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8 EL 68



Al siguiente día me levanté, fui al sanitario, me bañé, me vestí, me maquillé. Con mi nuevo aspecto me mostré ante mi padre y mi tío que ya desayunaban un sencillo plato con cereal y leche. Mi padre no dejaba de mirarme. Mi tío tenía dolor de cabeza.
—¿Y bien, Ana? —comenzó mi padre —¿Dónde aprendiste eso?
—Tengo una nueva amiga, papá —dije mientras me servía yo misma cereal.
—¿Cómo se llama?
—Mercedes. Es de la escuela —expliqué, sin comprender cuál era su asombro, luego continué —. Soy una niña, papá.
Mi padre miró a mi tío que ignoraba nuestra conversación.
—¿Y toda esa ropa? —preguntó mi papá —¿Y esos zapatos? ¿Todos esos productos? ¿Ese corte de cabello?
Saqué un pequeño espejo del bolso que recién estrenaba, me saqué una lagaña que me molestaba en mi ojo derecho, miré a papá.
—Todo eso —dije —, también me lo dio Mercedes.
Luego hubo un amargo silencio. Terminé mi cereal. Lavé el plato. Mi padre dijo entonces a mi tío:
—Espero que en todo esto no tengas que ver tú.
Mi tío salió de su sopor.
—Es tu hija, no la mía, no me culpes.
Mi papá puso su típica cara de molestia.
—Le diste libros, le diste música. De pronto una chica le da toda esa pintura de payaso… ¿Cuándo traerá drogas? Espera, ya te vio mientras fumabas mariguana…
—¡Con un carajo! —gritó mi tío levantándose bruscamente de su silla —No soy tu pinche esposa o la niñera, Rodrigo, y a tu hija no le pasa nada malo, simplemente está creciendo. Lo que sucede es que te pasas tanto tiempo fuera, trabajando, que ya te habías olvidado de ello. ¡Puta madre, ojalá maduraras a la par de ella!
—¡¿Madurez?! ¡Pinche borracho desempleado! ¿Yo soy el inmaduro? Te estoy dando asilo porque a tus cuarenta y dos años no puedes tener una vida estable y normal. ¡Eres un pendejo adolescente en el cuerpo de un adulto!
—¡Yo sí me gradué!  ¡Yo sí soy leal a mis principios y no trabajo como esclavo en una pinche empresa de mierda! ¡En un pinche empleo de mierda!
—¡Empleo de mierda que paga el puto cereal que te comes!
—¿Paga el cereal? Felicidades, pendejo, puedes pagarle cereal a tu hija pero la ropa que usa tiene que obtenerla en un club de beneficencia.
Me comenzó a doler la cabeza también. Lancé entonces uno de mis ya famosos gritos estridentes. Se callaron. Cuando ya tenía su atención y con toda calma, les dije a esos niños:
—Aún estoy aquí. Al menos dejen que me vaya —tomé mis cosas y salí. No quería llorar, no iba a dejar que ellos arruinaran lo bien que me sentía.

Mi tío y mi padre, hermanos, los dos únicos hijos de mi abuelo, que había sido un exitoso comerciante de zapatos. Mi abuela amaba a sus dos hijos, Armando y Rodrigo. Los había sobreprotegido durante su niñez, pero había cuidado meticulosamente su educación. En el álbum familiar abundaban las fotos de viajes a Acapulco en donde mis dos referentes de madurez aún tenían aspecto de niños traviesos. Era una familia feliz hasta donde sé.
Mi padre era el menor y, al parecer, el de las cualidades artísticas. Mi tío era el genio de la familia. Había terminado siempre con promedio de excelencia en la escuela.
De adolescentes vivían en una casa de la Colonia del Valle, muy cómoda, muy bonita. Eran de los chicos buenos, sanos, deportistas y guapos, muy cotizados. Mi padre ingresó a la Universidad Nacional el año en que mi tío estaba por graduarse, era 1968. A ambos les gustaban los Beatles, Los Doors y los Rolling Stones.

Ahora sé que no solo mi tío tocaba la guitarra, también mi padre lo hacía y, según mi propio tío me confesó años después, mi padre lo hacía mejor. Eran muy unidos, se ayudaban uno al otro. Mi tío era un protector empedernido de mi padre y su mayor admirador. Mi tío se sabía listo, pero siempre decía a todo mundo —Si creen que yo soy bueno, esperen a ver a mi hermano.
Un día esa fraternidad total se rompió. Sucedió que en la universidad había una chica… sí ya sé, típico. Mis dos hombres cayeron en el lugar común de enamorarse de esta musa. Mi tío llevaba ventaja pues mientras mi padre le escribía poemas desde el fondo de su corazón y le llevaba flores hasta su ventana, este la llevaba a cenar, le compraba ropa y le conseguía buena droga. No sé cuándo comenzó mi tío con las drogas, pero comenzó.

Ese verano iniciaron las protestas. En Francia todo se rompió en mayo, aquí tardó un poco más. Mi abuelo regañaba airadamente a Armando por ir a los mítines y apoyar el movimiento. Mi abuelo era ingenuo, mi tío era parte del movimiento en un grado mucho más alto del que él podía imaginarse. Era de esperarse: mi tío tenía el don del discurso, convencía a sus compañeros con palabras bellas y conceptos indudables como libertad, igualdad y democracia. No era un mentiroso, realmente lo creía.
Papá era más escéptico y renuente respecto a creerse todo ese discurso. Decía que sí, el mundo estaba mal, pero enfrentarse al ejército no era la mejor forma de cambiar las cosas. Mi tío comenzó a decirle hippie de mierda. Papá le contestaba diciéndole que el que fumaba mariguana era él.
En fin, esa caldera política estaba en ebullición. Se venían las Olimpiadas. Varias tardes de ese año habían tenido ocasos que pintaban el cielo de rojo. Mi tío dice que sentía un ambiente raro, inspirador, pero a la vez temible.
Y estaba esta chica. Se llamaba Rosa, y también era grilla como mi tío. La tarde del dos de octubre de ese año Rosa no le había dicho que no o que sí a ninguno de los hermanos Grajales, por lo tanto, cada uno de ellos se sentía con la firme confianza de un día ser el hombre de Rosa. Mi tío la describe inteligente, con buenas ideas, pura. Mi padre la recuerda hermosa, inocente, linda. Quiero creer que era todas esas cosas.
Al mitin de la plaza de las Tres Culturas asistiría mi tío, quien antes había ido a ver el lugar para checar la logística. Esa tarde se puso su típica chaqueta de cuero, no era gordo aún, tenía patillas largas y no llevaba bigote. Se veía muy bien. Mi abuelo se le cruzó en la puerta.
—A un lado viejo —le dijo mi tío con poco respeto.
—Ya estuvo bien de mítines. Tú te pones a estudiar —le contestó mi abuelo.
—Eso hago. Hazte a un lado.
—No.
Mi abuelo se paró firme. Además, la puerta tenía cerrojo. Por un momento mi tío realmente pensó en quitarlo de su camino a la fuerza. Pero antes intento hacer un acuerdo.
—Papá, por favor, me quedé de ver con Rosa. Tú comprenderás —mi abuelo permaneció inmutable.
—No —repitió mi abuelo.
—¡Mierda! ¡Pinche viejo de mierda! —El puño de mi tío se quedó muy cerca de tocar a mi abuelo. A pocos centímetros detuvo su ira. El viejo seguía en la puerta y mi abuela ya miraba la escena con lágrimas.
Mi tío bajó la cabeza y se fue a su cuarto donde estaba mi padre (ya saben, compartían el cuarto) y por supuesto papá había escuchado todo aquello.
—Largo —le dijo mi tío a papá, que yacía acostado en su cama mientras escribía un poema más.
—Sí, pero ¿sabes? Rosa y yo saldremos hoy, la veré después del mitin. Dice que tiene algo que decirme —le dijo mi papá a mi tío.
—Rodrigo, vete de aquí o te hago mierda.
Mi papá salió del cuarto y se fue a escribir a la sala. Mi tío se encerró y puso bien alto la música de Cream, “Sunshine of your Love”.

Ustedes ya habrán adivinado que mi padre no salió con Rosa esa noche y de hecho nunca más volvió a escribir ningún poema. Cuando mi tío se enteró de lo sucedido soltó un llanto atroz y buscó a mi abuelo para abrazarlo.
En realidad, Rosa no fue dada por muerta inmediatamente. Su familia llamó varias veces a casa de mis abuelos para preguntar si había noticias de ella. Mi padre y mi abuelo ayudaron lo que pudieron en la búsqueda, en esos días ser estudiante era peligroso, mi tío estaba en shock y no comía. Mi padre fue quien más lo intentó, de hecho, se rindió mucho tiempo después que mi tío, e incluso la familia de Rosa. Hace poco encontré entre las cosas de mi padre uno de esos volantes: tiene la foto de Rosa y su descripción, se veía una muchacha feliz.
No sé cuánto tiempo les duró la depresión a cada uno. Debió ser desastroso. Uno dejó de escribir, mientras que el otro comenzó justamente su carrera como escritor.
Mi tío Armando se graduó para darle a mi abuelo esa satisfacción, fue como un “gracias por haberme salvado la vida”. Casi inmediatamente se puso a escribir. Seis meses tardó en hacer un libro contestatario que encontró eco en editoriales independientes y grupos de izquierda. En 1969 mi tío se fue de la casa y se unió al Partido Comunista luego de rechazar un puesto administrativo en gobernación que le había conseguido mi abuelo. Aun cuando había sido mi tío quien se había ido, mis abuelos lo describían como un destierro. Ese año mi padre dejó la escuela y tomó el puesto rechazado por su hermano.
Un día de 1970 mi tío invitó a mi padre al partido entre México y la Unión Soviética que era parte del campeonato mundial de futbol de aquel año. La intención de mi tío era hacer las paces con su hermano. Mi padre asistió. Durante el partido no se hablaron. Para colmo aquello terminó cero a cero y la estrategia de mi tío de abrazar a mi padre en el momento en que México metiera un gol se había esfumado. Al final del juego, sentados en uno de los palcos, mi tío le propuso a mi padre que se uniera al Partido Comunista. Papá no respondió a aquella propuesta, en cambió solo hizo a mi tío una acusación resentida.
—Tú la mataste, Armando. Hijo de tu puta madre, tú la citaste ese tarde en esa plaza.
Mi tío sintió morir. Trató de justificarse con la misma mentira que él se había inventado dos años atrás para sobrellevar el dolor.
—Ella hubiera ido de todas formas, Rodrigo. Estaba bien metida en eso, también luchaba por la libertad…
—¡Libertad! Al diablo con eso… ¡Esto no es Vietnam, Armando! Vete con tus discursos falsos a otro lado, déjame en paz para siempre.
Y así ocurrió. Durante más de diez años mis dos adultos no cruzaron palabra.
Mi padre trabajó para el gobierno todo ese tiempo. No recibió ningún ascenso ni tuvo en su vida alguna emoción notable, salvo un suceso ocurrido la fatídica tarde del 3 de octubre de 1974. Al regresar de Acapulco, el auto de mis abuelos entró en una bajada a la altura del Cañón del Zopilote; habiéndose gastado su líquido de frenos, el auto se estrelló contra una de las laderas de dura roca del cañón. Papá enterró a mis abuelos con toda la propiedad debida, pero no pudo encontrar a su hermano. Había una razón: mi tío estaba perdido en la sierra, a no mucha distancia de donde mis abuelos habían hallado la muerte.
Luego del desaire, mi tío Armando siguió su labor subversiva. Un día de 1972 se cansó de las tareas administrativas en el Partido Comunista y se aventuró en un viaje por el mundo. Visitó Rusia y el Congo, además de los países de rigor en Europa. En Inglaterra se tomó fotos en el club donde habían tocado los Beatles por primera vez, y esa foto la enseñaba con más orgullo que aquella que se había tomado en el Kremlin. A su regreso, luego de varios meses, escuchó hablar de la Asociación Cívica Revolucionaria que operaba en el estado de Guerrero. Ofreció sus servicios al movimiento en julio de 1973 y así comenzó su corta carrera como guerrillero armado. Le decían El Güero. Solo tres semanas después él y otros compañeros fueron apresados y encarcelados en Chilpancingo. Ni siquiera en esos momentos mi tío acudió a su hermano. Él es renuente a hablar de aquellos días en prisión, pero debió haber sido torturado.
Armando estuvo preso durante siete meses, en condiciones que aún le ocasionan pesadillas. Al salir, se marchó a la sierra pues resulta que ahí se había enamorado de una campesina. Y en un pueblo olvidado por Dios se instaló. Pactaron fecha para la boda y solo entonces Armando pensó en volver a contactar a su familia. Dos meses antes de la boda, mi tío tuvo la visita más inesperada. Desde que a lo lejos los divisó, ya sabía quiénes eran. Recibió al general lo mejor que pudo, le  dio agua a sus hombres y cruzó algunas palabras con él. Le estrechó la mano. Les deseó suerte y los vio partir. Al poco rato los que llegaron fueron los del ejército federal. Mi tío admitió haber visto al general Lucio Cabañas y les dio a los soldados una dirección falsa. Eso ocurrió el día que fallecieron mis abuelos, curiosamente el día más feliz en la vida política de mi tío.
Finalmente, Lucio Cabañas fue emboscado por el ejército un día de diciembre de 1974; él mismo se dio muerte para no ser capturado vivo. La noticia se esparció en la sierra. Trágico. Ese día que mi tío se casaba con aquella mujer campesina de la sierra, la última gran guerrilla del país moría. No hubo fiesta.
La idílica vida de mi tío en la sierra guerrerense se hizo cada vez más complicada. La gente sabía quién era él y el ejército lo tenía fichado. Esto daba lugar a extorsiones de la más baja calaña. Entonces, mi tío decidió regresar a la capital. La muchacha, sin embargo, no quería dejar su tierra.
—Ya veo —le dijo mi tío y se fue sin ella.
Era 1979, diciembre para ser exactos. Yo acababa de nacer.
En efecto, mi padre conoció en julio de 1977 a la que sería mi madre. Olvídense de la miel y la historia épica de amor, porque aquí no la hubo. Se conocieron en una fiesta y se gustaron. Durante meses, y sin pensar siquiera en un compromiso, tuvieron sexo sin mucho cuidado.
Finalmente, mi padre le propuso a Rebeca, mi madre, matrimonio. Ella aceptó —no sé si estaba segura —y un día de abril de 1979 se casaron. Yo ya estaba en camino.
Mi padre adquirió la casa en la que actualmente vivimos, también pudo comprar un Volkswagen modelo 69, de esos de faros en forma de huevo. Esto hacía muy feliz a mi padre; no tenía la vida de novela de mi tío, pero tenía la virtud de tener una existencia sencilla y tranquila.
Fue martes. Yo nací un 4 de octubre de 1979 (sí, sí, 2 de octubre, 3 de octubre, 4 de octubre, las coincidencias). Por supuesto, poco supe acerca de que un día antes de mi cumpleaños se celebraba el aniversario póstumo de mis abuelos y dos días antes el de la mujer que había desmembrado la armonía de aquella familia. Nunca supe por qué mi mamá me puso Ana; sin embargo, mi padre me ha confesado que si yo hubiese sido niño, me hubieran puesto Armando, como mi tío. Es evidente que para entonces mi padre ya lo había perdonado y, de hecho, lo buscaba.
Armando duró poco en Ciudad de México, era visitante incómodo en todas partes. Por eso decidió irse a Tijuana. Ahí se estableció como comerciante de fayuca. Vivió feliz algunos años más. No tenía idea de que se perdía los primeros años de la vida de su sobrina. Hasta que un día todo cambió.
Unos trabajadores hacían tareas de mantenimiento en el sótano de uno de los edificios de Tlatelolco, de esos que rodeaban la plaza de las Tres Culturas. Trataban de encontrar daños en la estructura del edificio, que podrían haber sido ocasionados por el terrible terremoto del año anterior. Entonces, en un recóndito lugar, cubierto por basura y varias cosas viejas, encontraron el cuerpo de una persona. Por el estado del cadáver no podían determinar cuánto tiempo llevaba ahí. Uno de los trabajadores especuló que quizás era una víctima del terremoto. Llamaron a la policía.
Cuando el forense llegó y vio a aquella momia sutilmente conservada por la sequedad del sótano, supo, por sus ropas, que aquella mujer era de una época anterior al terremoto. A su lado había una mochila; al hurgar en ella encontraron toda la evidencia de que se trataba del cuerpo de una estudiante. Cuadernos de escuela, apuntes de literatura y unos volantes demostraban que era una participante del mitin de hacía 18 años… Todos estaban impresionados. Además, entre los cuadernos había un poema con las iniciales RG.
—Estaba enamorada —señaló el forense.
En sus ropas hallaron una credencial de estudiante de la Universidad Nacional. Pensaron que al fin conocerían la identidad de la desconocida. Para su sorpresa la credencial era de un mozalbete llamado Armando Grajales Landeros.
Lo que mi papá no había podido hacer (encontrar a su hermano) el gobierno lo hizo con bastante rapidez. Tenían bien ubicado a Armando Grajales, no le habían perdido la pista, y aún era parte de una lista de gente de cuidado del gobierno federal. Ese día mi tío recibió una llamada: querían que identificara el cuerpo de una mujer. Pensó, al principio, que se trataba de su esposa, pero cuando le dijeron lo de Tlatelolco… sudó frío.
Mi tío viajó a la Ciudad de México tan pronto como pudo. Antes de ir con las autoridades, se dirigió a la casa de sus padres en la del Valle y descubrió que esta ya no era propiedad de su familia. Entonces fue a gobernación y preguntó por su hermano. Le dijeron que su hermano había dejado el puesto debido a que había conseguido un empleo en empresas Ontiveros. Con esa sola referencia Armando buscó a su hermano y lo encontró dos días después. Se quedaron de ver en una cafetería.
—Güey, creo que la encontraron —le dijo mi tío a mi padre, que había acudido a la cita solo.
Mi padre entendió de inmediato. Decidieron ir juntos a la morgue en ese mismo momento. Ahí el forense los recibió y les mostró el cadáver momificado de la que, hacía dieciocho años, había sido la mujer de sus sueños. Sus cabellos aún conservaban su vida, las cuencas de los ojos estaban vacías, por los rasgos de su cara, su ropa, todo… estaban seguros.
El forense les explicó que la evidencia apuntaba a que la chica había recibido un disparo en la cadera a la altura del hueso iliaco. Seguramente, para refugiarse, se arrastró hasta el lugar donde fue encontrada o quizás algunos jóvenes la llevaron hasta ahí herida. En el piso había evidencia de que la mujer se había desangrado. 
Luego el forense les entregó las demás cosas. Ahí estaban sus útiles, el poema, la credencial y una blusa que aún parecía nueva. El forense preguntó a los dos caballeros su parentesco con la víctima; al principio no supieron qué decir, entonces mi papá respondió:
—Yo le di el poema.
 —Y yo la blusa —secundó mi tío.
Luego se comprometieron a avisar de inmediato a la familia de Rosa.
El forense les explicó que ella traía la credencial escolar de uno de ellos.
—Sí, es la mía —dijo mi tío, con los ojos vidriosos —. Esa tarde me la devolvería. Se la presté para que pudiera sacar libros de poesía de la biblioteca.
El forense se conmovió, pero tenía que apresurar aquello, así que los invitó a la salida.
Afuera de la morgue los dos hombres buscaron la orilla de la banqueta para sentarse.
—¿Libros de poesía? —preguntó mi padre.
—Sí.
—No le gustaba la poesía, siempre me la rechazó.
—No, no le gustaba. Pero quería aprender…
Era noche. Los puestos ambulantes aún no cerraban, mucha gente caminaba todavía en la calle.
—El caso es que… —dijo mi tío sin dejar de mirar a su hermano —El caso es que se había decidido, cabrón. Te había elegido… Perdóname, cabrón, perdóname, perdóname, ¡perdóname!…
Mi tío rompió en llanto, el más sentido de su vida; ni siquiera el dolor causado por las torturas físicas en la cárcel o ver que su mujer había preferido a su hogar antes que a él, le habían ocasionado tanto dolor como aquel 2 de octubre de 1968. Mi padre lo abrazó.
Días después mi tío me conoció. Yo casi no recuerdo nada del día en que me lo presentaron. Sí recuerdo que de inmediato congeniamos. Él me daba mucha alegría. Luego, unos meses después, mamá murió y mi tío se quedó más tiempo del que tenía planeado. Pero ya les hablaré de mamá.

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