Romper un
noviazgo se siente miserable. Y es curioso, yo lo había roto, pero después
quise componerlo y el problema que me encontré para ello fue que, ahora Alberto
era el ofendido. Una semana después de que todo el asunto del modelaje pasó, le
envié una cartita de reconciliación. Parece que le pasó de noche porque no
obtuve ninguna respuesta. En el salón él me ignoraba, en el descanso él me
ignoraba, en la calle me ignoraba, y en todos lados me ignoraba. ¿Qué había
hecho yo? ¿Acaso no era verdad que era solo un grafitero? Se pasaba la
vida siempre en patineta, nunca pensaba a futuro y yo solo le había dicho la
verdad. Por supuesto, yo lo había engañado con el tipo del bar, pero fue una
tontería, en realidad yo quería a Alberto más que a nada en el mundo. Lo malo
ahora es que él no me quería. Cumplí quince años y él no estuvo en mi fiesta de
cumpleaños, que ahora fue mucho más modesta; su ausencia me dolió muchísimo.
—Ana —me
decía Alicia un día en la escuela —, me duele tanto que tú y Alberto ya no
estén juntos.
—¿De verdad? —le pregunté.
—Sí, ustedes
eran equilibrio y parecían eternos, eran la pareja perfecta. Mantenían un
balance en el universo. ¡Ay, de verdad me duele!
No supe que
decirle. Creía que Alicia tenía razón y reencontrarme con Alberto ahora tenía
razones cósmicas. Era parte de mí, ese niño, al que tanto había maltratado. Lo
había despreciado… ¡había sido tan estúpida! Además, ya saben, yo seguía virgen
y siempre había pensado que Alberto era el hombre con quién perdería esa
condición. Me puse a llorar —otra vez —y Alicia me consoló.
Por otro
lado, Lola era conmigo muy dura y crítica, me hacía ver que realmente había
sido muy pero muy tonta. Y ya la conocen, no era blanda para decirlo, un día le
pregunté:
—¿Tú cómo lo
cortaste?
—Teníamos
once años, Ana. Éramos unos niños. Me enamoré de otro y Alberto realmente no
estaba enamorado de mí, era más un juego. ¿Sabes?, en aquel entonces yo no me
vestía de negro ni me había hecho estos pearcings, era más inocente y no
decía malas palabras, bueno, no tantas. De hecho, eso de las malas palabras se
lo aprendí al tipo por el que deje a Alberto, pero nunca deje de querer a
Alberto. Tú sabes que no me gustaba verlos besarse y todo eso. Por eso la vez
que fueron a mi casa te hice todo ese pancho. Fue divertido ver que me había
reemplazado una pendeja.
—Púdrete
Lola —le dije.
—Con placer,
pero sabes qué, Ana, yo vi cómo se enamoró de ti. Lo vi pintar esa pared que
esta allá en los campos y lo vi pintar tu cara. Era increíble, pensé que estaba
muy enamorado. Lo echaste a perder, Ana, y quizás ya no tenga solución, pero si
debo decir algo, es que si no te perdona el que pierde es él.
—Pero según
tú yo soy una pendeja —dije confundida.
—Según yo
todos somos unos pendejos, Ana, pero tú, y estoy segura que me voy a arrepentir
luego de decir esto, eres como un sol. Para Alberto eres lo mejor que le pasará
en su vida; en cambio, Alberto es solo una cosa más de tu vida.
—Rayos, soy
tan tonta —dije decepcionada.
—Al fin te
diste cuenta —me respondió Lola.
—¿Cómo podré
recuperarlo? —le pregunté como si ella fuese un oráculo.
—No sé si se
pueda —dijo ella.
—Lola
¿Realmente crees que soy un sol?
—Vale
mierda, te dije que me iba a arrepentir.
La tristeza
y la soledad que siguieron a mi rompimiento con Alberto me dejaron tiempo para
leer, para ensayar y para aprender más y más. El maestro Abel era duro conmigo,
sus ejercicios de escalas eran tortura china para mis manos. Me corregía todo y
decía que yo tenía demasiados malos hábitos al tocar. Y aunque a veces parecía
perderme la paciencia, nunca me insultó ni me alzó la voz; era un caballero muy
exigente y hoy doy gracias por eso. Siempre me decía que mi belleza física no
me serviría de nada en la música seria, por ello tendría que esforzarme más en
perfeccionar mi técnica.
—¿Quieres
ser como esos rockeros? —me decía —¿Quieres tocar como ellos? ¿Tener lo que
tienen? No te bastará con ser bonita, Ana. ¿Ves esa foto? ¿Sabes con quién
estoy? Es Eric Clapton, me lo encontré en Nueva York en el año de 1986. Es un
virtuoso, Ana; un auténtico virtuoso. Un obsesivo de la técnica. El rock’n roll
no es solo diversión, es trabajo y hacer las cosas bien. Tocar bien es ejecutar
un requinto perfecto, hacer una pausa justo donde conviene, es una serie de
acordes armoniosos aunque estés en plena alegoría de adrenalina descontrolada.
La música que hacen los virtuosos del rock no es muy distinta a la música de
orquesta, toda nace del corazón y del intelecto. Ahora, pasemos al canto,
veamos si has practicado los ejercicios, vamos uno, dos, tres, desde arriba,
dame un La.
Respiraba
hondo, me concentraba, y exhalaba la nota…
—¡Alto! ¿Eso
es todo? Una nota no se saca solamente del estómago Ana, tienes que sentirla y
sacarla desde más adentro, desde el lugar primigenio de donde vienen las cosas,
esa es la verdadera música, el verdadero canto… vamos, otra vez, un dos tres,
bien, bien, sostenlo, bien, ahora… arribaaaaaa…
El maestro
Abel era rudo, pero era bueno.
En fin, me
sentía tremendamente triste, pero un día me fue concedida la posibilidad de la
venganza. Alicia nos dio la noticia.
—El tipo que
nos da tocadas nos invitó al concurso de bandas de diciembre —nos dijo a todas
al final de uno de nuestros ensayos.
—Alicia,
estamos a finales de noviembre —dijo Lola —ese concurso es grande, debíamos
habernos preparado.
—Lo sé,
pero, ¿qué hacemos? —preguntó Alicia.
—¿Quién es
el tipo de las tocadas? —pregunté yo curiosa.
—Me ha dicho
que no les diga su nombre, es un anónimo —respondió Alicia.
—El concurso
de bandas… se llena de gente —dijo Amanda visiblemente conmovida.
—No es
mucho, yo ya lo gané una vez —dije.
—Abran paso
al ego de la princesa —dijo Lola —. Ana, solo porque una pinche canción tuya
ganó ese puto concurso no quiere decir que ya estuviste ahí. Amanda tiene
razón, es un evento grande y es una chinga. Si nos metemos ahí yo no voy a
hacer el ridículo, lo tendremos que hacer bien.
—Si —dijimos
todas al unísono.
Dicho esto,
iba cada una a su casa y entonces Alicia me interceptó y me dijo que tenía que
decirme algo a solas.
—Ana, el
tipo que nos consigue tocadas te conoce, eso es todo lo que te puedo decir.
La sangre se
me fue del cuerpo, se trataba seguramente de Luis Ontiveros, ese maldito jugaba
conmigo y ahora me invitaba a una confrontación directa contra su grupo. La idea
me encantaba.
El día de
audición estábamos formadas en la calle para entrar al teatro Jorge Negrete y
la fila era enorme, pero no era de espectadores, era de bandas. Esta era la
primera ronda del concurso, no había público, era solo una mesa de jueces.
Primero te registraban, entregabas todos tus papales legales, acta de nacimiento
para comprobar la edad pues era un concurso para jóvenes y ninguna banda podía
tener a un integrante mayor de veinticuatro años. Luego te dejaban tocar dos
canciones, no covers, solo originales.
Lo hicimos
lo mejor que pudimos, quedamos satisfechas y al final se nos dio un número,
señal univoca de que estábamos dentro de la semifinal.
El día de la
semifinal el sistema fue un poco distinto: grababas. Era un estudio, los jueces
no estaban pues ellos solo escucharían tu demo. Los técnicos eran amables,
valoraban la calidad técnica y nos animaban diciéndonos que pronto, si todo iba
bien, nuestra banda grabaría un disco. Luego te daban un catálogo con sus
precios con increíbles descuentos para grabar con ellos. Esa etapa también la
pasamos y recibíamos buenos cometarios.
Finalmente,
el día 16 de diciembre estábamos listas para el evento. Éramos el único grupo
formado solo de mujeres y eso fascinaba a los organizadores. Seguramente, el
ser mujeres, nos daba puntos en este ambiente de rock mexicano que apestaba a
machismo; quizás era todo lo contrario, no lo sabíamos. Teníamos dos semanas
para prepararnos.
—Chicas —les
dije a mis compañeras un día de ensayo —, vengan escribí una canción.
Lola leyó la
letra.
—Es de amor
—dijo de forma despectiva.
—No veo cuál
sea el problema. Ya tenemos canciones de amor —dijo Amanda.
—Sí Amanda
—dijo Lola —, pero en esas canciones hay mucho sexo y humor, esta es de amor
sentida y ya saben porque: la niña está dolida. Si tocamos eso el día del
concurso me dará vergüenza.
—Podemos
tocarla con ritmo de balada rock —dije yo.
—¡Balada
rock! —gritó Lola —¡Ahora si se te soltó un tornillo, Ana! Aquí se toca punk,
no baladas de rock, de amor, de lo que sientes por tu Alberto. No puedes
usarnos para reconquistarlo.
—Me parece
buena idea —dijo Alicia —, de hecho yo iba a proponerles una canción tranquila,
estilo acústico, para que los jueces vean que son versátiles y no todo su
repertorio es igual.
—¿Y tú qué
sabes Alicia? —dijo Lola más escéptica que nunca.
—Bueno —dijo
Alicia dispuesta a defender su punto —, fue algo que me sugirió el que nos da
las tocadas, que fuéramos versátiles. Nuestras canciones son muy divertidas,
pero nos falta hablar de esos temas del amor.
—A mí me
parece bien —dijo Amanda.
—¡Estoy
rodeada de pendejas! —dijo Lola, pero ya había perdido la discusión.
Para el día
del evento ya estaban invitados todos nuestros amigos de la escuela. Lola avisó
al maestro Abel que con gusto aceptó ir a apoyarnos. Amanda también convidó a
toda su familia y había encontrado quien cuidara a su bebé. Yo tenía un
problema:
No le
hablaba a papá desde el día terrible de lo de la agencia de modelos. Así que,
invitarlo significaba primero establecer mis disculpas.
—Papá…
quiero disculparme por lo del otro día —le dije cuando él levantaba el puesto
de comida.
—Hace mucho
tiempo de eso, Ana. Está olvidado —me dijo sin parar de levantar cajas y
llevarlas dentro de la casa.
—Papá, el
sábado tocaré, es un evento muy grande. Nos dieron entradas gratis para
nuestros familiares.
—Podrás
invitar a los Ontiveros —me dijo, era evidente que aquí nada estaba olvidado.
Me sentí
mal, pero tenía razón.
—Papá,
perdóname. Ya mucha gente me lo ha dicho, me volví una… de las que se creen
mucho.
—No, Ana. No
fue eso, fue al revés, te creías tan poco. Creías que tu familia era tan poco y
nos comparaste con ese mundo. Veras, hija… estoy cansado. Ha sido un día pesado
—hizo una pausa en su labor, se acercó hasta mí. Me miró, jadeaba del cansancio
—eres mi móvil, Ana. Eres mi vida.
Quedamos
ahí, miré su rostro cansado por años y años de trabajo. Su cabello ya tenía
varias canas y no se había rasurado ese día. Era ese hombre, mi padre… Debía
darle su crédito, comida nunca nos faltó y era un hombre recto, nunca le supe
bajezas ni extrañas coincidencias en todo el tiempo que trabajó en empresas
Ontiveros.
Para cuando
me abrazó yo ya… si, otra vez, lloraba.
—¿Iras el
sábado? —pregunté.
—Hace mucho
que no escucho rock, así que necesito una buena aceitada. Ahí estaremos, a tu
tío no hará falta preguntarle.
Me hizo muy
bien aquello, pero mi tío no llegó a casa en tres días, cuatro días, cinco
días, nada sabíamos de él. Papá dijo que no nos preocupáramos. Así era mi tío.
Entonces, solo me quedaba alguien más:
—Ana, él no
quiere hablar contigo —me dijo su mamá.
—Ana, dice
que no quiere hablar contigo —me decía Alicia.
—El pendejo
no quiere hablan contigo ¿Qué esperabas, pinche Ana? —me decía Lola.
Entonces
tuve que interceptarlo cuando estuviera solo. Eso ocurrió el jueves antes del
día del concurso de bandas. Me le puse enfrente, él me vio a unos diez pasos de
distancia y se detuvo, no había camino por donde huir, nadie con quién
distraerse, yo sabía que él no iba a retroceder.
—Hola —le
dije. Él avanzó. La distancia entre nosotros se acortó. Me pasó de largo.
—¡Alberto!
—le grité, pero él siguió su camino.
Luego, me
desplomé y lloré su indiferencia, golpeé el suelo y me decía:
—¡Soy una tonta, soy una tonta, soy una
tonta…!
El día sábado
preparamos todo, fue entonces que los vi en el ensayo general. Ahí estaban, los
Kindergarten y ya no parecían, en absoluto, unos niños. De hecho, su vocalista
era una joven ya bastante desarrollada. Jafet ya no tenía marca de la golpiza
que le había dado Alberto. Julio era alto como siempre y con su mirada
inocente. Saúl se había puesto más guapo y Tomás ahora usaba lentes de armazón
que le daban un aspecto de intelectual.
Verlos de
nuevo me abrió el apetito, quería destrozarlos, quería vengarme por todo lo que
me habían hecho. Los muy malditos, ganadores el año pasado que habían plagiado
mi canción. Iba a acabar con ellos. A todos y cada uno les iba a infringir la
tortura de la derrota pública.
—¿Son tus
excompañeros? —me preguntó Lola al ver la ira en mis ojos.
—Sí
—respondí.
—Son guapos
—dijo. A veces, cuando necesitabas que Lola soltara su lépero y violento
vocabulario no lo hacía.
En el ensayo
nos sentimos bien. El lugar era enorme y lleno lucía imponente. Los jueces eran
antiguas figuras del rock mexicano, todos unos virtuosos venidos a menos. Era
el marco perfecto para hacer lo impensable. El concurso contaba de tres etapas,
en la primera cada grupo interpretaría dos canciones, luego de ahí los jueces
eliminarían a la mitad de los grupos. Posteriormente los ochos restantes
cantarían una canción más, la puntuación era acumulativa. Ahí solo quedarían
tres bandas. En la final cada banda tocaría dos canciones más y se alternarían
con las otras bandas en un orden aleatorio. El público decidiría al ganador, ya
no los jueces cuya calificación final pasaba a segundo término, toda la
sabiduría técnica era sustituida por un concurso de popularidad.
El comienzo
estaba preparado a las once de la mañana y nosotras éramos la banda número diez
en el orden, así que tendríamos que esperar alrededor de tres horas antes de
nuestro turno. El lugar ya estaba lleno. Nosotras estábamos abajo, en los
camerinos, ahí los gritos de la gente se escuchaban en eco, en grave, en
terror. Alicia llegó y nos contó cómo estaba todo allá afuera.
—La gente ya
llenó el lugar, no es gente banda, son más bien familias, también hay
reporteros y representantes de las marcas patrocinadoras —dijo.
Eso puso más
nerviosa a Amada. Lola estaba inmutable y continuamente le pedía a Amanda que
se tranquilizara.
—Parece que
nunca han estado en algo así —nos decía Lola.
—¿Tú sí?
—pregunté, dándome cuenta de que casi no sabía nada de la vida de mi amiga.
—Sí, tres
veces.
—¡¿Tres
veces?! ¿Cuándo?
—Toqué
en la sala Nezahualcóyotl una vez, estaba llena.
—¿Guitarra?
—pregunté impresionada.
—Piano.
—¡Por el
amor de dios, quiero irme a casa! —dijo Amanda.
—Tranquila
amiga, no pasa nada. Aprende a Ana, ella está muy concentrada. ¿Escuchan ese
sonido? Papá decía que era el mejor sonido del mundo.
—¿Quién es
tu papá, Lola? —pregunté.
—Mi papá era
músico, Ana. Quintana Ruiz, líder de Los Olvidados.
Asombroso,
Quintana Ruiz, era uno de los máximos exponentes del rock en México en los
setenta, llevaba varios años perdido del ambiente, pero su leyenda seguía viva
y su nombre se escribía con letras de oro. Pero esperen un momento cómo era que
esa niña…
—¿Cómo puede
ser eso posible? —pregunté.
—No sé, solo
es mi papá —dijo ella secamente.
—¿Por qué
nunca nos habías dicho? —volví a preguntar.
—Porque era
un cabrón, ¡un hijo de su puta madre! ¡¿Contenta?! Nos abandonó hace cinco años
a mi mamá y a mí, pero en el tiempo que estuvo me llevaba a sus presentaciones.
Por eso tanta gente no me asusta. Me enseñó muchas cosas y además… mi mamá
también es músico, o lo era; desde que papá se fue ya no tocó más. Era violinista
de la Sinfónica Nacional. Me pasé mucho tiempo en el conservatorio de música
por eso. Igual y dices ¿cómo vivo ahora ahí en el arrabal?, pues sucede que mi
padre es de origen humilde y la casa en donde vivo es de mi abuela paterna
¿gracioso no? La madre del imbécil de mi padre fue la única que nos ayudó. Él
me dio esta puta guitarra rosa, dejó olvidada la batería que usa Amanda y todos
esos instrumentos que viste en mi casa. Pinche cabrón de mierda, alcohólico y
drogadicto, si un día lo veo de nuevo le voy a disparar… pero bueno, me dejó
todo lo que sé de música.
—Tú eres
afortunada, Lola, yo solo sé que tengo un hijo que cuidar, tengo que irme de
aquí —dijo Amanda muy asustada.
—¡Al diablo
ya con eso, Amanda! Te va encantar, ya verás. A Ana le bastó mucho menos para
enamorarse de esa sensación. Ya verás, te va a gustar.
—Tú fuiste a
clases de música durante toda tu niñez ¡yo solo soy una mamá!
—¡Así es! Tú
ya pasaste por un parto, eres la más madura de aquí, a pesar de que el pendejo
del padre del niño no se hizo cargo, tú lo tuviste. Y ahora es un niño hermoso,
sano y risueño, y todo eso es porque tiene a una mamá valiente. ¡Eres muy
cabrona, Amanda! Te admiro.
—Yo también
te admiró, Amanda —le dije.
—Yo también,
Amanda —secundó Alicia.
Las tres
suspiramos. Demasiadas revelaciones en tan poco tiempo me habían dejado la boca
seca.
Pasaron
varios minutos en silencio, cada una absorta en sus pensamientos, tratábamos de
atar nuestro nerviosismo.
—Ana, ¿cómo
era tu mamá? —me preguntó al fin Lola.
—¿Qué?
—Yo ya te
conté de mi padre, ahora cuéntame de tu madre —insistió ella.
—Mamá era
muy bella, sé que todos dicen eso de su mamá, pero deberían ver sus fotos, era
muy bonita. Ella murió cuando yo tenía siete años. Recuerdo a papá cuando la
llevó al hospital y yo pensé que regresarían pronto. Estuve yendo a la escuela
en ese tiempo y no sabía que estaba tan grave. Pero un día papá regresó del
hospital, a donde no me dejaban pasar, y me explicó lo mejor que pudo, que
mamá, que no…
—Mierda,
pásale un pañuelo, Alicia —dijo Lola.
—Te vas a
desmaquillar, Ana. Déjame te limpio— me dijo Alicia al momento que limpiaba mis
lágrimas con rímel.
Tomé aire.
Me calmé. Luego continué.
—Cuando mi
papá me dijo que mamá ya no regresaría porque se había ido con dios, no lo
entendí. Esa noche le dije a dios en mis oraciones que le canjeaba todos mis
chocolates —tenía un bote lleno —por dejar regresar a mamá. Desde ese día no
hice más berrinches y traté de portarme bien. Creía que hacía méritos para que
dejarán regresar a mamá. Pero no regresó. Mi tío nos cuidó a mi papá y a mí en
esos días. Papá lloraba todas las noches. Luego me metieron a la escuela de los
ricos. Y desde ahí mis preocupaciones fueron otras, sobrevivir ahí. Siempre me
pregunto qué habría sido de mí si ella no se hubiera muerto. Si yo sería menos
triste y menos pendeja.
—No digas
eso, Ana. No eres pendeja —dijo, inexplicablemente Lola.
Alguien tocó
entonces a la puerta —¡En cinco minutos arriba 60-90-60!
—Eso es, llegó el momento —dije.
—Chicas—
dijo solemnemente Lola —. Solo tengo dieciséis años, pero les juro que ustedes
son lo mejor que me ha pasado en la vida. Les prometo, que pase lo que pase
aquí hoy, nunca las olvidaré, hasta que me muera las tendré bien aquí —dijo
mientras señalaba su corazón, luego tomó nuestras manos —¡Estoy rodeada de
pendejas! —terminó casi al borde del llanto.
Cada una oró
en silencio por unos segundos.
—Ahora
¡vamos! —gritó Lola.
—¡Vamos!
—dijimos todas.
Caminamos
por un pasillo largo lleno de utilería y nos paramos al pie de la entrada del
escenario. Una persona ahí con un auricular y aspecto pedante nos preguntó
nuestros nombres:
—¿Nombre del
grupo?
—60-90-60
—dijo Lola.
—Uf, qué
creatividad de los jóvenes de hoy —dijo sarcásticamente el tipo del auricular,
luego continuó —¿Cuál es tu nombre? Puede ser el artístico.
—Lola
—respondió de forma áspera.
—¿El tuyo? —
—Amanda
Reyes.
—¿El tuyo?
—Ana Ze… Ana
Grajales.
—Bien, en
cuanto les indique, pasan al frente y el presentador dirá sus nombres y
alineación. De ahí, se les dará la señal de que ya pueden empezar. Que dios las
ayude.
Así fue. Pasamos.
No hubo mucho alboroto, algunos silbidos y piropos apenas, o quizás es que todo
era tan grande que no los escuchábamos. Yo llevaba una falda pequeña de
mezclilla, una blusa en color rojo y unas botas, Lola iba de negro como
siempre, su cabello recogido para que no le molestara al momento de tocar,
Amanda con un vestido azul y su cabello planchado.
Tomamos
nuestros instrumentos. El presentador dijo nuestro nombre y la alineación del
grupo. Estaba nerviosa.
Amanda nos
dio la señal… —Uno, dos, tres…
Mire a Lola,
ella me miró y me enseño la lengua al tiempo que le sacaba un zumbido a la
guitarra, de esos que abundan en el grunge. Y empezamos. Todo sonó a
rock.
Tú,
aseguras, que eres lo mejor para mi
Pero, no
me has dicho, dónde tienes
Eso que
me ibas a dar, no te hagas, ya no importa
Esta
noche, yo ya tengo algo mejor
Fuimos
buenas. Niñas buenas, pendenciaras e intensas, sí. Dos minutos de irreverencia.
Terminó la primera canción y yo aún seguía nerviosa. Mi voz estaba sexy, lo
sabía por la reacción de los caballeros. Sonábamos rudas. Desde arriba trataba
de distinguir rostros, buscaba a papá, tal vez una sorpresiva aparición de mi
tío. Pero no. Tenía que concentrarme otra vez. Amanda tenía, como siempre,
mucha prisa.
La segunda
canción fue más divertida, hablaba de los pantis y tenía un ritmo muy alegre.
Lola me ayudaba con los coros y eso me hacía sentir que no estaba sola. Luego,
me sobrecogió una ligera vergüenza porque me di cuenta de que mi padre me
escuchaba cantar todas estas cosas. Pero pasó. Terminamos. El público aplaudió.
Y nos mostraron la salida.
Ya fuera de
escena nos abrazamos las tres muy fuerte. Al poco llegó Alicia:
—¡Segundo
lugar! ¡Se fueron hasta el segundo lugar!
Como ustedes
imaginarán, solté el llanto otra vez. A falta de seis grupos eso nos aseguraba
estar entre las primeras ocho. Fuimos hasta nuestro camerino. Pasarían otras
dos horas hasta nuestra siguiente participación. En ese tiempo Lola nos dijo
todo en lo que nos habíamos equivocado, cómo teníamos que corregirlo, qué no teníamos
y qué si hacer. Me sentía tan feliz de
tener ahí a Lola, con toda su experiencia y fortaleza; era un roble y no
parecía que nada la pudiera vencer.
—¿Quién va
primero, Alicia? —le preguntó Lola a nuestra mensajera con el mundo exterior.
Alicia se tomó
su tiempo, como que esperaba algo. Al final dijo:
—Kindergarten.
Se me
encendieron los ojos. Mis compañeras me miraron y me dijeron que no importaba,
aún había concurso.
Al poco
rato, tocaron la puerta. Como Alicia había salido de nuevo, pensamos que era
ella. Lola abrió.
—¿Qué
quieren? —preguntó.
Se
escucharon unas voces desde afuera que creí reconocer.
—Ella ya
tiene nuevos amigos —dijo Lola y yo salí a reconocer quienes eran.
Eran Julio y
Pamela.
—Déjalos
entrar —dije a Lola.
—Es el
enemigo, Ana —dijo Lola.
—Ellos son
de los buenos, déjalos entrar.
—Adelante,
eres una débil, Ana.
Ellos
pasaron, Lola fue a sentarse a lado de Amanda.
—¡Ana! —dijo
Pamela —Estuvieron geniales.
—Eso fue
intenso Ana, van a ganar —dijo Julio.
Luego me preguntaron
que cómo estaba y qué había sido de mi vida. Pamela halagó mi aspecto y Julio
destacó mi inmensa mejoría en la guitarra, me hacían sentir bien. Eran gente
buena del pasado. Luego tuve que hacer las preguntas incomodas.
—Julio, ¿por
qué usaron mi canción?
—Porque tú
nos diste permiso… al menos eso me dijeron.
Cerré mis
ojos. La ira me invadió otra vez. Entonces Pamela dijo: —Ana, tienes que
regresar al club, ahí tienes tu membrecía, tú eres parte de este lado— dijo y
miró despectivamente a Lola quién de inmediato se puso de pie.
—¡Adiós! No
le metan ideas en la cabeza, salgan por favor, eso es, salgan —les dijo Lola
empujándolos afuera.
Cerró la
puerta. Dijo que los ricos eran unos pendejos y se puso enfrente de mí, me miró
a los ojos y me dijo:
—¡Ana! Ana,
mírame, mírame porque si no te van a crecer ideas locas. Tu lugar no está con
ellos, ¿me entendiste, Ana? ¡Ellos te expulsaron y te humillaron! Por eso estás
aquí hoy, para vengarte, Ana. No te hagas blanda. ¿Ana?
Levanté la
vista al techo, respire hondo y les dije:
—La tercera
canción es muy importante, tenemos que ensayar
—Lola esbozó una sonrisa y ensayamos la tercera canción.
La tercera
canción era nuestro happy punk alegre. Lo interpretamos con mucha
energía. Los dedos me dolieron. Al final, Lola lanzó un grito chillón —¡Ella es
nuestra!
Dudo que el
público haya entendido, pero yo si sabía de qué hablaba y a quién se lo
gritaba. Por otro lado, me di cuenta que ya teníamos una sinergia con el público.
Sus aplausos fueron geniales y sabía que lo teníamos.
Con
paciencia esperamos a Alicia para que nos trajera noticias, ahora nos había
tocado ser las primeras en tocar, por lo tanto dependíamos de lo que hicieran
los demás.
Alicia tocó
y le abrimos. Entró con la cabeza gacha, en cuanto noté su sobreactuación di un
grito de alegría.
—¡Estamos en
la final! ¡Estamos en la final! —comenzamos a cantar en el momento más alegre
de nuestra vida musical.
—Pasamos en
tercer lugar, Kindergarten sigue a la cabeza, luego hay un grupo excelente de
heavy metal, esos chicos son de Chihuahua, son impresionantes —nos contó
Alicia.
—¿De
nosotras qué dicen? —pregunté.
—Hablan
mucho de ti Ana.
—¡Ay, no le
des cuerda! —se quejó Lola.
—Bueno,
estamos donde queríamos —dije emocionada.
Esta vez la
espera fue menor y los tres grupos estábamos sobre el escenario. Las bandas
esperarían su turno desde un lado. Ahí estaba Kindergarten, con su nueva
vocalista y su look de clase alta, todos con sus buenos instrumentos de marca
cara. Llamaron a un representante de cada grupo, de Kindergarten fue Jafet,
Lola fue por nosotras y bueno, no conocía al chico del otro grupo.
El orden
quedó así:
Kindergarten 1 —Disidencia 1 —Disidencia 2
—Kindergarten 2 — nosotras 1 —nosotras 2 —Disidencia 3 — Kindergarten 3
—nosotras 3.
Entonces
comenzó la batalla.

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