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10 JUEGO, SET Y PARTIDO



El día sábado por la mañana fuimos a montar todos los instrumentos en la casa de Mercedes. Su madre, por su parte, organizaba todo para la fiesta. En esos preparativos no vi a Mercedes, pero a su padrastro sí.
—¿Irás al partido, Ana? —me preguntó el doctor de ojos.
—Sí, señor. En cuanto terminemos aquí todos iremos al club a apoyar a Mercedes.
—Muy bien chiquilla —me dijo mientras me daba la mano para saludarme —¿Vendrás a la fiesta?
—También, señor. Soy el acto principal.
—Muy bien, muy bien. ¿Cómo te has sentido con los lentes?
—Muy bien, pero si no es mucha molestia quería pedirle… si me diera unos azules.
—Perfecto, los mandaremos a hacer. Te verás muy bien con esos, más bella, ya lo verás.
Acabamos con lo de montar el equipo y nos dirigimos hacia el club. Era la final del campeonato nacional y Mercedes la disputaría contra una extraña chica llamada Helena que, decían, era muy buena. Como yo no sabía nada de tenis, apenas si entendía el sistema de puntuación, no opinaba.
La cancha era de arcilla y Mercedes se veía hermosa en su uniforme que incluía una coqueta faldita.
En el otro lado de la cancha estaba Helena, su mirada era dura, no era bonita como mi amiga y se notaba que tampoco era rica. Tenía esa mirada de hambre que poseían todos aquellos que tienen que subir la montaña desde abajo y sin ayuda.
—¡Vamos Mercedes! —gritaba desesperada Pamela.
—Pamela —le dijo Luis —, quieres callarte, el juego aún no comienza.
—Lo siento —dijo ella —. Ahí viene Ana ¡Ana, por aquí!
—¡Pamela!, deja de gritar, hace horas que te vieron.
—Lo siento, Luis.
Luis Ontiveros nos había invitado a todos al palco. El pequeño estadio estaba lleno y casi todo el público estaba de parte de Mercedes. Esa chica Helena la pasaría muy mal. En un rincón estaba el trofeo, el cielo estaba despejado, el partido podría irse a los sets que quisiera pues no llovería.
—Pamela, en un partido de tenis, uno esta callado, por favor no grites mientras se estén jugando los puntos ¿está claro? —dijo Luis a una apenada Pamela, luego me vio a mí.
—Ana Zeppelin, nuestro juguete del momento, ven, ven. Escucha linda, espero escuchar esa nueva canción, creo que si sale bien, podría ganar el concurso de bandas de diciembre. No me falles, Ana Zeppelin.
Asentí con la cabeza, ya saben, callada. Me imaginé al mismo Luis Ontiveros diciéndole a Mercedes lo mismo referente al partido que íbamos a presenciar: no me falles, Mercedes. Eso era mucha presión.
El juego comenzó. Extraño deporte este del tenis, el público debe estar callado, cada punto se gana y se trabaja solo. Los dos contendientes están frente a frente y el triunfo depende de un esfuerzo de individualidad, no hay equipo, es uno contra uno.
Mercedes ganó el primer punto del juego. Todos dimos un alarido. Luego ganó el primer juego del primer set. Y luego ganó el set. Iba perfecta. Ella era perfecta. Me sentía orgullosa de ser su mejor amiga, era una ganadora.
Para el segundo set, esta chica Helena, sacó el amor propio. Lo ganó. En ese instante no nos preocupamos, nuestra Mercedes era demasiado buena y en ese set seguramente había tenido un mal momento y nada más. Para el tercer set y definitivo, la cosa fue muy pareja. Las dos jugadoras comenzaron a cansarse. El juego llegó a estar 5-5 y el saque era de Mercedes.
Mi amiga jugó con todo el esfuerzo y se desgastaba físicamente. Su mirada, su rostro: tensión. En el momento menos adecuado cometió una doble falta. Estaban a punto de romperle su saque, según decía su padre, eso no ocurría desde hacía más de un año. Esa tarde Helena lo rompió dos veces. El desánimo del público era evidente. Pero nuestra Mercedes era fuerte y le demostró a todo el mundo que ella no se rendía. En el siguiente juego ella fue quién le rompió el saque a Helena. Saltamos de Alarido.
—¡Sí! ¡Esa es nuestra Mercedes! ¡Eso es! —gritó un desquiciado Luis Ontiveros. Por dios que nunca lo había visto así, la corbata aflojada, sin saco, lleno de sudor por el calor y la tensión del juego.
Muerte súbita. Como en todos los grandes juegos, en este hubo un gran desenlace. Las dos guerreras estaban exhaustas, los puntos eran muy largos y pesados, la una a la otra vendían cada ventaja muy cara. Por lo tanto la que obtenía un punto no podía decirse que ganara algo psicológicamente hablando, pues cada punto representaba una gran pérdida de energía.
—Punto para set, para juego y para partido —dijo el juez y era de Mercedes.
Todos casi rezábamos. Este era el momento, la gran oportunidad. Pero Mercedes, no tenía el saque así que lo perdió. El juego de nuevo empatado. Mercedes al saque y ¡demonios! Lo perdió otra vez.
       —Punto para set, para juego y para partido —dijo el juez y ahora era para Helena.
Helena puso la pelota en juego. De un lado para otro, de un lado para otro, las dos jugaban profundo. Entonces Helena subió a la red, iba a despachar todo aquello, increíblemente mi amiga salvó dos sendos remates casi mortales. La rival tenía todo controlado, mandó a Mercedes al otro lado de la cancha y luego al otro y luego… Mercedes ya no pudo llegar.
El público lanzó una expresión de decepción y Helena gritaba de alegría.
Mercedes no levantaba la cara del suelo. Estaba tendida, manchada de arcilla. Se levantó de a poco. Se acercó a la red a saludar a Helena, pero ésta aún no la notaba, seguía en su momento de ganadora, abrazaba efusivamente a quién seguramente era su madre, su entrenadora o algo así. No sé qué pasó por la cabeza de mi amiga, seguramente no pudo resistir ver que no era ella quién ganaba. Bajó la cabeza y se fue, el juez la llamó —¡Señorita Mercedes! —, pero no le hizo caso.
Luis Ontiveros dejó el palco visiblemente molesto y cuando bajaba las escaleras nos dijo a Pamela y a mí.
—¡¿Señoritas, qué esperan?! Las necesitan allá abajo.
Pamela y yo comprendimos. Bajamos hasta los vestuarios. La puerta del de Mercedes estaba cerrada. Decidimos esperarla.
Su madre y su padre también bajaron, incluso Helena quien nos encargó le diéramos sus respetos como rival grande. Pero Mercedes no abría la puerta. Sus padres decidieron irse, Pamela también tenía que ir a arreglarse para la fiesta.
—Ana, te la encargamos —me dijo su padre —. Por favor, si algo pasa toma este teléfono y avísanos.
El doctor de ojos me dio un enorme teléfono que no tenía cables, pensé: ¡qué magnifica es la tecnología!
Luego de tres cuartos de hora Mercedes abrió la puerta. Seguía con el uniforme de juego sucio.
—¿Mis papás? —me preguntó.
—Se fueron a la casa. Mercedes, pasaste ahí casi una hora. ¿Estás bien?
—¿Me ves llorando?
—No —respondí.
—¿Entonces?
—Bueno, no sé, pensé —dije dudando.
La miré fijamente. Ella miraba el suelo. Luego levantó su vista y ya tenía las lágrimas. Ahí ya no había ninguna portada, no había maquillaje, ni ojos azules; era el puro y abierto contenido de mi amiga, la primera vez que se mostraba así ante mí y quizás antes cualquier otro ser.
—¡Ana! —dijo y me abrazó. Yo, con toda mi poca experiencia en estas artes de ser amiga, traté de calmarla. No lo podía creer, ¿a esta gente rica le dolía tanto la derrota? ¿Yo sería así? Me propuse que no.

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