Ir al contenido principal

12 HAPPY BIRTHDAY



La fascinación por el inicio del nuevo grado se sentía por todos lados, ya saben ese sentimiento incomodo del regreso al trabajo. El ver otra vez a los maestros, hacer las tareas, el fin del sueño del verano de 1992. Yo tenía por mi parte mucha presión. En el pasillo me encontré con Ricardo, él me tomó por la cintura y me besó. Tuve que soportarlo, era parte del protocolo, se suponía que todos debían envidiarnos.
Sé que a muchos eso de ser la reina les parecerá muy estúpido, seguramente no pasa esto en la mayor parte de las escuelas o es algo mucho más sutil, pero aquí, en la escuela de los Ontiveros, eso de tener una figura inalcanzable y con autoridad era algo indispensable para el funcionamiento correcto de su mundo. Solo piénsenlo, esta gente se prepara para ser los líderes del país, deben manejar grandes empresas, administrar millones de dólares; deben ser implacables y aprender cuando usar la compasión y cuando cortar con la guillotina. Siempre tenía en mente lo que Mercedes me había dicho sobre que lo único que no perdonarían era no ser como ellos. Por ello, cuide mi aspecto hasta la obsesión.

Por fin pude conseguir tres pares de zapatos de mi número y recorté mi nueva falda de uniforme que me habían dado. Las mamas ya habían crecido un poco así que buscaba que la blusa escolar mostrara lo más posible. La cara era lo más complicado, el tener un grano era una tragedia griega, a veces tenía que inventar una excusa para no ir al colegio. Mi cabello había tomado una vida inmensa, lo cuidaba mucho y procuraba siempre tenerlo peinado. Mantener todo ese aparato de belleza era muy duro, especialmente si había que combinarlo con todas mis actividades extras: la danza, la equitación, la música, el grupo de debates y las funciones propias de mi “nuevo cargo”.
Una de las primeras cosas que me di cuenta y que abolí casi de inmediato fue la exclusión. Jafet y Laura habían creado espacios segregados, había un baño casi exclusivo para los populares, a la cafetería no podían entrar los nerds, los becados (lo sentí en carne propia), los judíos, los homosexuales o los repetidores de año. Recuerdo que le pregunté a Ricardo:
—¿Es esto la Alemania Nazi? 
Mi compañero era algo torpe y no me contestó. Me dejó hacer todo lo que yo quería con la única condición de dejarme tocar y besar.
Con esas bases promoví un club de lectura, propuse al director hacer un festival de cine y uno de rock al año. También le propuse nuevos talleres y que la puerta del colegio se ampliara. El director me miraba con admiración y me decía:
—Ana, ¿cómo es que no nos dimos cuenta de tu talento?
Ni yo misma lo sabía. El primer bimestre logré lo increíble, yo, Ana Grajales, fui el mejor promedio de la escuela. El día que entregué las notas a mi padre, este casi llora y me abrazó; hacia tanto que no me abrazaba. Mi tío me decía.
—Ana estás convirtiéndote en alguien realmente extraordinaria, pero para mí ya lo eras desde que te conocí.
Me sentía bien, exitosa. Fue una de mis mejores épocas como compositora. Escribí alrededor de diez canciones en esos dos meses y los muchachos del grupo me ayudaban a musicalizarlas y ya estaba, sonaban bien. Además, mejoré mucho con la guitarra, ya podía tocar canciones completas. El día de mi cumpleaños, Luis Ontiveros ofreció una fiesta en mi honor. Todos fueron y me admiraron. Aunque no tocamos, toda mi banda estuvo ahí; también asistió Pamela, que poco a poco fue convirtiéndose en mi amiga. De Laura ni sus luces, decían que se había ido a estudiar la preparatoria a Francia, típico, no podía permitir que Mercedes fuera más que ella.
Ese día en la fiesta, Luis Ontiveros me llevó a su cuarto, privilegio que según me contaban solo tenían pocas personas —Si —pensé —, pero yo no voy drogada.
Era ese un cuarto fabuloso, masculino e impactante. La cama era grande, de agua; la habitación tenía su propia mesa de billar y su mini bar. El baño contaba con yacusi y la vista de la ventana era pletórica, ¡no daba a la ladera con las casas de cartón!
—Te he traído aquí porque quiero felicitarte por tus catorce años. Te ves muy bien. Tranquila, no soy pedófilo y además tú ya conoces a Giselle, aunque debo decir que la conociste en circunstancias muy desagradables. Me he dado cuenta de que te has conducido con la verdad y con nobleza. Nunca contaste nada a nadie de lo que viste ese día y yo no te lo pedí. Ana, eso te hace especial. Esta tarde que llegues a casa, te darás cuenta de cuál fue mi regalo de cumpleaños para ti. Quiero que no lo tomes a mal y que de hecho, era algo que debía pasar, pero tú lo has apresurado. ¿Está bien? Ahora, mi querida Ana, aquí hay una línea de coca pura y de la mejor calidad y sucede que es toda tuya. Solo aquí y ahora.
Aquello me desconcertó mucho ¿Qué era lo que había dicho?

—Sé que es desconcertante, pero si te quedas en esto de la música te toparás tarde o temprano con esta señora blanca y amable —dijo él con toda calma.
—¿Me vas a obligar? —pregunté.
—Nunca obligo a nadie —dijo él.
—Si me niego ¿Qué me pasará? —pregunté ya asustada.
—Regresarás a tu fiesta sin haber conocido qué se siente.
Mire esa autopista blanca colocada sobre un cristal. Había visto películas, sabía cómo se hacía.
—Un poco de presión Ana —dijo Luis Ontiveros mientras jugaba con el polvo blanco aquel —Laura la probó el día que estuvo en la misma circunstancia que tú. Pamela la probó. Y si, Mercedes, la perdedora de Mercedes, la probó también.
Me dolía el estómago. Miré mi vestido, mis pulseras. Escuché la música de mi fiesta. Él podía quitarme todo eso. Sin embargo yo me había ganado cosas que él no podía quitarme, todo lo que sabía, mi pasión por interpretar y escribir canciones, mi rock’n roll. Basada en eso, en esa actitud, en lo que me había advertido mi tío, dije las siguientes palabras de la forma más amable y respetable que pude.
—¡Vete al diablo, idiota!
Entonces Luis Ontiveros hizo una mueca de admiración. En una parte oculta de la habitación se escucharon risas; las reconocí, eran las risas a carcajadas de Fabián y Domingos. Ambos salieron de su escondite.
—¡Feliz cumpleaños, Anita! —dijo entre carcajadas Fabián.
—Por poco cae, por poco cae… —dijo Domingos.
Me molesté, esta gente siempre me tomaba a broma. Sin decir nada, salí hacía el pasillo. Los dos chicos se carcajeaban y Luis Ontiveros me gritaba desde su cuarto…
—¡Es menta, Ana! ¡Era una broma! ¡Ana…!
Regresé a mi fiesta y me mantuve lo más ecuánime posible.
Luego, una limosina me regresó a casa. Ahí estaban papá y mi tío con un pequeño pastel y catorce velitas.
—Feliz cumpleaños hija —dijo mi papá abrazándome.
Luego mi tío me abrazó y me levantó del suelo.
Era un grandioso momento. Mi tío me regaló un poster enorme de Kurt Cobain. Además me dio una carta.
—Es de Londres, llegó hace tres días.
—¡Es de Mercedes! —dije emocionada.
Leí la nota.
“Ana. Muy feliz cumpleaños. Amigas para siempre. P.D. Es menta, no la aspires”.
—¡Tío! Me la hubieras dado hace tres días, esta información me servía.
—Tranquila cariño, no pensé que fuera así. ¿Qué sucede?
—Nada —me reí de la situación —, estoy feliz.
—Bueno —dijo mi padre —yo tengo una noticia buena, soy el nuevo jefe de piso. Me ascendieron.
La alegría en la casa fue mayúscula, pero yo lo sabía. Había sido Luis Ontiveros quien había ascendió a mi padre. Eso no me dejaba tan buen sabor de boca, pero no podía decir nada pues hacerlo devastaría a mi padre. Así que solo pensé, yo soy la que come sin derecho de su mesa, de la mesa de esos ricos.

Comentarios

Entradas populares de este blog

13 COMO TODO SE FUE AL CARAJO

Un día de noviembre todo se fue al carajo de la manera más ridícula. Estaba yo en el grupo de debates y una chica de mi séquito me advirtió que había problemas afuera de la escuela. —¡Una pelea! —gritó ella. Otra pelea, estos niños, ¿no podían aprender a resolver sus diferencias pacíficamente? Salí al patio y no vi nada, pensé —otra vez es afuera. En efecto, afuera estaban, para mi sorpresa, Jafet, Patiño y Tomás el Moro. Los tres acorralaban contra la pared a un pobre chico de la 113, lo identificabas por su suéter verde, al verlos a ellos pensé que todo sería tranquilo y quizás ya lo habían solucionado. —¿Jafet que pasa?— le pregunté a la distancia. Él me escuchó, pero no me contestó, estaba en estado de alerta. —¿Qué pasa aquí Moro? —traté con Tomás. —Quédate atrás Ana, no te metas —me dijo el Moro —¡Déjamelo a mí! ¡Déjamelo a mí! —decía Patiño. A todos ellos los rodeaba un gran número de chicos tanto de mi escuela privada como de la 113, algunos adultos miraba...

23 EPÍLOGO

“Me llamó Ana Grajales y tengo treinta y dos años. Los últimos diecisiete años de mi vida los he vivido en Europa, primero en Inglaterra y luego en España. Según algunos, soy cantante de rock, según otros una loca irremediable. Hoy es la primera vez que regresó a México, mi país natal. “Viví en la ciudad de México durante quince años. Mi madre murió cuando yo tenía siete. Vivíamos en esa casa. Esa era la ventana de mi cuarto, como pueden ver era una casa pequeña, de esas que obtienes por créditos estatales, al menos así era antes, no estoy enterada de cómo es ahora. La casa ya no es nuestra, pero sigue habitada. En ese rincón mi papá tenía un puesto de comida, tacos y esas delicias.” “Mi papá vive conmigo en España, lo convencí de estar allá hace siete años y puso un pequeño restaurante. Siempre me apoyó con lo de la música aunque en mis comienzos se lo mantuve en estricto secreto. Mi tío murió de diabetes en 2003. Vivió para ver la caída de las Torres Gemelas. Él fue el prim...