Nos dieron
quince minutos de descanso antes de continuar. Yo aproveché esa pausa para ir
por algo de comer. En un lugar del teatro habían dispuesto una larga mesa con
botanas y algo de comida. Yo estaba en el rito de aplacar mi hambre y ahí me
topé de frente con una figura familiar del pasado. Era Fabián, su cara larga,
su sonrisa burlona y ese sombrero que siempre llevaba. Cuando me vio, soltó una
carcajada, ¿de qué se burlaba este tipo? Luego que se calmó, me dijo fuerte y
claro.
—Él quiere
hablar contigo.
Me sentía
preparada para enfrentarlo, así que lo seguí hasta el lugar donde todo Kindergarten
estaba. Eso no lo tenía previsto, pensaba enfrentarme a Luis Ontiveros a solas.
Entré y todos me vitorearon, incluso Jafet. Luego, Luis pidió silencio.
—¡Ana
Zeppelin! —me dijo Luis que descansaba sobre una cómoda silla—, vocalista de…
el grupo de allá a lado. Caballeros, les muestro la evolución. Olvídense de la
niña ridícula de lentes, acné y cabello grasoso, esta linda y delicada niña es
en lo que se convirtió Ana Zeppelin. Hoy yo brindo por la pubertad —dijo y alzó
una botella de coñac que tenía en la mano. Todos los demás así lo hicieron con
sus respectivas bebidas, todas alcohólicas, ya fuera en botella o en copa.
—Todos aquí
en la sala estamos enterados de lo sucedido, ¿verdad Jafet? Te pedimos
públicamente disculpas. Perdimos la cabeza y cometimos algunas bajezas contigo.
Comprenderás que era necesario, pero veo que no me equivoqué, hoy quieres
patearnos el trasero ganándonos el concurso de bandas. Estás enojada, ¿no es
así? Pero te invito a que mires a tu alrededor y observes que aquí está Pamela,
tu amiga Pamela, siempre fue linda contigo. Y por allá está Julio, el chico
sensible al que siempre le agradaste. No me digas que no recuerdas a Saúl, mira
qué guapo está, y sabes, Ana, está soltero; me encantaría que fueran pareja tú
y él. Y allá al fondo está el Moro, tu amigo, él tuvo compasión de ti el día
del vergonzoso incidente del delincuente.
—Ana, tú
eres parte de esta familia. Nosotros te hicimos, de hecho, Domingos ha sido tu
representante de grupo en todos estos meses, él ha sido quien te ha conseguido
fiestas, bares y tocadas. Como puedes ver, nunca te dejamos ir. Eres lo que
eres por nosotros y estoy dispuesto a perdonarte, si así lo quieres, y
proponerte una nueva vida. Domingos y yo tenemos un nuevo proyecto musical para
ti, Ana. Te lo propondremos al terminar el concurso. Estoy seguro que si te lo
propusiera en este momento me lo escupirías en la cara. Veo tu mirada indignada,
me quieres matar, ¿no? ¿Ya conoces a Alejandra? Ella te suplió, así como tú
supliste a Rosalba, la asesinada. En fin, te mandaré buscar cuando termine este
concurso, Fabián ira por ti y, piénsalo bien, Ana, podrías ser algo mucho mejor
que Mercedes, podrías tener todo lo que quieres. Ahora, vete.
Mientras
dijo todo eso, los demás solo observaron y nada dijeron, ni siquiera mis
amigos. Yo salí de ese lugar turbada, sabía que su táctica era esa. Querían
intimidarme y no lo iba a permitir. Regresé entonces con mis compañeras. Las
miré y les dije que teníamos que ganar.
Kindergarten
tocó primero. Habían mejorado mucho en su ejecución, eran limpios y hacían
música muy al nuevo estilo brit-pop. La voz de la vocalista era melódica,
pero no alcanzaba notas muy altas, a pesar de ello técnicamente era buena; sin
embargo, escuche decir a Lola:
—Los tenemos, no son rival.
Luego tocó
Disidencia, un rock metal muy sombrío, era más bien death metal y eran
fuertes y rudos. Su guitarrista era excelente y la voz del vocal estaba sacada
de los siete infiernos de Dante. Ellos tocaron dos canciones seguidas y la
gente no les aplaudió mucho, era evidente que los presentes no eran conocedores.
Ese mismo público era el que, absurdamente, daría su voto al ganador.
Luego, Kindergarten
tomó el escenario de nueva cuenta. Tocaron una canción de ocho minutos con
arreglos complicados y que denotaban una influencia mucho más allá que la que
podía lograr Jafet, era evidente que ahí había mucha producción y dinero.
Entonces fue nuestro turno. El público nos vitoreó más que a los otros tres.
Definitivamente éramos sus favoritas.
Decidimos tocar una de las canciones nuevas.
—No más
espectros —dije y Amanda comenzó la cuenta, pero ahora con los platos.
Guitarra
fuerte, pero melódica. Contratiempo, todo era a contratiempo y el compás
forzado y lleno de notas. Entró mi voz y la gente levantó un alarido. Me
querían. Contratiempo, contratiempo. Lola la pasó mal con sus dedos, pero lo
disfrutaba. Contratiempo, contratiempo, era la canción más vertiginosa que
teníamos y entonces un sincope. Vacío absoluto. La guitarra de Lola en un solo
magnifico, parecía la Atenea del rock. Luego, otra vez Amanda nos hizo
recuperar el contratiempo. Contratiempo y así fue hasta el final en el que mi
guitarra extendió su vibración lo más posible. Terminamos abruptamente. Era la
locura. Yo no podía dejar de mirar mi guitarra mientras mis cabellos me
escurrían por la cara empapados de sudor.
Los jueces
dieron la puntuación de la ronda. Por obviedad los chicos metaleros estaban en
primer lugar. Nos tocaba otra vez.
—Tramposo
—dije y empezamos otra ejecución de nuestro happy punk.
Amanda, esta
vez dictaba un ritmo con más pausas y silencios que dejaban mucho espacio para
que Lola se fugara. En el medio de la canción, había un solo de batería que
Amanda ejecutó a la perfección. Luego entraba mi voz en una nota alta y de ahí
enfilábamos al final de la canción. Terminamos, el público aplaudió y yo les
hice una reverencia.
Fue el turno
de los metaleros. Empezaron soberbios, eran una máquina bien aceitada de
brutalidad. Estaban en el punto máximo de su curva cuando el bajista cometió un
error y por un momento la guitarra perdió el paso… recuperaron, pero aquello
había sido un error fatal, notado inclusive por los menos cultos.
Les dieron
su puntuación. Se fueron al primer lugar.
Entonces
regresó Kindergarten a escena. Julio no dejaba de mirarme, tomó su bajo y
comenzaron. Su vocal entonces sacó algo desconocido en nuestro país, elevó su
voz y comenzó a hacer melismastia, eso
era un truco enorme con el que nadie contaba. La canción era hermosa y
entonces… el sonido se fue. Julio había errado la nota, tardó más de cinco
segundos en recuperar el ritmo, pero ya todos se habían desconcertado.
Terminaron lo mejor que pudieron. A pesar de ello, su error fue menos castigado
por los jueces y les dieron una puntuación que les permitió llegar la primera
posición por poco. Ya solo quedaba una canción y era la nuestra.
—Eso pasa
—me dijo Lola —, Ana, cuando intentas ser versátil y salirte del guion y ahora
nosotras vamos a hacer eso justamente, que el pinche dios de los cristianos nos
ayude.
Nos
levantamos de nuestros asientos. Tomamos nuestros instrumentos, pero yo pedí
una silla. Lola, tomó una guitarra acústica que le había prestado el maestro
Abel y la conectó al amplificador. Lo más increíble fue que Amanda no fue hacía
la batería, se colocó a un lado de ésta y tomó un bongó. Yo hice una prueba con
el micrófono y me di tiempo de mirar a los jueces. Se reían. Otra vez, la gente
se reía de mis ideas. Desde aquel momento aprendí que eso era una buena señal.
—Bienvenidos
al momento bizarro del evento. Alberto esta canción te la dedico dónde quiera
que estés. La canción se llama “Regresa” —dije a todos por el micrófono.
Las tres nos
miramos. Lola se persignó y comenzó con acordes muy al estilo del flamenco, con
arpegios. La guitarra acústica se escuchaba preciosa. Como por quince segundos
Lola se lució sobre ese escenario. Luego hizo un silencio y entonces mi
guitarra eléctrica se acopló a la acústica dando las notas graves y al unísono
el bongó marcó el ritmo delicioso, cadencioso y nuevo para completar el marco
de esa canción que, esperaba yo, Alberto escuchara.
Mi voz entró
luego de dejar pasar ocho tiempos muertos, me imagine a mi chico enfrente de
mí, y canté como me había dicho el maestro Abel, saqué las notas desde lo más
primigenio de mi alma. ¿Recuerdan que mi tío había dicho que el desamor había
inspirado algunas de las canciones más bellas?
Quiero
llorar, sí, tú ya no estás…
Me equivoqué,
perdí, quiero llorar.
Amor, por
favor, no me dejes en… soledad.
Quiero
llorar, sí, tú ya no estás…
Mira cómo
era, recuerdas placer
En
poesías me hacías perecer
Y yo solo
te pido, me perdones nada más.
Quiero
llorar, sí, tú ya no estás…
Me
equivoqué, perdí, quiero llorar.
Amor por
favor, no me dejes en… soledad.
Quiero
llorar, sí, tú ya no estás…
Hoy
frente a ti, ofrezco lo que soy
Hoy
frente a ti, me desnudo como soy
Porque sé
que tú siempre viste más allá.
Quiero
llorar, sí, tú ya no estás…
Me equivoqué,
perdí, quiero llorar.
Amor por
favor, no me dejes en soledad.
Quiero
llorar, sí, tú ya no estás…
Hoy
frente a ti, ofrezco lo que soy
Hoy
frente a ti, me desnudo como soy
Porque sé
que tú siempre viste más allá.
Quiero
llorar, sí, tú ya no estás…
Me
equivoqué, perdí, quiero llorar.
Amor, por
favor, no me dejes en… soledad.
Quiero
llorar…. Sí… tú, ya, no, estaaaaaaaaaaaaaaaaaas…
El sonido de
las guitarras se mantenía. Entonces Amanda dejó el bongó y subió a la batería.
Por poco más de un segundo la canción quedó sin percusiones, pero fue una pausa
bella. Tocó la señal y recorrió todos sus platos en una caída perfecta que duró
apenas unos segundos antes de marcar un ritmo muy rápido, nosotras también
aumentamos el tiempo y la gente que se había conmovido con la sentida canción
de perdón a Alberto, vio como todo se trasformó en una explosión de sonidos y
ellos crecieron con nosotras. Lola me ayudó entonces a cantar, nos mirábamos,
ya estábamos de pie, estábamos a punto de lograrlo, cantamos el coro de la
canción unas tres veces con ese estilo rockero y entonces entré en la nota más
larga de mi vida con mi voz… la sostuve por un minuto… y Amada cerró.
Terminamos. Solté un grito liberador al acabar, el público aplaudía a horrores.
Miré mi guitarra, era la amarilla que Jafet me había regalado, acto seguido, la
lancé a lo alto de manera imprudente… La guitarra se elevó y cayó, al golpear
el suelo lanzó ese ruido doloroso de un instrumento que pierde las cuerdas. Me
deshice de ella para siempre.
Nosotras queríamos
irnos, pero la gente de logística nos lo impidió, nos dijeron que nos darían la
puntuación ahí mismo. El público estaba extasiado aún.
El
presentador anunció las puntuaciones ya conocidas de Kindergarten y los
metaleros, entonces se dio la de nosotras, empatamos.
—¡Mierda!
¿Cómo es eso posible? —exclamó Lola, yo tampoco lo podía creer. Luego se pidió
al público una ovación para los metaleros. Era ridículo, un concurso musical se
decidiría por aplausos como en la más deprimente de las fiestas infantiles.
No hubo
mucha respuesta para los metaleros.
Kindergarten
tuvo más aplausos y sus integrantes sonreían, menos Julio.
Y cuando
llegaron a nosotras el alarido fue notoriamente mayor. Lo sentía, éramos las
ganadoras, podía ver los rostros de alegría de mis compañeras y la seriedad de
todos y cada uno de los miembros de la banda de Kindergarten al escuchar la
ovación que nos daban.
Los jueces,
no los virtuosos sino los que median la popularidad, deliberaron y llegaron a
la conclusión. Ésta le fue entregada al presentador. Todos seguíamos en el
escenario agregados cada quién con su banda.
—El grupo
ganador del concurso talentos de la marca… mil novecientos noventa y tres es
para… ¡Kindergarten!
Sentí un
sentimiento horrible. Gran parte del público vitoreo. Jafet sonreía, el Moro
también y la vocalista daba saltos de alegría y abrazaba a todos. Julio seguía
serio.
—¡No! ¡Eso
no puede ser! —gritaba yo, entonces Amanda me tomó por el torso y me empujó
para salir del escenario.
—¡Vámonos
Anita, vámonos! —me decía Amanda.
Adivinaron,
como en mi canción: yo lloraba porque me sentía robada. Aquello era pésimo.
Ya afuera
del escenario, seguía molesta por lo que para mí era el robo más grande de la
historia. Al poco rato Lola llegó con nosotras, también traía lágrimas, mi
invencible Lola también compartía mi dolor.
—¡Son unos
putos, Ana! ¡Hijos de su chingada madre! ¡Ladrones! ¡Hijos de su puta madre!
Amanda no
sabía qué hacer para tranquilizarnos.
Entonces
Fabián se acercó hasta mí.
—Ana,
tenemos que irnos —me dijo. Sí que iba a ir, le iba a decir a ese pendejo de
Luis todo lo que pensaba de él.
—Ana, no
vayas —me pidió Amanda.
—Sí, Ana
—dijo Lola — ¡Somos mejores! ¡Todos lo vieron! ¡Ganamos! —decía Lola en la cara
de Fabián y este solo reía burlonamente.
—Déjenme ir,
quiero decirle unas cuantas cosas.
—¡Ana! —intentó
detenerme Lola —¡Se acabó! ¡Hay cosas más importantes!
No, no las
había. Yo quería ganar, quería vengarme, que todos me vieran coronada, que
todos vieran que yo era Ana Zeppelin, mejor que los Ontiveros.
Con todo el
rímel en mis mejillas seguí a Fabián. En mi alma había un hueco enorme.
—Eso está
bien Ana —me decía Fabián mientras caminábamos entre el mar de gente —. Está
bien que detestes la derrota. Eso le gusta a él, aquí solo hay lugar para los
ganadores, Ana, y tú eres una ganadora, solo que hoy estabas en el bando
equivocado.
En el camino
a la salida con Fabián, Julio nos interceptó.
—¡Ana!,
espérame…— me dijo —…Ana, en la última canción me equivoqué a propósito. No me
iba a dejar ganar, lo hice para que vieras, para que te dieras cuenta, que no
podías ganar, era imposible que ganaras, Ana. Estaba arreglado.
—¡Dices
puras tonterías, pendejo! ¡Hazte a un lado! —le dijo Fabián a Julio.
Ahora
entendía todo, pero aun así no iba a dejar las cosas de este modo. ¿Qué iba a
hacer? ¿Qué podía hacer? No tenía idea.
Avanzamos
entre el público hasta la salida y ahí papá me esperaba. Se me acercó y me
abrazó, luego le dije.
—Papá, este
caballero es Fabián… Rosales —inventé —, me ha ofrecido hacernos un disco y me
llevará a conocer su estudio de grabación, no tardaré, es aquí cerca.
Fabián
saludó a mi padre con toda propiedad y me siguió el juego, hasta una tarjeta y
su número de teléfono le dio a mi padre que no quería dejarme ir. Luego subimos
a la limosina que nos esperaba. Recorrimos las calles del centro de mi ciudad y
llegamos hasta lo que por pura coincidencia era un verdadero estudio de
grabación. Y les hablo de un estudio de grabación de primer nivel, había en las
paredes fotografías de grandes intérpretes de la canción de todos los géneros.
Sus pasillos estaban alfombrados. Entonces, entramos a la cabina, era amplia y
cómoda. Ahí estaba Luis Ontiveros, Domingos y otros tres hombres de traje.
También estaba Giselle, pero deben entender que era solo parte de la
decoración.
Cuando
entramos noté que Luis Ontiveros tenía nuevamente sobre una mesita de cristal
el juego de la menta. Pero esta vez repartía abiertamente el polvo a sus
invitados de traje, que eran evidentemente extranjeros, y estos lo aspiraban con
gusto.
—¡Ana
Zeppelin! —dijo con su sonrisa falsa de cocainómano —Te presentó a William
Schurs y a Tomas Bright, ellos son inversionistas amigos de mi padre. Les gusta
invertir en la música y están aquí para conocerte. Te hemos seguido la pista
Ana, como ya te lo dije. ¿Por cierto cómo les fue en el concurso?
—Segundas
—dijo Fabián.
—Impresionante.
Tú y las mugrositas esas hasta el segundo lugar. ¿Caballeros no es Ana la niña
más linda y tierna que han visto? Ahora está un poco enojada porque quedó segundo
lugar en un concurso musical… y eso me agrada, que tenga tanto coraje, que le
duela perder. Pero bueno, mientras tú estabas en tu concurso, yo ya estaba
promocionando todo esto con los caballeros. Lo que queremos ofrecerte es lo
siguiente, por favor Domingos.
El gordo y
feo Domingos comenzó a hablar.
—Ana, te
haremos una estrella. En este año hemos creado una compañía discográfica nueva
y necesitamos nuevos talentos. Queremos que tú seas parte de la imagen del
sello. Tienes voz y tienes talento musical, eres bella y solo te hace falta un
gran equipo de producción. Grabaríamos discos, haríamos giras primero por el
país y luego por el extranjero. A William y a Tomas ya les fueron presentados
los números y toda la jerga mercadotécnica. Solo hace falta que tú des el sí.
—Ana, antes
de que digas algo —dijo Luis —, debes pensar, mi niña, que ésta es la gran
oportunidad de que todas las cosas materiales regresen, es la oportunidad de
una mejor vida para tu padre y tu oportunidad de visitar a Mercedes cuando quieras
sin importar en que parte del mundo te encuentres. Conocer y viajar, ropa cara,
admiradores, chicos guapos y… ¡mucho sexo, drogas y rock’n roll! ¿No es eso lo
que siempre has deseado, Ana? Que la gente grite tu nombre, te idolatre… te
rueguen que les des al menos una mirada. Puedes ser una diosa, Ana, la Afrodita
del pop, Ana Zeppelin.
Por un
momento lo pensé, realmente lo pensé, podría tener todo aquello.
—¿Quieres
que mi banda sea parte de tu sello? —pregunté inocentemente.
Luis sonrió
y miró a Domingos, este comenzó a hablar de nuevo.
—No, Ana.
Serías solista y no queremos que cantes punk, queremos que cantes pop. Es el
futuro Ana, muy pronto toda esta cosa del rock morirá y será suplantada por
cantantes bellas y con buena voz como tú, muchas coreografías, moda, belleza y…
—Canciones
vacías —dije.
—Quizás,
pero multimillonarias —continuó Domingos —. Pero no lo veas así, esto pertenece
a un ciclo, pasó en los setentas, en los ochentas y ocurrirá de nueva cuenta en
esta década, el rock rompe y hace un alboroto y el pop llega y lo aplasta. El
pop es lo que se viene, ya hay toda una serie de niñas bonitas listas para ser
las nuevas estrellas de los adolescentes. Algo totalmente nuevo. Serán madonas
evolucionadas…
—¡Eso es!
bien dicho —expresó Luis —, esa frase me gusta, madonas evolucionadas. Ana,
¡Madona necesita una sucesora! Y a ti,
hermosa, ya te crecieron las caderas y las tetas, te estiraste, te pusiste
guapa y conoces cómo comportarte en sociedad, eres perfecta. Desde aquella vez
que te aventaste sobre esa batería en la fiesta de Domingos cuando tenías trece
años supe que tenías la energía para ser una diosa.
Pensé todo
aquello, ¿el rock moriría? ¿Era acaso todo eso un ciclo? ¿Madona necesitaba una
sucesora? ¿Me habían crecido las tetas?
—El pop es el
futuro, Ana —remató Domingos.
Se hizo un
silencio, evidentemente esperaban mi respuesta y los extranjeros sonreían.
—Yo… yo…
tengo cosas más importantes que hacer.
Salí de
aquella habitación. Fabián hizo el intento de detenerme.
—No lo hagas
—dijo Luis a su amigo —, ya regresará.
Encontré la
salida. Era ya muy noche. Tomé un taxi y me cobró muy caro hasta mi casa, ahí
le pedí ayuda a papá para pagarlo. Entonces decidí que no me comportaría como
una estúpida, me levantaría y ya vería qué hacer con mi vida. Al final y al
cabo, era solo yo una niña de secundaria.
La navidad
de mil novecientos noventa y tres mi tío regresó. Le conté todo lo que había
pasado y él me miró con compasión. Yo seguía muy triste. No había visto a Lola
o a Amanda. En plena cena de Nochebuena mi tío nos contó que era un traidor,
con lágrimas nos describió que había tenido que delatar a sus compañeros de
causa por unos pesos que le había ofrecido el gobierno federal. De ahí había
salido el dinero con el que habíamos sobrevivido desde lo de mi expulsión y el
despido de papá. Según mi tío, ya todo había terminado, pero él estaba
devastado. Con mi tío deprimido y conmigo en mi peor momento, papá tuvo que
paliar la situación, trataba de animarnos, de entretenernos y de hacernos
convivir con juegos de mesa por las noches.
—Ay,
Anita —me decía mi tío —, esta vida que
tanto duele.
Yo pensaba
en Alberto, en la música y en la muerte del rock a manos del pop y no podía
estar más de acuerdo con mi tío.
Feliz mil
novecientos noventa y cuatro. Ese día me levanté aturdida como siempre, prendí
la televisión y entonces nos enteramos.
—¡Tío! ¡Tío!
—le llamé —¡Se levantaron! ¡Se levantaron contra el gobierno!
Mi tío y mi
papá acudieron rápido a ver todo aquello. Una guerrilla en Chiapas, una de las
regiones más remotas del país, se había levantado. Mi tío gritó de alegría.
—¡Zapata,
vive! ¡Y cabalga, chingaos cómo no! —dijo mi tío.
Yo miraba
todo eso atónita sin comprender exactamente qué sucedía y por qué.
Mi mundo
cambiaba otra vez, mi tío no se fue a Chiapas, pero se mantuvo más entero. Él
era un hombre que tendría que vivir con la situación de ser un traidor a su
causa… sin embargo eso lo hizo por su hermano y por su sobrina ¿no puede
entender la libertad que a veces ella también tiene que quedar en segundo
término? No sé si había otros caminos, pero la decisión estaba tomada. Nunca he
sabido exactamente que pensar de eso.
Regresamos a
clases y Alberto seguía sin hacerme el más mínimo caso. Era obvio que mi
canción no le había llegado. Lola me decía que ya habían pasado muchos meses.
Alicia, por su parte, pensaba que quizás el universo había encontrado su
equilibrio solo.
La noche del
quince de enero, no pude resistir más, tenía que hablar con él. Su madre me
dijo que no estaba, no había llegado de andar en patineta o pintar paredes.
Entonces, fui al llano y subí por los campos polvosos de fútbol hasta la barda
de Luz y Fuerza. Miré uno a uno los grafitis y entonces, conforme me acercaba
al lugar de las pintas de Alberto, escuche música… a lo lejos vi una grabadora
y una manta que envolvía un bulto. Conforme me acerque más y más noté el
molesto aroma de la mariguana quemada. La grabadora captaba la estación de Rock
101, Los Caifanes con Los Dioses Ocultos a medio volumen. A un costado del
aparatado radiofónico, había un platito de porcelana que evidentemente había
servido de cenicero para el churro del psicotrópico, a ladito del plato había
una cajita de condones vacía y sobre la manta, abrazados, semidesnudos y semi-envueltos
por unas cobijas, estaban Alberto y una niña a quién yo no conocía. A pesar de
la oscuridad, pude ver, a la luz de la luna en cuarto menguante, que mi rostro
había sido borrado de la pared, todavía no había un dibujo nuevo, pero era
evidente que algo se trabajaba en ese lienzo de ladrillos blancos. Era, por los
esbozos, el trazo de un nuevo rostro.
Algo se
murió en mí en ese justo momento. Miré la escena un minuto más. Ellos estaban
profundamente dormidos. Quise llorar, pero me aguanté. Con mucha calma me alejé
del lugar y regresé a casa. Solo hasta que estuve en mi cuarto lloré y lloré
todo lo que pude a mi Alberto. No puse música, era un luto total.

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