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16 ROCK PUNK FEMENINO



Ese diciembre llegó a México el nuevo disco de Nirvana, el Incesticide. Como yo era otra vez pobre, tenía que ver de qué forma podía adquirir el material pues ya no podía robar de la colegiatura ya que iba en escuela de gobierno. Para mi mala fortuna, mi novio, Alberto, tenía menos dinero que yo. Sin embargo, eso era engañoso. Pasó un mes y ya pintaba un nuevo grafiti, además se había hecho de varias latas con colores brillantes ¿Cómo lo había hecho? Todo su material anterior lo había perdido el día aquel de la pelea. Además, me invitaba helados, me compraba rosas, me regalaba peluches que eran para mí un hermoso tesoro, pero yo no podía dejar de pensar en lo mismo ¿Cómo demonios lo hacía? ¿No era él pobre? Llegué a pensar que quizás andaba en malos pasos. Así una vez lo confronté.
—Beto. Quiero preguntarte, ¿de dónde sacas dinero para las cosas que me compras?
—Pues… ¿qué no te gustan?
—Me gustan mucho, soy la niña más feliz del mundo, pero quiero saber —insistí.
—¿Para qué? —preguntó él.
—Pues porque somos novios y nos tenemos que contar todo —respondí segura.
—Eso es mentira ¿Quién te dijo que es así? —dijo él con toda calma.
—Pues así es. En las películas, en las telenovelas —le respondí.
—¿Ves telenovelas? —preguntó él para desviar el tema de la conversación.
—No cambies el tema Alberto. ¿De dónde sacas el dinero? —lo acorralé.
—Te digo si me dices, ¿por qué aceptaste los regalos de los ricos? —dijo él.
—Pues porque me los daban. Rechazarlos hubiera sido una grosería, Beto —le respondí.
—¿Te preguntaste de dónde los sacaron?
—¿Cómo es eso, Beto?
—Pues sí, Ana, ¿si les hiciste la misma pregunta a ellos que me haces ahora a mí? —me dijo para terminar el juego del gato y el ratón.
—¡Alberto! A veces me sacas de quicio.
—¡Bueno, Ana, a veces a mí también me sacas de quicio, con tus ideas de niña rica! ¡Con tus reglas de alta sociedad!
—Alberto, no me grites —le dije molesta.
—Eso es lo que digo, Ana. Tú me puedes gritar, pero yo no a ti.
Un largo silencio y ninguno de los dos tocaba ya su helado. Mirábamos para lados opuestos. De pronto, este tipo de peleas se habían hecho más frecuentes. Me daba cuenta de que mi Alberto no era perfecto, en primera no le gustaba usar ropa de etiqueta, siempre andaba de skato. Luego estaba que casi no le gustaba leer y abiertamente me decía que ir a la escuela era una pérdida absoluta de tiempo. Yo decía, bueno, sus aspiraciones son artísticas, pero cuando le mencionaba que mi sueño era que nos casáramos y que él expusiera su obra en museos por todo el mundo él me preguntaba
—¿Mi obra en museos? ¿Quién te dijo que quiero que mi obra esté en museos? —Y así me mataba todas mis fantasías.
A pesar de todo eso, los primeros meses de nuestro noviazgo iban muy bien. La parte de la exploración sexual era de lo más exquisito y, si en algo estábamos de acuerdo, era que tendríamos sexo por primera vez en un lugar romántico y decente.
—Ana, no te enojes. No me gusta que estés enojada.
—Pues entonces no me hagas enojar. Yo te quiero mucho, eres lo mejor que me ha pasado en mi vida.
—¿Más que el rock?
—Tú sabes que no puedes competir con eso, tontito.
—Ana, el dinero lo saco de lavar autos.
—¿¡Lavar autos!? —dije sorprendida.
—Así es, Ana. Con un día de arduo trabajo te alcanzará para tu disco ese que quieres.
—¿Yo voy a lavar coches?
—Perdone, princesa Ana, me olvide de su realeza, sus manos delicadas que nada pueden hacer.
—¡Alberto!
—¡Ana!
Y nos besábamos. Así era muchas veces.

Nos quedamos de ver un día en el centro de la ciudad. Me había pedido ser puntual, eran las ocho de la mañana de un día sábado en la estación del Metro Balderas abarrotada de gente... mucha gente, un hormiguero horrible al que yo no estaba acostumbrada. Bajar a la ciudad me hacía extrañar mis colinas donde todavía el verde de los encinos daba algo de vida; abajo, en cambio, todo era gris, el smog se te metía por la boca, los pocos árboles de las jardineras tenían sus hojas cubiertas del hollín emitido por las fábricas y esos pesados camiones Ruta 100. Pocas veces salía de mis colinas del occidente de la ciudad, y no me gustaba la ciudad que había más allá.
Llegué y Alberto ya estaba ahí. Yo llegaba un poco tarde. En cuanto me vio me abrazó y nos besamos... otra vez.
—Ana, te dije que ropa cómoda y para trabajo, pero otra vez pareces niño. Y luego con esa gorra.
—¡Alberto! Sabes que eso me molesta muchísimo. ¿Te doy vergüenza?
—No, tú nunca me darías vergüenza. Vamos. Pero llegaste tarde.
—Había mucho tráfico.
—Ana, a los trenes no los afecta el tráfico. Solo acepta que llegaste tarde y ya. ¿Por qué siempre te cuesta tanto trabajo aceptar que cometes errores?
—¿Y tú por qué siempre me molestas haciéndome notar mis errores? Siempre me lo remarcas, que si parezco niño porque no me maquillo, que si parezco niña fresa porque me maquillo, que si llegó tarde, que si la chingada…
—Solo compórtate normal, Ana.
—¡Alberto!
—¡Ana!
 Y ya saben… el beso.
Lavar automóviles fue un trabajo muy divertido y nos dejó buen dinero. A veces hacíamos la labor en equipo y Alberto me dejaba sola para lavar más autos y así poder cumplir con la cuota que debía dar a la persona que administraba el estacionamiento. Las cubetas y el agua eran gratis para nosotros. Terminábamos empapados. En la hora de la comida cada quién sacaba un pequeño almuerzo que traía desde casa y nos compartíamos la comida.
Sus compañeros de trabajo, que eran jóvenes más grandes que él, todos hombres, lo miraban y le decían.
—Ahora si Beto, estás bien enamorado.
En lo que respecta a mi persona, me respetaban tanto los empleados como el dueño del estacionamiento, aunque algunos clientes se ponían exigentes. Lavamos doce automóviles ese primer día, fue estupendo, mi primer trabajo.
Ese mismo día fuimos a la tienda de discos. Yo no cabía de la felicidad. Pedí el casete y entonces Alberto le dijo al de la tienda que queríamos el CD.
—Alberto, no tengo reproductor de CD —le recordé a mi magnífico y bobo novio.
—Ana, compra el CD, por favor —dijo él.
—Alberto, no, voy a comprar el casete. Deme el casete, por favor.
—Ana, compra el maldito CD.
—Ni siquiera me alcanza, Alberto.
—Aquí está el resto —dijo él al tiempo que colocaba sobre el estante unos pesos—, compra el CD.
—¿Por qué?
—Porque sí.
—¡Alberto, me vuelves loca!
—Hazme caso, Ana, por una vez hazme caso.
Compré el CD. Y durante diez días el disco estuvo en mi casa y solo podía mirarlo. Odiaba tanto a Alberto.
Entonces, en la navidad de ese año de mil novecientos noventa y dos, él me regaló un pequeño reproductor de CD, básico, lo más sencillo. Ese día lloré de alegría frente a mi papá y mi tío a quienes les caía muy bien Alberto. La cena de navidad con su pavo, los romeritos y una ensalada de manzanas, que intenté elaborar lo mejor que pude, fue auspiciada por el nuevo empleo de mi tío y tuvo como marco musical las rarezas de Nirvana, puro rock duro.
Feliz año 1993. La vida era maravillosa. Tenía un novio que me quería y al cual yo amaba, así un día ese chico maravilloso que era Alberto me hizo una buena pregunta.
—Ana, ¿por qué ya no cantas ni tocas?
—Porque… no sé, la verdad no lo sé.
       —Ana, tienes que hacerlo otra vez. Te voy a decir algo, quizás te molestes, pero… tu ganaste el concurso de bandas que hubo el mes pasado —¡el concurso de bandas! casi lo había olvidado. De hecho había borrado de mi vida todo rastro de aquellos días en que fui el juguete de los ricos.
—¿Yo? ¿Cómo que yo gané?
—Ganó Kindergarten.
—¡¿Cómo lo sabes?!
—Ana, salió en los periódicos. Usaron tu canción. Escucha… ¿Por qué lloras? Ana, no te pongas así.
Había razón para ponerme así. Durante meses me había preparado para aquel concurso y a unos días de su realización fue cuando me expulsaron. Habían usado mi canción y ganaron.
—¡Yo debía estar ahí! ¡¿Quién estuvo en mi lugar?!
—Ana, consiguieron a una nueva vocalista. Eso es todo, no era tan difícil.
—¿Por qué me dices todo esto? ¿Me querías lastimar?
—Otra vez, Ana. Cálmate, no te lo dije por eso, quiero que hagas rock y canciones como antes —Alberto me abrazó y me sentí mejor.
Luego me tomó de la mano y caminamos afuera. Fuimos hasta el arrabal, pero no íbamos a su casa, eso era seguro.
—¿Quién vive aquí? —pregunté al ver una casa de tabiques de al menos tres plantas que daba la impresión de estar en obra negra.
—Aquí vive Lola.
Alberto estaba loco. Lola era un monstruo, ella no me hablaba desde aquella vez que me quitó a Rodríguez de encima. Cada vez que nos veía juntos a Alberto y a mi yo sentía que ella nos odiaba. Yo ya me había ganado la amistad de Alicia y eso también la ponía furiosa. ¿Por qué demonios estábamos ahí? Él tocó la puerta.
—Alberto, no. Ella me da miedo.
—Por el amor de dios, Ana, conviviste con los de la escuela privada, Lola no es nada comparada con lo que tuviste que aguatar ahí.
Yo sabía que Lola no era un corderito, era latosa, grosera, contestataria y siempre estaba de mal humor. ¡Rayos, así había sido yo hacía un año!
Una señora extraña nos abrió la puerta, Alberto le dijo que buscábamos a Lola. Esa señora le gritó a capela a Lola desde la puerta. Ella preguntó también desde lejos quién la buscaba. La señora le gritó que dos muchachos, uno de ellos Alberto. Madre mía, cómo gritaba esa señora. Al escuchar el nombre de Alberto, Lola bajo como el rayo. Su entusiasmo se murió al verme.
—¿Qué quieren? —nos preguntó sin invitarnos a pasar.
—Lola, ya conoces a Ana. Quería pedirte…
—Sí, ya la conozco. Extraños gustos los que tienes, Alberto, las personas andróginas. —no solo estaba loca, era más lista que yo a pesar de la medianía de sus notas escolares.
—Tranquila, Lola, venimos en son de paz. Además, ya le está creciendo el cabello —Lola se carcajeó con lo que dijo Alberto. Cielos realmente esta mujer me odiaba.
—¿Ya le dijiste qué éramos tú y yo antes? —le dijo Lola a Alberto sin dejar de mirarme, de barrerme para ser exactas —Fuimos novios. Él perdió la virginidad conmigo —dijo eso con su lengua tan mordaz, tan víbora, que me llegó a lo más profundo y cerré mis puños dispuesta a...
—¿Qué te pasa perra? ¿Vas a querer golpearme como esa vez a Rodríguez? Te confundió con un niño, no lo culpo.
—¡Cállate tú, perra! —dije ya fuera de mí. Alberto solo se hizo a un lado. Y ahí empezó una letanía larga y salvaje.
—¡Estás celosa —dije —, porque Alberto ahora es mío, mío! —le escupí en la cara a esa zarrapastrosa.
—Por favor… estúpida, no te engañes.
—No me engaño, tú eres la que está sola. Además… a mí me podrán confundir con un niño, pero a ti te confunden con una bruja, así… toda de negro, toda fea, toda…
—¿Fea? ¿Eso es todo lo que tienes, niña pseudo rica? ¿Eso es todo lo que tienes?
—¡No! ¡Eres una maldita perra con mirada de que nadie te quiere!
—¡Yo no soy la que estaba triste, pendeja! ¡Ay, me acaban de expulsar! ¡Ay, me acaban de expulsar!
 Diablos, era ruda. Lo malo es yo no sabía casi nada de ella y en cambio ella tenía un extenso material sobre mí.
—Yo tengo a Alberto, tú no. Él me ama —le dije.
—Genial, yo tengo su virginidad —respondió ella sin preocuparse.
—Genial.
—Genial.
—Genial.
—¡¿Ya terminaron?! —gritó Alberto —Parecen verduleras. Lola, lo que viví contigo fue muy padre, lo disfruté mucho, pero tú te enamoraste de otro y me dejaste. Así que no te pongas en esa pose de niña celosa porque no te queda. Fue tu decisión y el pacto es que seríamos amigos ¿vas a romperlo?
—No —respondió Lola.
—Bien. Ana, mírame, deja de llorar —me dijo Alberto.
—¡No estoy llorando!
—Si lo estás — y me besó frente aquella maldita bruja.
—Voy por unas cervezas —dijo Lola.
—Yo no bebo —dije.
—Bien, un jugo de piña para la princesa —dijo Lola con toda la burla que pudo.
—¡Maldita! —le grité.
—Ya Ana. Déjala ser, está enojada porque su vida es muy difícil. Tú ten calma —dijo Alberto y nos sentamos en unos escalones que tenía ese pasillo que iba ladera abajo.
—Te escuché, Alberto. No estoy enojada —dijo Lola al regresar con dos cervezas y un jugo de piña en las manos. Nos los dio y se sentó a lado de Alberto —solo estoy… enojada, sí, siempre lo estoy.
—Está bien— dijo Alberto—, quería que Ana formara parte de tu banda, Lola —¡Este novio mío realmente había perdido la cabeza!
—¡Ni lo pienses! —dijimos las dos mujeres al unísono.
—Está bien, era solo una idea —dijo él.
—¿Sabe tocar? —preguntó Lola con agresividad —No creo que esta pendeja sepa tocar algún instrumento.
—Sé tocar mejor que tu bruja —le respondí.
—Demuéstramelo —dijo ella.
—Cuando quieras —le respondí.
—Aquí y ahora, vengan— dijo Lola y abrió la puerta.
Entramos hasta un cuarto oscuro. Lola encendió la luz y ahí estaba, una batería y una guitarra con sus debidos amplificadores. Era un cuarto húmedo y caluroso, las paredes estaban tapiadas con cartón, eso hacía que se viera horrible. Lola encendió la guitarra, la conectó.
—Tú primero —me dijo dándome la guitarra. Era una ESP color rosa. Hice lo que pude, toqué algo de lo mío y realmente quería impresionarlos. Además, era la primera vez que Alberto me escuchaba y eso me ponía nerviosa. Equivoqué varias pisadas y trasteé, pero no me detuve. Terminé y Alberto me abrazó. Y nos besamos… otra vez.
Luego le tocó su turno a Lola. Tomó la guitarra, empezó a hacer acordes complicados, extraordinarios e increíbles. Me arrastró, la muy maldita, por el suelo; no solo era mucho mejor que yo, era mucho mejor que Jafet. Me dieron ganas de llorar, me sentía humillada y no entendía cómo Alberto podía exponerme a eso.
—Bien —dijo ella al terminar —, como puedes ver, soy mucho mejor que tú. Te veo mañana a las cinco.
—¿Qué te hace pensar que voy a regresar aquí, bruja? —dije realmente enojada.
—No sé. Siempre me ha hecho falta uno. Y tú eres Ana Zeppelin ¿no? Sí, tu fama llegó muy lejos y no me enteré por Alberto. No eres una gran guitarrista como yo, pero… Juntas podríamos hacer muy buen rock punk como solo las mujeres podemos. ¿Hacemos las paces?
Esta mujer era una imbécil ¿quería ahora fumar la pipa de la paz? ¿Quería que olvidara todos los malditos insultos que me había hecho? Era una bruja, pero hay que decirlo, era increíble.
—Me dejarás de insultar —le puse como condición.
—No, insultarte es divertido, pero prometo no hacerlo durante los ensayos —dijo con una sonrisa burlona. Estuve a punto de mandarla al diablo, pero en ese momento Alberto me tomó por la cintura y me arrimó hacia él. Eso me dio la seguridad para dar un muy incierto —Está bien.

Al día siguiente estuve ahí a la hora indicada y Alberto estaba conmigo. Lola nos abrió la puerta, Alberto iba a entrar, sin embargo Lola le tapó el paso y le dijo.
—Perdóname, Betito, pero si te veo besándola, abrazándola o cosas así, la ira me va a ganar y hoy me levanté de muy buen humor; además, en este grupo los hombres están prohibidos —mi pobre Alberto ni chistó y se retiró.
Pasamos al mismo cuarto de ayer. Yo llevaba mi guitarra y Lola la suya, la rosa.
—¿Por qué es rosa? —le pregunté.
—¿Perdón? —dijo ella como si no me hubiera escuchado.
—Tu guitarra, ¿por qué es rosa? Me imaginaría que sería negra y con calaveras —a ella le gustó mi chiste, luego de sonreír me devolvió la pregunta.
—¿Por qué la tuya es amarilla? ¿Por qué tus chones son azules? No sé. Para empezar yo no te imaginaba con una guitarra en las manos, pero bueno, ya, prometí no insultarte. Ven, te presentaré a Amanda.

Salimos del cuarto. Caminamos por un pasillo también oscuro, pero húmedo, hasta otra habitación, ahí una mujer de unos dieciocho años amamantaba a un niño hermoso. Ese fue el solo motivo para ver el otro lado de Lola, más rosa que su guitarra. Lola cargó al niño, le hizo cariños, le habló con voz tierna y se olvidó de mi presencia. Esta chica vestida toda de negro era en el fondo femenina como el estereotipo dictaba, es decir, débil por los bebes.
—¿Ana, verdad? —me preguntó la madre del niño.
—Sí.
—Yo soy Amanda. Ese es mi hijo Zacarías, le decimos el Zacas, apenas tiene un año.
Amanda era una chica de cabellos castaños bastante rebeldes y regordeta, con un rostro de esos que te dan confianza. Vestía como una mamá si saben a lo que me refiero. Era tan dispar de Lola.
—¿Cuáles son tus influencias? —me preguntó Amanda.
—Bueno, Nirvana, Sex Pistols, Pixies, Sonic Youth
 —Ya, ya, eres sabia.

Al poco rato, una señora de más edad se llevó al bebé y nosotras pasamos al cuarto de ensayo.
—¡Ana! —me dijo Lola— Aquí se toca punk.
—Enterada estoy, Lola —le dije. Y comenzamos a ensayar.
Debo admitir que algo indispensable regresó a mi vida. Nunca estuve más completa como entonces. Comenzamos de forma simple, comparamos tiempos y analizamos qué podíamos tocar. Amanda era buena en lo suyo, pero a diferencia de mi grupo anterior, aquí la guitarrista dictaba prácticamente todo y Amanda la seguía. Yo me equivoqué varias veces ese día, saqué de quicio a Lola quién a pesar de ello cumplió su promesa y no me dijo ninguna grosería, aunque me miraba con enojo cada que una nota horrible salía de mi instrumento.
El lugar del ensayo no tenía ventanas y hacía calor. Ese lugar seguramente funcionaba antes como una bodega y se le colaba la humedad por el techo. Como ya dije, Lola le había recubierto la pared con cartones de huevo para mejorar en lo posible la acústica del lugar y no estoy segura de que aquello fuera efectivo. Varias veces quise preguntar cómo había hecho Lola para tener un lugar así en su casa ya que la batería, las guitarras y otros instrumentos extraños eran de buena marca. En un rincón había un montón de partituras descuidadas que se maltrataban expuestos al ambiente; también había micrófonos, amplificadores y varios cables en desorden absoluto. Por el amor de dios, en otra de las tantas habitaciones a medio acabar de la gran casa, había un piano de cola Steinway & Sons y este si estaba protegido, al menos parcialmente, por un plástico enorme. Todos estos implementos estaban como olvidados por el tiempo. Lola parecía ser la única que les había puesto atención y había acomodado el lugar para tener un espacio de ensayo. Además, ella hablaba siempre con propiedad y los términos adecuados, sabía de tonos, de acordes, de escalas… ¿cómo una mocosa de secundaria sabía todo eso? Toda esta opulencia musical contrastaba con su modo de vestir y más aún con los bienes materiales del resto de la casa. Se observaba que todo era de segunda mano y el resto de su casa parecía una fotografía de una apresurada mudanza.
Casi nunca veíamos a su madre que apenas si nos notaba, pero de vez en cuando, después de los ensayos, aparecían por la casa toda una serie de personajes extraños, amigos de la familia les llamaba Lola. Uno de esos personajes alguna vez me pareció tan conocido, pero no podía ser… ¿alguien famoso en esta casa de arrabal? No podía ser, tenía tantas ganas de saber cómo demonios… pero esta chica, Lola, aún me daba miedo, así que decidí esperar a preguntarle cosas de su vida personal.

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