Al
siguiente día me levanté, fui al sanitario, me bañé, me vestí, me maquillé. Con
mi nuevo aspecto me mostré ante mi padre y mi tío que ya desayunaban un
sencillo plato con cereal y leche. Mi padre no dejaba de mirarme. Mi tío tenía
dolor de cabeza.
—¿Y bien,
Ana? —comenzó mi padre —¿Dónde aprendiste eso?
—Tengo
una nueva amiga, papá —dije mientras me servía yo misma cereal.
—¿Cómo
se llama?
—Mercedes.
Es de la escuela —expliqué, sin comprender cuál era su asombro, luego continué
—. Soy una niña, papá.
Mi
padre miró a mi tío que ignoraba nuestra conversación.
—¿Y
toda esa ropa? —preguntó mi papá —¿Y esos zapatos? ¿Todos esos productos? ¿Ese
corte de cabello?
Saqué
un pequeño espejo del bolso que recién estrenaba, me saqué una lagaña que me
molestaba en mi ojo derecho, miré a papá.
—Todo
eso —dije —, también me lo dio Mercedes.
Luego
hubo un amargo silencio. Terminé mi cereal. Lavé el plato. Mi padre dijo
entonces a mi tío:
—Espero
que en todo esto no tengas que ver tú.
Mi tío
salió de su sopor.
—Es tu
hija, no la mía, no me culpes.
Mi papá
puso su típica cara de molestia.
—Le
diste libros, le diste música. De pronto una chica le da toda esa pintura de
payaso… ¿Cuándo traerá drogas? Espera, ya te vio mientras fumabas mariguana…
—¡Con
un carajo! —gritó mi tío levantándose bruscamente de su silla —No soy tu pinche
esposa o la niñera, Rodrigo, y a tu hija no le pasa nada malo, simplemente está
creciendo. Lo que sucede es que te pasas tanto tiempo fuera, trabajando, que ya
te habías olvidado de ello. ¡Puta madre, ojalá maduraras a la par de ella!
—¡¿Madurez?!
¡Pinche borracho desempleado! ¿Yo soy el inmaduro? Te estoy dando asilo porque
a tus cuarenta y dos años no puedes tener una vida estable y normal. ¡Eres un
pendejo adolescente en el cuerpo de un adulto!
—¡Yo sí
me gradué! ¡Yo sí soy leal a mis
principios y no trabajo como esclavo en una pinche empresa de mierda! ¡En un
pinche empleo de mierda!
—¡Empleo
de mierda que paga el puto cereal que te comes!
—¿Paga
el cereal? Felicidades, pendejo, puedes pagarle cereal a tu hija pero la ropa
que usa tiene que obtenerla en un club de beneficencia.
Me
comenzó a doler la cabeza también. Lancé entonces uno de mis ya famosos gritos
estridentes. Se callaron. Cuando ya tenía su atención y con toda calma, les
dije a esos niños:
—Aún
estoy aquí. Al menos dejen que me vaya —tomé mis cosas y salí. No quería
llorar, no iba a dejar que ellos arruinaran lo bien que me sentía.
Mi tío
y mi padre, hermanos, los dos únicos hijos de mi abuelo, que había sido un
exitoso comerciante de zapatos. Mi abuela amaba a sus dos hijos, Armando y
Rodrigo. Los había sobreprotegido durante su niñez, pero había cuidado
meticulosamente su educación. En el álbum familiar abundaban las fotos de
viajes a Acapulco en donde mis dos referentes de madurez aún tenían aspecto de
niños traviesos. Era una familia feliz hasta donde sé.
Mi
padre era el menor y, al parecer, el de las cualidades artísticas. Mi tío era
el genio de la familia. Había terminado siempre con promedio de excelencia en
la escuela.
De
adolescentes vivían en una casa de la Colonia del Valle, muy cómoda, muy
bonita. Eran de los chicos buenos, sanos, deportistas y guapos, muy cotizados.
Mi padre ingresó a la Universidad Nacional el año en que mi tío estaba por
graduarse, era 1968. A ambos les gustaban los Beatles, Los Doors
y los Rolling Stones.
Ahora
sé que no solo mi tío tocaba la guitarra, también mi padre lo hacía y, según mi
propio tío me confesó años después, mi padre lo hacía mejor. Eran muy unidos,
se ayudaban uno al otro. Mi tío era un protector empedernido de mi padre y su
mayor admirador. Mi tío se sabía listo, pero siempre decía a todo mundo —Si
creen que yo soy bueno, esperen a ver a mi hermano.
Un día
esa fraternidad total se rompió. Sucedió que en la universidad había una chica…
sí ya sé, típico. Mis dos hombres cayeron en el lugar común de enamorarse de
esta musa. Mi tío llevaba ventaja pues mientras mi padre le escribía poemas
desde el fondo de su corazón y le llevaba flores hasta su ventana, este la
llevaba a cenar, le compraba ropa y le conseguía buena droga. No sé cuándo
comenzó mi tío con las drogas, pero comenzó.
Ese
verano iniciaron las protestas. En Francia todo se rompió en mayo, aquí tardó
un poco más. Mi abuelo regañaba airadamente a Armando por ir a los mítines y
apoyar el movimiento. Mi abuelo era ingenuo, mi tío era parte del movimiento en
un grado mucho más alto del que él podía imaginarse. Era de esperarse: mi tío
tenía el don del discurso, convencía a sus compañeros con palabras bellas y
conceptos indudables como libertad, igualdad y democracia. No era un mentiroso,
realmente lo creía.
Papá
era más escéptico y renuente respecto a creerse todo ese discurso. Decía que
sí, el mundo estaba mal, pero enfrentarse al ejército no era la mejor forma de
cambiar las cosas. Mi tío comenzó a decirle hippie de mierda. Papá le
contestaba diciéndole que el que fumaba mariguana era él.
En fin,
esa caldera política estaba en ebullición. Se venían las Olimpiadas. Varias
tardes de ese año habían tenido ocasos que pintaban el cielo de rojo. Mi tío
dice que sentía un ambiente raro, inspirador, pero a la vez temible.
Y
estaba esta chica. Se llamaba Rosa, y también era grilla como mi tío. La
tarde del dos de octubre de ese año Rosa no le había dicho que no o que sí a
ninguno de los hermanos Grajales, por lo tanto, cada uno de ellos se sentía con
la firme confianza de un día ser el hombre de Rosa. Mi tío la describe
inteligente, con buenas ideas, pura. Mi padre la recuerda hermosa, inocente,
linda. Quiero creer que era todas esas cosas.
Al
mitin de la plaza de las Tres Culturas asistiría mi tío, quien antes había ido
a ver el lugar para checar la logística. Esa tarde se puso su típica chaqueta
de cuero, no era gordo aún, tenía patillas largas y no llevaba bigote. Se veía
muy bien. Mi abuelo se le cruzó en la puerta.
—A un
lado viejo —le dijo mi tío con poco respeto.
—Ya
estuvo bien de mítines. Tú te pones a estudiar —le contestó mi abuelo.
—Eso
hago. Hazte a un lado.
—No.
Mi
abuelo se paró firme. Además, la puerta tenía cerrojo. Por un momento mi tío
realmente pensó en quitarlo de su camino a la fuerza. Pero antes intento hacer
un acuerdo.
—Papá,
por favor, me quedé de ver con Rosa. Tú comprenderás —mi abuelo permaneció
inmutable.
—No
—repitió mi abuelo.
—¡Mierda!
¡Pinche viejo de mierda! —El puño de mi tío se quedó muy cerca de tocar a mi
abuelo. A pocos centímetros detuvo su ira. El viejo seguía en la puerta y mi
abuela ya miraba la escena con lágrimas.
Mi tío
bajó la cabeza y se fue a su cuarto donde estaba mi padre (ya saben, compartían
el cuarto) y por supuesto papá había escuchado todo aquello.
—Largo
—le dijo mi tío a papá, que yacía acostado en su cama mientras escribía un
poema más.
—Sí,
pero ¿sabes? Rosa y yo saldremos hoy, la veré después del mitin. Dice que tiene
algo que decirme —le dijo mi papá a mi tío.
—Rodrigo,
vete de aquí o te hago mierda.
Mi papá
salió del cuarto y se fue a escribir a la sala. Mi tío se encerró y puso bien
alto la música de Cream, “Sunshine of your Love”.
Ustedes
ya habrán adivinado que mi padre no salió con Rosa esa noche y de hecho nunca
más volvió a escribir ningún poema. Cuando mi tío se enteró de lo sucedido
soltó un llanto atroz y buscó a mi abuelo para abrazarlo.
En
realidad, Rosa no fue dada por muerta inmediatamente. Su familia llamó varias
veces a casa de mis abuelos para preguntar si había noticias de ella. Mi padre
y mi abuelo ayudaron lo que pudieron en la búsqueda, en esos días ser
estudiante era peligroso, mi tío estaba en shock y no comía. Mi padre fue quien
más lo intentó, de hecho, se rindió mucho tiempo después que mi tío, e incluso
la familia de Rosa. Hace poco encontré entre las cosas de mi padre uno de esos
volantes: tiene la foto de Rosa y su descripción, se veía una muchacha feliz.
No sé
cuánto tiempo les duró la depresión a cada uno. Debió ser desastroso. Uno dejó
de escribir, mientras que el otro comenzó justamente su carrera como escritor.
Mi tío
Armando se graduó para darle a mi abuelo esa satisfacción, fue como un “gracias
por haberme salvado la vida”. Casi inmediatamente se puso a escribir. Seis
meses tardó en hacer un libro contestatario que encontró eco en editoriales
independientes y grupos de izquierda. En 1969 mi tío se fue de la casa y se
unió al Partido Comunista luego de rechazar un puesto administrativo en
gobernación que le había conseguido mi abuelo. Aun cuando había sido mi tío
quien se había ido, mis abuelos lo describían como un destierro. Ese año mi
padre dejó la escuela y tomó el puesto rechazado por su hermano.
Un día
de 1970 mi tío invitó a mi padre al partido entre México y la Unión Soviética
que era parte del campeonato mundial de futbol de aquel año. La intención de mi
tío era hacer las paces con su hermano. Mi padre asistió. Durante el partido no
se hablaron. Para colmo aquello terminó cero a cero y la estrategia de mi tío
de abrazar a mi padre en el momento en que México metiera un gol se había
esfumado. Al final del juego, sentados en uno de los palcos, mi tío le propuso
a mi padre que se uniera al Partido Comunista. Papá no respondió a aquella
propuesta, en cambió solo hizo a mi tío una acusación resentida.
—Tú la
mataste, Armando. Hijo de tu puta madre, tú la citaste ese tarde en esa plaza.
Mi tío
sintió morir. Trató de justificarse con la misma mentira que él se había
inventado dos años atrás para sobrellevar el dolor.
—Ella
hubiera ido de todas formas, Rodrigo. Estaba bien metida en eso, también
luchaba por la libertad…
—¡Libertad!
Al diablo con eso… ¡Esto no es Vietnam, Armando! Vete con tus discursos falsos
a otro lado, déjame en paz para siempre.
Y así
ocurrió. Durante más de diez años mis dos adultos no cruzaron palabra.
Mi
padre trabajó para el gobierno todo ese tiempo. No recibió ningún ascenso ni tuvo
en su vida alguna emoción notable, salvo un suceso ocurrido la fatídica tarde
del 3 de octubre de 1974. Al regresar de Acapulco, el auto de mis abuelos entró
en una bajada a la altura del Cañón del Zopilote; habiéndose gastado su líquido
de frenos, el auto se estrelló contra una de las laderas de dura roca del
cañón. Papá enterró a mis abuelos con toda la propiedad debida, pero no pudo
encontrar a su hermano. Había una razón: mi tío estaba perdido en la sierra, a
no mucha distancia de donde mis abuelos habían hallado la muerte.
Luego
del desaire, mi tío Armando siguió su labor subversiva. Un día de 1972 se cansó
de las tareas administrativas en el Partido Comunista y se aventuró en un viaje
por el mundo. Visitó Rusia y el Congo, además de los países de rigor en Europa.
En Inglaterra se tomó fotos en el club donde habían tocado los Beatles
por primera vez, y esa foto la enseñaba con más orgullo que aquella que se
había tomado en el Kremlin. A su regreso, luego de varios meses, escuchó hablar
de la Asociación Cívica Revolucionaria que operaba en el estado de Guerrero.
Ofreció sus servicios al movimiento en julio de 1973 y así comenzó su corta
carrera como guerrillero armado. Le decían El Güero. Solo tres semanas después
él y otros compañeros fueron apresados y encarcelados en Chilpancingo. Ni
siquiera en esos momentos mi tío acudió a su hermano. Él es renuente a hablar
de aquellos días en prisión, pero debió haber sido torturado.
Armando
estuvo preso durante siete meses, en condiciones que aún le ocasionan pesadillas.
Al salir, se marchó a la sierra pues resulta que ahí se había enamorado de una
campesina. Y en un pueblo olvidado por Dios se instaló. Pactaron fecha para la
boda y solo entonces Armando pensó en volver a contactar a su familia. Dos
meses antes de la boda, mi tío tuvo la visita más inesperada. Desde que a lo
lejos los divisó, ya sabía quiénes eran. Recibió al general lo mejor que pudo,
le dio agua a sus hombres y cruzó
algunas palabras con él. Le estrechó la mano. Les deseó suerte y los vio partir.
Al poco rato los que llegaron fueron los del ejército federal. Mi tío admitió
haber visto al general Lucio Cabañas y les dio a los soldados una dirección
falsa. Eso ocurrió el día que fallecieron mis abuelos, curiosamente el día más
feliz en la vida política de mi tío.
Finalmente,
Lucio Cabañas fue emboscado por el ejército un día de diciembre de 1974; él
mismo se dio muerte para no ser capturado vivo. La noticia se esparció en la
sierra. Trágico. Ese día que mi tío se casaba con aquella mujer campesina de la
sierra, la última gran guerrilla del país moría. No hubo fiesta.
La
idílica vida de mi tío en la sierra guerrerense se hizo cada vez más
complicada. La gente sabía quién era él y el ejército lo tenía fichado. Esto
daba lugar a extorsiones de la más baja calaña. Entonces, mi tío decidió
regresar a la capital. La muchacha, sin embargo, no quería dejar su tierra.
—Ya veo
—le dijo mi tío y se fue sin ella.
Era
1979, diciembre para ser exactos. Yo acababa de nacer.
En
efecto, mi padre conoció en julio de 1977 a la que sería mi madre. Olvídense de
la miel y la historia épica de amor, porque aquí no la hubo. Se conocieron en
una fiesta y se gustaron. Durante meses, y sin pensar siquiera en un
compromiso, tuvieron sexo sin mucho cuidado.
Finalmente,
mi padre le propuso a Rebeca, mi madre, matrimonio. Ella aceptó —no sé si
estaba segura —y un día de abril de 1979 se casaron. Yo ya estaba en camino.
Mi
padre adquirió la casa en la que actualmente vivimos, también pudo comprar un Volkswagen
modelo 69, de esos de faros en forma de huevo. Esto hacía muy feliz a mi padre;
no tenía la vida de novela de mi tío, pero tenía la virtud de tener una existencia
sencilla y tranquila.
Fue
martes. Yo nací un 4 de octubre de 1979 (sí, sí, 2 de octubre, 3 de octubre, 4
de octubre, las coincidencias). Por supuesto, poco supe acerca de que un día
antes de mi cumpleaños se celebraba el aniversario póstumo de mis abuelos y dos
días antes el de la mujer que había desmembrado la armonía de aquella familia.
Nunca supe por qué mi mamá me puso Ana; sin embargo, mi padre me ha confesado
que si yo hubiese sido niño, me hubieran puesto Armando, como mi tío. Es
evidente que para entonces mi padre ya lo había perdonado y, de hecho, lo
buscaba.
Armando
duró poco en Ciudad de México, era visitante incómodo en todas partes. Por eso
decidió irse a Tijuana. Ahí se estableció como comerciante de fayuca. Vivió
feliz algunos años más. No tenía idea de que se perdía los primeros años de la
vida de su sobrina. Hasta que un día todo cambió.
Unos
trabajadores hacían tareas de mantenimiento en el sótano de uno de los
edificios de Tlatelolco, de esos que rodeaban la plaza de las Tres Culturas.
Trataban de encontrar daños en la estructura del edificio, que podrían haber
sido ocasionados por el terrible terremoto del año anterior. Entonces, en un
recóndito lugar, cubierto por basura y varias cosas viejas, encontraron el
cuerpo de una persona. Por el estado del cadáver no podían determinar cuánto
tiempo llevaba ahí. Uno de los trabajadores especuló que quizás era una víctima
del terremoto. Llamaron a la policía.
Cuando
el forense llegó y vio a aquella momia sutilmente conservada por la sequedad
del sótano, supo, por sus ropas, que aquella mujer era de una época anterior al
terremoto. A su lado había una mochila; al hurgar en ella encontraron toda la
evidencia de que se trataba del cuerpo de una estudiante. Cuadernos de escuela,
apuntes de literatura y unos volantes demostraban que era una participante del
mitin de hacía 18 años… Todos estaban impresionados. Además, entre los
cuadernos había un poema con las iniciales RG.
—Estaba
enamorada —señaló el forense.
En sus
ropas hallaron una credencial de estudiante de la Universidad Nacional.
Pensaron que al fin conocerían la identidad de la desconocida. Para su sorpresa
la credencial era de un mozalbete llamado Armando Grajales Landeros.
Lo que
mi papá no había podido hacer (encontrar a su hermano) el gobierno lo hizo con
bastante rapidez. Tenían bien ubicado a Armando Grajales, no le habían perdido
la pista, y aún era parte de una lista de gente de cuidado del gobierno
federal. Ese día mi tío recibió una llamada: querían que identificara el cuerpo
de una mujer. Pensó, al principio, que se trataba de su esposa, pero cuando le
dijeron lo de Tlatelolco… sudó frío.
Mi tío
viajó a la Ciudad de México tan pronto como pudo. Antes de ir con las
autoridades, se dirigió a la casa de sus padres en la del Valle y descubrió que
esta ya no era propiedad de su familia. Entonces fue a gobernación y preguntó
por su hermano. Le dijeron que su hermano había dejado el puesto debido a que
había conseguido un empleo en empresas Ontiveros. Con esa sola referencia
Armando buscó a su hermano y lo encontró dos días después. Se quedaron de ver
en una cafetería.
—Güey,
creo que la encontraron —le dijo mi tío a mi padre, que había acudido a la cita
solo.
Mi
padre entendió de inmediato. Decidieron ir juntos a la morgue en ese mismo
momento. Ahí el forense los recibió y les mostró el cadáver momificado de la
que, hacía dieciocho años, había sido la mujer de sus sueños. Sus cabellos aún
conservaban su vida, las cuencas de los ojos estaban vacías, por los rasgos de
su cara, su ropa, todo… estaban seguros.
El
forense les explicó que la evidencia apuntaba a que la chica había recibido un
disparo en la cadera a la altura del hueso iliaco. Seguramente, para
refugiarse, se arrastró hasta el lugar donde fue encontrada o quizás algunos
jóvenes la llevaron hasta ahí herida. En el piso había evidencia de que la
mujer se había desangrado.
Luego
el forense les entregó las demás cosas. Ahí estaban sus útiles, el poema, la
credencial y una blusa que aún parecía nueva. El forense preguntó a los dos
caballeros su parentesco con la víctima; al principio no supieron qué decir,
entonces mi papá respondió:
—Yo le
di el poema.
—Y yo la blusa —secundó mi tío.
Luego
se comprometieron a avisar de inmediato a la familia de Rosa.
El
forense les explicó que ella traía la credencial escolar de uno de ellos.
—Sí, es
la mía —dijo mi tío, con los ojos vidriosos —. Esa tarde me la devolvería. Se
la presté para que pudiera sacar libros de poesía de la biblioteca.
El
forense se conmovió, pero tenía que apresurar aquello, así que los invitó a la
salida.
Afuera
de la morgue los dos hombres buscaron la orilla de la banqueta para sentarse.
—¿Libros
de poesía? —preguntó mi padre.
—Sí.
—No le
gustaba la poesía, siempre me la rechazó.
—No, no
le gustaba. Pero quería aprender…
Era
noche. Los puestos ambulantes aún no cerraban, mucha gente caminaba todavía en
la calle.
—El
caso es que… —dijo mi tío sin dejar de mirar a su hermano —El caso es que se
había decidido, cabrón. Te había elegido… Perdóname, cabrón, perdóname,
perdóname, ¡perdóname!…
Mi tío
rompió en llanto, el más sentido de su vida; ni siquiera el dolor causado por
las torturas físicas en la cárcel o ver que su mujer había preferido a su hogar
antes que a él, le habían ocasionado tanto dolor como aquel 2 de octubre de
1968. Mi padre lo abrazó.
Días
después mi tío me conoció. Yo casi no recuerdo nada del día en que me lo
presentaron. Sí recuerdo que de inmediato congeniamos. Él me daba mucha
alegría. Luego, unos meses después, mamá murió y mi tío se quedó más tiempo del
que tenía planeado. Pero ya les hablaré de mamá.

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