Ese
diciembre llegó a México el nuevo disco de Nirvana, el Incesticide. Como
yo era otra vez pobre, tenía que ver de qué forma podía adquirir el material
pues ya no podía robar de la colegiatura ya que iba en escuela de gobierno.
Para mi mala fortuna, mi novio, Alberto, tenía menos dinero que yo. Sin
embargo, eso era engañoso. Pasó un mes y ya pintaba un nuevo grafiti, además se
había hecho de varias latas con colores brillantes ¿Cómo lo había hecho? Todo
su material anterior lo había perdido el día aquel de la pelea. Además, me
invitaba helados, me compraba rosas, me regalaba peluches que eran para mí un
hermoso tesoro, pero yo no podía dejar de pensar en lo mismo ¿Cómo demonios lo
hacía? ¿No era él pobre? Llegué a pensar que quizás andaba en malos pasos. Así
una vez lo confronté.
—Beto.
Quiero preguntarte, ¿de dónde sacas dinero para las cosas que me compras?
—Pues… ¿qué
no te gustan?
—Me gustan
mucho, soy la niña más feliz del mundo, pero quiero saber —insistí.
—¿Para qué?
—preguntó él.
—Pues porque
somos novios y nos tenemos que contar todo —respondí segura.
—Eso es mentira
¿Quién te dijo que es así? —dijo él con toda calma.
—Pues así
es. En las películas, en las telenovelas —le respondí.
—¿Ves telenovelas?
—preguntó él para desviar el tema de la conversación.
—No cambies
el tema Alberto. ¿De dónde sacas el dinero? —lo acorralé.
—Te digo si
me dices, ¿por qué aceptaste los regalos de los ricos? —dijo él.
—Pues porque
me los daban. Rechazarlos hubiera sido una grosería, Beto —le respondí.
—¿Te
preguntaste de dónde los sacaron?
—¿Cómo es
eso, Beto?
—Pues sí,
Ana, ¿si les hiciste la misma pregunta a ellos que me haces ahora a mí? —me
dijo para terminar el juego del gato y el ratón.
—¡Alberto! A
veces me sacas de quicio.
—¡Bueno,
Ana, a veces a mí también me sacas de quicio, con tus ideas de niña rica! ¡Con
tus reglas de alta sociedad!
—Alberto, no
me grites —le dije molesta.
—Eso es lo
que digo, Ana. Tú me puedes gritar, pero yo no a ti.
Un largo
silencio y ninguno de los dos tocaba ya su helado. Mirábamos para lados
opuestos. De pronto, este tipo de peleas se habían hecho más frecuentes. Me
daba cuenta de que mi Alberto no era perfecto, en primera no le gustaba usar
ropa de etiqueta, siempre andaba de skato. Luego estaba que casi no le
gustaba leer y abiertamente me decía que ir a la escuela era una pérdida
absoluta de tiempo. Yo decía, bueno, sus aspiraciones son artísticas, pero
cuando le mencionaba que mi sueño era que nos casáramos y que él expusiera su
obra en museos por todo el mundo él me preguntaba
—¿Mi obra en
museos? ¿Quién te dijo que quiero que mi obra esté en museos? —Y así me mataba
todas mis fantasías.
A pesar de
todo eso, los primeros meses de nuestro noviazgo iban muy bien. La parte de la
exploración sexual era de lo más exquisito y, si en algo estábamos de acuerdo,
era que tendríamos sexo por primera vez en un lugar romántico y decente.
—Ana, no te
enojes. No me gusta que estés enojada.
—Pues
entonces no me hagas enojar. Yo te quiero mucho, eres lo mejor que me ha pasado
en mi vida.
—¿Más que el
rock?
—Tú sabes
que no puedes competir con eso, tontito.
—Ana, el
dinero lo saco de lavar autos.
—¿¡Lavar
autos!? —dije sorprendida.
—Así es,
Ana. Con un día de arduo trabajo te alcanzará para tu disco ese que quieres.
—¿Yo voy a
lavar coches?
—Perdone,
princesa Ana, me olvide de su realeza, sus manos delicadas que nada pueden
hacer.
—¡Alberto!
—¡Ana!
Y nos besábamos.
Así era muchas veces.
Nos quedamos
de ver un día en el centro de la ciudad. Me había pedido ser puntual, eran las
ocho de la mañana de un día sábado en la estación del Metro Balderas abarrotada
de gente... mucha gente, un hormiguero horrible al que yo no estaba
acostumbrada. Bajar a la ciudad me hacía extrañar mis colinas donde todavía el
verde de los encinos daba algo de vida; abajo, en cambio, todo era gris, el
smog se te metía por la boca, los pocos árboles de las jardineras tenían sus
hojas cubiertas del hollín emitido por las fábricas y esos pesados camiones
Ruta 100. Pocas veces salía de mis colinas del occidente de la ciudad, y no me
gustaba la ciudad que había más allá.
Llegué y
Alberto ya estaba ahí. Yo llegaba un poco tarde. En cuanto me vio me abrazó y
nos besamos... otra vez.
—Ana, te
dije que ropa cómoda y para trabajo, pero otra vez pareces niño. Y luego con
esa gorra.
—¡Alberto!
Sabes que eso me molesta muchísimo. ¿Te doy vergüenza?
—No, tú
nunca me darías vergüenza. Vamos. Pero llegaste tarde.
—Había mucho
tráfico.
—Ana, a los
trenes no los afecta el tráfico. Solo acepta que llegaste tarde y ya. ¿Por qué
siempre te cuesta tanto trabajo aceptar que cometes errores?
—¿Y tú por
qué siempre me molestas haciéndome notar mis errores? Siempre me lo remarcas,
que si parezco niño porque no me maquillo, que si parezco niña fresa porque me
maquillo, que si llegó tarde, que si la chingada…
—Solo
compórtate normal, Ana.
—¡Alberto!
—¡Ana!
Y ya saben… el beso.
Lavar
automóviles fue un trabajo muy divertido y nos dejó buen dinero. A veces
hacíamos la labor en equipo y Alberto me dejaba sola para lavar más autos y así
poder cumplir con la cuota que debía dar a la persona que administraba el
estacionamiento. Las cubetas y el agua eran gratis para nosotros. Terminábamos
empapados. En la hora de la comida cada quién sacaba un pequeño almuerzo que
traía desde casa y nos compartíamos la comida.
Sus
compañeros de trabajo, que eran jóvenes más grandes que él, todos hombres, lo
miraban y le decían.
—Ahora si
Beto, estás bien enamorado.
En lo que
respecta a mi persona, me respetaban tanto los empleados como el dueño del
estacionamiento, aunque algunos clientes se ponían exigentes. Lavamos doce
automóviles ese primer día, fue estupendo, mi primer trabajo.
Ese mismo
día fuimos a la tienda de discos. Yo no cabía de la felicidad. Pedí el casete y
entonces Alberto le dijo al de la tienda que queríamos el CD.
—Alberto, no
tengo reproductor de CD —le recordé a mi magnífico y bobo novio.
—Ana, compra
el CD, por favor —dijo él.
—Alberto,
no, voy a comprar el casete. Deme el casete, por favor.
—Ana, compra
el maldito CD.
—Ni siquiera
me alcanza, Alberto.
—Aquí está
el resto —dijo él al tiempo que colocaba sobre el estante unos pesos—, compra
el CD.
—¿Por qué?
—Porque sí.
—¡Alberto,
me vuelves loca!
—Hazme caso,
Ana, por una vez hazme caso.
Compré el
CD. Y durante diez días el disco estuvo en mi casa y solo podía mirarlo. Odiaba
tanto a Alberto.
Entonces, en
la navidad de ese año de mil novecientos noventa y dos, él me regaló un pequeño
reproductor de CD, básico, lo más sencillo. Ese día lloré de alegría frente a
mi papá y mi tío a quienes les caía muy bien Alberto. La cena de navidad con su
pavo, los romeritos y una ensalada de manzanas, que intenté elaborar lo mejor
que pude, fue auspiciada por el nuevo empleo de mi tío y tuvo como marco
musical las rarezas de Nirvana, puro rock duro.
Feliz año
1993. La vida era maravillosa. Tenía un novio que me quería y al cual yo amaba,
así un día ese chico maravilloso que era Alberto me hizo una buena pregunta.
—Ana, ¿por
qué ya no cantas ni tocas?
—Porque… no
sé, la verdad no lo sé.
—Ana,
tienes que hacerlo otra vez. Te voy a decir algo, quizás te molestes, pero… tu
ganaste el concurso de bandas que hubo el mes pasado —¡el concurso de bandas!
casi lo había olvidado. De hecho había borrado de mi vida todo rastro de
aquellos días en que fui el juguete de los ricos.
—¿Yo? ¿Cómo
que yo gané?
—Ganó Kindergarten.
—¡¿Cómo lo
sabes?!
—Ana, salió
en los periódicos. Usaron tu canción. Escucha… ¿Por qué lloras? Ana, no te
pongas así.
Había razón
para ponerme así. Durante meses me había preparado para aquel concurso y a unos
días de su realización fue cuando me expulsaron. Habían usado mi canción y
ganaron.
—¡Yo debía
estar ahí! ¡¿Quién estuvo en mi lugar?!
—Ana,
consiguieron a una nueva vocalista. Eso es todo, no era tan difícil.
—¿Por qué me
dices todo esto? ¿Me querías lastimar?
—Otra vez,
Ana. Cálmate, no te lo dije por eso, quiero que hagas rock y canciones como
antes —Alberto me abrazó y me sentí mejor.
Luego me
tomó de la mano y caminamos afuera. Fuimos hasta el arrabal, pero no íbamos a
su casa, eso era seguro.
—¿Quién vive
aquí? —pregunté al ver una casa de tabiques de al menos tres plantas que daba
la impresión de estar en obra negra.
—Aquí vive
Lola.
Alberto
estaba loco. Lola era un monstruo, ella no me hablaba desde aquella vez que me
quitó a Rodríguez de encima. Cada vez que nos veía juntos a Alberto y a mi yo
sentía que ella nos odiaba. Yo ya me había ganado la amistad de Alicia y eso
también la ponía furiosa. ¿Por qué demonios estábamos ahí? Él tocó la puerta.
—Alberto,
no. Ella me da miedo.
—Por el amor
de dios, Ana, conviviste con los de la escuela privada, Lola no es nada
comparada con lo que tuviste que aguatar ahí.
Yo sabía que
Lola no era un corderito, era latosa, grosera, contestataria y siempre estaba
de mal humor. ¡Rayos, así había sido yo hacía un año!
Una señora
extraña nos abrió la puerta, Alberto le dijo que buscábamos a Lola. Esa señora
le gritó a capela a Lola desde la puerta. Ella preguntó también desde lejos
quién la buscaba. La señora le gritó que dos muchachos, uno de ellos Alberto.
Madre mía, cómo gritaba esa señora. Al escuchar el nombre de Alberto, Lola bajo
como el rayo. Su entusiasmo se murió al verme.
—¿Qué
quieren? —nos preguntó sin invitarnos a pasar.
—Lola, ya
conoces a Ana. Quería pedirte…
—Sí, ya la
conozco. Extraños gustos los que tienes, Alberto, las personas andróginas. —no
solo estaba loca, era más lista que yo a pesar de la medianía de sus notas
escolares.
—Tranquila,
Lola, venimos en son de paz. Además, ya le está creciendo el cabello —Lola se
carcajeó con lo que dijo Alberto. Cielos realmente esta mujer me odiaba.
—¿Ya le
dijiste qué éramos tú y yo antes? —le dijo Lola a Alberto sin dejar de mirarme,
de barrerme para ser exactas —Fuimos novios. Él perdió la virginidad conmigo
—dijo eso con su lengua tan mordaz, tan víbora, que me llegó a lo más profundo
y cerré mis puños dispuesta a...
—¿Qué te
pasa perra? ¿Vas a querer golpearme como esa vez a Rodríguez? Te confundió con
un niño, no lo culpo.
—¡Cállate
tú, perra! —dije ya fuera de mí. Alberto solo se hizo a un lado. Y ahí empezó
una letanía larga y salvaje.
—¡Estás
celosa —dije —, porque Alberto ahora es mío, mío! —le escupí en la cara a esa
zarrapastrosa.
—Por favor…
estúpida, no te engañes.
—No me
engaño, tú eres la que está sola. Además… a mí me podrán confundir con un niño,
pero a ti te confunden con una bruja, así… toda de negro, toda fea, toda…
—¿Fea? ¿Eso
es todo lo que tienes, niña pseudo rica? ¿Eso es todo lo que tienes?
—¡No! ¡Eres
una maldita perra con mirada de que nadie te quiere!
—¡Yo no soy
la que estaba triste, pendeja! ¡Ay, me acaban de expulsar! ¡Ay, me acaban de
expulsar!
Diablos, era ruda. Lo malo es yo no sabía casi
nada de ella y en cambio ella tenía un extenso material sobre mí.
—Yo tengo a
Alberto, tú no. Él me ama —le dije.
—Genial, yo
tengo su virginidad —respondió ella sin preocuparse.
—Genial.
—Genial.
—Genial.
—¡¿Ya
terminaron?! —gritó Alberto —Parecen verduleras. Lola, lo que viví contigo fue
muy padre, lo disfruté mucho, pero tú te enamoraste de otro y me dejaste. Así
que no te pongas en esa pose de niña celosa porque no te queda. Fue tu decisión
y el pacto es que seríamos amigos ¿vas a romperlo?
—No
—respondió Lola.
—Bien. Ana,
mírame, deja de llorar —me dijo Alberto.
—¡No estoy
llorando!
—Si lo estás
— y me besó frente aquella maldita bruja.
—Voy por
unas cervezas —dijo Lola.
—Yo no bebo
—dije.
—Bien, un
jugo de piña para la princesa —dijo Lola con toda la burla que pudo.
—¡Maldita!
—le grité.
—Ya Ana.
Déjala ser, está enojada porque su vida es muy difícil. Tú ten calma —dijo
Alberto y nos sentamos en unos escalones que tenía ese pasillo que iba ladera
abajo.
—Te escuché,
Alberto. No estoy enojada —dijo Lola al regresar con dos cervezas y un jugo de
piña en las manos. Nos los dio y se sentó a lado de Alberto —solo estoy…
enojada, sí, siempre lo estoy.
—Está bien—
dijo Alberto—, quería que Ana formara parte de tu banda, Lola —¡Este novio mío
realmente había perdido la cabeza!
—¡Ni lo
pienses! —dijimos las dos mujeres al unísono.
—Está bien,
era solo una idea —dijo él.
—¿Sabe
tocar? —preguntó Lola con agresividad —No creo que esta pendeja sepa tocar algún
instrumento.
—Sé tocar
mejor que tu bruja —le respondí.
—Demuéstramelo
—dijo ella.
—Cuando
quieras —le respondí.
—Aquí y
ahora, vengan— dijo Lola y abrió la puerta.
Entramos
hasta un cuarto oscuro. Lola encendió la luz y ahí estaba, una batería y una
guitarra con sus debidos amplificadores. Era un cuarto húmedo y caluroso, las
paredes estaban tapiadas con cartón, eso hacía que se viera horrible. Lola
encendió la guitarra, la conectó.
—Tú primero
—me dijo dándome la guitarra. Era una ESP color rosa. Hice lo que pude, toqué
algo de lo mío y realmente quería impresionarlos. Además, era la primera vez
que Alberto me escuchaba y eso me ponía nerviosa. Equivoqué varias pisadas y
trasteé, pero no me detuve. Terminé y Alberto me abrazó. Y nos besamos… otra
vez.
Luego le
tocó su turno a Lola. Tomó la guitarra, empezó a hacer acordes complicados,
extraordinarios e increíbles. Me arrastró, la muy maldita, por el suelo; no
solo era mucho mejor que yo, era mucho mejor que Jafet. Me dieron ganas de
llorar, me sentía humillada y no entendía cómo Alberto podía exponerme a eso.
—Bien —dijo
ella al terminar —, como puedes ver, soy mucho mejor que tú. Te veo mañana a
las cinco.
—¿Qué te
hace pensar que voy a regresar aquí, bruja? —dije realmente enojada.
—No sé.
Siempre me ha hecho falta uno. Y tú eres Ana Zeppelin ¿no? Sí, tu fama llegó
muy lejos y no me enteré por Alberto. No eres una gran guitarrista como yo,
pero… Juntas podríamos hacer muy buen rock punk como solo las mujeres podemos.
¿Hacemos las paces?
Esta mujer
era una imbécil ¿quería ahora fumar la pipa de la paz? ¿Quería que olvidara
todos los malditos insultos que me había hecho? Era una bruja, pero hay que
decirlo, era increíble.
—Me dejarás
de insultar —le puse como condición.
—No,
insultarte es divertido, pero prometo no hacerlo durante los ensayos —dijo con
una sonrisa burlona. Estuve a punto de mandarla al diablo, pero en ese momento
Alberto me tomó por la cintura y me arrimó hacia él. Eso me dio la seguridad
para dar un muy incierto —Está bien.
Al día
siguiente estuve ahí a la hora indicada y Alberto estaba conmigo. Lola nos
abrió la puerta, Alberto iba a entrar, sin embargo Lola le tapó el paso y le
dijo.
—Perdóname,
Betito, pero si te veo besándola, abrazándola o cosas así, la ira me va a ganar
y hoy me levanté de muy buen humor; además, en este grupo los hombres están
prohibidos —mi pobre Alberto ni chistó y se retiró.
Pasamos al
mismo cuarto de ayer. Yo llevaba mi guitarra y Lola la suya, la rosa.
—¿Por qué es
rosa? —le pregunté.
—¿Perdón?
—dijo ella como si no me hubiera escuchado.
—Tu
guitarra, ¿por qué es rosa? Me imaginaría que sería negra y con calaveras —a
ella le gustó mi chiste, luego de sonreír me devolvió la pregunta.
—¿Por qué la
tuya es amarilla? ¿Por qué tus chones son azules? No sé. Para empezar yo no te
imaginaba con una guitarra en las manos, pero bueno, ya, prometí no insultarte.
Ven, te presentaré a Amanda.
Salimos del
cuarto. Caminamos por un pasillo también oscuro, pero húmedo, hasta otra
habitación, ahí una mujer de unos dieciocho años amamantaba a un niño hermoso.
Ese fue el solo motivo para ver el otro lado de Lola, más rosa que su guitarra.
Lola cargó al niño, le hizo cariños, le habló con voz tierna y se olvidó de mi
presencia. Esta chica vestida toda de negro era en el fondo femenina como el
estereotipo dictaba, es decir, débil por los bebes.
—¿Ana,
verdad? —me preguntó la madre del niño.
—Sí.
—Yo soy
Amanda. Ese es mi hijo Zacarías, le decimos el Zacas, apenas tiene un año.
Amanda era
una chica de cabellos castaños bastante rebeldes y regordeta, con un rostro de
esos que te dan confianza. Vestía como una mamá si saben a lo que me refiero.
Era tan dispar de Lola.
—¿Cuáles son
tus influencias? —me preguntó Amanda.
—Bueno,
Nirvana, Sex Pistols, Pixies, Sonic Youth…
—Ya, ya, eres sabia.
Al poco
rato, una señora de más edad se llevó al bebé y nosotras pasamos al cuarto de
ensayo.
—¡Ana! —me
dijo Lola— Aquí se toca punk.
—Enterada
estoy, Lola —le dije. Y comenzamos a ensayar.
Debo admitir
que algo indispensable regresó a mi vida. Nunca estuve más completa como
entonces. Comenzamos de forma simple, comparamos tiempos y analizamos qué
podíamos tocar. Amanda era buena en lo suyo, pero a diferencia de mi grupo
anterior, aquí la guitarrista dictaba prácticamente todo y Amanda la seguía. Yo
me equivoqué varias veces ese día, saqué de quicio a Lola quién a pesar de ello
cumplió su promesa y no me dijo ninguna grosería, aunque me miraba con enojo
cada que una nota horrible salía de mi instrumento.
El lugar del
ensayo no tenía ventanas y hacía calor. Ese lugar seguramente funcionaba antes
como una bodega y se le colaba la humedad por el techo. Como ya dije, Lola le
había recubierto la pared con cartones de huevo para mejorar en lo posible la
acústica del lugar y no estoy segura de que aquello fuera efectivo. Varias
veces quise preguntar cómo había hecho Lola para tener un lugar así en su casa
ya que la batería, las guitarras y otros instrumentos extraños eran de buena
marca. En un rincón había un montón de partituras descuidadas que se
maltrataban expuestos al ambiente; también había micrófonos, amplificadores y
varios cables en desorden absoluto. Por el amor de dios, en otra de las tantas
habitaciones a medio acabar de la gran casa, había un piano de cola Steinway
& Sons y este si estaba protegido, al menos parcialmente, por un plástico
enorme. Todos estos implementos estaban como olvidados por el tiempo. Lola
parecía ser la única que les había puesto atención y había acomodado el lugar
para tener un espacio de ensayo. Además, ella hablaba siempre con propiedad y
los términos adecuados, sabía de tonos, de acordes, de escalas… ¿cómo una
mocosa de secundaria sabía todo eso? Toda esta opulencia musical contrastaba
con su modo de vestir y más aún con los bienes materiales del resto de la casa.
Se observaba que todo era de segunda mano y el resto de su casa parecía una
fotografía de una apresurada mudanza.
Casi nunca
veíamos a su madre que apenas si nos notaba, pero de vez en cuando, después de
los ensayos, aparecían por la casa toda una serie de personajes extraños,
amigos de la familia les llamaba Lola. Uno de esos personajes alguna vez me
pareció tan conocido, pero no podía ser… ¿alguien famoso en esta casa de
arrabal? No podía ser, tenía tantas ganas de saber cómo demonios… pero esta
chica, Lola, aún me daba miedo, así que decidí esperar a preguntarle cosas de
su vida personal.

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