Pasaba por la tienda de discos que está camino
de mi casa a la escuela, cuando lo escuché. Sucio, salvaje, agresivo. Me llegó
al fondo, me hizo añicos la niñez en pocos segundos y me atrapó para siempre, fue
una violación placentera por mis oídos. Tiré mis útiles en el suelo y entré a
la tienda a preguntar qué demonios era eso.
—Nirvana
—me dijo el de la tienda —, Smell’s like a teen spirit, acuérdate de
este momento, niña, octubre de 1991, nunca lo olvides, estos harán época.
Al
instante me mostró la tapa de la versión en disco compacto, nueva, aún cubierta
por plástico celofán.
—Lo
quiero —dije sin pensar. Me mencionó el costo y le dije, no sin cierta
vergüenza, que en realidad quería la versión en casete porque mi padre no
ganaba aún lo suficiente para que tuviéramos un reproductor musical de discos
compactos. De hecho, un Walkman, regalo de cumpleaños de una de mis tías más
lejanas y hurañas era mi única posibilidad de tener algo de música en mi vida; para
mí, ese reproductor portátil valía oro y lo llevaba a todas partes. El tipo de
la tienda me dio el casete. Lo pagué con el dinero que mi padre me había dado
para completar lo de la colegiatura escolar. Di ese efectivo sin remordimiento
pues odiaba esa escuela. Pero creo que eso me lleva a hablarles un poco de mí…
bueno, todo el escrito es sobre de mí, ¡qué diablos!
Era yo
una mocosa adolescente de trece años, que vivía en una casa que no le gustaba,
iba a la escuela que —como ya dije — odiaba y tenía por familia, o al menos
pretendía hacerlo, a mi padre. Mi madre nos había dejado mucho tiempo atrás
porque no se cuidó una infección respiratoria que luego se convirtió en
pulmonía. La enterráramos en un cajón de madera corriente, con el departamento
de sanidad que nos presionaba para que todo transcurriera lo más pronto
posible. Eso me marcó, mamá era quizás la única amiga que había tenido. No es
que mi padre fuera malo, pero trabajaba bastante (horas extras que nunca le
pagaban, pero que le permitían sostener la utopía de que un día tendría un
ascenso de puesto).
Yo no
tenía, para colmo, algún talento especial para nada, al menos no me había dado
cuenta. No era una estúpida pero, definitivamente, no era ni la más lista ni la
más bonita. Tenía, muchos decían que por falta de madre —no sé bien en qué
sentido —, un pésimo gusto para vestir. Pasaba ocho horas de lunes a viernes
entre las constantes burlas de mis compañeros de escuela hacía mí persona. No
tenía amigos. Usaba lentes desde los cuatro años, de vez en cuando tartamudeaba
y me había comenzado a salir acné; eso explicaba que el pasillo de entrada a la
escuela fuera para mí un patíbulo. Mi único consuelo hasta antes de la música
consistía en leer a Salgarí, Julio Verne e historias de piratas, y la música
llegó justo en el momento en que ese tipo de lecturas ya comenzaban a cansarme.
Por cierto, mi nombre era, y sigue siendo, Ana.
—¿De
dónde son? —cuestioné al de la tienda, un chico no más de diez años mayor que
yo.
—Estados
Unidos —respondió con desprecio ante mi ignorancia.
—Yo no
sé inglés —le dije— pero estoy segura de lo que dicen.
El tipo
me miró con suspicacia —¿Qué tipo de música escuchas tú? —me preguntó.
Permanecí
por un momento pensativa… definitivamente no haría muchos puntos diciéndole que
todos los días escuchaba a los New Kids on the Block y que el que más me
gustaba era Danny.
—Escucho…
música clásica — le dije, no sin antes pensar para mí —trágate esa idiota.
Yo no
sabía nada de música clásica, solo conocía el término por pura cultura general.
Por fortuna, mi respuesta tuvo el efecto deseado y el chico no pregunto más,
sin duda el tampoco escuchaba música clásica pero conocía el perfil y la
pedantería de la gente culta que lo hacía.
Los
siguientes meses escuché el disco de Nirvana una y otra vez. Convencí a papá de
que la mejor inversión para la casa era tele por cable. MTV me proporcionó toda
la información que requería para impresionar a todos en la escuela. Cambié mis
vestidos de encaje color mamey por camisas de franela, jeans rotos y una
banda hippie en la cabeza. Me lavaba el cabello solo los domingos y mi
tartamudez casi se había ido. Aprendí las letras de las canciones y, gracias a
ellas, también algo de inglés. Trataba a los maestros de la escuela con desdén
y sin respeto, pero tenía cuidado de no bajar mis notas más allá del mediano
perfil del 7.0. Al poco tiempo me gané el respeto del alumnado. Entonces un
día, un chico de esos sin importancia social, se me acercó y me comentó que
Jafet quería conocerme.
—¡Mierda!
—exclamé en honor a mi nuevo estilo grunge.
Jafet
era un chico de tercero. Tenía por novia a la niña más linda de la escuela:
Laura. Y sabía mucho más de música que yo, ¡sabía mucho más de música que el
maestro de música de la escuela! Todos conocían su habilidad para leer
partituras. Mientras yo lo sabía todo de Nirvana él discursaba acerca de grupos
como Pearl Jam, Sonic Youth, Pixies y grupos mucho más
antiguos de los que, él, decía había nacido el rock. La leyenda contaba que su
padre poseía un acetato en original de “God save the queen”, de los Sex
Pistols. Ese era el monstruo que ahora quería conocerme; además era rico,
muy rico.
Me
llevaron hasta Jafet ese día al terminar la clase. La escena fue memorable. Ahí
estaba Jafet con toda su opulencia oculta tan solo por el triste color del
uniforme escolar que, aun así, usaba con estilo. A su lado estaban otras
eminencias como la ya revelada Laura; Tomás, a quien apodaban el Moro por la
coincidencia de su nombre con el del personaje histórico y porque, además,
tenía la piel bastante morena. Era el
baterista de la banda de Jafet y tenía
16 años; seguía en secundaria porque así suelen ser los tipos como él: brutos
en lo escolar y soberbios en las artes. Otro miembro del séquito era Patiño, el
mejor peleador de la escuela, cuyo record de peleas era de veintiún ganadas por
cero perdidas. Se decía que quizás podría ganarle a Jafet, aunque este último jamás
peleaba (no por cobarde, sino porque sostenía que la guerra era estúpida y,
además, si tenía algún enemigo, podía mandar al propio Patiño a solucionar el
asunto).
Jafet —un
dios de cabello negro, nariz perfecta, ojos expresivos y pose de chico malo, es
decir, una honesta imitación de James Dean— en ese momento fumaba un cigarro
Benson, de los verdes, mientras Laura lo abrazaba con lujuria. Todo esto tenía
como fondo un enorme grafiti de texto indescifrable sobre un muro con ladrillos
quemados...
—Es patética,
Jafet. Mírala —dijo Laura a Jafet discretamente pero con el volumen suficiente
para que yo escuchara. ¡La muy maldita seguramente quería que yo escuchara!
Pero Jafet no le puso atención.
—Me
dicen que sabes mucho de música y que te sabes todas las letras de Nirvana— me
dijo en cuanto me vio.
Yo me
encogí de hombros porque en realidad no sabía si sabía mucho, aunque sí que
conocía las letras.
—Eso no
dicen los demás— insistió al ver mi indiferencia — Quiero proponerte algo.
Necesito un miembro más para mi banda ¿sabes tocar algún instrumento?
—No—
dije.
Con una
seña Jafet ordenó algo a Tomás el Moro. Este último se puso de pie y me pasó de
largo. Pensé que iría por alguna cosa, pero en eso sentí en mi trasero un dolor
horrible que me hizo exhalar un grito espantoso. El maldito de Tomás el Moro
había clavado una enorme aguja en mi nalga, tan profundo que las lágrimas me
brotaron.
Todos
rieron ante mí indignación. Sonrojada, iba a reclamar aquella ofensa pues mi
nueva reputación no me permitía dejar las cosas así, pero Jafet se me adelantó:
—¡Siempre
les he dicho que en estas cosas no me equivoco! ¡Chingada madre, tienes una voz
inmensa! Ya te había escuchado gritar; siempre cantas cuando traes tus
audífonos puestos. ¡Que bruta! Les dije que era perfecta. Dale la dirección,
Tomás.
Tomás
el Moro me extendió un papel y me dijo:
—No
faltes o te irá muy mal.
Todavía
me dolía la nalga, ellos se pusieron de pie y se fueron.
Camino
a casa me llené de preocupación ¿Qué demonios iba a hacer yo? Hacía apenas unos
días yo era parte de la escoria de la escuela ¿y ahora hacia tratos con Jafet? El
mundo se había vuelto loco.
Al
llegar las cosas estaban como siempre: trastos sucios en el fregadero, el grifo
goteando, las cortinas cerradas, polvo en los muebles, latas de cerveza sobre
la mesa de centro, leche rancia en su cubo de cartón sobre la mesa y la foto de
mamá como único adorno del librero lleno de una colección desconocida de
enciclopedias que poco me servían para mis tareas. Todo enmascarado por ese
nauseabundo olor que emitía el escusado tapado hacía varios días.
Dejé
mis cosas sobre el sofá mugriento y fui decidida a solucionar ese problema que
hacía que la casa de interés social que teníamos oliera tan mal. Pero justo en
ese instante, escuché el escusado bajar. Del baño salió mi tío Armando, hermano
de mi papá y a quien que no había visto en tres años, desde que se había ido a
vivir a Tijuana.
—Buen
día, sobrina. Tu papá ya ni la hace, esa mierda apestaba a madres. ¿Cuántos
días tenían así? Mejor ni me cuentes, de todos modos ya lo arreglé. Oye, te ves
regrandota, en poco tiempo los niños te mirarán con antojo je je. ¿Ves?, sigo
siendo el mismo grosero de siempre.
No
importaba: mi tío era así y era genial. Era él un tipo regordete a quien le
gustaba dejarse el bigote; su piel era blanca como la de mi padre y la mía,
tenía el pecho lleno de bello y su caminar era raro porque tenía una pierna más
corta que la otra. Era el único de la familia que había conseguido título
universitario, había escrito un libro de no sé qué cosas de política y, además,
se había y casado y divorciado dos veces. Armando, mi tío, contaba chistes
buenísimos. Más o menos en los tiempos en que mi madre acababa de morir y mi
padre estaba en la depre, él había venido a hacernos de comer durante seis
meses.
En ese
tiempo pasé muy buenos momentos, entre otras cosas porque me ayudaba con las
tareas y era la única persona que me había dicho cosas como: No te rindas, se
honesta, tú vales mucho. Todo eso y más justificaron mi gran sonrisa y que corriera
a darle un gran abrazo en cuanto terminó su discurso sobre el escusado.
Ese día
todo tomó un nuevo derrotero. Las cortinas de la casa se abrieron, sacamos la
aspiradora, barrimos y trapeamos el piso, solucionamos lo de los trastos sucios
y salimos a comprar un poco de leche fresca. En el trayecto de la casa a la
tienda mi tío me contó de las maravillas de Tijuana, de cómo pasarse a San
Diego era facilísimo, que ahí había conocido a la mujer de su vida —una latina
que ya había olvidado el español— y de todo lo que hizo para conquistarla y
luego perderla. Me habló de San Francisco y de lo adelantados que estaban ahí
porque la gente ya no se burlaba de los gays. Entonces entramos al tema
de la música, en el cual mostró ser un experto. Me dijo que se hacía muy buen
rock en Tijuana y que pronto un grupo llamado Tijuana No! conquistaría a México
y al mundo, me contó de la peculiar voz de su vocalista: una desconocida
Julieta Venegas.
—Tío,
¿entonces las mujeres sí podemos ser vocalistas?
—Por
supuesto que sí mi reina. Ha habido varias, la más notable, según yo, Janis
Joplin, ¡Ah tenía una voz y un talento
notables!
—Tío,
yo seré como ella.
—Sí mi
reina, si te esfuerzas, pronto tendrás tu grupo y…
—Tío,
ya tengo un grupo.
—¡A
chinga! ¿Y eso? ¿Por qué no me habías dicho?
—En
realidad me lo propusieron hoy mismo y además tú acabas de llegar hoy. Con una
aguja en la nalga me escucharon gritar. Dicen que grito de pelos. Pero no sé
nada de música. Solo sé que cuando escucho rock me voy de aquí, lejos, y ya no
hay nada que pueda hacerme sentir mal. Es una cosa que viene desde adentro,
tío, y que me hace como ir al centro de la tierra y regresar.
—Mm a
ver, di ahhh —abrí la boca grande y emití el mejor sonido de letra A, que pude
—. Mi reina, tienes una voz peculiar, parece que puedes alcanzar notas altas,
pero ya veremos. Lo más importante es que tienes el mismo espíritu que yo.
Escucha bien lo que te digo. Ese vacío que llena la música puede llenarlo la
droga; por eso nunca pierdas el amor por la música y si te vas a meter
chingaderas, que nunca superen a la música. Muchos muy cabrones se pierden en
esas chingaderas; ya ves a Morrison o a Hendrix…
—¿Quiénes?
—Ya te
los presentaré. ¿Sí te dije que vengo para quedarme? Hablé con tu papá y me ha
dejado vivir con ustedes unos meses mientras salgo de la depre por haber
perdido a mi latina. ¡Qué buena onda es tu papá!
—Sí…
eso creo.
—Es
buena onda, te lo digo. Es un poco pendejo pero bueno… Y ya le he dicho que eso
de ser proletariado en una de esas multinacionales de mierda no tiene futuro;
la tendencia hoy es la reducción de los empleos medios, esos que sostienen el status
quo de la clase media y que le hacen tener poder adquisitivo. Y el maldito
gobierno… Ya entramos al GAP y ahora el pinche presidente orejas de ratón quiere
firmar un tratado con nuestros vecinos del norte. ¿Cómo demonios vamos a
competir con ellos? Antes de eso, se debe reactivar la economía interna y se
deben poner los cimientos para una educación de mayor calidad, se debe…
—Tío,
no entiendo nada.
—Oh,
tienes razón, mi reina. Vente, regresemos a la casa. Ahí te mostraré algo. Yo
te ayudaré con eso de la banda.
Al
regresar, mi tío se dirigió a mi cuarto donde había colocado sus maletas.
—Dormiré
en el sofá, mi reina, no creas que voy a quedarme aquí contigo. Oh, pero qué
tienes aquí. ¿Te gusta esto? —me
preguntó mi tío mientras sostenía en sus manos la caja azul del casete que
había yo comprado en aquella tienda de discos no hacía mucho.
—Mucho—
respondí entusiasmada.
—Inocente
reina mía. Los he escuchado y no me gustan tanto, pero ya están haciendo mucho
ruido. Creo que serán algo grande.
—Eso me
dijo el de la tienda de discos.
—Sí,
quizás. Ahora mira esto:
Mi tío
abrió una maleta llena de discos, acetatos viejos y nuevos que esparció sobre
mi cama.
—Esto
es mi tesoro, mi reina. Aquí están todos. Me faltan pocos.
Era una
tonelada de vinilo.
—Aquí
debe haber cientos de canciones y todo eso cabe en una maleta— dije de forma
inocente.
The
Doors, el Álbum Blanco de
los Beatles, David Bowie, The Ramones, Led Zeppelin, Pink
Floyd, Genesis, Elvis Presley, Rolling Stones y muchos más.
En ese momento quise escucharlos todos pero mi tío tenía otra sorpresa.
De la
bolsa más grande sacó una extraña caja negra. Era más grande que nuestro
televisor. Era un amplificador de buena marca. Casi de inmediato supe que en
algún momento tendría que aparecer…
—¡Una
guitarra!— grité con alegría.
—Mi
niña, sí que tienes una voz fuerte.
—¡Tócala,
tócala, tócala….!
Mi tío
conectó aquella hermosa Gibson en la cual habían respetado el color original de
la madera. Las primeras notas vomitadas por el amplificador sonaron mágicas.
Escuchar una guitarra eléctrica por primera vez en vivo es una experiencia
religiosa. Todo el cosmos se redujo a aquellas vibraciones armónicas unidas por
un sentimiento y al talento de mi tío que movía sus dedos sobre los trastes y
las cuerdas con maestría.
—La
canción se llama “Stairway to Heaven”; es de Led Zeppelin, una de
las bandas más memorables del rock ¡Escucha! ¡Se pone mejor!
Más que
mejor, era estridente, intenso. Los vidrios de las ventana se movían, un bebe
despertó en llanto en alguna de las casas vecinas y la alarma de un automóvil,
de esas nuevas y chillonas, se activó. Y ahí, mi alcoba, entre varios afiches
de Kurt Cobain y compañía, una atinada y honesta versión de la obra maestra de Led
Zeppelin me permitió experimentar el mejor momento familiar de mi vida. ¡Brincaba
en la cama! ¿Qué es esto que las guitarras eléctricas tienen para conectar con
los adolescentes? ¡Pura energía!
—¡Qué
demonios pasa aquí!
Mi
padre irrumpió; no lo escuchamos llegar ¿Cómo podríamos haberlo escuchado? De
pronto, ya estaba ahí, delante de la puerta de mi cuarto, con su traje
monocromático y su corbata barata. Se molestó mucho conmigo y con mi tío. A los
pocos minutos llegaron unos vecinos a quejarse y él los atendió lo mejor que
pudo. Mi tío me lanzó una sonrisa de complicidad y me dijo en voz baja.
—Escucha
bien, Anita, esa gente no sabe lo que escuchó. Sus vidas pasan de largo, un
minuto a la vez, entre la insatisfacción y el rencor por sus sueños rotos,
promesas de un mundo que ya no existe. Tú y yo no somos mejores que esa gente,
pero somos distintos. Ellos escuchan música basura, fabricada y aplicada en
dosis controladas. No tengo nada en contra de los otros géneros musicales, pero
lo que me hace sentir el rock es muy diferente. Nuestro espíritu es muy
distinto; nosotros somos pensantes, hablamos con la música, sentimos con la
música, protestamos con la música, mandamos al diablo con la música… Es nuestra
lengua franca que no necesita ser aprendida. Eso que te pasó en la tienda de
discos, me pasó a mí cuando escuché por primera vez a los Stones y desde
entonces no pude dejarlo. Esto es más grande; el rock es energía nuclear.
Energía
nuclear. Mi cita con Jafet era en tres días. Por fortuna, hubo un largo puente
escolar, de esos que hacen que casi te olvides de la escuela. En esos tres días
aprendí con mi tío aspectos básicos sobre la voz y cómo cantar sin destrozarme
las cuerdas bucales. Aunque ya no estaba la luz del sol, pusimos un grueso
cartón en la ventana para que aminorara el sonido y los vecinos
"normales" no se molestaran con el "ruido".
—¿Cuándo
me enseñarás guitarra, tío?
—Tenemos
tiempo, mi reina.
—¿No
buscarás trabajo?
—Ya
tengo uno: tú.
Me
sentí en familia.
El día
llegó. Me vestí lo mejor que pude, es decir, de acuerdo con los cánones
establecidos por los adolescentes de mi tipo en esa época. Antes de salir de
casa me miré varias veces en el espejo. Lamentablemente, mi tío no estaba en
ese momento para asesorarme; tampoco estaba mamá, aunque seguramente jamás me
habría dejado salir en esas fachas. A mi padre, que como de costumbre no estaba
en casa, no le había dicho nada. Estaba asustada y tremendamente insegura. ¿Qué
habían visto esos chicos en mí? ¿Sería que me esperaba solo una broma pesada?
¿Quién era yo para hacer esto?
Tomé
mis cosas y salí. En el camino, dos chicos en patineta pasaron a mi lado y los
escuché decir:
—Está
bonita, ¿no?
Dios sí
que sabe cuándo mandar apoyo extra. Eso me levantó el ánimo y me regresó la
confianza. Nadie jamás me había dicho bonita y aquello había sucedido cuando
más lo necesitaba. Cualquier otro día el comentario del skato me habría
parecido insultante o ridículo.
Llegué
media hora retrasada. En realidad, tardé más tiempo parada afuera del lugar que
en llegar. Simplemente no lo podía creer. Era un terreno verde muy grande,
había control en la entrada y una fila enorme de chicos más grandes que yo
ansiaban ingresar. No lo podía creer. Aquí no podía ser mi audición. Me había
imaginado un simple garaje, pero esto era una fiesta enorme.
Me
acerqué a uno de los chicos que controlaban la entrada y le pregunté por Jafet.
Me contestó que ya habían llegado y me abrió una puerta secreta. Entré. Había
mucha gente con prisa. En el escenario
alguien tocaba covers de Guns’n Roses. Entonces vi a Jafet, quien
se dirigió rápidamente hacia mí en cuanto me vio.
—Pinche
vieja, llegas tarde. Eres como todas. Esta es la lista de canciones. Seguimos
después de estos güeyes. No me vayas a fallar.
Mierda,
terror, suicidio. Mi tartamudez regresó en el peor momento.
—Es…
es… pe… ¡espera!
—¿Qué?
¡¿Eres tartamuda?!
Jafet
había hecho su pregunta con desprecio y sorpresa a la vez. Tomás el Moro se
acercó.
—¿Qué
pasa? —preguntó Tomás el Moro.
Jafet
ahora sudaba, estaba nervioso. ¿Por primera vez tendría que aceptar que se
había equivocado? Me lanzó una mirada de desprecio que jamás olvidaré, mientras
apretaba sus puños como si quisiera golpearme.
Yo lo
único que podía ofrecerle era una cara más angustiada que la suya. ¿Qué
esperaba? Ese idiota lo único que había hecho era hacerme gritar y picándome la
nalga. ¿Qué demonios esperaba?
—Ella
no sale —dijo al fin un resignado Jafet—. Vamos, nos toca.
Los
chicos dieron media vuelta y fueron hacia el escenario.
—¡Zapata
vive! ¡Villa vive! ¡Jim Morrison vive!— gritaba algún loco por el micrófono.
La vida
tiene algunos de estos momentos en los que tienes el cielo o el infierno a tus
pies. Yo no era nadie y ahora estaba ahí con la posibilidad de ser alguien. Por
supuesto que había una enorme probabilidad de hacer el ridículo, Jafet, había
valorado esas posibilidades, había decidido no arriesgarse conmigo... ¡nadie se
había arriesgado conmigo! Tenía ganas de llorar. Miré hacia la puerta por la
que había ingresado (a través de ese boquete se apreciaba la fila de personas
que querían entrar, una pequeña masa de adolescentes un poco más grandes que
yo, llegados desde distintos puntos del vecindario). Yo era solo una niña. No
sé cuánto tiempo pasó en que decidí tomar camino hacia la salida. Di uno, dos
pasos, tres… y me detuve…
—¡Ahora
sí cabrones! —gritaba el tipo del micrófono —, denle la bienvenida a una nueva
banda… ¿Cómo que no tienen nombre? No mamen, cabrones… Bueno, yo los bautizo
como….
Di
media vuelta, uno, dos, tres pasos hacia el escenario…
—¡…los
Perros Malditos!—
Jafet y
los otros esperaban en el borde del escenario al cual se accedía por unos
pequeños escalones. Parecían tener pánico escénico. Iniciaron su lenta escalada
a las tablas del escenario…
Rebasé
a uno, a otro, a Tomás el Moro y, antes de que Jafet fuera visto por el
público, me adelanté y entre al escenario. Subí esos escalones tan rápido que
casi caigo; era mi propia escalera al cielo.
Mierda,
terror, confusión.

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