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14 LA 113



El día siguiente, mi padre y mi tío me esperaban en el comedor. Me vieron y se les fue el color del rostro.
—¡¿Qué te hiciste?! —preguntaron al unísono.
Sin decirles nada, tomé una silla y me senté a la mesa. Mantuve la vista todo el tiempo en el mantel viejo.
—También tiraré a la basura los cosméticos. Y hoy tiraré toda esa ropa. Y la guitarra —dije.
—¿Cuál guitarra? —preguntó mi padre.
Me levanté de nuevo, fui hasta mi cuarto, la saqué de su escondite en el closet, la coloqué sobre la mesa mostrándoselas. Era yo confesándome.
—¿Desde cuándo tienes eso? —me preguntaron.
—Desde antes de mi cumpleaños.
—¿Quién te la dio? —preguntó mi tío.
—Los mismos que me dieron todo lo demás.
—¿Y para qué la querías? —preguntó mi padre.
Tanto yo como mi tío le miramos pidiéndole un poco de sentido común. Entonces alardeé.
—Soy muy buena, papá. Más de lo que mi tío se imagina.
Papa ya no dijo nada. Los tres entramos en un silencio. Al fin mi tío lo rompió.
—Hoy te llevaré a la 113, Ana. Verás que te aceptarán.
Luego de que dijo eso quise llorar, era la 113 el lugar de Alberto, sí; pero también era una escuela de mala fama. La recordaba porque los chicos de ahí siempre me gritaban cosas soeces y las niñas me miraban con desprecio.  Su aspecto era deteriorado y estaba ubicada al pie de la colina de las barracas, el lugar era conocido por sus propios alumnos como “el cochinero”. Adiós a los verdes jardines de mi escuela que tanto odiaba, adiós a sus baños con aroma a limpio, adiós a los pupitres de aluminio y plástico. Pero no podía protestar, había sido expulsada y ahora el regaño de mi padre.
—Ana, a mí me han echado del trabajo —dijo.
Ahí entendí porque ayer solo me había mandado a dormir sin nada más. Como había dicho Mercedes, cada uno teníamos nuestros propios demonios. Luego, desde lo más hondo de mí, de ese interior recóndito, emergió una ira infinita pues el maldito de Luis Ontiveros me había jodido y le había quitado el empleo a mi padre. Junté los puños y las lágrimas inundaron mis ojos. Tenía tantas ganas de matar a ese cabrón.
—Tranquila mi reina —dijo mi tío —, hay también buenas noticias. Yo conseguí un buen trabajo. Escribiré para un diario y me pagarán muy bien. Podremos mantener esto. Ya verán.
Entonces mi tío nos abrazó a los dos, uno en cada brazo. Yo lloré mucho y solo les pedía perdón.

La 113 era peor por dentro de lo que era por fuera. El patio era diminuto, las instalaciones se caían de viejas y pedían a gritos algo de mantenimiento que nunca llegaba. Faltaba pintura aquí, un soporte allá, un vidrio nuevo por acá.
Yo no me veía mejor que la escuela, iba vestida con mi anterior estilo grunge. Excepto por los lentes de contacto que ya me eran imprescindibles.
—Te expulsaron apenas ayer, Ana —me dijo la directora, una señora de unos cincuenta años que se veía dura y estricta —. Has tomado una buena decisión en venir hoy mismo, otros dejan pasar tiempo valioso que luego ya no pueden recuperar, y otros ya nunca regresan a la escuela. Tu promedio es excelente. Aquí dice que lastimaste y enviaste al hospital a uno de tus compañeros. ¿Es cierto?
—Sí, señora. Era mi novio.
—¿Trató de abusar de ti? —preguntó la señora directora con un semblante que emanaba solidaridad.
—No, señora. Él trataba de protegerme y yo trataba de proteger al chico que me gusta.
Confusión. La directora no indagó más. Finalmente solo le dijo a mi tío que, por el amor de dios, me llevará a que le dieran forma a lo que quedaba de mi cabello.
Me aceptaron. Al día siguiente tenía que presentarme. Esa noche volví a llorar, era como la vez que había muerto mamá, sentía ese dolor en el pecho.
A la mañana siguiente sonó el despertador, casi no había podido conciliar el sueño pues había repasado en mi mente todo lo que había ocurrido e imaginaba escenarios y posibles huidas que no existían.
En la mañana entré por la puerta de maestros, en las oficinas me fue dado el uniforme. Como ya no había uniforme de diario (por ser de tardío ingreso), yo tendría que usar el pantalón y la camisa del uniforme de deportes y, para colmo, la talla de éste era mayor a la mía. El color era horrible: gris como ese momento de mi vida.
Una de las maestras me dio la bienvenida y me llevó hasta mi salón. La chicharra acababa de sonar, indicaba el final de una clase y el comienzo de otra, eran al menos cinco minutos de breve descanso. Yo caminé entre ellos, ellos… olviden a  los chicos lindos y altos, a las niñas bonitas y bien portadas, aquí había una gran cantidad de niños obesos, otros mal encarados, de mirada dura, con cortes de cabello casi al rape para los niños, las niñas con cabello largo descuidado y apenas en algunas recogido por pasadores y adornos de esos que podías conseguir en cualquier mercado de tianguis, todas esas niñas emanaban una actitud severa y de confrontación.
—Oye niño ¿Cómo le haces para estar tan bonito? —dijo a mis espaldas uno de los muchos patanes. Varios rieron, la maestra que me acompañaba le llamó la atención.
—¡Rodríguez, regresa a clase!
Al fin entré a uno de los salones y ahí estaban mis nuevos compañeros. La maestra pidió permiso al maestro en turno para presentarme ante los demás.
—¡Les dije que estaba guapísimo! —se escuchó decir.
—Es niña, Alicia. No seas pendeja —la corrigió una chica de cabello intensamente negro y piel morena, marca de pearsings en la ceja, nariz y labios (por supuesto no los llevaba en ese momento ya que estaban prohibidos). Sus facciones eran finas, sus ojos profundos y bonitos, pero era la que más violenta tenía la mirada, era definitivamente la líder de las féminas en ese lugar.
—¡Lola, Alicia! Silencio —gritó la maestra —, señores, señoritas, ella es Ana. Es su nueva compañera. Si me entero que le hacen algo como acostumbran, me encargaré de que su castigo sea doloroso, eterno y que nunca lo olviden en sus vidas. ¿Está claro? ¡Lola, ese chicle!
La maestra fue hasta Lola, puso la mano justo debajo de la boca de ella y Lola escupió el chicle con una fuerte carga de saliva. Fue tan desagradable. La maestra buscó el bote de basura, tenía el escupitajo de Lola en la mano y se notaba que tampoco podía soportar el asco.
Lola miraba aquello con una sonrisa, al final le dijo a la desesperada maestra que el bote de basura se lo había llevado el conserje debido a que el día anterior uno de los compañeros había vomitado a medio digerir la comida chatarra que había devorado entre clases.
La maestra hizo una mueca de asco y salió lo más rápido que pudo.
Lola tenía esa actitud perversa.
—¡Entonces si es niña! —exclamaban unos.
Sin más el profesor que estaba ahí y que parecía ser el de matemáticas, comenzó su clase sin previo aviso. Yo aún estaba de pie, por ello, de inmediato, fui hasta una de las bancas que estaban vacías. Iba a sentarme, pero…
—En esa no, esa es de Rosario —me dijo Lola.
Busqué otra.
—Esa tampoco, es de Alberto —dijo ella nuevamente y la sola mención del nombre me puso helada la piel.
Miré aquel pupitre y no podía creer mi enorme suerte, Alberto, muy probablemente mi Alberto, estaba en mi mismo grupo, la paleta estaba llena de dibujos y bajorrelieves, acaricie la madera de ese pupitre. Lola me regresó a la realidad.
—Oye, tontita, siéntate en esa de allá —me dijo señalándome una banca de las esquinas que no tenía paleta y estaba manchada de tinta. Sin ningún respeto por la clase, en realidad nadie lo tenía, Lola se me acercó y me amenazó.
—¿Sabes cuál va a ser tu problema? Que la maestra Penagos se entere de todo lo que te vamos a hacer, porque no se va a enterar.
La clase no tenía ninguna didáctica ni participación de los alumnos, estos hacían lo que querían. El siguiente maestro no fue mejor. Luego llegó el descanso. A todos nos sacaron al patio. Ahí algunos me arrojaron papeles amasados con saliva, alimentos y otras cosas irreconocibles. Me gritaban insultos y me llamaban con apodos desagradables. Quería llorar. Entonces una sombra me tapó el sol.
—Aquí no nos gustan los maricones ¿entiendes? —me dijo un tipo grande y gordo, era Rodríguez. Estaba acompañado de otros tres. Les dije que era niña y me esforcé por no tartamudear.
—Claro que sí, y yo soy Superman. ¡Pelea!
La situación era ridícula. ¿Qué yo peleara? No podía hablar en serio… pero si lo hacía. El golpe que sentí en el estómago me sacó las entrañas. En aquel momento, con instinto animal me puse a lanzar mis puños sin orden y con los ojos cerrados. Entonces, entre Rodríguez y sus amigos me elevaron del suelo y me cargaron como ataúd en marcha fúnebre.
—¡Al baño de niñas! Le meteremos la cabeza en uno de los escusados.
—¡Soy niña, soy niña, soy niña!
Se escuchaban las burlas de todos ¿Qué aquí no había maestros? Entonces escuche mi salvación.
—¡Rodríguez! ¡¿Qué demonios haces?! ¡¿Eres tan pendejo?! ¿No te das cuenta que es una niña? ¡Fíjate bien estúpido! —Lola realmente tenía una voz chillona.
—¿Es una niña? —preguntó confundido Rodríguez.
—¡A ver, bájala! Ve, mira más de cerca. ¡No todas las niñas traen el pelo largo, imbécil!
—Pero aun así. No trae aretes, no…
—A ver, animal, ¡qué animal eres Rodríguez! Ven, siente —Lola tomó la mano derecha del patán y la puso sobre mi pecho, la restregó sobre mis todavía incipientes mamas —, ¿sientes imbécil? ¡Por el amor de dios esta escuela está llena de pendejos!
Rodríguez se puso rojo como tomate. Sus secuaces no paraban de reírse de él. Yo más tranquila me acerqué a decirle lo más claro que pude.
—Soy niña —y me metí al baño de damas. Acto seguido, me arrepentí de ello. En el lavabo Lola estaba enjuagándose las manos.
 —Tú estás bien pendeja —me dijo —, al menos píntate los labios.
—Solía hacerlo —le respondí.
—¿Por qué te cortaste el cabello así? —me preguntó ella.
—Porque… estoy triste —respondí apenas.
—Te voy a decir una cosa niña estúpida, aquí no hay tiempo para estar triste, todos allá afuera te van a hacer la vida imposible, te van a hacer mierda, y yo ya no te voy a rescatar. ¿Me oyes? No soy un maldito ángel de la salvación, suficiente tengo con cuidarme mi propia espalda. ¿Escuchaste qué dije allá afuera? ¿Escuchaste? ¿Qué dije?
—Que esta escuela está llena de pendejos —respondí asustada.
—Así es, si te sigues comportando como una estúpida tu martirio aquí no va a tener fin y te vas a volver loca ¿me entiendes? Así que haz por tu causa. No te volveré a salvar.
Lola salió del baño y yo quería volver a llorar. Pero ella tenía razón, tenía que dejar de comportarme como estúpida.

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