Al siguiente día me levanté, fui al sanitario, me bañé, me vestí, me maquillé. Con mi nuevo aspecto me mostré ante mi padre y mi tío que ya desayunaban un sencillo plato con cereal y leche. Mi padre no dejaba de mirarme. Mi tío tenía dolor de cabeza. —¿Y bien, Ana? —comenzó mi padre —¿Dónde aprendiste eso? —Tengo una nueva amiga, papá —dije mientras me servía yo misma cereal. —¿Cómo se llama? —Mercedes. Es de la escuela —expliqué, sin comprender cuál era su asombro, luego continué —. Soy una niña, papá. Mi padre miró a mi tío que ignoraba nuestra conversación. —¿Y toda esa ropa? —preguntó mi papá —¿Y esos zapatos? ¿Todos esos productos? ¿Ese corte de cabello? Saqué un pequeño espejo del bolso que recién estrenaba, me saqué una lagaña que me molestaba en mi ojo derecho, miré a papá. —Todo eso —dije —, también me lo dio Mercedes. Luego hubo un amargo silencio. Terminé mi cereal. Lavé el plato. Mi padre dijo entonces a mi tío: —Espero que en ...