El día
siguiente, mi padre y mi tío me esperaban en el comedor. Me vieron y se les fue
el color del rostro.
—¡¿Qué te
hiciste?! —preguntaron al unísono.
Sin decirles
nada, tomé una silla y me senté a la mesa. Mantuve la vista todo el tiempo en
el mantel viejo.
—También
tiraré a la basura los cosméticos. Y hoy tiraré toda esa ropa. Y la guitarra
—dije.
—¿Cuál
guitarra? —preguntó mi padre.
Me levanté
de nuevo, fui hasta mi cuarto, la saqué de su escondite en el closet, la
coloqué sobre la mesa mostrándoselas. Era yo confesándome.
—¿Desde
cuándo tienes eso? —me preguntaron.
—Desde antes
de mi cumpleaños.
—¿Quién te
la dio? —preguntó mi tío.
—Los mismos
que me dieron todo lo demás.
—¿Y para qué
la querías? —preguntó mi padre.
Tanto yo
como mi tío le miramos pidiéndole un poco de sentido común. Entonces alardeé.
—Soy muy
buena, papá. Más de lo que mi tío se imagina.
Papa ya no
dijo nada. Los tres entramos en un silencio. Al fin mi tío lo rompió.
—Hoy te
llevaré a la 113, Ana. Verás que te aceptarán.
Luego de que
dijo eso quise llorar, era la 113 el lugar de Alberto, sí; pero también era una
escuela de mala fama. La recordaba porque los chicos de ahí siempre me gritaban
cosas soeces y las niñas me miraban con desprecio. Su aspecto era deteriorado y estaba ubicada al
pie de la colina de las barracas, el lugar era conocido por sus propios alumnos
como “el cochinero”. Adiós a los verdes jardines de mi escuela que tanto
odiaba, adiós a sus baños con aroma a limpio, adiós a los pupitres de aluminio
y plástico. Pero no podía protestar, había sido expulsada y ahora el regaño de
mi padre.
—Ana, a mí
me han echado del trabajo —dijo.
Ahí entendí
porque ayer solo me había mandado a dormir sin nada más. Como había dicho
Mercedes, cada uno teníamos nuestros propios demonios. Luego, desde lo más
hondo de mí, de ese interior recóndito, emergió una ira infinita pues el
maldito de Luis Ontiveros me había jodido y le había quitado el empleo a mi
padre. Junté los puños y las lágrimas inundaron mis ojos. Tenía tantas ganas de
matar a ese cabrón.
—Tranquila
mi reina —dijo mi tío —, hay también buenas noticias. Yo conseguí un buen
trabajo. Escribiré para un diario y me pagarán muy bien. Podremos mantener
esto. Ya verán.
Entonces mi
tío nos abrazó a los dos, uno en cada brazo. Yo lloré mucho y solo les pedía
perdón.
La 113 era
peor por dentro de lo que era por fuera. El patio era diminuto, las
instalaciones se caían de viejas y pedían a gritos algo de mantenimiento que
nunca llegaba. Faltaba pintura aquí, un soporte allá, un vidrio nuevo por acá.
Yo no me
veía mejor que la escuela, iba vestida con mi anterior estilo grunge.
Excepto por los lentes de contacto que ya me eran imprescindibles.
—Te
expulsaron apenas ayer, Ana —me dijo la directora, una señora de unos cincuenta
años que se veía dura y estricta —. Has tomado una buena decisión en venir hoy
mismo, otros dejan pasar tiempo valioso que luego ya no pueden recuperar, y
otros ya nunca regresan a la escuela. Tu promedio es excelente. Aquí dice que
lastimaste y enviaste al hospital a uno de tus compañeros. ¿Es cierto?
—Sí, señora.
Era mi novio.
—¿Trató de
abusar de ti? —preguntó la señora directora con un semblante que emanaba
solidaridad.
—No, señora.
Él trataba de protegerme y yo trataba de proteger al chico que me gusta.
Confusión.
La directora no indagó más. Finalmente solo le dijo a mi tío que, por el amor
de dios, me llevará a que le dieran forma a lo que quedaba de mi cabello.
Me
aceptaron. Al día siguiente tenía que presentarme. Esa noche volví a llorar,
era como la vez que había muerto mamá, sentía ese dolor en el pecho.
A la mañana siguiente
sonó el despertador, casi no había podido conciliar el sueño pues había
repasado en mi mente todo lo que había ocurrido e imaginaba escenarios y
posibles huidas que no existían.
En la mañana
entré por la puerta de maestros, en las oficinas me fue dado el uniforme. Como
ya no había uniforme de diario (por ser de tardío ingreso), yo tendría que usar
el pantalón y la camisa del uniforme de deportes y, para colmo, la talla de
éste era mayor a la mía. El color era horrible: gris como ese momento de mi
vida.
Una de las
maestras me dio la bienvenida y me llevó hasta mi salón. La chicharra acababa
de sonar, indicaba el final de una clase y el comienzo de otra, eran al menos
cinco minutos de breve descanso. Yo caminé entre ellos, ellos… olviden a los chicos lindos y altos, a las niñas
bonitas y bien portadas, aquí había una gran cantidad de niños obesos, otros
mal encarados, de mirada dura, con cortes de cabello casi al rape para los
niños, las niñas con cabello largo descuidado y apenas en algunas recogido por
pasadores y adornos de esos que podías conseguir en cualquier mercado de
tianguis, todas esas niñas emanaban una actitud severa y de confrontación.
—Oye niño
¿Cómo le haces para estar tan bonito? —dijo a mis espaldas uno de los muchos
patanes. Varios rieron, la maestra que me acompañaba le llamó la atención.
—¡Rodríguez,
regresa a clase!
Al fin entré
a uno de los salones y ahí estaban mis nuevos compañeros. La maestra pidió
permiso al maestro en turno para presentarme ante los demás.
—¡Les dije
que estaba guapísimo! —se escuchó decir.
—Es niña,
Alicia. No seas pendeja —la corrigió una chica de cabello intensamente negro y
piel morena, marca de pearsings en la ceja, nariz y labios (por supuesto
no los llevaba en ese momento ya que estaban prohibidos). Sus facciones eran
finas, sus ojos profundos y bonitos, pero era la que más violenta tenía la
mirada, era definitivamente la líder de las féminas en ese lugar.
—¡Lola,
Alicia! Silencio —gritó la maestra —, señores, señoritas, ella es Ana. Es su nueva
compañera. Si me entero que le hacen algo como acostumbran, me encargaré de que
su castigo sea doloroso, eterno y que nunca lo olviden en sus vidas. ¿Está
claro? ¡Lola, ese chicle!
La maestra
fue hasta Lola, puso la mano justo debajo de la boca de ella y Lola escupió el
chicle con una fuerte carga de saliva. Fue tan desagradable. La maestra buscó
el bote de basura, tenía el escupitajo de Lola en la mano y se notaba que
tampoco podía soportar el asco.
Lola miraba
aquello con una sonrisa, al final le dijo a la desesperada maestra que el bote
de basura se lo había llevado el conserje debido a que el día anterior uno de
los compañeros había vomitado a medio digerir la comida chatarra que había
devorado entre clases.
La maestra
hizo una mueca de asco y salió lo más rápido que pudo.
Lola tenía
esa actitud perversa.
—¡Entonces
si es niña! —exclamaban unos.
Sin más el
profesor que estaba ahí y que parecía ser el de matemáticas, comenzó su clase
sin previo aviso. Yo aún estaba de pie, por ello, de inmediato, fui hasta una de
las bancas que estaban vacías. Iba a sentarme, pero…
—En esa no,
esa es de Rosario —me dijo Lola.
Busqué otra.
—Esa
tampoco, es de Alberto —dijo ella nuevamente y la sola mención del nombre me
puso helada la piel.
Miré aquel
pupitre y no podía creer mi enorme suerte, Alberto, muy probablemente mi
Alberto, estaba en mi mismo grupo, la paleta estaba llena de dibujos y
bajorrelieves, acaricie la madera de ese pupitre. Lola me regresó a la
realidad.
—Oye,
tontita, siéntate en esa de allá —me dijo señalándome una banca de las esquinas
que no tenía paleta y estaba manchada de tinta. Sin ningún respeto por la
clase, en realidad nadie lo tenía, Lola se me acercó y me amenazó.
—¿Sabes cuál
va a ser tu problema? Que la maestra Penagos se entere de todo lo que te vamos
a hacer, porque no se va a enterar.
La clase no
tenía ninguna didáctica ni participación de los alumnos, estos hacían lo que
querían. El siguiente maestro no fue mejor. Luego llegó el descanso. A todos
nos sacaron al patio. Ahí algunos me arrojaron papeles amasados con saliva,
alimentos y otras cosas irreconocibles. Me gritaban insultos y me llamaban con
apodos desagradables. Quería llorar. Entonces una sombra me tapó el sol.
—Aquí no nos
gustan los maricones ¿entiendes? —me dijo un tipo grande y gordo, era
Rodríguez. Estaba acompañado de otros tres. Les dije que era niña y me esforcé
por no tartamudear.
—Claro que sí,
y yo soy Superman. ¡Pelea!
La situación
era ridícula. ¿Qué yo peleara? No podía hablar en serio… pero si lo hacía. El
golpe que sentí en el estómago me sacó las entrañas. En aquel momento, con
instinto animal me puse a lanzar mis puños sin orden y con los ojos cerrados.
Entonces, entre Rodríguez y sus amigos me elevaron del suelo y me cargaron como
ataúd en marcha fúnebre.
—¡Al baño de
niñas! Le meteremos la cabeza en uno de los escusados.
—¡Soy niña,
soy niña, soy niña!
Se
escuchaban las burlas de todos ¿Qué aquí no había maestros? Entonces escuche mi
salvación.
—¡Rodríguez!
¡¿Qué demonios haces?! ¡¿Eres tan pendejo?! ¿No te das cuenta que es una niña?
¡Fíjate bien estúpido! —Lola realmente tenía una voz chillona.
—¿Es una
niña? —preguntó confundido Rodríguez.
—¡A ver,
bájala! Ve, mira más de cerca. ¡No todas las niñas traen el pelo largo,
imbécil!
—Pero aun
así. No trae aretes, no…
—A ver,
animal, ¡qué animal eres Rodríguez! Ven, siente —Lola tomó la mano derecha del
patán y la puso sobre mi pecho, la restregó sobre mis todavía incipientes mamas
—, ¿sientes imbécil? ¡Por el amor de dios esta escuela está llena de pendejos!
Rodríguez se
puso rojo como tomate. Sus secuaces no paraban de reírse de él. Yo más
tranquila me acerqué a decirle lo más claro que pude.
—Soy niña —y
me metí al baño de damas. Acto seguido, me arrepentí de ello. En el lavabo Lola
estaba enjuagándose las manos.
—Tú estás bien pendeja —me dijo —, al menos
píntate los labios.
—Solía
hacerlo —le respondí.
—¿Por qué te
cortaste el cabello así? —me preguntó ella.
—Porque…
estoy triste —respondí apenas.
—Te voy a
decir una cosa niña estúpida, aquí no hay tiempo para estar triste, todos allá
afuera te van a hacer la vida imposible, te van a hacer mierda, y yo ya no te
voy a rescatar. ¿Me oyes? No soy un maldito ángel de la salvación, suficiente
tengo con cuidarme mi propia espalda. ¿Escuchaste qué dije allá afuera?
¿Escuchaste? ¿Qué dije?
—Que esta
escuela está llena de pendejos —respondí asustada.
—Así es, si
te sigues comportando como una estúpida tu martirio aquí no va a tener fin y te
vas a volver loca ¿me entiendes? Así que haz por tu causa. No te volveré a salvar.
Lola salió
del baño y yo quería volver a llorar. Pero ella tenía razón, tenía que dejar de
comportarme como estúpida.

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