicho, dos días después regresó a Londres.
Yo me encontré con sus padres y entonces me recomendaron a un maestro de inglés excelente para cumplir con el requisito del idioma. Papá ya pudo pagarlo pues el negocio de la comida había crecido tanto que ahora necesitaba ayuda y había contratado a dos personas para ello. Yo me puse a estudiar y el resto de año escolar saqué notas perfectas. Abel ahora fue más estricto conmigo, le apasionaba la idea de que yo fuera a Londres en busca de la música. Me puso a tono con todo lo que era necesario saber.
—Maestro, ¿puedo saber cuál es su inconfesable pasado? —le pregunté un día.
—Si te lo digo, Ana, ya no sería inconfesable. Quizás en otro libro.
El día que Mercedes partió a Londres me sentí triste. Mi amiga se había ido y además ya habían encontrado el cadáver de Cobain. Pero entonces, ese día por la noche, me llevaron serenata por primera vez. Era Julio con su bajo.
—¡¿Qué haces?! —le grité desde mi ventana.
—¡Me gustas, Ana Zeppelin! ¡Estoy enamorado de ti…!
Me dijo que ya no era parte de Kindergarten.

—¡Eres bien pendeja, Ana! ¡Ya dile que sí, es un chico muy bueno, se ve bien y te quiere…! —me decía Lola cada vez que podía. Y sí, le dije que sí.
Julio me llevó por primera vez a la playa. Yo le decía que me iría a Londres y tendría que dejarlo.
—No importa, Ana —me decía —. Me has dado los mejores días de mi vida. Además puede que te alcance. Por mí no te detengas, Ana. Yo no te pongo condiciones.
Supongo que eso es lo que llamaban amor maduro y, curiosamente, era tan solo un chico de diecisiete años.
Un día de septiembre estábamos todos en la sala del aeropuerto. Todo el mundo con esa atmósfera del adiós. Papá, mi tío, Julio, Lola y Alicia.
—Es tiempo, Ana —dijo mi papá —. Te tienes que ir —me besó en la frente y se volteó para que no lo viera con el rostro desencajado.
—No olvides la guitarra, Ana —me dijo mi tío. Era la Gibson.
Luego me dio un pequeño regalo sorpresa, una copia en CD del último disco de Nirvana, su acústico en Nueva York. Miré la portada de ese disco, aún envuelta en papel celofán, y recordé el momento en que los escuché por primera vez y cambiaron mi vida en aquella pequeña tienda de discos.
Luego, mis amigas. Alicia solo me abrazó, no lloraba, como siempre su silencio era magnánimo.
—Eres una pendeja, Ana —me dijo por última vez Lola —. Nunca te olvides de nosotras ¿está bien?
—Ya, Lola, llora —le dije.
—No, ese es tu papel… Te dije que eras un sol.
Y se acabó. Me fui a Inglaterra.

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