El día
sábado por la mañana fuimos a montar todos los instrumentos en la casa de
Mercedes. Su madre, por su parte, organizaba todo para la fiesta. En esos preparativos
no vi a Mercedes, pero a su padrastro sí.
—¿Irás al
partido, Ana? —me preguntó el doctor de ojos.
—Sí, señor.
En cuanto terminemos aquí todos iremos al club a apoyar a Mercedes.
—Muy bien
chiquilla —me dijo mientras me daba la mano para saludarme —¿Vendrás a la
fiesta?
—También,
señor. Soy el acto principal.
—Muy bien,
muy bien. ¿Cómo te has sentido con los lentes?
—Muy bien,
pero si no es mucha molestia quería pedirle… si me diera unos azules.
—Perfecto,
los mandaremos a hacer. Te verás muy bien con esos, más bella, ya lo verás.
Acabamos con
lo de montar el equipo y nos dirigimos hacia el club. Era la final del
campeonato nacional y Mercedes la disputaría contra una extraña chica llamada
Helena que, decían, era muy buena. Como yo no sabía nada de tenis, apenas si
entendía el sistema de puntuación, no opinaba.
La cancha
era de arcilla y Mercedes se veía hermosa en su uniforme que incluía una
coqueta faldita.
En el otro
lado de la cancha estaba Helena, su mirada era dura, no era bonita como mi amiga
y se notaba que tampoco era rica. Tenía esa mirada de hambre que poseían todos
aquellos que tienen que subir la montaña desde abajo y sin ayuda.
—¡Vamos
Mercedes! —gritaba desesperada Pamela.
—Pamela —le
dijo Luis —, quieres callarte, el juego aún no comienza.
—Lo siento
—dijo ella —. Ahí viene Ana ¡Ana, por aquí!
—¡Pamela!,
deja de gritar, hace horas que te vieron.
—Lo siento,
Luis.
Luis
Ontiveros nos había invitado a todos al palco. El pequeño estadio estaba lleno
y casi todo el público estaba de parte de Mercedes. Esa chica Helena la pasaría
muy mal. En un rincón estaba el trofeo, el cielo estaba despejado, el partido
podría irse a los sets que quisiera pues no llovería.
—Pamela, en
un partido de tenis, uno esta callado, por favor no grites mientras se estén
jugando los puntos ¿está claro? —dijo Luis a una apenada Pamela, luego me vio a
mí.
—Ana
Zeppelin, nuestro juguete del momento, ven, ven. Escucha linda, espero escuchar
esa nueva canción, creo que si sale bien, podría ganar el concurso de bandas de
diciembre. No me falles, Ana Zeppelin.
Asentí con
la cabeza, ya saben, callada. Me imaginé al mismo Luis Ontiveros diciéndole a
Mercedes lo mismo referente al partido que íbamos a presenciar: no me falles,
Mercedes. Eso era mucha presión.
El juego
comenzó. Extraño deporte este del tenis, el público debe estar callado, cada
punto se gana y se trabaja solo. Los dos contendientes están frente a frente y
el triunfo depende de un esfuerzo de individualidad, no hay equipo, es uno
contra uno.
Mercedes
ganó el primer punto del juego. Todos dimos un alarido. Luego ganó el primer
juego del primer set. Y luego ganó el set. Iba perfecta. Ella era perfecta. Me
sentía orgullosa de ser su mejor amiga, era una ganadora.
Para el
segundo set, esta chica Helena, sacó el amor propio. Lo ganó. En ese instante
no nos preocupamos, nuestra Mercedes era demasiado buena y en ese set
seguramente había tenido un mal momento y nada más. Para el tercer set y
definitivo, la cosa fue muy pareja. Las dos jugadoras comenzaron a cansarse. El
juego llegó a estar 5-5 y el saque era de Mercedes.
Mi amiga
jugó con todo el esfuerzo y se desgastaba físicamente. Su mirada, su rostro:
tensión. En el momento menos adecuado cometió una doble falta. Estaban a punto
de romperle su saque, según decía su padre, eso no ocurría desde hacía más de
un año. Esa tarde Helena lo rompió dos veces. El desánimo del público era
evidente. Pero nuestra Mercedes era fuerte y le demostró a todo el mundo que
ella no se rendía. En el siguiente juego ella fue quién le rompió el saque a
Helena. Saltamos de Alarido.
—¡Sí! ¡Esa
es nuestra Mercedes! ¡Eso es! —gritó un desquiciado Luis Ontiveros. Por dios
que nunca lo había visto así, la corbata aflojada, sin saco, lleno de sudor por
el calor y la tensión del juego.
Muerte
súbita. Como en todos los grandes juegos, en este hubo un gran desenlace. Las
dos guerreras estaban exhaustas, los puntos eran muy largos y pesados, la una a
la otra vendían cada ventaja muy cara. Por lo tanto la que obtenía un punto no
podía decirse que ganara algo psicológicamente hablando, pues cada punto
representaba una gran pérdida de energía.
—Punto para
set, para juego y para partido —dijo el juez y era de Mercedes.
Todos casi rezábamos.
Este era el momento, la gran oportunidad. Pero Mercedes, no tenía el saque así
que lo perdió. El juego de nuevo empatado. Mercedes al saque y ¡demonios! Lo
perdió otra vez.
—Punto
para set, para juego y para partido —dijo el juez y ahora era para Helena.
Helena puso
la pelota en juego. De un lado para otro, de un lado para otro, las dos jugaban
profundo. Entonces Helena subió a la red, iba a despachar todo aquello,
increíblemente mi amiga salvó dos sendos remates casi mortales. La rival tenía
todo controlado, mandó a Mercedes al otro lado de la cancha y luego al otro y
luego… Mercedes ya no pudo llegar.
El público
lanzó una expresión de decepción y Helena gritaba de alegría.
Mercedes no
levantaba la cara del suelo. Estaba tendida, manchada de arcilla. Se levantó de
a poco. Se acercó a la red a saludar a Helena, pero ésta aún no la notaba,
seguía en su momento de ganadora, abrazaba efusivamente a quién seguramente era
su madre, su entrenadora o algo así. No sé qué pasó por la cabeza de mi amiga,
seguramente no pudo resistir ver que no era ella quién ganaba. Bajó la cabeza y
se fue, el juez la llamó —¡Señorita Mercedes! —, pero no le hizo caso.
Luis
Ontiveros dejó el palco visiblemente molesto y cuando bajaba las escaleras nos
dijo a Pamela y a mí.
—¡¿Señoritas,
qué esperan?! Las necesitan allá abajo.
Pamela y yo
comprendimos. Bajamos hasta los vestuarios. La puerta del de Mercedes estaba
cerrada. Decidimos esperarla.
Su madre y
su padre también bajaron, incluso Helena quien nos encargó le diéramos sus
respetos como rival grande. Pero Mercedes no abría la puerta. Sus padres decidieron
irse, Pamela también tenía que ir a arreglarse para la fiesta.
—Ana, te la
encargamos —me dijo su padre —. Por favor, si algo pasa toma este teléfono y
avísanos.
El doctor de
ojos me dio un enorme teléfono que no tenía cables, pensé: ¡qué magnifica es la
tecnología!
Luego de
tres cuartos de hora Mercedes abrió la puerta. Seguía con el uniforme de juego
sucio.
—¿Mis papás?
—me preguntó.
—Se fueron a
la casa. Mercedes, pasaste ahí casi una hora. ¿Estás bien?
—¿Me ves
llorando?
—No
—respondí.
—¿Entonces?
—Bueno, no
sé, pensé —dije dudando.
La miré
fijamente. Ella miraba el suelo. Luego levantó su vista y ya tenía las
lágrimas. Ahí ya no había ninguna portada, no había maquillaje, ni ojos azules;
era el puro y abierto contenido de mi amiga, la primera vez que se mostraba así
ante mí y quizás antes cualquier otro ser.
—¡Ana! —dijo
y me abrazó. Yo, con toda mi poca experiencia en estas artes de ser amiga,
traté de calmarla. No lo podía creer, ¿a esta gente rica le dolía tanto la
derrota? ¿Yo sería así? Me propuse que no.

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