Le pedí
dinero a mi papá para pagar las clases del maestro Abel y me dijo que el negocio
de la comida aún no estaba en condiciones de dar ganancias tan altas. A pesar
del descuento, las clases me parecían bastante caras. Lavar autos no era algo
realmente sensato, tendría que lavar muchísimos y eso solo dañaría más mis
manos y uñas que se maltrataban con el detergente.
Entonces,
Alberto me dijo que uno de sus familiares podía darme trabajo entregando comida
china. Eso estaba bien, el lugar estaba bajando las colinas, en avenida Reforma
en el distrito corporativo de la ciudad, en un restaurante de comida china.
Acepté y todos los sábados iba hacía allá. Una parte favorable de ya no lavar
autos los días sábado era que ya no tenía que usar ropa de desecho y podía usar
mis faldas, blusas y jeans.
Uno de esos
sábados caminaba yo por las bonitas calles de esa región y un tipo de traje, de
mediana edad, se me acercó. Iba leyendo un aparato de mensajería digital, que
cada vez eran dispositivos más y más frecuentes, y me pidió que lo esperara a
terminar de escribir su mensaje pues quería decirme algo. Lo esperé, no tenía
prisa de nada y quizás quería hacer un pedido de comida.
—Perdóname
—me dijo el hombre aquel —mi nombre es Eduardo y soy agente de modas. Me
interesó tu perfil, ¿Has modelado antes?
—¿Modelar
qué cosa? —le dije de forma inocente.
—Modelar,
pasarela, ¿foto? —dijo él, que entendió en ese momento que estaba frente a una
total ignorante.
—Ah, de eso
no. ¿Por qué?
—Porque ya
te dije que me intereso tu perfil.
—¿Para qué?
—Para
modelar. Te invito a hacer un casting, ¿no te das cuenta? ¿Cuál es tu nombre?
—Ana.
—Toma Ana
—me dijo dándome una tarjeta —ven a esa dirección el próximo miércoles. Así
verás de qué se trata.
El tipo se
fue rápido pues parecía tener mucha prisa. Miré la tarjeta, Agencia de Modelos
Azul, luego miré uno de los espectaculares que estaban apostados sobre los
rascacielos enanos de mi ciudad. En uno de ellos había un anuncio de ropa
interior femenina y una modelo exuberante casi en cueros era su temática.
Entonces, entendí el hecho, me sentí feliz porque al fin el mundo se había dado
cuenta de todo lo que había tratado de decirle todo este tiempo: ¡que yo era
maravillosa!
Sin decirle
nada a papá ni a mi tío, asistí la tarde de ese miércoles al lugar que el
hombre de la tarjeta me había señalado. Era un edificio lujoso, emblemático, de
pisos de mármol lustradísimos. Fui lo mejor vestida que pude y traté de aplicar
todo aquello que Mercedes me había enseñado.
Una señora
en recepción me indicó el piso al que debía subir y cuando llegué se abrió un
mundo que casi se me había olvidado que existía: el de la opulencia. Era aquel
un piso de paredes blancas, decorado prácticamente con nada. Había mucha gente
alta y bella, vestidos con ropa hermosa que también colgaba por docenas de
largos percheros. También había algunas personas con mucho estrés yendo de un
lado para otro, pero la mayoría de la gente hermosa estaba sentada.
Otra señora
me preguntó mi nombre, se lo dije y ella echó ojo a una lista, al no
encontrarme me dijo que me formara en una fila donde había chicas más
discretas, pero no menos hermosas. Ahí espere durante tres largas horas. —¿Qué
es esto? —me pregunté a mi misma. Al final, nos hicieron pasar de una en una.
Mi turno tardó unos veinte minutos más. Entonces me llevaron hasta un salón
amplio y decoración minimalista. En el centro había una pasarela pequeña y al
lado de este montaje estaba la mesa donde, sentados, estaban Eduardo, el hombre
que me había dado la tarjeta, y una mujer de unos cuarenta y cinco años muy
bien vestida.
—Y tú eres…
—Ana —dije
con cierta inseguridad.
—Ana —me
dijo la señora —¿Tu book, fotos, C.V?
—¿Qué?—
pregunté muy honestamente.
—Otra
principiante, veamos. Camina por la pasarela —me dijo y obedecí.
—Bien —dijo
ella una vez más —, quédate ahí. Ahora acércate más, quiero ver tu rostro.
Bien, sí, tiene una belleza muy especial, tiene el tipo de Winnona, ¿no te
parece Eduardo? Bien, ya puedes regresar a tu lugar.
—¡Bien, ahora
salgan! —exclamó Eduardo —En cinco minutos las llamamos, gracias.
Esos cinco
minutos fueron una hora más. Papá me iba a matar por llegar tan tarde. Pensé en
todo lo que me había dicho la señora aquella, me había comparado con la
estrella de cine del momento, esta señora sí que sabía. Entonces, una señorita
salió y nos dijo a todas:
—Bien, si
digo su nombre pasarán otra vez a la sala, si no las menciono ya pueden irse,
de todos modos ya tenemos sus datos. Empiezo: Sandra, Aracelia, Ludwika, Anel,
Tania, Liliana y Ana.
¡Había
mencionado mi nombre! Eso era emocionante, entonces las elegidas comenzamos a
pasar, pero algo no cuadraba: había ocho chicas y solo siete nombres. La señorita
nos contó otra vez. La lógica indicaba que dos chicas nos llamábamos igual,
entonces repitió la lista, pero ahora con apellidos. Sandra Ramírez, Aracelia
Santoyo, Ludwika Sorensen, Anel Viane, Tania Escarcega y Ana.
—¿Ana qué?
—preguntó una hermosa chica de cabellos rubios.
La chica no
le contestó, entró al salón y salió nuevamente.
—Solamente
es Ana.
Había ahí
una confusión enorme, pero anticipándome al ridículo, porque era evidente que
la elegida era la chica rubia, enfilé rumbo a la puerta.
—¿A dónde
vas? —me preguntó la chica de la lista.
—Bueno, creo
que soy yo la que está de más.
—¿Cuál es tu
nombre? —me preguntó.
Pensé en
mentir, no quería quedar en ridículo, pero, qué diablos.
—Soy Ana,
por eso pensé que era yo la de la lista, pero ya veo que no —la chica se veía
presionada. Entró nuevamente al salón. Regresó con su lista y papeles, entonces
me miró de nuevo ante todas las demás chicas y dijo.
—Eres tú,
Ana, la morena —dicho eso, la chica rubia se puso de nervios y salió indignada.
Yo entré después que todas las demás; sorprendida, no atinaba a creer lo que
ocurría.
De nuevo en
el salón, nos pidieron más datos personales sobre nuestros hábitos y nuestra
experiencia, además nos tomaron medidas. Se hacía ya muy tarde y eso me
preocupaba. Entonces la señora que parecía la líder de todo aquello me llamó
con su voz elegante y suave.
—Ana, ¿qué
edad tienes?
—Apenas…
catorce, pero ya cumpliré quince.
—Eso está
muy bien, es muy buena edad para comenzar, yo empecé a los trece. Vamos a
necesitar esta carta firmada por tus padres y además solo te podremos pagar dos
mil pesos por esta sesión, dado que eres principiante.
Me quedé
helada, ¿había dicho dos mil pesos? ¡Era un dineral! Por supuesto era una
salario raquítico y casi abusivo para una profesional, pero para mí era un
cofre del tesoro. No podía creer mi suerte. Casi salté de alegría, pero recordé
las enseñanzas de Mercedes al respecto de mantener la cordura y el porte.
—Sí, señora
—dije.
—Bien,
tráelo mañana. Necesitamos la identificación de alguno de tus padres o que
vengan personalmente, tú sabes, para comparar la firma.
—Sí, señora,
lo traeré mañana.
—No me digas
señora, dime Lupita, eso es todo.
Camino a
casa soñaba con mi nuevo futuro. ¡Era genial! Entonces, pensé mil formas de
decirle a Papá. Ahí me cayó el veinte, era papá con su mentalidad retrograda.
No importaba, decidí intentarlo.
—¿Perdona,
pero que dijiste? ¿Modelo? —me dijo papá mientras estaba sentado a la mesa con
su cena.
—Sí, me
pagarán —respondí.
—No,
definitivamente no.
—¡Papá! Esto
es importante para mí —dije desesperada.
—Lo siento,
Ana. Tú estás muy chica para trabajar, apenas si soporto la idea de que laves
coches.
—Ya no lavo
coches, papá, trabajo entregando comida. Solo piénsalo, me pagarán muy bien y
esa gente… se ven buenas personas —dije ya más tranquila.
—Tú no
sabes, podría ser algo malo. Hay muchas historias de chicas a las que hacen
prostitutas y así…
—¡Papá! ¿Por
qué siempre eres tan desconfiado?
—Definitivamente
no, Ana. Y eso es todo.
Otra vez esa
ira, esa impotencia, esa frustración enorme y monstruosa que me salía desde
adentro. Lo que dije después lo dije con todas las ganas de destruir.
—No me dejas
porque no aceptas la idea de que yo sea mejor que tú. Eres un fracasado con un
puesto de comida chatarra en la calle. Yo puedo ser una gran modelo y además…
no solo he lavado coches…
—Ana,
cállate.
—…también
gano dinero con el rock y la gente dice que soy muy buena. El maestro Abel dice
que he mejorado mucho y tú no puedes aceptar la idea de que durante años y años
fuiste solo un pobre empleado de una empresa de mierda como dice mi tío! ¿Y
sabes qué? ¡Yo te conseguí el estúpido ascenso que tanto querías… y algo que yo
hice ocasionó que te echaran de esa empresa! ¡Los Ontiveros hicieron todo eso
por mí!
Lo dije todo
entre lágrimas. Me sentí tan mal. Él estaba firme y su rostro no tenía
expresión. Me miró. Regresó a mirar el suelo y dijo.
—A tu
cuarto, Ana.
Fui hasta mi
cuarto, cerré la puerta y tapé mis oídos con la almohada. Lloré bastante. Luego
intenté un recurso desesperado. Llamé a Alberto por teléfono y le pedí que
viniera a mi casa.
—¿A esta
hora? —me reclamó, pero era indispensable.
Abrí la
puerta de mi cuarto muy despacio. Luego me escabullí hasta el cuarto de papá.
Él ya dormía, busqué entre la oscuridad su chaqueta, siempre la colocaba sobre
el pequeño sofá de descanso, tomé la billetera y saqué su identificación.
Con ese
documento oficial en mano regresé a mi habitación.
Alberto
llegó, le abrí la puerta y lo llevé hasta mi cuarto con el más extremo sigilo.
—Ana, a tu
papá no le gusta que estemos solos en tu cuarto.
—Ven,
cállate. Mira, quiero que me hagas un favor. ¿Ves esta firma? Es la firma de mi
papá y quiero que la dibujes igual en esta carta. Tú eres un excelente dibujante,
tú puedes hacerlo.
—¿Qué la
falsifique?
—No es así
exactamente. Mira Alberto, me ofrecieron un empleo de modelo, con eso podré
pagar mis clases con el maestro Abel y además comprar muchos discos y ropa.
Además tú ya has falsificado la firma de varias de las maestras de la escuela.
—Eso de las
firmas de las maestras de la escuela es solo un juego, Ana; además tú no eres
modelo.
—Lo sé,
todavía no, pero se fijaron en mí y hubieras visto qué fino estaba el lugar y
las demás chicas que escogieron y todo eso que tanto quiero.
—Ana, hace
unos meses tú decías que ya lo tenías todo, que solo necesitabas el rock y a mi
¿Qué pasó con eso? ¿Ahora quieres más? ¿Desde cuándo quieres ser modelo?
—Ayúdame,
por favor. Tú eres mi novio…
—Ser tu
novio no significa que haga lo que tú me digas. Lola tiene razón, has cambiado
tanto.
—Solo
ayúdame —le dije y lo besé.
Alberto
siguió besándome, pero lo interrumpí —haz la firma.
—No, Ana.
Eso no está bien.
Dicho esto
volví a sentir todo aquello no me dejaba en paz. Tuve ganas de darle una
cachetada, pero me contuve.
—Vete —le dije.
—Ana… por
favor, no seas así.
Entonces,
como pude, y frente a Alberto, dibujé la firma de mi papá lo mejor que pude
sobre la carta que me había dado la agencia de modelos. Me salió mal. Lo había
arruinado.
Comencé a
llorar. Alberto trató de abrazarme y lo aparte.
—Alberto —le
dije sin subir la voz para no despertar a papá —, no te quiero ver nunca más.
Aquí terminó todo.
—Ana,
tranquila, no pasa nada. Trataré de convencer a tu papá que…
—Vete, maldito.
Eres solo un pobre grafitero de mierda.
—Me voy Ana,
pero déjame verte mañana…. Por favor.
—Nunca, se
acabó.
Él hizo un
silencio, pero no se iba. Yo no lo miraba, seguía frustrada y pasaron así unos
treinta segundos, entonces.
—Ana, a
veces eres tan pendeja.
Dicho esto,
se fue sin ningún cuidado de no hacer ruido. Papá no se despertó por suerte. Yo
me lamentaba y pensaba que los que decían que me querían eran tan estúpidos.
Al día
siguiente no fui a la escuela y tampoco a la agencia de modelos. Luego, llegó
el sábado y fui a trabajar. La dueña del restaurante chino me dio un ridículo
uniforme para hacer las entregas, era éste un overol amarillo canario y en el
pecho llevaba bordado el logo del restaurante. Además una gorra del mismo
chillante color amarillo remataba el conjunto. Al darme el atuendo, la dueña me
dijo que me lo había ganado. Me veía ridícula con eso. En la hora pico, una de
las entregas era justo al edificio donde rentaba la agencia de modelos Azul. En
el lobby vi a Lupita y a Eduardo, espléndidamente vestidos, acababan de salir
del ascensor y llevaban prisa. Yo me quité la gorra tan rápido como pude y mi
cabello estaba desordenado. Los miré pasar, pero ellos ni me notaron.

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