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2 DEBUT


Arriba del escenario miré esa mole de gente que se me veía encima. Eran una mezcolanza rara de adolescentes, varios de ellos, con cerveza en mano, luchaban por un poco más de espacio para poder respirar. Hasta entonces tomé conciencia de la extensión de ese prado verde sobre el que estábamos todos, cuando no era sede de una fiesta esto debía ser comúnmente un pequeño campo de fútbol con acceso restringido pues una barda de maya lo separaba de la infinitud de la calle. Y sobre esa grama verde, que podía verse en pequeños manchones entre el mar de gente, estábamos todos. El escenario era una tarima improvisada con andamios y tablones, en su superficie había una cantidad de cables de cubierta negra que conectaban no sé qué cosas con recónditos rincones en quien sabe que parte. Por si las dudas, una lona nos cubría de las inclemencias del sol de la tarde y la posibilidad de lluvia.
El sonido de alarido que habían exhalado todos en cuanto vieron movimiento en el escenario se extinguió en el instante en que pusieron atención en mi figura delgada, esparragosa, desalineada y por supuesto de pubertad. Comenzaron los silbidos y algunas risas.

—¡Niños! ¡Son unos jodidos niños! ¡¿Perros malditos?! ¡Esto es más bien un pinche kínder!
Mi heroica subida por los escalones era ahora una anécdota, parada ahí frente al escenario tuve más miedo que nunca. Un corto circuito se extendió por todo mi cuerpo. Entonces sentí un empellón por la espalda. Era Jafet.
—¿Qué haces?— me preguntó.
—Lo que querías que hiciera— respondí culpándolo a él de todo.
El tipo raro del micrófono me dio el aparato aquel y así yo estaba completa para comenzar el ridículo más grande de mi vida, de mis vidas anteriores y de las vidas que aún no había vivido.
—¿Qué edad tienes?— me preguntó, el tipo raro del micrófono.
En mi mente los números volaron y mi instinto de supervivencia me hizo mentir por primera vez en mi vida para algo serio.
—Quince… ¿Qué huele así?— dije.
—Por dios, sí que son ustedes unos niños. Es mariguana niño. ¡Bueno a darle!
En el momento en que el tipo raro dijo a darle sonaron los primeros acordes, algo desordenados y confusos de la guitarra de Jafet, era evidente que también estaba nervioso, ni siquiera su look de James Dean podría salvarlo si es que no salíamos bien librados de esta.
Tomás el Moro trató de poner orden y pidió a Jafet comenzar de nuevo. El abucheo fue inmenso. De verdad, no hay sensación más desalentadora que el abucheo de ¿cien personas? ¿Doscientas? Era un hormiguero ahí, una marabunta y nosotros su alimento, estábamos a merced de un grupo de adolescentes aburridos, enfadados y que no dudarían ni un instante en aliviar su frustración de vida arrojándonos botellas y vasos con orines.
La estrategia de Tomás el Moro tuvo efecto, esta vez todo estuvo coordinado y pude reconocer los acordes. Era fácil, era “Lithium”. De pronto una luz de esperanza se abrió ante mí. Me sabía la canción y era de mis favoritas. Sin embargo, su comienzo era lento, cadencioso…
I’m so happy…

Mierda, mis primeras palabras habían sonado horribles…
Completé la estrofa y entonces el coro… subí la intensidad… y el grito lo saque del estómago como mi tío me lo había dicho…
—¡Yeeeeeaaaaaaah! ¡Yeeeeeaaaaaaah! ¡Yeeeeeaaaaaaah!
¿Y saben qué? Les gusto. Ya no se reían, ahora movían sus cabezas, estaban con la música. Y yo me solté. Toda mi vida había estado aferrada a un estereotipo de cómo debía ser, comportarme, verme y cómo demonios debía vivir… en ese momento todo eso se fue al diablo… era mujer libre. Era mi primer orgasmo sobre el escenario.
Terminamos la canción y hubo silbidos, pero estos eran de aprobación. Fue como despertar de una pesadilla. Aun así me miraban, extrañados ¿Cómo esta mocosa hizo eso?
Mi banda tenía prisa. Tocamos “About a girl”, “Downer” y “Negative creep” sin error. De cuando en cuando volteaba hacía atrás y los veía a ellos, esos chicos que apenas si conocía y que hasta hace tres días eran de temer. Los otros dos que no conocía me parecieron hermosos. Concentradísimos, metidos con lo suyo. Cada quién en su propio paraíso. Si han ido a un concierto de rock sabrán de qué hablo, pura adrenalina, desobediencia, anarquía y destrucción en cada sonido. Y la gente que saltaba y movía la cabeza.
Terminamos. Habíamos cumplido. Cuatro canciones. Ya salíamos del escenario y entonces sucedió…
—¡Kindergarten! ¡Kindergarten! ¡Kindergarten!
No pude más que esbozar mi más satisfactoria sonrisa.
El tipo del micrófono nos dijo con una seña: “una más”.
Tuvimos entonces nuestra primera reunión de banda sobre el escenario. Jafet propuso tocar algo simple, y en ese momento yo les dije con todo entusiasmo —¡Toquemos “Smells like a teen spirit”!
Los demás me miraron consternados ¿quién era ésta que ahora se creía parte de la banda? Jafet asintió con un está bien.
Ya la saben, esas primeras notas aisladas de la guitarra, luego el estruendo de la bataca, cuatro por cuatro tiempos. La esquizofrénica melodía. Y ahí entré, con esa voz gangosa, extremadamente rara para una niña de trece años. Posteriormente el coro que hoy ya es historia.

—¡Entertain us!
Y la gente que vivía. Y yo que me moría en ese espacio de diez por diez metros. En el solo de guitarra me puse a correr de un lado a otro del escenario. Era mi propio Woodstock, pueril, lleno de acné… like a teen spirit.
Mi último alarido se fue al cielo.
Entonces, Tomás el Moro lanzó las baquetas… Recuerdo que reí un poco, y luego miré a Jafet sacarse la correa de la guitarra del torso y lanzar el instrumento al aire sin ningún cuidado…  El aparato cayó estruendosamente por lo que se le rompió más de una cuerda… De inmediato recordé todo aquello que los rockeros hacen en sus presentaciones en vivo y, como un animal sin control brinqué sobre la batería… ¡pam! Me dolió. Acto seguido, me levanté y fui hasta los escalones.
—¡Pendeja! ¿Por qué hiciste eso? ¡La batería no es nuestra! Tardaron horas en montarla —me gritó Tomás el Moro.
—Lo siento— fue todo lo que pude decir.
En ese instante unas personas se acercaron a felicitarnos. Uno de ellos se abrió paso entre todos hasta llegar a Jafet.
—¡Hermano, felicidades!
Dios bendito, era el hermano mayor de Jafet, una leyenda en la escuela. Habían pasado varios años de su salida de la secundaria, pero sus hazañas y desmanes eran todavía recordados. A pesar de eso, todos los años su foto estaba en lo más alto del cuadro de honor. Jafet era su sucesor y, aunque no lo hacía mal, no podía equiparársele. Tenía 19 años y era hermoso como Jafet, o más. Para empezar, tenía músculos fuertes, barba de tres días, y vestía de traje y corbata.
Al hermano de Jafet lo acompañaba un individuo peculiar. Traía puesto un sombrero de esos que parecen de la mafia siciliana; se veía de la misma edad que su acompañante, cerca de los veinte años y llevaba un jersey dorado de la Universidad Nacional, de esos que tienen el emblema minimalista del puma en todo el pecho.
—Pero a ver cuándo dejas de hacer covers. Ya es tiempo de que compongas algo propio— dijo Luis, el hermano de Jafet. Entonces el chico del sombrero de mafioso me miró y le hizo una seña a Luis. Cuando Luis puso sus ojos sobre mi famélica humanidad, sentí mariposas en el estómago. Caminaron hacia donde yo estaba, sola.
—¿Cómo te llamas?— me preguntó Luis.
—Ana… —dije invadida de rubor. Luis sonrió y miró a su compañero.
—¿Ana qué?— insistió.
Mi apellido no era lo mejor de mí (de hecho, gracias a su rareza me habían hecho burla en la escuela año con año). Por consiguiente, lancé mi segunda mentira en una sola tarde luego de recordar la canción que me había cantado mi tío aquella vez.
—Zeppelin.
Tanto Luis como el tipo del sombrero hicieron una mueca de aprobación. En el escenario trataban de colocar la batería, de nueva cuenta y la gente que lo hacía soltaba maldiciones.
—Ana Zeppelin— dijo Luis, —vocalista de Kindergarten, es un placer. ¿Cuántos años tienes?
Solté un suspiro…
—Quince.
El tipo de sombrero lanzó una carcajada. Luis mantuvo su mirada en mí.
—Lo de Zeppelin lo entiendo, pero si me vuelves a mentir una vez más, no te va a ir bien, ¿entiendes?— dijo con una frialdad tal que realmente me sentí en peligro y con la obligación de tenerle un respeto infinito a esa advertencia.
—Sí, disculpa. Tengo trece.
—Eso sí es más coherente, Ana Zeppelin. Aunque eres más alta que una chica de tu edad, no tienes curvas. Pareces aún un niño.
En ese momento miré mi atuendo que tanto me había costado elegir: unos tenis imitación Converse, unos pantalones de mezclilla anchos y una camisa de franela… Era obvio por qué habían creído que era un niño. Recordé al patineto que me había dicho que era bonita… Quizás todo había sido una ilusión óptica, una aparición fantasmal.
—Pero, Ana Zeppelin, vocalista de Kindergarten —continuó Luis, —déjame decir en tu favor que nunca había visto a una mujer con tantos ovarios y actitud como la que mostraste tú allá arriba. Los dejaste impresionados.
Luis, entonces, tomó mi mano derecha y la besó como hacían los caballeros en el siglo XIX cuando saludaban a una dama. Sentí morir.
—Mis respetos, Ana Zeppelin, vocalista de Kindergarten, te veré pronto otra vez. Serás bienvenida en mi casa y, como mi hermano no se equivoca, si un día llegas a formar parte de nuestra familia, los Ontiveros, tu vida volará a niveles altos.
Jafet y Luis Ontiveros eran hijos de Roberto Ontiveros, empresario innovador en la fibra óptica que decía cambiaría al mundo para siempre. Era una fatídica casualidad que yo fuera a la misma escuela que sus hijos. Todo porque mi padre trabajaba justamente en una de las empresas de telecomunicación del notable empresario y, cuando mi madre murió, todos en la empresa se conmovieron con mi orfandad. En efecto, el altruismo católico de estas personas influyó para que yo solo tuviera que pagar la cuarta parte de lo que originalmente costaba la colegiatura. Aun así, mi padre trabajaba exhaustivamente para poder completar esa cuarta parte. Además, mi padre quería que su única hija tuviera la mejor educación que el país podía ofrecerle. Para mí, estar en una escuela donde había chicos que tenían muchas más cosas materiales que yo, había sido una tragedia completa que me había destrozado y llenado de complejos. Pero ahora, luego de mi grandioso triunfo, el mismo Luis Ontiveros —el rico y hermoso Luis Ontiveros— me daba sus respetos. Mi padre se hubiera muerto de haberlo visto.
Los hermanos Ontiveros y compañía alzaron sus cosas y salimos todos juntos hacia la calle. Ahí, subieron las guitarras y los amplificadores a un camión. Jafet abordó un Jaguar en color blanco y Laura subió con él.  El auto tenía chofer. Los otros chicos abordaron una Van.
Por cierto, al final me habían terminado de presentar al resto de la banda. El segunda guitarra era un chico de cabellos ensortijados, alto como una garrocha, de unos 15 años, y que conocía a Jafet de su equipo de futbol; decía ser un excelente nadador y por su estatura era creíble. El bajista era un niño guapo de nombre Saúl, de cabello lacio y bien peinado, con corte de hongo (muy popular en aquel entonces). Mediano de estatura, era, después de mí, el que más joven se veía. Todos ellos, incluyendo a Tomás el Moro, iban acompañados de sendas chicas bellas muy al estilo Madonna. La chica en turno de Luis Ontiveros era modelo; sus fotografías aparecían por todo el país. Era una corte magnifica, llena de asistentes y choferes.

Luis abordó un BMW y yo me quedé ahí, de pie, entre toda esa huida. Nadie me invitó a subir a ningún auto. Suspiré y volví a mi lugar en la tierra. Entonces el BMW se acercó hasta mí y bajó su ventanilla. El rostro de Luis se veía pletórico con tan bello automóvil aunque no dudo que la situación fuera a la inversa.
—Escucha: vamos a hacer una fiesta en mi casa para celebrar. Pero habrá algo de alcohol y es mi deber preocuparme por ti ya que no veo que ningún adulto te esté cuidando. Por eso no te llevo, pero te espero el miércoles, cuando ellos ensayen en el agujero, así le llaman al lugar que acondicionó papá para el desarrollo del hobbie de mi hermano menor…  No faltes, Ana Zeppelin. Toma, esta es la dirección… ¡Ah, y toma esto! Págate un taxi, ya es algo tarde.
En una tarjeta de fino papel, Luis me había dado la dirección de su casa y cincuenta mil pesos de los de antes. Esa tarjeta era, por mucho, la mayor invitación que me habían ofrecido jamás.
—¡Al fin, señoras y señores! —anunció a lo lejos la voz del micrófono —con ustedes una buena banda de San Luis Potosí que hará historia… Con ustedes….
Al parecer, el problema de la batería se había solucionado. Tomé mi mochila de lana y me encaminé rumbo a casa. Nunca la vida había sido tan intensa.

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