La vida se fue
al cielo. Los días de 1993 parecían todos hermosos, divertidos y no necesitaba
de cosas de los ricos. Era feliz con tan poco. La 113, esa escuela que me había
significado algo tan temible, ya no lo era, de hecho le tomé cariño. Deben
saber que ir a la escuela era también la posibilidad de estar siete horas junto
a Alberto, así que me encantaba ir a la escuela. Nos sentábamos lado a lado. Yo
elaboraba cartitas con dibujos para él; los motivos eran cursis y al diablo con
las críticas, yo disfrutaba mi etapa de niña boba y enamorada. Él me devolvía
dibujos a lápiz de paisajes o de mi rostro. Durante el descanso nos la
pasábamos abrazados, dándonos de besos, de vez en cuando lo dejaba ir a jugar
futbol con sus amigos, ya saben, darle un poco de espacio.
Ya en la
salida nos veíamos con Lola y Alicia y caminábamos juntos hasta que el camino
de los cuatro se bifurcaba. Lola era una pesada, comprendí que de hecho esa era
su forma de ser y no trataba de ofenderte realmente. Alicia era un pan de dios,
aparentemente inocente, recatada, pero leal y con una malicia muy bien
escondida. De pronto estaba callada, solo escuchaba, y entonces te lanzaba una
pregunta pertinente, hacía una anotación muy acertada o, peor aún, se burlaba
de la situación con ese humor negro que tenía, siempre puntual, nunca una
palabra de más. A veces dejábamos que Alicia se quedará en el ensayo, pero a
Alberto lo mandábamos muy lejos, era un territorio de vaginas solamente.
El ensayo
era una explosión de estrógenos, mucho color rosa, un bebé al cual mimar y que
nos despertaba sentimientos maternales tempranos. Pero además, estaba esa parte
con mucho humor femenino de nuestras letras. Por fortuna, Lola se convirtió en
mi cómplice, componíamos juntas y lo hacíamos muy bien. En seis meses llegamos
a montar un set list de diez canciones bastante decentes. Solo había un
problema, nadie nos conocía. Un día Alicia puso atención en ello y nos propuso
una solución.
—¿Traerás la
cámara de tu papá, nos tomaras una foto y con ella harás un volante donde se anuncie
una tocada nuestra? ¿Una tocada dónde? —hablaba una escéptica Lola.
—¿Dónde?
—trataba de contestarse así misma Alicia —Pues en un bar.
—Alicia yo
tengo catorce años, no me dejarían entrar a ningún bar —dije yo.
—Mi papá
tiene un terreno grande donde se puede hacer algo —dijo Amanda.
—Eso es demasiado
—dijo Lola que descartaba toda posibilidad.
Habíamos
puesto tan poca atención en la diminuta Alicia, ustedes sabrán, se veía
insignificante. Ese día descartamos su idea, pero ella no lo hizo. Dos semanas después
ella trajo la cámara. Muy bonita cámara. Lo increíble, la sabía usar y hasta
nos habló de la luz y todo eso.
—Pero hay un
problema —nos dijo Alicia.
—¿Cuál? ¿No
tiene rollo? —se burló Lola.
—No, mi idea
es que ustedes aparezcan bellas, malas, sexys y… no lo son.
Nos quedamos
boquiabiertas.
—Yo si fui
muy sexy alguna vez —dije en mi favor.
—Quizás,
pero ahora me sigues pareciendo guapísimo, Ana —les dije que esa Alicia tenía
malicia —Y tú Lola, parece que vas a un funeral todos los días… y Amanda, bueno,
tú pareces mi mamá.
—Mierda
—dijo Lola —, ahora resulta que los patos le tiran a las escopetas. Eres culera
con nosotras, Alicia ¿Qué quieres que hagamos?
—Perfecto,
ahora si están entendiendo qué es tener producción —dijo ella.
Alicia dejó
la cámara en el lugar de ensayo y poco a poco, con el pasar de los días, fue
trayendo cosas extra: un tripié, unas pantallas, un flash.
—Alicia, ¿de
dónde estás trayendo todas esas cosas? —le preguntó un día Lola.
—No te
preocupes, Lola. Sé lo que hago. Son de mi papá.
Todas nos
preocupamos en el momento en que nos pidió que trajéramos toda la ropa que
teníamos. Eso fue extremo, yo dije que sí, tenía muchas ganas de presumir toda
la ropa bonita que me había dado Mercedes; pero para Lola y para Amanda eso no
era muy bueno.
Ese día,
sobre el suelo de nuestro lugar de ensayo se colocó toda la ropa de las tres.
Alicia comenzó a elegir. Luego, hizo algo más extraño aún: nos tomó las
medidas. Hubiera sido divertido si no hubiera sido tan malo.
—¡Puta
madre, Ana! —me decía una muy molesta Lola, ya saben, en su estado natural —No
seas pendeja ¿llorar porque tienes 65 cm de cintura? ¿Qué pendejada es esa?
—Es que—
decía yo entre lágrimas —cuando me midieron hace un año yo tenía 60, ¡tenía la
cintura perfecta!
—¿Y cómo no
quieres tener cinco centímetros más? ¡Hoy todo el día te la pasas en faje con
el pinche Alberto! ¿No antes hacías danza, ejercicio y madre y media? Ah, ya
vez, ahí tienes tu explicación. ¡Estoy rodeada de pendejas! —dijo Lola.
—No te
sientas mal, Ana, yo tengo ochenta centímetros —trató de consolarme Amanda
atrayendo la desgracia y depresión para ella sola.
La única
inmutable era Alicia, que al final combinó la ropa y logró un vestuario. Al día
siguiente me pidió traer mi maquillaje y así lo hice; pensamos que iba por fin
a tomar su foto, pero para mi sorpresa solo nos hizo hacer pruebas de
maquillaje. ¡Era tan meticulosa esta Alicia! Al siguiente día nos pidió ir a la
estética.
—¡Ni madres!
—dijo Lola —Nadie toca mi cabello. Además, ¿cómo vas a hacer que al niño éste
que es Ana le crezca el maldito cabello?
—¡Al diablo
ya con eso! ¡Soy una niña! ¡Y además soy bonita! —reclamé.
—Mi cabello
es horrible, es como estopa —decía Amanda otra vez en su burdo intento de
provocarnos lastima por ella, no podía ver que cada una tenía sus propias
frustraciones.
—¿Ven de lo
que hablo? —sentenciaba Lola — Estoy rodeada, de puras y absolutas… ¡pendejas!
Y tú Alicia eres la más pendeja de todas.
A
regañadientes llevamos a Lola al estilista. Ahí, un hombre gay nos
ofreció el paraíso por un precio módico: corte, peinado y las uñas de regalo.
Alicia
primero atendió caso de Lola. Dio instrucciones al estilista de que cortara en
capas y colocara unas luces y un dejara un fleco. Luego fue con un caso más
complicado. De verdad, el cabello de Amanda parecía peluca de payaso. Alicia le
pidió ayuda al estilista y decidieron planchar el cabello de Amanda y aplicar
un tinte castaño oscuro.
Alicia llegó
conmigo y me gustó que me dijera que mi caso sería fácil. Puse una sonrisa.
Entonces ordenó al estilista —corte más.
—¿¡Perdón!?
—reclamé con todo derecho —¡Alicia! mi cabello apenas va creciendo y ¿lo vamos
a volver a cortar?
—Ana —me
dijo Alicia —, tu cabello es bonito y tiene un lindo color, pero como te
pondrás tus lentes azules y tus rasgos son los más finos de las tres, el corte
corto te hará ver más bonita.
Me quería
morir. Al cabo de unas horas las tres salimos de ahí muy molestas con Alicia.
Luego nos
pusimos la ropa que ella nos indicó. ¿Por qué le hacíamos caso a esta mujer
desquiciada? Para mi eligió una bonita falda de mezclilla y una blusa azul
marino muy moderna para aquel tiempo.
La más
cambiada era Lola, se veía realmente bien y ya no era necesario el negro.
Amanda también había mejorado mucho, principalmente se veía rockera, ya no era
la dulce mamá de un niño de un año.
Nos pusimos
el maquillaje y al fin todo estuvo listo.
La cámara
apuntó. Las tres ya estábamos. Lola y yo con nuestras guitarras y Amanda con
sus baquetas.
—Hay un
problema— dijo Alicia.
—¡Carajo!
—gritó ya sin paciencia Lola.
—¿Y ahora
qué? —pregunté ya cansada.
—Verán, Ana,
eres muy alta, pero lo peor es que Lola, estás muy… chaparra.
Lola se le
fue encima a Alicia a cachetadas contenidas, en realidad se esforzaba por no
lastimarla, pero le costaba mucho trabajo. Yo en cambio me quedé pensado ahí
sobre que ahora resultaba que yo era muy alta. Amanda ayudó a Alicia y calmó a
Lola.
Las tres
arrimamos unas sillas y nos sentamos exhaustas.
—¿Cuánto
mides, Ana? —me preguntó Lola.
—Uno con
sesenta y ocho.
—Yo mido uno
con cincuenta y dos —me respondió Lola y luego chilló—. ¡Soy una enana!
—Yo tengo
una cintura de ochenta centímetros —decía una desconsolada Amanda.
—Eso es poco
—dije —, ¡calzo del seis y apenas tengo catorce años!
—Yo perdí mi
virginidad a los nueve años —dijo Lola —. Tranquila, no fue con Alberto.
—Yo tuve un
hijo a los dieciséis años —dijo Amanda.
—Me
expulsaron de la mejor escuela de México —dije yo.
—¡Yo deje de
estudiar! —dijo Amanda.
—Digo cinco
groserías por minuto —dijo Lola y todas reímos. Un clic se escuchó y el
resplandor del flash hizo el resto.
—Gracias
—dijo Alicia —, eso es todo.
A los pocos
días, Alicia regresó y nos mostró la foto. Era autentica, las tres reíamos y
nos veíamos bien. Luego nos mostró el diseño que había hecho con ella. Decía:
“sin medidas 60-90-60 de puro rock”. Eras las medidas antinaturales y perfectas
de la mujer con los números invertidos. La mayoría odiamos las matemáticas,
pero estamos atrapadas por los números, esa serie de medidas perfectas que nos
dicen cuánto debemos pesar, hasta dónde debemos llegar, qué medida se espera de
nosotras. Tenemos que ser niñas buenas. Así, la idea nos pareció genial, pero
el volante nunca lo usamos. El padre de Amanda jamás nos prestó su terreno y
además no teníamos ni idea de todo lo que era necesario para armar una tocada.
Viaje
increíble el de una propaganda. Alicia la guardó en su cuaderno durante dos
meses, en abril perdió el cuaderno en un lugar de videojuegos (que eran su
pasión culposa), y el dueño del lugar lo guardó por dos meses más pues esperaba
que Alicia regresara a recogerlo. Sin embargo nunca lo hizo debido a que el día
que lo había dejado le ocurrió algo terrible: Había perdido una batalla del Street
Fighter contra un niño pequeño. Ella, que amaba vencer a adolescentes con
aspecto tipo banda, no pudo soportar tal humillación y simplemente cambio de
lugar de vicio.
Un día, un
tipo aficionado a los videojuegos entró al local aquel, como conocía al dueño
este último le invitó una cerveza. El visitante le comentó de la próxima tocada
que iba a organizar. Aún buscaba bandas. El dueño del lugar recordó la
propaganda que estaba en el cuaderno de Alicia, la buscó y se la mostró al tipo
aquel. En cuanto vio la foto de las integrantes no pudo dejar de impresionarse.
Quedó enamorado; además, una de las chicas de la banda le llamó mucho la
atención, él se preguntaba —¿Dónde la he visto? ¿Dónde la he visto? —al final
cayó en cuenta que esa adolescente era yo, Ana Zeppelin. Y entonces llamó a
Alicia e invitó a la banda a ser parte de un evento que él organizaba.
Las cuatro
gritamos de alegría. Era grandioso y no lo podíamos creer. Era el comienzo del
verano de 1993 y tendríamos nuestra primera presentación. Lola, Alicia y yo
habíamos pasado a tercero de secundaria. Yo ya me veía más mujer y eso le
gustaba mucho a Alberto. Un viernes Alicia y Lola fueron a la reunión de los
organizadores de la tocada, era para ver la distribución del asunto. Como
éramos nuevas y menores de edad, nos tocó ser la segunda banda en tocar.
Me hubiera
gustado ir a la reunión, pero mi padre no me lo permitió, incluso estuvo en
riesgo el que me dejara ir a la tocada el día sábado. Mi tío abogó por mí y me
prometió acompañarme.
—Ana —me
dijo mi tío —, esta vez yo estaré entre el público y soy exigente.
Estaba emocionada,
tanto que el viernes no pude dormir. ¡Al fin otra vez frente al público! Esa
mañana asistimos al evento, vimos a la primera banda y no era nada especial. El
lugar era una bodega de almacén bastante grande y techado, el escenario se
montó justo en medio de aquel espacio vacío. Había un excelente efecto de
sonido. El sitio ya estaría a su mediana capacidad, unas trescientas personas
de los cuales muchos eran nuestros compañeros escolares, también identifiqué a
algunos conocidos de mi vieja escuela, sin embargo nadie me notó.
La primera
banda terminó en el anonimato que es peor que los silbidos y la reprobación. Me
reuní con mis compañeras sobre el escenario, conectamos nuestras guitarras y
alguien nos anunció bajo el nombre de 60-90-60. Yo había abandonado mi estilo grunge
y regresé, a petición de Alicia, al estilo de niña fresa (por supuesto tenía
mis lentes de contacto azules). Lola no aceptó no ir de negro, pero se veía
bien guapa. Amanda estaba mucho mejor, tocar la batería era un buen ejercicio físico.
Las tres entramos a escena. Silbidos, muchos silbidos y piropos, cosas soeces y
miradas de lobos hambrientos.
Era un
público eminentemente masculino. Teníamos que tocar cuatro canciones. El
formato me parecía familiar. Entonces, tomé el micrófono.
—Animales
—dije. Se enfadaron —. Así se llama la canción, no sean estúpidos.
Un, dos,
tres, Amanda puso el ritmo. Cadencioso al principio, la melódica guitarra de Lola,
luego yo tenía que secundar y entró mi voz. La adrenalina no me traicionó. Mis
palabras fueron libres y mi canto los conmovió. Creo que en esa época eran
pocas las mujeres en el rock, más en el rock de mi país. Después, mi tío me
diría que mi voz sonó tan sexy que de inmediato capturó a todos esos
espectadores masculinos que de ahí ya no se pudieron escapar, un canto de
sirenas, toda la tripulación de Ulises a nuestros pies.
El vértigo
de las canciones fue sublime, un remolino rápido, rápido, rápido, ¡más rápido!
¡Pura energía! Eso era rockear.
Lola estaba
magnifica, Amanda no se equivocaba, la única que sacaba de pronto un error era
yo, pero nadie lo notaba porque Lola lo camuflajeaba todo. ¡Fuimos un éxito!
Al llegar a
la segunda canción ya los teníamos cautivados, por supuesto para toda esa
testosterona era suficiente con nuestra presencia; sin embargo, representaba un
plus muy grande el que supiéramos interpretar y, además, caballeros míos, ya no
eran covers. Las letras que habíamos compuesto Lola y yo eran ácidas, pero
con humor, escritas desde una perspectiva femenina y adolescente de las cosas,
con una que otra mala palabra que aderezaba esos poemas fantasiosos. Para darse
cuenta de lo anterior solo había que ver nuestro set list:
• Animales
• Fantasías musicales de una de trece
• Flores y condones
• Me vale madres
Todas las
letras de esas canciones aún hoy en día las tengo completitas en mi cabeza y me
traen recuerdos fabulosos.
Para la
tercera canción: “Flores y condones”, Lola ya estaba en su elemento.
Nos reíamos
de los constantes piropos que no cesaban, ¡que imaginación la de estos muchachos!
Lola se
acercaba hasta el público a hacer sus solos de guitarra, lanzaba besos
voladores y me ayudaba con los coros. Yo por mi parte me sentía realizada, ser rockstar
era lo mío.
Terminamos
la última canción y el público nos pedía otra más. ¡Yo quería más! Ya iba
decirles por el micrófono que si a todos mis nuevos fans, pero Lola me jaló
hacia afuera del escenario.
—De lo bueno,
poco —me dijo.
La reacción
del público esa tarde fue de sorpresa, nunca pensaron que una segunda banda les
fuera a ser tan significativa. Nunca pensaron que tres niñas tocaran tan bien.
Bajamos del escenario contentas y emocionadas.
Para llegar
con mi tío tuve que recorrer un largo camino en donde hombres de diferentes
edades me preguntaban mi nombre, mi edad, mi domicilio, si tenía novio y si no
quería una ruda noche de sexo con ellos. Además los había más simples, me
decían guapa, diosa, sexy, linda, muñeca, nena. Si ustedes son hombres,
créanme, estas cosas las disfrutamos en demasía las mujeres en ciertas
condiciones, solo en ciertas condiciones. Sus miradas, nunca olvidaré sus
miradas, eran de zopilote muerto de sed en el desierto, de esos que ya ven al
animal agónico y solo esperan que fallezca, esa mirada la tenían todos esos
hombres jóvenes ahí conmigo. Era intenso.
Mi tío me
abrazó y estaba muy feliz. Con él estaba Alberto que se veía visiblemente
molesto, apenas si me dio un pequeño beso. Mi tío entonces me dijo que el
concepto era fantástico y preguntó a quién se le había ocurrido. De inmediato
Alicia se dio su crédito y explicó todo el proceso, desde sacarnos de nuestra
imagen mediocre de grupo de garaje hasta cómo había negociado que nos dejaran
tocar segundas y no primeras.
—Bésame — le
dije a Alberto.
—No.
—¿Por qué?
—Ana, no me
siento bien —dicho esto nos apartamos de todos y buscamos un lugar más
solitario.
—¿Qué te
pasa? —le pregunté.
—Todo eso
que hacen. El hacer eso.
—¿Qué cosa?
—¡Mira cómo
te vistes! Y todos esos hombres viéndote.
Inspeccioné
mi aspecto por si acaso; estaba vestida como una niña, falda y blusa. Realmente
no comprendía su molestia.
—Ana no me
gusta que te silben, que te digan todas esas cosas y que tú les des alas.
—¿Les doy
alas?
—¡Sí! ¡No te
hagas! Te gustó. La forma en cómo caminas, como les sonríes, no lo hagas, te lo
prohíbo.
—¿Perdón? ¿Tú
me prohíbes qué cosa?
—¡Eso,
coquetear! ¡Lanzar besos y miradas! ¿Qué no ves la forma en que te miran? Te
quieren toda Ana.
—Ya
entiendo, pero eso es inevitable. ¿Qué quieres que haga? ¿Qué no toqué más? Tú
me dijiste que tenía que hacerlo, ¿quieres que regrese a usar mis pantalones
anchos y mis camisas de franela? ¿No tú mismo te quejabas de eso y te daba
vergüenza que me compararan con un niño?
—¡Sí, Ana!
Sí, sí, sí, en todo eso tienes razón. No te pido que regreses a tu aspecto de
muchacho o que dejes la música, solo se más discreta ¿quieres? Simplemente no
les hagas caso.
—Es mi
público, Alberto.
—¡Vale
mierda Ana! ¡Son solo unos güeyes a los que pones calientes! ¿No te das cuenta?
—Eres un
tonto —le dije y lo dejé ahí hablando solo. Quise llorar. ¡Maldita sea, cómo se
habían incrementado las ganas de llorar por todo!, pero de nueva cuenta, nadie
me iba a quitar esa dicha que tenía, nadie me iba a frustrar, ni siquiera
Alberto y sus complejos.

Comentarios
Publicar un comentario