Al día
siguiente me maquillé justo como Mercedes me había enseñado. Por la noche había
echado una ojeada a la ropa que me había dado. Lamentablemente, los zapatos no
eran de mi número. ¡Shit damned!, exclamé en un grito con mucho estilo.
Me metí en el uniforme escolar, lo acomodé lo mejor que puede y antes de salir
me miré al espejo: todo estaba perfecto. Mi padre y mi tío no estaban, no era
sorpresa. En el trayecto a la escuela volví a hacer una pausa enfrente de la
113, pero esta vez me fui rápido ya que algunos chicos me silbaban y me decían
cosas como —¿Qué se te perdió aquí, reinita? —. Definitivamente, nada me había
preparado para enfrentar la poca capacidad intelectual de algunos hombres.
Mi
desfile por el pasillo de la escuela causó furor.
—¿Es
Ana? ¡Imposible! Ahora ya se junta con las de tercero. ¿Realmente tocó en la
banda de Jafet?
Todo el
reino escolar me hacía reverencia. Lo interesante fue cuando Laura y Pamela me
vieron; con ellas estaba Mercedes por supuesto.
—Te
luciste Mercedes —dijo una sorprendida Laura.
—¡Te
ves muy bien, Ana! — dijo, casi extasiada, Pamela.
Mercedes
se regodeaba. Seguramente en el futuro ella sería una infalible mujer exitosa;
se veía a mil leguas que le gustaba que le dieran su crédito. Entonces me vio
Jafet, ni siquiera al besar a Laura pudo alejar sus ojos de mi nuevo aspecto.
—¿Qué
te pasó Ana Zeppelin? —me preguntó.
—Nada.
—El
trío maldito te atrapó, ¿eh? —dijo Jafet con una risita —Nos vemos en la tarde,
niña. No llegues tarde. Ya sabes dónde está mi casa.
Asentí
nuevamente sin decir palabra: tenía que cuidar que el labial durara lo más
posible. Varias personas de mi grupo que antes me despreciaban, se acercaban a
hablarme e intentaban obtener una explicación de lo que ocurría. Juntarse con
los de tercero siendo de primero era, por mucho, un salto cuántico en el
escalafón social de aquella escuela privada.
En el
descanso volví a estar con Laura, Pamela y Mercedes. Las tres comenzaron a
hablar de los nuevos diseños y colores de los bolsos para la temporada invierno
1992. Ante mi total falta de conexión con el grupo, Mercedes intervino con voz
fuerte y clara.
—La
aburrimos, amigas —¡diablos! Me miraba nuevamente en esa forma.
—¿Qué?
— se sorprendió Pamela.
—La
estamos aburriendo con nuestra platica de accesorios, cuya utilidad es
prácticamente nula.
Pamela
y Laura aún no entendían muy bien. Siguieron, entonces, hablando de la
maravillosa bolsa. Pero Mercedes siguió con su atención puesta en mí. En voz
más baja me preguntó:
—¿Cómo
va el joven Weather?
—No sé.
No pude leer mucho ayer, y usa palabras muy complicadas. Es muy cansado.
—¿Y el
joven Alberto?
—No sé
tampoco. No lo he visto.
—Ana,
casi no sabes nada de nada. Eres afortunada. Mañana nos sentaremos en un lugar
diferente tú y yo. Estoy cansada de la misma plática… ¡Pamela! No puedes decir
eso de los Guchi. Ese modelo no es para invierno, claramente es de
verano. ¡Revisa bien la información de los catálogos antes de hablar!
Me
quedé turbada: Mercedes, que parecía tener toda su atención en mí, no había
dejado de escuchar la plática sobre accesorios. Era una genio en su materia, en
su contenido y en su portada.
Ese
día, al final de las clases me dirigía a la misma salida atestada de siempre.
Mercedes me interceptó y dijo:
—Por
acá. Ahora eres diferente a ellos.
Entramos
de nueva cuenta al edificio administrativo de la escuela.
—Buenas
tardes, señorita Mercedes. Buenas tardes, señorita Ana —dijeron todas y cada
una de las secretarias que nos encontramos a nuestro paso. Era increíble.
—Bueno,
hasta mañana. Usa siempre desde ahora este camino para evitar todo aquello del
amontonamiento de la puerta.
—Mercedes,
¿Laura y Pamela también salen por aquí?
—Podrían,
pero no. Les gusta exhibirse. Pasa buena
tarde. Salúdame a Luis —Mercedes subió a su camioneta y se fue.
Caminé
hasta mi casa. Aunque no había nadie, esta seguía aún con esa nueva vida y
estaba limpia. Entré a buscar algo para cambiarme. Elegí una falda y una blusa
que en mi precaria opinión hacían juego. Arreglé mi cabello. Hecho esto,
emprendí mi camino. Pasé por la 113, ya estaba vacía. Continué hasta el lugar
de las casas bonitas. El de la caseta me preguntó a dónde iba; dije que con
Luis Ontiveros, sin decir nada más, me abrió la puerta de ese mundo maravilloso
desde el cual podía verse la deprimente ladera vecina con sus casas de cartón.
Al llegar a la casa de los Ontiveros, toqué el timbre. Me abrió una sirvienta y
le expliqué a qué venía. Ella me dejó pasar y me indicó:
—Vaya
derecho por ese pasillo, luego a la derecha. En la primera puerta entre y cruce
la habitación hasta las escaleras que bajan. Baja uno, dos pisos y luego por el
pasillo hasta la tercera puerta, donde va a ver que hay una salida a la
alberca. Y ya en el jardín diríjase usted hasta la tercera de las casas que vea
acomodadas de derecha a izquierda; ahí entra y verá al señor Luis y al señor
Jafet… Mejor la acompaño.
Era
evidente que mi asombró mientras me daba su explicación la había hecho tomar la
sensata decisión de acompañarme. Hicimos todo ese recorrido por habitaciones y
pasillos totalmente aseados y decorados con buen gusto. Al llegar al jardín y
ver la alberca, yo ya estaba impresionada. En efecto, había otras casas
conectadas con ese jardín enorme.
Entramos
a una de esas pequeñas mansiones, y en la habitación principal estaban,
alrededor de una mesa de billar, Luis Ontiveros con toda su elegancia y porte;
Jafet, con su guitarra en mano; el chico de sombrero extraño, que de hecho
llevaba ahora un sombrero diferente, y un tipo gordo que jugaba con los
amplificadores.
Los
otros dos chicos de la banda descansaban plácidamente en cómodos sillones.
Tomás
ingresó luego de mí con unas cervezas en mano. El primero en verme fue Luis
Ontiveros.
—¡Señoras
y señores! —dijo como si me conociera de años— Ana Zeppelin, vocalista de
Kindergarten.
Todos
me lanzaron saludos afectuosos. El tipo de sombrero se carcajeó e hizo notar mi
nuevo aspecto.
—¿Qué
le pasó?
—Tranquilo,
compatriota. Encargué a Mercedes y a las otras niñas que ayudarán a Ana a verse
mejor —dijo con emoción Luis Ontiveros, mientras escrutaba mi rostro.
—¿Fue
obra tuya? —le preguntó Jafet a su hermano.
—Así
es, hermanito. No me equivoqué. Solo mírala —dicho esto, Jafet indicó su
aprobación con su pulgar levantado.
—Luis,
¿no me digas que ésta lindura es la niña que cantó en mi fiesta? —dijo el tipo
gordo.
—Así
es, Domingos. La misma.
—¡Puta
madre, sí que la hiciste muchacha! todos creían que eras un niño; pero ahora
que sepan que eres una niña, se les van a caer los pantalones. Rockeaste
duro. —dicho esto me ofreció una cerveza. Luis Ontiveros la tomó y le dijo:
—Domingos,
¿qué haces?
—Ofreciéndole
algo de tomar, hermano. ¿Cuál es el problema?
—¿El
problema? El problema, Domingos, es que ella solo tiene trece años.
—Pero
Luis, a esa edad ya nos metíamos madre y media.
Con un
movimiento de cabeza Luis desechó el argumento de su… ¿amigo?
—Domingos,
no me contradigas.
—Está
bien, Luis, solo quise ser amable. Mis respetos y disculpas, niña.
—Ana
—me dijo Luis —, perdona a mi ignorante compañero. Es una buena persona, pero a
veces no sabe lo que hace. Él es Domingos, el que organizó la fiesta donde
tocaron hace pocos días. Es diseñador gráfico y productor. Tiene un estudio de
grabación y si ustedes lo hacen bien, él nos hará un espacio.
—Con
todo gusto —respondió Domingos y dio un sorbo a su cerveza.
—¡Bien!
Hermanito. Los dejo solos. Hagan mucho ruido. Fabián, Domingos, vámonos.
Luis
Ontiveros, Domingos y el otro chico de sombrero, que ahora sabía que se llamaba
Fabián, salieron del recinto y entonces quedamos ahí solo los integrantes de la
banda. Jafet, con una seña nos indicó que nos acercáramos.
—Ya
oyeron a mi hermano: si hacemos bien las cosas, nos producirá un disco. Vamos a
hacerlo. Primero quiero que sigamos con los covers porque como ustedes
saben… yo no compongo bien...
—Yo
tampoco —dijeron los otros tres chicos casi al unisonó. Ni siquiera valía la
pena pensar en mí.
—Entonces
quiero que hagamos una lista de canciones que les gustaría ensayar, una cada
uno.
Tomás
quería hacer el cover de “Nothing Else Matters”, Saúl quería una
de Helloween, Julio, el chico altísimo, propuso algo de Iron Maiden.
Jafet los miró con reprobación.
—Caballeros,
tenemos una vocal mujer.
—Lo
hizo muy bien como Kurt Cobain —dijo Julio.
—Sí,
sí, por eso elijamos del género punk. A una mujer como ella le queda el género
punk. Por el momento no experimentemos con el metal.
—Entonces
que ella elija —propuso Saúl —. Lo que elija podremos tocarlo, eso es seguro.
—Bien,
Ana Zeppelin, ¿qué tocamos? —secundó Tomás.
De
pronto, la que era ignorada tuvo la oportunidad de escoger.
—Bien
—dije pensativa —, quiero cantar algo de los Pixies, una de Hole,
y seguir con lo de Nirvana. Pero más que nada, quiero que montemos “Anarchy
on the United Kingdom” de Sex Pistols.
Ellos
quedaron en silencio, por un momento pensé que me reprobarían pero…
—Bien
—dijo Jafet.
—¡Yo
tengo la partitura! —dijo Julio emocionado.
—Será
fácil —dijo un confiado Tomás.
Suspiré
de alivio.
Un
ensayo es muy distinto a un concierto. Significa trabajo duro, coordinación,
repetir una y otra vez; implica un esfuerzo intelectual desgastante. Era
trabajo duro. Aunque la sirvienta me había traído limonada y sobre una mesita
había variedad de botanas, casi ni las tocamos. Estábamos plenamente
concentrados. Pasaron las horas. Tomás el Moro era para mi sorpresa el líder de
todo aquello. Sí, Jafet era el genio en ejecución, pero le faltaba esa parte para
organizar y mandar; también hay que decir que a Tomás le era más fácil tomar el
mando por su puesto de baterista. Respetar tiempos, escuchar la canción
original para descubrir los vacíos de la partitura, encontrar la afinación o el
efecto, la pausa, la cadencia.
Hubo un
momento en que la voz ya la arrastraba, entonces Tomás detuvo el ensayo y mandó
a la sirvienta a traer miel que combinó con el agua de limón. Hice gárgaras con
eso y estaba lista. Con un micrófono y una grabadora decidimos registrar nuestro
primer resultado concreto. Había cierta tensión. Tomás marcó el tiempo y todo
aquello comenzó, fue similar al concierto en la parte de la emoción.
“Anarchy
in the United Kingdom” era un monstruo de canción. Vertiginoso, salvaje y
aturdidor. A cada ¡I wanna beeeee!,
le puse todo mi hígado. Cuidaba mi pronunciación, aullaba con alarido
intenso y trataba de sostener cada grito. Había que hacer honor a esa rola que
había descocido a un reino de su hipocresía y lo había vuelto de golpe a su
realidad de proletariado y de desempleo.
Todo eso era esa magnífica, honesta y pedante canción.
Al
final escuchamos la improvisada grabación y quedamos satisfechos. Los chicos
exhaustos se tiraron en los sillones. Yo tomé una silla, justo delante de
ellos.
—Felicidades
—expresó Jafet.
—Como
en los viejos tiempos —indicó irónicamente un jovencísimo Saúl.
—No te
olvides de la señorita, Jafet —recordó Tomás el Moro.
—Tienes
razón, Tomás —dijo Jafet, luego me miró y me dijo —. Ana, tocaremos en tres meses, en el
cumpleaños de Mercedes. Durante ese tiempo ensayaremos aquí todos los días. En
diciembre hay un concurso de bandas muy importante y quiero que participemos.
Dios quiera que para entonces ya te haya alcanzado la pubertad.
Todos
rieron. Yo bajé la vista; pero me comenzaba a acostumbrar a todo eso.
—Tendremos
que componer algo propio para entonces —dijo Julio con algo de angustia.
—Tendremos
que intentarlo —dijo Tomás el Moro.
Eso de
componer parecía ser un verdadero problema. Como yo nunca me había enfrentado a
algo así, no sabía de lo que hablaban, pero parecía tan apocalíptico. La sola
mención del asunto provocaba en mi banda un sopor que les quitaba la energía.
Para mi mala fortuna el remedio que encontraron para paliar aquello fue
burlarse de mí.
—¡Haz
la risa otra vez, Ana! La del grito, antes de cuando dices anticrist.
—¡Sí,
Ana, hazlo otra vez!
Lo
hacía lo más gracioso que podía, y ellos reían.
—Bien—
dijo Jafet luego de recuperar el ánimo —, esa canción es grandiosa.
—Y que
lo digas, jefe —asintió Julio.
—Es una
penetración, con todo respeto, Ana, pero eso me recuerda la canción —dijo
Tomás.
—Sí, la
verdad es hermosa —dije yo.
—Sí, es
hermosa— asintieron los demás.
—Me
hubiera gustado vivir en esa época hermanos —dijo Saúl, como si la época actual
fuera mala.
—¿De
qué hablas? —refuté —Esta época es buena. ¡Mil novecientos noventa y dos es el
año donde el punk es rey! Solo mira qué buen rock se hace hoy; el rock está más
vivo que nunca y es honesto, mal encarado y… y… es como un alarido en el fondo
de nuestras almas. Casi imposible de romper y tan penetrante, como decía Tomás,
que te hace sangrar… sí te hace sangrar.
—Sí
—asintieron todos.
—¿No se
dan cuenta? — continué —Todo esto es poesía, pero a nuestro modo; no necesitamos
cumplir con algo. Esta música de ahora es grande, tremenda… ¡religiosa!
—¿Religiosa?
—dijo un sorprendido Julio.
—Sí, en
el sentido de que te marca el espíritu, hombre, y lo puede hacer de manera muy
cruda. A mí me hace sentir que… que mi mamá tomó la mejor decisión al darme la
vida en este tiempo.
—Sí, sí
—asintieron todos nuevamente.
—¿Eres
huérfana verdad, Ana? —preguntó Jafet.
—Solo
de madre.
—Pues
yo no tengo a ninguno de mis padres —confesó Jafet —Están tan ocupados que ni
atención me ponen. Sin mi hermano no sé qué hubiera hecho.
—Yo —dijo
Saúl —vivo con mis abuelos. Mis padres se divorciaron y los odio tanto que no
quise estar con ninguno de ellos.
—Yo sí
soy huérfano, Ana —dijo un serio Tomás el Moro —. No eres la única becada de la
escuela.
—Cielos,
chicos —dijo Julio —, yo sí tengo a mis papás y me ponen atención. Me siento
mal por ustedes.
Era
evidente que Julio tenía una sensibilidad auténtica, desde el principio yo
había notado que él era el que más se emocionaba al momento de tocar su
instrumento y no pocas veces salía con comentarios de este tipo, una empatía
que daba ternura. Era el que me hablaba más y me trababa siempre con
amabilidad.
—No te
sientas mal, Julio —dijo Jafet y tomó otra cerveza, pues la primera ya la había
vaciado —. Eres afortunado, y de todos modos nosotros seremos como una familia.
Somos Kindergarten.
—Yo les
quería decir algo sobre eso —interrumpió Tomás el Moro. —¿Por qué no nos
seguimos llamando como antes?
—Ya no
está Rosalba, Tomás —dijo Julio —. Y además en esa etapa nunca tocamos en vivo.
Esto es nuevo y la gente nos bautizó.
Jafet
hizo un gesto de aprobación a las palabras de Julio. Yo no pude resistir la
tentación de preguntar cómo se llamaban antes.
Jafet
dio un sorbo a su cerveza. Se limpió la boca y al fin dijo:
—Escalera
al cielo.
Y dio
por terminado el ensayo.
—Ana—
me llamó Jafet —, ¿recuerdas cómo salir?
¿Tienes cómo irte?
—Sí,
sí.
—Bien.
Nosotros levantaremos esto. Puedes irte.
Al
caminar por la casa puse un poco más de atención en la decoración que era
realmente hermosa aunque transmitía cierta frialdad, no era como la casa de
Mercedes. Me llamó la atención una pintura enorme, del tamaño de una pared que
tenía muchos colores cálidos, contrastaba con la frialdad de la casa y sus
muros blancos minimalistas. En eso, escuché ruidos y apresuré el paso hacia la
salida, pero lo hice mal y me metí en pasillos desconocidos. Estaba atrapada en
un laberinto, de pronto…
—¡Ah!
—lancé un estridente grito. Una mujer había caído frente a mis pies, y no podía
asegurar si estaba viva o muerta. Casi inmediatamente vi a Luis, que intentaba
ayudarla. La mujer apestaba a vómito y estaba en ropa interior.
—Giselle,
por el amor de Dios, ¿ya ves? Espantaste a la niña. No te preocupes, Ana. Solo
está… drogada.
En
efecto, aquella mujer se movía lentamente, como en sopor; era guapísima y
blanquísima.
—¿Quién
es? —pregunté.
—Eso,
mi querida Ana Zeppelin, no te incumbe. ¡Berta!
Luis se
veía algo nervioso. Apenas entonces noté que él también estaba en ropa
interior, aquí pasaba algo muy evidente, sin embargo me concentré en el cuerpo
de Luis por un minuto, era un cuerpo bello. Luego, otro quejido de la chica me
sacó de mi embobamiento.
—¿Te
puedo ayudar? —pregunté realmente dispuesta a hacer lo necesario para ayudar a
esa chica.
—Tienes
buen corazón, Ana Zeppelin, pero debo pedirte que mejor te vayas, por favor.
¡Berta, dónde estaba! Lleva a la niña a la salida, que Mario la lleve a donde
le diga.
—Sí
señor Luis —dijo la sirvienta y, sin decir absolutamente nada de la chica casi
muerta que tenía Luis en sus brazos, me acompañó hasta la puerta. Ahí, un auto
me esperaba. Lo abordé y le dije mi dirección a Mario.
—¿Usted
vive ahí, señorita? —me preguntó Mario al ver mi casa con una mirada despectiva.
—Eso,
mi querido Mario —le dije—, no le incumbe —y me bajé del auto.
Quedaba
claro que a veces no se podía mantener la portada.

Comentarios
Publicar un comentario