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3 CAMINO A CASA



Luis me había facilitado dinero suficiente para tomar un taxi de ida y vuelta de extremo a extremo de la ciudad. Se notaba que el chico jamás había tomado un taxi a no ser los que te llevan del aeropuerto a tu casa. A pesar de ello, decidí caminar de nueva cuenta; la ventaja de la fiesta donde se había dado mi debut, era que estaba ubicada cerca de mi casa. Sabía que la residencia de Luis también estaba cerca al igual que la zona de los arrabaleros. Eran estas barrancas inestables un nutrido mosaico de clases sociales, en una ladera estaban los olvidados, los de casas de cartón, improvisados cuartos de ladrillo y tinacos de asbesto. En la siguiente ladera, separados solamente por un río cuyo cauce estaba lleno de basura, estaban los pudientes, personas con grandes casas, verdes jardineras con flores, autos de lujo y casetas de vigilancia. Yo no pertenecía a ninguno de los dos mundos. La clase media a la que yo pertenecía, ocupaba esa difusa intermitencia entre los extremos de las clases sociales. Comencé mi caminata y la noche ya caía.
Nunca había estado tan reflexiva. Aunque toda la intensidad del momento había pasado, mi cerebro era como una enorme esponja que absorbía casi cualquier sensación. El frío del crepúsculo comenzaba a sentirse y la suave brisa de primavera movía mis cabellos. No había nubes. La luna comenzó a dar luz y, pronto, el alumbrado público hizo lo propio. Llegué hasta uno de esos cruces transitados y difíciles. Los semáforos otorgaban el paso a unos y a otros, los automovilistas desesperados hacían sonar sus bocinas y los escapes de sus autos emanaban el monóxido de carbono que casi siempre me era indiferente, pero que ahora podía sentir en mi lengua: era desagradable, sucio. Mis ojos me ardían; pensaba que quizás era uno de esos días con altos IMECA, pero también pensaba que se debía a mi estado interno de ese momento: receptiva.
Era notable poder escuchar breves fragmentos de las pláticas de quienes pasaban junto a mí: palabras claras que llegaban a mi mente. Todos mis sentidos estaban abiertos. Salí tan rápido como pude de ese cruce estresante y me adentré en las calles de mi colonia. Los zaguanes de las casas eran testigos de la soledad y tranquilidad de la vía. A través de las ventanas, se colaba hacia la acera la luz que iluminaba aquellas habitaciones donde vivían mis vecinos. Destellos azules revelaban en que casa había un televisor encendido. El negro del asfalto contrastaba con la pintura llamativa que identificaba los topes callejeros. Uno que otro gato ronroneaba en algún árbol. A lo lejos se escuchaban ladridos de perros o una ocasional sirena de ambulancia para luego perderse en ese barullo constante que tiene la ciudad ¿Lo han escuchado? Solo cierren sus ojos un momento en algún lugar donde no haya ruidos muy cerca, y podrán escuchar el sonido de nuestra ciudad; es como una vibración de muy baja frecuencia, grave pero constante. Esta era mi ciudad, mi hogar, y por primera vez en mucho tiempo la disfrutaba.
Al dar vuelta en una acera me encontré con el parque del barrio, ese donde había disfrutado momentos muy gratos en mi infancia. Me detuve un momento a mirar sus árboles y los juegos para los niños. En una cancha unos jóvenes jugaban futbol sin importarles la débil luz que emanaba del único faro que quedaba con vida (los vándalos los habían averiado casi todos). La penumbra era bien aprovechada por una pareja que se besaba plácidamente recargada en un árbol. Cuando era niña me gustaba escalar esos árboles; mi padre me regañaba, me hacía bajar y me pegaba dos nalgadas por la falta. También aquí me traía mi tío a jugar rayuela o a enseñarme a andar en bicicleta. Enfrente del parque estaba la tienda donde hacía pocos días mi tío y yo habíamos comprado leche. Era una tiendita de abarrotes bien surtida, atendida por una señora muy amable que abría siempre muy temprano y cerraba cercana la media-noche.

En estas andaba cuando de pronto se cruzó uno de los chicos de patineta que había visto de camino a la fiesta. Lo miré; me miró, y justo en el momento en que pensé que se iría con su tabla con ruedas, frenó. Se acercó hasta a mí. ¡Dios mío, no era un fantasma y eso me asustaba más! Llevaba puestos pantalones bombachos y una sudadera gris con gorro. Era delgado y, si bien no era guapo, su rostro te daba una inmediata sensación de tranquilidad. Su piel morena estaba limpia de acné y sus cabellos eran cortos y rebeldes. Con una sonrisa en su rostro y como si nos conociéramos de toda la vida, me dijo.
—Hola. ¿Cómo te llamas? Yo me llamó Alberto.
—Ana, me llamo Ana —respondí.
—Bonito nombre. ¿Vives por aquí?
—En las casas de allá, esas que son todas iguales.
—No puede ser. Yo te había visto con el uniforme de la escuela de ricos, la que está atrás de la colina…
—Sí, esa es mi escuela. Pero estoy becada.
—Debes de ser muy aplicada.
—No, en realidad no.
—Yo voy aquí en la 113. No es tan bonita como la tuya.
—¿Te decepciona que no sea rica?
—No. Es solo que no lo pensé.
Se hizo un silencio incómodo. Él parecía haber descubierto que yo no era en absoluto un ser especial. Así que, decidida a saber más del chico y ya entrada en hacer cosas locas, le pregunté con prestancia:
—Hace unas horas dijiste que era bonita. ¿Te referías a mí?
Él miró hacia el suelo avergonzado; luego volvió a levantar la cara y seguía con esa cálida sonrisa.
       —Sí, me lo pareces y por eso te estoy hablando. También por eso te pregunté tu nombre.
—¿No te parezco un chico? —¡Mierda de pregunta! Pero ustedes entienden, tenía que saber.
—No, estoy seguro que eres una niña.
Y esa sonrisa cálida y esos ojos honestos me conquistaron en ese instante. ¡Era demasiado! Mi lanzamiento al estrellato y mi primer amor en un solo día.
Nuevamente el silencio. Él me miraba y yo a él. Y aunque la inexperiencia de ambos hizo más inocente ese momento, también propició que nuestro siguiente encuentro se pospusiera bastante tiempo.
—Bueno, me voy —me dijo. Tomó su tabla, la tendió sobre el asfalto y se deslizó hasta el final de la calle. Yo me quedé ahí, impactada por un tipo mucho menos interesante y guapo que los adonis que había visto partir en autos de lujo. En menos de veinticuatro horas había decidió qué quería hacer en mi vida: quería rockear y quería a Alberto. La existencia era maravillosa.
En ese momento no caí en cuenta de que no sabía dónde vivía ni su teléfono. Habíamos dejado la fecha de nuestro próximo encuentro al azar, como probando al destino. Confianza del primer amor.

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