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17 ROCK PUNK FEMENINO II



La vida se fue al cielo. Los días de 1993 parecían todos hermosos, divertidos y no necesitaba de cosas de los ricos. Era feliz con tan poco. La 113, esa escuela que me había significado algo tan temible, ya no lo era, de hecho le tomé cariño. Deben saber que ir a la escuela era también la posibilidad de estar siete horas junto a Alberto, así que me encantaba ir a la escuela. Nos sentábamos lado a lado. Yo elaboraba cartitas con dibujos para él; los motivos eran cursis y al diablo con las críticas, yo disfrutaba mi etapa de niña boba y enamorada. Él me devolvía dibujos a lápiz de paisajes o de mi rostro. Durante el descanso nos la pasábamos abrazados, dándonos de besos, de vez en cuando lo dejaba ir a jugar futbol con sus amigos, ya saben, darle un poco de espacio.
Ya en la salida nos veíamos con Lola y Alicia y caminábamos juntos hasta que el camino de los cuatro se bifurcaba. Lola era una pesada, comprendí que de hecho esa era su forma de ser y no trataba de ofenderte realmente. Alicia era un pan de dios, aparentemente inocente, recatada, pero leal y con una malicia muy bien escondida. De pronto estaba callada, solo escuchaba, y entonces te lanzaba una pregunta pertinente, hacía una anotación muy acertada o, peor aún, se burlaba de la situación con ese humor negro que tenía, siempre puntual, nunca una palabra de más. A veces dejábamos que Alicia se quedará en el ensayo, pero a Alberto lo mandábamos muy lejos, era un territorio de vaginas solamente.
El ensayo era una explosión de estrógenos, mucho color rosa, un bebé al cual mimar y que nos despertaba sentimientos maternales tempranos. Pero además, estaba esa parte con mucho humor femenino de nuestras letras. Por fortuna, Lola se convirtió en mi cómplice, componíamos juntas y lo hacíamos muy bien. En seis meses llegamos a montar un set list de diez canciones bastante decentes. Solo había un problema, nadie nos conocía. Un día Alicia puso atención en ello y nos propuso una solución.
—¿Traerás la cámara de tu papá, nos tomaras una foto y con ella harás un volante donde se anuncie una tocada nuestra? ¿Una tocada dónde? —hablaba una escéptica Lola.
—¿Dónde? —trataba de contestarse así misma Alicia —Pues en un bar.
—Alicia yo tengo catorce años, no me dejarían entrar a ningún bar —dije yo.
—Mi papá tiene un terreno grande donde se puede hacer algo —dijo Amanda.
—Eso es demasiado —dijo Lola que descartaba toda posibilidad.
Habíamos puesto tan poca atención en la diminuta Alicia, ustedes sabrán, se veía insignificante. Ese día descartamos su idea, pero ella no lo hizo. Dos semanas después ella trajo la cámara. Muy bonita cámara. Lo increíble, la sabía usar y hasta nos habló de la luz y todo eso.
—Pero hay un problema —nos dijo Alicia.
—¿Cuál? ¿No tiene rollo? —se burló Lola.

—No, mi idea es que ustedes aparezcan bellas, malas, sexys y… no lo son.
Nos quedamos boquiabiertas.
—Yo si fui muy sexy alguna vez —dije en mi favor.
—Quizás, pero ahora me sigues pareciendo guapísimo, Ana —les dije que esa Alicia tenía malicia —Y tú Lola, parece que vas a un funeral todos los días… y Amanda, bueno, tú pareces mi mamá.
—Mierda —dijo Lola —, ahora resulta que los patos le tiran a las escopetas. Eres culera con nosotras, Alicia ¿Qué quieres que hagamos?
—Perfecto, ahora si están entendiendo qué es tener producción —dijo ella.
Alicia dejó la cámara en el lugar de ensayo y poco a poco, con el pasar de los días, fue trayendo cosas extra: un tripié, unas pantallas, un flash.
—Alicia, ¿de dónde estás trayendo todas esas cosas? —le preguntó un día Lola.
—No te preocupes, Lola. Sé lo que hago. Son de mi papá.
Todas nos preocupamos en el momento en que nos pidió que trajéramos toda la ropa que teníamos. Eso fue extremo, yo dije que sí, tenía muchas ganas de presumir toda la ropa bonita que me había dado Mercedes; pero para Lola y para Amanda eso no era muy bueno.
Ese día, sobre el suelo de nuestro lugar de ensayo se colocó toda la ropa de las tres. Alicia comenzó a elegir. Luego, hizo algo más extraño aún: nos tomó las medidas. Hubiera sido divertido si no hubiera sido tan malo.
—¡Puta madre, Ana! —me decía una muy molesta Lola, ya saben, en su estado natural —No seas pendeja ¿llorar porque tienes 65 cm de cintura? ¿Qué pendejada es esa?
—Es que— decía yo entre lágrimas —cuando me midieron hace un año yo tenía 60, ¡tenía la cintura perfecta!
—¿Y cómo no quieres tener cinco centímetros más? ¡Hoy todo el día te la pasas en faje con el pinche Alberto! ¿No antes hacías danza, ejercicio y madre y media? Ah, ya vez, ahí tienes tu explicación. ¡Estoy rodeada de pendejas! —dijo Lola.
—No te sientas mal, Ana, yo tengo ochenta centímetros —trató de consolarme Amanda atrayendo la desgracia y depresión para ella sola.
La única inmutable era Alicia, que al final combinó la ropa y logró un vestuario. Al día siguiente me pidió traer mi maquillaje y así lo hice; pensamos que iba por fin a tomar su foto, pero para mi sorpresa solo nos hizo hacer pruebas de maquillaje. ¡Era tan meticulosa esta Alicia! Al siguiente día nos pidió ir a la estética.
—¡Ni madres! —dijo Lola —Nadie toca mi cabello. Además, ¿cómo vas a hacer que al niño éste que es Ana le crezca el maldito cabello?
—¡Al diablo ya con eso! ¡Soy una niña! ¡Y además soy bonita! —reclamé.
—Mi cabello es horrible, es como estopa —decía Amanda otra vez en su burdo intento de provocarnos lastima por ella, no podía ver que cada una tenía sus propias frustraciones.
—¿Ven de lo que hablo? —sentenciaba Lola — Estoy rodeada, de puras y absolutas… ¡pendejas! Y tú Alicia eres la más pendeja de todas.
A regañadientes llevamos a Lola al estilista. Ahí, un hombre gay nos ofreció el paraíso por un precio módico: corte, peinado y las uñas de regalo.
Alicia primero atendió caso de Lola. Dio instrucciones al estilista de que cortara en capas y colocara unas luces y un dejara un fleco. Luego fue con un caso más complicado. De verdad, el cabello de Amanda parecía peluca de payaso. Alicia le pidió ayuda al estilista y decidieron planchar el cabello de Amanda y aplicar un tinte castaño oscuro.

Alicia llegó conmigo y me gustó que me dijera que mi caso sería fácil. Puse una sonrisa. Entonces ordenó al estilista —corte más.
—¿¡Perdón!? —reclamé con todo derecho —¡Alicia! mi cabello apenas va creciendo y ¿lo vamos a volver a cortar?
—Ana —me dijo Alicia —, tu cabello es bonito y tiene un lindo color, pero como te pondrás tus lentes azules y tus rasgos son los más finos de las tres, el corte corto te hará ver más bonita.
Me quería morir. Al cabo de unas horas las tres salimos de ahí muy molestas con Alicia.
Luego nos pusimos la ropa que ella nos indicó. ¿Por qué le hacíamos caso a esta mujer desquiciada? Para mi eligió una bonita falda de mezclilla y una blusa azul marino muy moderna para aquel tiempo.
La más cambiada era Lola, se veía realmente bien y ya no era necesario el negro. Amanda también había mejorado mucho, principalmente se veía rockera, ya no era la dulce mamá de un niño de un año.
Nos pusimos el maquillaje y al fin todo estuvo listo.
La cámara apuntó. Las tres ya estábamos. Lola y yo con nuestras guitarras y Amanda con sus baquetas.
—Hay un problema— dijo Alicia.
—¡Carajo! —gritó ya sin paciencia Lola.
—¿Y ahora qué? —pregunté ya cansada.
—Verán, Ana, eres muy alta, pero lo peor es que Lola, estás muy… chaparra.
Lola se le fue encima a Alicia a cachetadas contenidas, en realidad se esforzaba por no lastimarla, pero le costaba mucho trabajo. Yo en cambio me quedé pensado ahí sobre que ahora resultaba que yo era muy alta. Amanda ayudó a Alicia y calmó a Lola.
Las tres arrimamos unas sillas y nos sentamos exhaustas.
—¿Cuánto mides, Ana? —me preguntó Lola.
—Uno con sesenta y ocho.
—Yo mido uno con cincuenta y dos —me respondió Lola y luego chilló—. ¡Soy una enana!
—Yo tengo una cintura de ochenta centímetros —decía una desconsolada Amanda.
—Eso es poco —dije —, ¡calzo del seis y apenas tengo catorce años!
—Yo perdí mi virginidad a los nueve años —dijo Lola —. Tranquila, no fue con Alberto.
—Yo tuve un hijo a los dieciséis años —dijo Amanda.
—Me expulsaron de la mejor escuela de México —dije yo.
—¡Yo deje de estudiar! —dijo Amanda.
—Digo cinco groserías por minuto —dijo Lola y todas reímos. Un clic se escuchó y el resplandor del flash hizo el resto.
       —Gracias —dijo Alicia —, eso es todo.

A los pocos días, Alicia regresó y nos mostró la foto. Era autentica, las tres reíamos y nos veíamos bien. Luego nos mostró el diseño que había hecho con ella. Decía: “sin medidas 60-90-60 de puro rock”. Eras las medidas antinaturales y perfectas de la mujer con los números invertidos. La mayoría odiamos las matemáticas, pero estamos atrapadas por los números, esa serie de medidas perfectas que nos dicen cuánto debemos pesar, hasta dónde debemos llegar, qué medida se espera de nosotras. Tenemos que ser niñas buenas. Así, la idea nos pareció genial, pero el volante nunca lo usamos. El padre de Amanda jamás nos prestó su terreno y además no teníamos ni idea de todo lo que era necesario para armar una tocada.
Viaje increíble el de una propaganda. Alicia la guardó en su cuaderno durante dos meses, en abril perdió el cuaderno en un lugar de videojuegos (que eran su pasión culposa), y el dueño del lugar lo guardó por dos meses más pues esperaba que Alicia regresara a recogerlo. Sin embargo nunca lo hizo debido a que el día que lo había dejado le ocurrió algo terrible: Había perdido una batalla del Street Fighter contra un niño pequeño. Ella, que amaba vencer a adolescentes con aspecto tipo banda, no pudo soportar tal humillación y simplemente cambio de lugar de vicio.
Un día, un tipo aficionado a los videojuegos entró al local aquel, como conocía al dueño este último le invitó una cerveza. El visitante le comentó de la próxima tocada que iba a organizar. Aún buscaba bandas. El dueño del lugar recordó la propaganda que estaba en el cuaderno de Alicia, la buscó y se la mostró al tipo aquel. En cuanto vio la foto de las integrantes no pudo dejar de impresionarse. Quedó enamorado; además, una de las chicas de la banda le llamó mucho la atención, él se preguntaba —¿Dónde la he visto? ¿Dónde la he visto? —al final cayó en cuenta que esa adolescente era yo, Ana Zeppelin. Y entonces llamó a Alicia e invitó a la banda a ser parte de un evento que él organizaba.
Las cuatro gritamos de alegría. Era grandioso y no lo podíamos creer. Era el comienzo del verano de 1993 y tendríamos nuestra primera presentación. Lola, Alicia y yo habíamos pasado a tercero de secundaria. Yo ya me veía más mujer y eso le gustaba mucho a Alberto. Un viernes Alicia y Lola fueron a la reunión de los organizadores de la tocada, era para ver la distribución del asunto. Como éramos nuevas y menores de edad, nos tocó ser la segunda banda en tocar.
Me hubiera gustado ir a la reunión, pero mi padre no me lo permitió, incluso estuvo en riesgo el que me dejara ir a la tocada el día sábado. Mi tío abogó por mí y me prometió acompañarme.
—Ana —me dijo mi tío —, esta vez yo estaré entre el público y soy exigente.
Estaba emocionada, tanto que el viernes no pude dormir. ¡Al fin otra vez frente al público! Esa mañana asistimos al evento, vimos a la primera banda y no era nada especial. El lugar era una bodega de almacén bastante grande y techado, el escenario se montó justo en medio de aquel espacio vacío. Había un excelente efecto de sonido. El sitio ya estaría a su mediana capacidad, unas trescientas personas de los cuales muchos eran nuestros compañeros escolares, también identifiqué a algunos conocidos de mi vieja escuela, sin embargo nadie me notó.
La primera banda terminó en el anonimato que es peor que los silbidos y la reprobación. Me reuní con mis compañeras sobre el escenario, conectamos nuestras guitarras y alguien nos anunció bajo el nombre de 60-90-60. Yo había abandonado mi estilo grunge y regresé, a petición de Alicia, al estilo de niña fresa (por supuesto tenía mis lentes de contacto azules). Lola no aceptó no ir de negro, pero se veía bien guapa. Amanda estaba mucho mejor, tocar la batería era un buen ejercicio físico. Las tres entramos a escena. Silbidos, muchos silbidos y piropos, cosas soeces y miradas de lobos hambrientos.
Era un público eminentemente masculino. Teníamos que tocar cuatro canciones. El formato me parecía familiar. Entonces, tomé el micrófono.
—Animales —dije. Se enfadaron —. Así se llama la canción, no sean estúpidos.
Un, dos, tres, Amanda puso el ritmo. Cadencioso al principio, la melódica guitarra de Lola, luego yo tenía que secundar y entró mi voz. La adrenalina no me traicionó. Mis palabras fueron libres y mi canto los conmovió. Creo que en esa época eran pocas las mujeres en el rock, más en el rock de mi país. Después, mi tío me diría que mi voz sonó tan sexy que de inmediato capturó a todos esos espectadores masculinos que de ahí ya no se pudieron escapar, un canto de sirenas, toda la tripulación de Ulises a nuestros pies.

El vértigo de las canciones fue sublime, un remolino rápido, rápido, rápido, ¡más rápido! ¡Pura energía! Eso era rockear.
Lola estaba magnifica, Amanda no se equivocaba, la única que sacaba de pronto un error era yo, pero nadie lo notaba porque Lola lo camuflajeaba todo. ¡Fuimos un éxito!
Al llegar a la segunda canción ya los teníamos cautivados, por supuesto para toda esa testosterona era suficiente con nuestra presencia; sin embargo, representaba un plus muy grande el que supiéramos interpretar y, además, caballeros míos, ya no eran covers. Las letras que habíamos compuesto Lola y yo eran ácidas, pero con humor, escritas desde una perspectiva femenina y adolescente de las cosas, con una que otra mala palabra que aderezaba esos poemas fantasiosos. Para darse cuenta de lo anterior solo había que ver nuestro set list:
      Animales
      Fantasías musicales de una de trece
      Flores y condones
      Me vale madres
Todas las letras de esas canciones aún hoy en día las tengo completitas en mi cabeza y me traen recuerdos fabulosos.
Para la tercera canción: “Flores y condones”, Lola ya estaba en su elemento.
Nos reíamos de los constantes piropos que no cesaban, ¡que imaginación la de estos muchachos!
Lola se acercaba hasta el público a hacer sus solos de guitarra, lanzaba besos voladores y me ayudaba con los coros. Yo por mi parte me sentía realizada, ser rockstar era lo mío.
Terminamos la última canción y el público nos pedía otra más. ¡Yo quería más! Ya iba decirles por el micrófono que si a todos mis nuevos fans, pero Lola me jaló hacia afuera del escenario.
—De lo bueno, poco —me dijo.

La reacción del público esa tarde fue de sorpresa, nunca pensaron que una segunda banda les fuera a ser tan significativa. Nunca pensaron que tres niñas tocaran tan bien. Bajamos del escenario contentas y emocionadas.
Para llegar con mi tío tuve que recorrer un largo camino en donde hombres de diferentes edades me preguntaban mi nombre, mi edad, mi domicilio, si tenía novio y si no quería una ruda noche de sexo con ellos. Además los había más simples, me decían guapa, diosa, sexy, linda, muñeca, nena. Si ustedes son hombres, créanme, estas cosas las disfrutamos en demasía las mujeres en ciertas condiciones, solo en ciertas condiciones. Sus miradas, nunca olvidaré sus miradas, eran de zopilote muerto de sed en el desierto, de esos que ya ven al animal agónico y solo esperan que fallezca, esa mirada la tenían todos esos hombres jóvenes ahí conmigo. Era intenso.
Mi tío me abrazó y estaba muy feliz. Con él estaba Alberto que se veía visiblemente molesto, apenas si me dio un pequeño beso. Mi tío entonces me dijo que el concepto era fantástico y preguntó a quién se le había ocurrido. De inmediato Alicia se dio su crédito y explicó todo el proceso, desde sacarnos de nuestra imagen mediocre de grupo de garaje hasta cómo había negociado que nos dejaran tocar segundas y no primeras.
—Bésame — le dije a Alberto.
—No.
—¿Por qué?
—Ana, no me siento bien —dicho esto nos apartamos de todos y buscamos un lugar más solitario.
—¿Qué te pasa? —le pregunté.
—Todo eso que hacen. El hacer eso.
—¿Qué cosa?
—¡Mira cómo te vistes! Y todos esos hombres viéndote.
Inspeccioné mi aspecto por si acaso; estaba vestida como una niña, falda y blusa. Realmente no comprendía su molestia.
—Ana no me gusta que te silben, que te digan todas esas cosas y que tú les des alas.
—¿Les doy alas?
—¡Sí! ¡No te hagas! Te gustó. La forma en cómo caminas, como les sonríes, no lo hagas, te lo prohíbo.
—¿Perdón? ¿Tú me prohíbes qué cosa?
—¡Eso, coquetear! ¡Lanzar besos y miradas! ¿Qué no ves la forma en que te miran? Te quieren toda Ana.
—Ya entiendo, pero eso es inevitable. ¿Qué quieres que haga? ¿Qué no toqué más? Tú me dijiste que tenía que hacerlo, ¿quieres que regrese a usar mis pantalones anchos y mis camisas de franela? ¿No tú mismo te quejabas de eso y te daba vergüenza que me compararan con un niño?
—¡Sí, Ana! Sí, sí, sí, en todo eso tienes razón. No te pido que regreses a tu aspecto de muchacho o que dejes la música, solo se más discreta ¿quieres? Simplemente no les hagas caso.
—Es mi público, Alberto.
—¡Vale mierda Ana! ¡Son solo unos güeyes a los que pones calientes! ¿No te das cuenta?
—Eres un tonto —le dije y lo dejé ahí hablando solo. Quise llorar. ¡Maldita sea, cómo se habían incrementado las ganas de llorar por todo!, pero de nueva cuenta, nadie me iba a quitar esa dicha que tenía, nadie me iba a frustrar, ni siquiera Alberto y sus complejos.

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