Arriba
del escenario miré esa mole de gente que se me veía encima. Eran una mezcolanza
rara de adolescentes, varios de ellos, con cerveza en mano, luchaban por un
poco más de espacio para poder respirar. Hasta entonces tomé conciencia de la
extensión de ese prado verde sobre el que estábamos todos, cuando no era sede
de una fiesta esto debía ser comúnmente un pequeño campo de fútbol con acceso
restringido pues una barda de maya lo separaba de la infinitud de la calle. Y
sobre esa grama verde, que podía verse en pequeños manchones entre el mar de
gente, estábamos todos. El escenario era una tarima improvisada con andamios y
tablones, en su superficie había una cantidad de cables de cubierta negra que
conectaban no sé qué cosas con recónditos rincones en quien sabe que parte. Por
si las dudas, una lona nos cubría de las inclemencias del sol de la tarde y la
posibilidad de lluvia.
El
sonido de alarido que habían exhalado todos en cuanto vieron movimiento en el
escenario se extinguió en el instante en que pusieron atención en mi figura
delgada, esparragosa, desalineada y por supuesto de pubertad. Comenzaron los
silbidos y algunas risas.
—¡Niños!
¡Son unos jodidos niños! ¡¿Perros malditos?! ¡Esto es más bien un pinche kínder!
Mi
heroica subida por los escalones era ahora una anécdota, parada ahí frente al
escenario tuve más miedo que nunca. Un corto circuito se extendió por todo mi
cuerpo. Entonces sentí un empellón por la espalda. Era Jafet.
—¿Qué
haces?— me preguntó.
—Lo que
querías que hiciera— respondí culpándolo a él de todo.
El tipo
raro del micrófono me dio el aparato aquel y así yo estaba completa para
comenzar el ridículo más grande de mi vida, de mis vidas anteriores y de las
vidas que aún no había vivido.
—¿Qué
edad tienes?— me preguntó, el tipo raro del micrófono.
En mi
mente los números volaron y mi instinto de supervivencia me hizo mentir por
primera vez en mi vida para algo serio.
—Quince…
¿Qué huele así?— dije.
—Por
dios, sí que son ustedes unos niños. Es mariguana niño. ¡Bueno a darle!
En el
momento en que el tipo raro dijo a darle sonaron los primeros acordes, algo
desordenados y confusos de la guitarra de Jafet, era evidente que también
estaba nervioso, ni siquiera su look de James Dean podría salvarlo si es que no
salíamos bien librados de esta.
Tomás
el Moro trató de poner orden y pidió a Jafet comenzar de nuevo. El abucheo fue
inmenso. De verdad, no hay sensación más desalentadora que el abucheo de ¿cien
personas? ¿Doscientas? Era un hormiguero ahí, una marabunta y nosotros su
alimento, estábamos a merced de un grupo de adolescentes aburridos, enfadados y
que no dudarían ni un instante en aliviar su frustración de vida arrojándonos
botellas y vasos con orines.
La
estrategia de Tomás el Moro tuvo efecto, esta vez todo estuvo coordinado y pude
reconocer los acordes. Era fácil, era “Lithium”. De pronto una luz de
esperanza se abrió ante mí. Me sabía la canción y era de mis favoritas. Sin
embargo, su comienzo era lento, cadencioso…
—I’m
so happy…
Mierda, mis primeras palabras habían sonado horribles…
Completé
la estrofa y entonces el coro… subí la intensidad… y el grito lo saque del estómago
como mi tío me lo había dicho…
—¡Yeeeeeaaaaaaah!
¡Yeeeeeaaaaaaah! ¡Yeeeeeaaaaaaah!
¿Y
saben qué? Les gusto. Ya no se reían, ahora movían sus cabezas, estaban con la
música. Y yo me solté. Toda mi vida había estado aferrada a un estereotipo de
cómo debía ser, comportarme, verme y cómo demonios debía vivir… en ese momento
todo eso se fue al diablo… era mujer libre. Era mi primer orgasmo sobre el
escenario.
Terminamos
la canción y hubo silbidos, pero estos eran de aprobación. Fue como despertar
de una pesadilla. Aun así me miraban, extrañados ¿Cómo esta mocosa hizo eso?
Mi
banda tenía prisa. Tocamos “About a girl”, “Downer” y “Negative
creep” sin error. De cuando en cuando volteaba hacía atrás y los veía a
ellos, esos chicos que apenas si conocía y que hasta hace tres días eran de temer.
Los otros dos que no conocía me parecieron hermosos. Concentradísimos, metidos
con lo suyo. Cada quién en su propio paraíso. Si han ido a un concierto de rock
sabrán de qué hablo, pura adrenalina, desobediencia, anarquía y destrucción en
cada sonido. Y la gente que saltaba y movía la cabeza.
Terminamos.
Habíamos cumplido. Cuatro canciones. Ya salíamos del escenario y entonces
sucedió…
—¡Kindergarten!
¡Kindergarten! ¡Kindergarten!
No pude
más que esbozar mi más satisfactoria sonrisa.
El tipo
del micrófono nos dijo con una seña: “una más”.
Tuvimos
entonces nuestra primera reunión de banda sobre el escenario. Jafet propuso
tocar algo simple, y en ese momento yo les dije con todo entusiasmo —¡Toquemos “Smells
like a teen spirit”!
Los
demás me miraron consternados ¿quién era ésta que ahora se creía parte de la
banda? Jafet asintió con un está bien.
Ya la
saben, esas primeras notas aisladas de la guitarra, luego el estruendo de la
bataca, cuatro por cuatro tiempos. La esquizofrénica melodía. Y ahí entré, con
esa voz gangosa, extremadamente rara para una niña de trece años.
Posteriormente el coro que hoy ya es historia.
—¡Entertain
us!
Y la
gente que vivía. Y yo que me moría en ese espacio de diez por diez metros. En
el solo de guitarra me puse a correr de un lado a otro del escenario. Era mi
propio Woodstock, pueril, lleno de acné… like a teen spirit.
Mi
último alarido se fue al cielo.
Entonces,
Tomás el Moro lanzó las baquetas… Recuerdo que reí un poco, y luego miré a
Jafet sacarse la correa de la guitarra del torso y lanzar el instrumento al
aire sin ningún cuidado… El aparato cayó
estruendosamente por lo que se le rompió más de una cuerda… De inmediato
recordé todo aquello que los rockeros hacen en sus presentaciones en vivo y,
como un animal sin control brinqué sobre la batería… ¡pam! Me dolió. Acto
seguido, me levanté y fui hasta los escalones.
—¡Pendeja!
¿Por qué hiciste eso? ¡La batería no es nuestra! Tardaron horas en montarla —me
gritó Tomás el Moro.
—Lo
siento— fue todo lo que pude decir.
En ese
instante unas personas se acercaron a felicitarnos. Uno de ellos se abrió paso
entre todos hasta llegar a Jafet.
—¡Hermano,
felicidades!
Dios
bendito, era el hermano mayor de Jafet, una leyenda en la escuela. Habían
pasado varios años de su salida de la secundaria, pero sus hazañas y desmanes
eran todavía recordados. A pesar de eso, todos los años su foto estaba en lo
más alto del cuadro de honor. Jafet era su sucesor y, aunque no lo hacía mal,
no podía equiparársele. Tenía 19 años y era hermoso como Jafet, o más. Para
empezar, tenía músculos fuertes, barba de tres días, y vestía de traje y
corbata.
Al
hermano de Jafet lo acompañaba un individuo peculiar. Traía puesto un sombrero
de esos que parecen de la mafia siciliana; se veía de la misma edad que su
acompañante, cerca de los veinte años y llevaba un jersey dorado de la
Universidad Nacional, de esos que tienen el emblema minimalista del puma en
todo el pecho.
—Pero a
ver cuándo dejas de hacer covers. Ya es tiempo de que compongas algo
propio— dijo Luis, el hermano de Jafet. Entonces el chico del sombrero de
mafioso me miró y le hizo una seña a Luis. Cuando Luis puso sus ojos sobre mi
famélica humanidad, sentí mariposas en el estómago. Caminaron hacia donde yo
estaba, sola.
—¿Cómo
te llamas?— me preguntó Luis.
—Ana…
—dije invadida de rubor. Luis sonrió y miró a su compañero.
—¿Ana
qué?— insistió.
Mi apellido
no era lo mejor de mí (de hecho, gracias a su rareza me habían hecho burla en
la escuela año con año). Por consiguiente, lancé mi segunda mentira en una sola
tarde luego de recordar la canción que me había cantado mi tío aquella vez.
—Zeppelin.
Tanto
Luis como el tipo del sombrero hicieron una mueca de aprobación. En el
escenario trataban de colocar la batería, de nueva cuenta y la gente que lo
hacía soltaba maldiciones.
—Ana
Zeppelin— dijo Luis, —vocalista de Kindergarten, es un placer. ¿Cuántos años
tienes?
Solté
un suspiro…
—Quince.
El tipo
de sombrero lanzó una carcajada. Luis mantuvo su mirada en mí.
—Lo de
Zeppelin lo entiendo, pero si me vuelves a mentir una vez más, no te va a ir
bien, ¿entiendes?— dijo con una frialdad tal que realmente me sentí en peligro
y con la obligación de tenerle un respeto infinito a esa advertencia.
—Sí,
disculpa. Tengo trece.
—Eso sí
es más coherente, Ana Zeppelin. Aunque eres más alta que una chica de tu edad,
no tienes curvas. Pareces aún un niño.
En ese
momento miré mi atuendo que tanto me había costado elegir: unos tenis imitación
Converse, unos pantalones de mezclilla anchos y una camisa de franela… Era
obvio por qué habían creído que era un niño. Recordé al patineto que me
había dicho que era bonita… Quizás todo había sido una ilusión óptica, una
aparición fantasmal.
—Pero,
Ana Zeppelin, vocalista de Kindergarten —continuó Luis, —déjame decir en tu
favor que nunca había visto a una mujer con tantos ovarios y actitud como la
que mostraste tú allá arriba. Los dejaste impresionados.
Luis,
entonces, tomó mi mano derecha y la besó como hacían los caballeros en el siglo
XIX cuando saludaban a una dama. Sentí morir.
—Mis
respetos, Ana Zeppelin, vocalista de Kindergarten, te veré pronto otra vez.
Serás bienvenida en mi casa y, como mi hermano no se equivoca, si un día llegas
a formar parte de nuestra familia, los Ontiveros, tu vida volará a niveles
altos.
Jafet y
Luis Ontiveros eran hijos de Roberto Ontiveros, empresario innovador en la
fibra óptica que decía cambiaría al mundo para siempre. Era una fatídica
casualidad que yo fuera a la misma escuela que sus hijos. Todo porque mi padre
trabajaba justamente en una de las empresas de telecomunicación del notable
empresario y, cuando mi madre murió, todos en la empresa se conmovieron con mi
orfandad. En efecto, el altruismo católico de estas personas influyó para que
yo solo tuviera que pagar la cuarta parte de lo que originalmente costaba la
colegiatura. Aun así, mi padre trabajaba exhaustivamente para poder completar
esa cuarta parte. Además, mi padre quería que su única hija tuviera la mejor
educación que el país podía ofrecerle. Para mí, estar en una escuela donde
había chicos que tenían muchas más cosas materiales que yo, había sido una
tragedia completa que me había destrozado y llenado de complejos. Pero ahora,
luego de mi grandioso triunfo, el mismo Luis Ontiveros —el rico y hermoso Luis
Ontiveros— me daba sus respetos. Mi padre se hubiera muerto de haberlo visto.
Los
hermanos Ontiveros y compañía alzaron sus cosas y salimos todos juntos hacia la
calle. Ahí, subieron las guitarras y los amplificadores a un camión. Jafet
abordó un Jaguar en color blanco y Laura subió con él. El auto tenía chofer. Los otros chicos
abordaron una Van.
Por
cierto, al final me habían terminado de presentar al resto de la banda. El
segunda guitarra era un chico de cabellos ensortijados, alto como una garrocha,
de unos 15 años, y que conocía a Jafet de su equipo de futbol; decía ser un
excelente nadador y por su estatura era creíble. El bajista era un niño guapo
de nombre Saúl, de cabello lacio y bien peinado, con corte de hongo (muy
popular en aquel entonces). Mediano de estatura, era, después de mí, el que más
joven se veía. Todos ellos, incluyendo a Tomás el Moro, iban acompañados de
sendas chicas bellas muy al estilo Madonna. La chica en turno de Luis Ontiveros
era modelo; sus fotografías aparecían por todo el país. Era una corte
magnifica, llena de asistentes y choferes.
Luis
abordó un BMW y yo me quedé ahí, de pie, entre toda esa huida. Nadie me invitó
a subir a ningún auto. Suspiré y volví a mi lugar en la tierra. Entonces el BMW
se acercó hasta mí y bajó su ventanilla. El rostro de Luis se veía pletórico
con tan bello automóvil aunque no dudo que la situación fuera a la inversa.
—Escucha:
vamos a hacer una fiesta en mi casa para celebrar. Pero habrá algo de alcohol y
es mi deber preocuparme por ti ya que no veo que ningún adulto te esté
cuidando. Por eso no te llevo, pero te espero el miércoles, cuando ellos
ensayen en el agujero, así le llaman al lugar que acondicionó papá para el
desarrollo del hobbie de mi hermano menor… No faltes, Ana Zeppelin. Toma, esta es la
dirección… ¡Ah, y toma esto! Págate un taxi, ya es algo tarde.
En una
tarjeta de fino papel, Luis me había dado la dirección de su casa y cincuenta
mil pesos de los de antes. Esa tarjeta era, por mucho, la mayor invitación que
me habían ofrecido jamás.
—¡Al
fin, señoras y señores! —anunció a lo lejos la voz del micrófono —con ustedes
una buena banda de San Luis Potosí que hará historia… Con ustedes….
Al
parecer, el problema de la batería se había solucionado. Tomé mi mochila de
lana y me encaminé rumbo a casa. Nunca la vida había sido tan intensa.

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