Luis me había facilitado dinero suficiente para tomar un taxi de ida y vuelta de extremo a extremo de la ciudad. Se notaba que el chico jamás había tomado un taxi a no ser los que te llevan del aeropuerto a tu casa. A pesar de ello, decidí caminar de nueva cuenta; la ventaja de la fiesta donde se había dado mi debut, era que estaba ubicada cerca de mi casa. Sabía que la residencia de Luis también estaba cerca al igual que la zona de los arrabaleros. Eran estas barrancas inestables un nutrido mosaico de clases sociales, en una ladera estaban los olvidados, los de casas de cartón, improvisados cuartos de ladrillo y tinacos de asbesto. En la siguiente ladera, separados solamente por un río cuyo cauce estaba lleno de basura, estaban los pudientes, personas con grandes casas, verdes jardineras con flores, autos de lujo y casetas de vigilancia. Yo no pertenecía a ninguno de los dos mundos. La clase media a la que yo pertenecía, ocupaba esa difusa intermitencia entre los extremos de l...