Luis me
había facilitado dinero suficiente para tomar un taxi de ida y vuelta de
extremo a extremo de la ciudad. Se notaba que el chico jamás había tomado un
taxi a no ser los que te llevan del aeropuerto a tu casa. A pesar de ello,
decidí caminar de nueva cuenta; la ventaja de la fiesta donde se había dado mi
debut, era que estaba ubicada cerca de mi casa. Sabía que la residencia de Luis
también estaba cerca al igual que la zona de los arrabaleros. Eran estas
barrancas inestables un nutrido mosaico de clases sociales, en una ladera
estaban los olvidados, los de casas de cartón, improvisados cuartos de ladrillo
y tinacos de asbesto. En la siguiente ladera, separados solamente por un río
cuyo cauce estaba lleno de basura, estaban los pudientes, personas con grandes
casas, verdes jardineras con flores, autos de lujo y casetas de vigilancia. Yo
no pertenecía a ninguno de los dos mundos. La clase media a la que yo
pertenecía, ocupaba esa difusa intermitencia entre los extremos de las clases
sociales. Comencé mi caminata y la noche ya caía.
Nunca había
estado tan reflexiva. Aunque toda la intensidad del momento había pasado, mi
cerebro era como una enorme esponja que absorbía casi cualquier sensación. El
frío del crepúsculo comenzaba a sentirse y la suave brisa de primavera movía
mis cabellos. No había nubes. La luna comenzó a dar luz y, pronto, el alumbrado
público hizo lo propio. Llegué hasta uno de esos cruces transitados y
difíciles. Los semáforos otorgaban el paso a unos y a otros, los automovilistas
desesperados hacían sonar sus bocinas y los escapes de sus autos emanaban el
monóxido de carbono que casi siempre me era indiferente, pero que ahora podía sentir
en mi lengua: era desagradable, sucio. Mis ojos me ardían; pensaba que quizás
era uno de esos días con altos IMECA, pero también pensaba que se debía a mi
estado interno de ese momento: receptiva.
Era notable
poder escuchar breves fragmentos de las pláticas de quienes pasaban junto a mí:
palabras claras que llegaban a mi mente. Todos mis sentidos estaban abiertos.
Salí tan rápido como pude de ese cruce estresante y me adentré en las calles de
mi colonia. Los zaguanes de las casas eran testigos de la soledad y
tranquilidad de la vía. A través de las ventanas, se colaba hacia la acera la
luz que iluminaba aquellas habitaciones donde vivían mis vecinos. Destellos
azules revelaban en que casa había un televisor encendido. El negro del asfalto
contrastaba con la pintura llamativa que identificaba los topes callejeros. Uno
que otro gato ronroneaba en algún árbol. A lo lejos se escuchaban ladridos de
perros o una ocasional sirena de ambulancia para luego perderse en ese barullo
constante que tiene la ciudad ¿Lo han escuchado? Solo cierren sus ojos un
momento en algún lugar donde no haya ruidos muy cerca, y podrán escuchar el
sonido de nuestra ciudad; es como una vibración de muy baja frecuencia, grave
pero constante. Esta era mi ciudad, mi hogar, y por primera vez en mucho tiempo
la disfrutaba.
Al dar
vuelta en una acera me encontré con el parque del barrio, ese donde había
disfrutado momentos muy gratos en mi infancia. Me detuve un momento a mirar sus
árboles y los juegos para los niños. En una cancha unos jóvenes jugaban futbol
sin importarles la débil luz que emanaba del único faro que quedaba con vida
(los vándalos los habían averiado casi todos). La penumbra era bien aprovechada
por una pareja que se besaba plácidamente recargada en un árbol. Cuando era
niña me gustaba escalar esos árboles; mi padre me regañaba, me hacía bajar y me
pegaba dos nalgadas por la falta. También aquí me traía mi tío a jugar rayuela
o a enseñarme a andar en bicicleta. Enfrente del parque estaba la tienda donde
hacía pocos días mi tío y yo habíamos comprado leche. Era una tiendita de
abarrotes bien surtida, atendida por una señora muy amable que abría siempre
muy temprano y cerraba cercana la media-noche.
En estas
andaba cuando de pronto se cruzó uno de los chicos de patineta que había visto
de camino a la fiesta. Lo miré; me miró, y justo en el momento en que pensé que
se iría con su tabla con ruedas, frenó. Se acercó hasta a mí. ¡Dios mío, no era
un fantasma y eso me asustaba más! Llevaba puestos pantalones bombachos y una
sudadera gris con gorro. Era delgado y, si bien no era guapo, su rostro te daba
una inmediata sensación de tranquilidad. Su piel morena estaba limpia de acné y
sus cabellos eran cortos y rebeldes. Con una sonrisa en su rostro y como si nos
conociéramos de toda la vida, me dijo.
—Hola. ¿Cómo
te llamas? Yo me llamó Alberto.
—Ana, me
llamo Ana —respondí.
—Bonito
nombre. ¿Vives por aquí?
—En las
casas de allá, esas que son todas iguales.
—No puede
ser. Yo te había visto con el uniforme de la escuela de ricos, la que está
atrás de la colina…
—Sí, esa es
mi escuela. Pero estoy becada.
—Debes de
ser muy aplicada.
—No, en
realidad no.
—Yo voy aquí
en la 113. No es tan bonita como la tuya.
—¿Te
decepciona que no sea rica?
—No. Es solo
que no lo pensé.
Se hizo un
silencio incómodo. Él parecía haber descubierto que yo no era en absoluto un
ser especial. Así que, decidida a saber más del chico y ya entrada en hacer
cosas locas, le pregunté con prestancia:
—Hace unas
horas dijiste que era bonita. ¿Te referías a mí?
Él miró
hacia el suelo avergonzado; luego volvió a levantar la cara y seguía con esa
cálida sonrisa.
—Sí,
me lo pareces y por eso te estoy hablando. También por eso te pregunté tu
nombre.
—¿No te
parezco un chico? —¡Mierda de pregunta! Pero ustedes entienden, tenía que
saber.
—No, estoy
seguro que eres una niña.
Y esa
sonrisa cálida y esos ojos honestos me conquistaron en ese instante. ¡Era
demasiado! Mi lanzamiento al estrellato y mi primer amor en un solo día.
Nuevamente
el silencio. Él me miraba y yo a él. Y aunque la inexperiencia de ambos hizo
más inocente ese momento, también propició que nuestro siguiente encuentro se
pospusiera bastante tiempo.
—Bueno, me
voy —me dijo. Tomó su tabla, la tendió sobre el asfalto y se deslizó hasta el
final de la calle. Yo me quedé ahí, impactada por un tipo mucho menos
interesante y guapo que los adonis que había visto partir en autos de lujo. En
menos de veinticuatro horas había decidió qué quería hacer en mi vida: quería rockear
y quería a Alberto. La existencia era maravillosa.
En ese momento no caí en
cuenta de que no sabía dónde vivía ni su teléfono. Habíamos dejado la fecha de
nuestro próximo encuentro al azar, como probando al destino. Confianza del
primer amor.

Comentarios
Publicar un comentario