El mundo giraba y yo era parte
de él. Traté de concentrarme en clase donde veíamos literatura. El profesor nos
presentó a Shakespeare, apellido raro ese. Al ver nuestra ignorancia nos trató
de dar más pistas… ¿Romeo y Julieta? Ahora sí todos estábamos sintonizados. La
más dulce y triste historia de amor era crédito de un inglés, qué irónico. Me
sentí aliviada cuando supe que tendríamos que conseguir la obra de teatro y
leerla, pues yo ya la había leído hace años, pero en aquel entonces solo me
había provocado fascinación el suicidio y las casualidades, mientras que la
parte del amor me había pasado de largo. Así que decidí que, dado mi estado
actual de enamorada, tendría que combinar su lectura con las tribulaciones del
joven Weather.
La campana sonó y cerca de
quinientos alumnos de entre doce y quince años arremetieron contra la única
salida de la escuela. Llegué al punto pactado con Mercedes, pero esta no estaba
ahí, así que saqué mi libro de Goethe y comencé a leer. Al poco tiempo ella llegó
con toda su pompa y circunstancia.
—¿Estás leyendo? ¿Cuál es?
¿Goethe? Sí, lo conozco. Visitamos su casa en Alemania.
—Goethe está muerto hace dos
siglos, Mercedes.
—Ja ja ja ya lo sé, tontita,
su casa hoy día es un museo. Bueno, tenemos que partir. Ya le avisé a mi mamá
que vendrías con nosotras.
—Hay que esperar un poco,
porque se amontonan ahí en el portón. —dije mientras señalaba la puerta de
salida.
—Nosotras no saldremos por
ahí. Ven.
Mercedes me llevó de nuevo al
edificio de la escuela; ingresamos a la zona de administración, a esa donde un
alumno solo pasaba para ser juzgado por el director. Las secretarias saludaban
a Mercedes y, de pronto, estábamos en el estacionamiento de los vehículos de
las autoridades escolares. Había muy buenos autos ahí. Salimos por la puerta de
ese espacio hacia la calle donde nos aguardaba una camioneta con chofer. En el
asiento trasero ya estaba acomodada una señora de muy buen ver: era la mamá de
Mercedes.
Saludé lo mejor que pude. La
señora me hizo las preguntas de rigor: ¿cuál era mi nombre? (omití lo de
Zeppelin), ¿dónde vivía?, ¿quién era mi padre?... Cuando tocamos el tema de la
muerte de mi mamá, la señora dijo algo que me dolió:
—Ahora entiendo muchas cosas.
La camioneta no tardó mucho en
llegar. En realidad era una distancia que fácilmente podíamos haber caminado.
—Mamá —dijo Mercedes a su
madre sin quitarme la vista —, Ana puede ocupar el lugar que nos sobra de la
membrecía de papá en el club, ¿no crees?
—Sí, si ella así lo quiere,
por mí no hay problema. ¿Tienes algún interés en particular, Ana?
No entendía de qué hablaban,
me quedé callada.
—Ana quiere danza jazz, mamá
—dijo Mercedes por mí. ¿Yo quería danza jazz? ¿Desde cuándo?
—Excelente. Puede ir desde
mañana si así lo requiere.
—¡Perfecto! —exclamó Mercedes
tomándome de las manos como si fuéramos amigas de años.
La barda de la casa tenía
cercas electrificadas y el portón se abrió automáticamente. Ingresamos a la
propiedad; me pareció un palacio. El jardín era verde y había varios pájaros en
jaulas cuyo cantar, junto con los techos a dos aguas cubiertos por tejas, daban
a la casa un aspecto de cuento de hadas. Era la primera vez que yo estaba en
una casa así, con sus cristales limpísimos; no podía cerrar la boca del
asombro.
—¡Puta madre…! —exclamé
conmovida por la belleza de la casa. Mercedes y su madre me miraron asombradas.
—Tienes mucho trabajo ahí,
hija —dijo su madre al bajar rápidamente del automóvil.
Entonces me sentí ridícula.
Parecía de esas historias telenovelescas donde los ricos ayudaban a la gente
pobre a ser como ellos. ¿Era yo uno de esos trillados personajes? ¿Acaso
sucedería que me enamoraría de algún miembro de la casa y luego por la
diferencia de clases nuestro compromiso sería imposible? ¿Me ganaría la
enemistad de todas estas personas por ser fantoche? Me dieron náuseas; yo no
quería ser así. Lamentablemente, ya estaba en esa casa y era presa de esas dos
mujeres.
Subimos al cuarto de Mercedes,
ya saben, el cuarto que toda niña sueña: muchos peluches, afiches y rosa por
todos lados.
—Tranquila —me dijo —. Es lo
que te decía: imagen. La imagen da libertad.
—¿Te refieres a tu cuarto?
—Por supuesto, yo no soy así y
lo sabes. Si este fuera el cuarto de Pamela lo creerías, pero el tener este
cuarto así me ayuda con mis padres. Piensan que sigo siendo su niña y por ello
puedo tener algunos privilegios.
—Pero, ¿te dejarían ir a
fiestas como la del Domingos?
—Ja ja ja, yo no iría a una de
esas fiestas… sin ofender. Pero me dejan ir sola a Nueva York para ir a ver a
por ejemplo… Michael Jackson…
—¡Mierda! —exclamé realmente
impresionada.
—Empecemos por ahí. Ana, debes
de dejar de decir malas palabras. Si te fijas, los Ontiveros no las usan; dejan
que sus amigos hombres las usen si quieren, pero en nosotras lo ven mal. Por
eso, no las digas a menos que tenga un sentido antropológico estricto.
—Oh, bueno, yo no creo que sea
tan malo…
—No
las digas, ¿está bien? No son necesarias. No se deben decir.
—¿Para qué se inventaron
entonces las palabras que no se deben decir?
—Para cuando estás frustrada,
y nosotras no estamos frustradas.
—¿Cómo lo sabes? Yo hasta hace
poco estaba muy insatisfecha con la vida.
—Ya veo. Pero desde ahora
tienes una posibilidad de dejar para siempre esa frustración y ser de la parte
buena del mundo.
—No lo sé…
—Haremos lo siguiente: si
dejas de decirlas durante los próximos seis meses, le diré a papá que el
próximo concierto que quiero ir a ver será el de Nirvana ¿está bien?
—¿En serio? ¿Te gusta Nirvana?
—Lo haría para llevarte a ti,
tontita.
Tan solo la posibilidad de
soñar con eso me hacía la niña más feliz del mundo. Asentí con la cabeza. Adiós
al lenguaje soez. Pero…
—¿Y si las digo en inglés?
Tendría estilo, ¿no?
Mercedes, pensó un poco y al
fin fue flexible.
—Está bien, en inglés está
bien. Ahora, comencemos.
En el cuarto de Mercedes había
una puerta, que bien podría pasar por una puerta secreta, por donde se pasaba a
otro cuarto que no tenía ventanas y apenas unos pocos metros de área. Eso sí,
en el medio había una de esas cómodas sillas replegables y acolchonadas. El
pequeño cuarto tenía un gran espejo pegado a la pared y varios gabinetes que,
se podía inferir, guardaban montones de cosas. Sobre una pequeña mesita había
un conjunto de botellas de distintos tamaños y colores, frascos y un recipiente
con varios tipos de lo que a mí me parecieron pinceles. Aquello era un desfile
de nombres desconocidos para mí Ives Laurel, Mac Cosmetics, L’oréal
y muchas marcas más cuyo nombre en francés era impronunciable.
Ella me sentó en la silla y me
colocó un pequeño delantal como esos de las peluquerías. Sacó unas tijeras.
—¡¿Qué vas a hacer?!
—cuestioné un poco preocupada.
—Relájate, ese cabello no
tiene forma. ¿Hace cuánto que no te lo despuntas?
En verdad no recordaba cuándo
había sido la última vez que me había cuidado el cabello, pero sin duda la
distancia ya se media en años. De pronto una duda me asaltó.
—¿Y tú sabes cortarlo?
—Ana, se lo corto a mi mamá
cada mes, y a las amigas de mi mamá, y a Pamela y a Laura también se los he
cortado alguna vez. También sé maquillar y muchas artes más que, entre otras
cosas, eliminarán el acné de tu rostro. ¿Cómo sé todo esto? Lo aprendí sola
leyendo revistas. Pero en unos años seré una reconocida cosmeatra. Pienso
estudiar química en el extranjero y colocar mi propia marca de cosméticos en el
mercado. Ya lo tengo todo planeado. Mírame, Ana, mírame bien ¿Cómo me veo?
—Pues bien…
—Esa es mi carta de
presentación, yo misma. Soy hermosa. ¿Crees que no lo sé? Y además sé cómo
resaltar mi belleza.
—Bueno, también eres joven,
eso cuenta creo…
—Eres lista. Sí, soy joven, mi
piel está en su mejor momento, pero así pienso llegar hasta los 40 años.
—¿Por qué hasta los cuarenta?
¿Qué pasará entonces?
—Me suicidaré.
—¡¿Cómo?!
—Prefiero morir que dejar de
ser bella.
—¡Ahora sí que eres
superficial!
—¿Te parece? ¿Creías que era
lista? Lo soy, pero cada quién tiene sus demonios, Ana…. Por cierto, ¿cuáles
son los tuyos?
—No tengo.
Hubo un breve silencio,
Mercedes ya había comenzado a meter tijera en mi cabello.
—Todos los tenemos —dijo al
fin sin desconcentrarse un mínimo de su trabajo.
—Bueno, yo no.
—Está bien, es respetable.
—¿A qué le tienes miedo?
¡Qué pregunta! Tenía múltiples
respuestas pero no sabía por dónde empezar. Solo recordaba cómo sobre aquel
escenario, el día anterior, todos esos miedos se habían esfumado. Recordé los
acordes y lo que había sentido al gritar y cantarle a ese tumulto de anónimos.
—Ana, recuerdo el día que te
vi por primera vez. Los de tercero los mirábamos, a ti y a todos los de
primero; apostábamos sobre cuál era el personaje más patético de nuevo ingreso;
no ganaste, pero estuviste cerca. Recuerdo que le dije a Jafet, Mira a esa,
creo que gana. Él te miró y dijo que eras realmente patética. Y luego, todo en
ti cambio. No me lo vas a negar, algo te pasó que te hizo ser diferente.
Comenzaste a usar esa banda en la cabeza estilo Rambo…
—¡Ey, es hippie!
—…Como sea. Todos notamos tu
cambio. Luego tu conocimiento sobre el rock grunge se extendió y llegó a
oídos de Jafet que en aquel entonces buscaba a una sustituta.
—¿Sustituta de quién?
—No la conociste.
—¿Pero quién era?
El saber que hubo otra antes
que yo me había turbado. ¿Era yo una suplente cualquiera?
—Se llamaba Rosalba —me dijo
Mercedes—, era de otra escuela, de hecho ya iba en preparatoria.
—¿Qué le paso?
—Murió.
Casi grité otra grosería, pero
me contuve; voltee súbitamente hacia Mercedes que por ello equivocó la tijera y
cortó de más.
—¡Tonta! No te muevas. Pude
haberte lastimado.
—Lo siento, es que… ¿murió?
—Pues sí, como yo a los
cuarenta.
—¿Cómo murió?
—Era de la familia
Dávila.
En cuanto dijo eso todo se
aclaró, recordaba el lamentable caso de aquella pobre estirpe. En pleno 14 de
febrero de 1991 el hijo menor de la familia los había asesinado a todos dentro
de su lujosa casa a pocas cuadras de donde nos encontrábamos en ese momento. La
piel se me puso de gallina. Yo era, la suplente de aquella desafortunada chica
cuya foto de cadáver circuló por todos los periódicos de la ciudad la mañana
del quince. El asesino no pasaba de los dieciséis años de edad, estaba
trastornado, había manchado las paredes de la casa con la sangre de sus
familiares y la policía lo había encontrado infraganti cuando trataba de
colocar los cuerpos descuartizados de padre y madre en la cajuela de un Buick,
de esos negros y ostentosos. Lo habían sentenciado a cuarenta años de prisión,
la pena máxima en el país.
Lancé un suspiro. Ahora me
sentía algo mal.
—¿La conociste a ella? —pregunté.
—Mucho, era parte del grupo.
Era buena persona, mejor que Laura y Pamela. Había sido novia de Luis Ontiveros
así que ya te imaginarás, era, de hecho, la líder del grupo. Luego de su
muerte, ellos no tocaron durante casi seis meses. Tomás estaba devastado.
—¿Por qué?
—Era su amor platónico.
Cielos, me enteraba de tantas
cosas. Este “club de sociedad”, como lo describía Mercedes, tenía su propia
historia macabra. Hubo otro silencio largo en el cual Mercedes acabó con mi
cabello.
—Pero ahora te tiene a ti… Tomás
ahora te tiene a ti.
—Ya te dije que ahí no hay
amor solo…
—Sí, un acuerdo para moverse
con libertad… ya sé.
—Así es.
—Aun así, pienso que, aunque
sea en esas condiciones, tiene suerte de tenerte a ti.
Entonces, Mercedes, se detuvo
un instante. Parecía que lo que había dicho la había turbado. Entonces
comenzamos con las mascarillas en la cara. Luego de aplicar una extraña crema
con olor a cacahuate sobre todo mi rostro, Mercedes fue a su cuarto y puso algo
de música…
—¡New
Kids on the Block!
Exclamé con emoción y
nostalgia, hacía meses que no los había escuchado. Mercedes me miró con
extrañeza y dijo:
—El lado tierno de la niña ya
salió.
De inmediato comprendí su
comentario. Me avergoncé un poco y le reclamé.
—¡Ey, tú los pusiste…!
—Son una portada, Ana —se
justificó y cerró la puerta. De una de las infinitas gavetas del pequeño
recinto de belleza sin ventanas, sacó una pequeña grabadora y colocó un casete,
comenzó a sonar un hip hop ácido y nauseabundo, con muchas malas palabras y
agresividad. Mientras acariciaba mi cabello con sus manos bien cuidadas, me
dijo al oído:
—Son portadas, Ana, todo el
mundo te muestra una cara que no es. Si mi madre escuchara este hip hop, me
mataría; por eso uso camuflaje.
Recuerda, Ana, la gente es como una revista; se venden con su portada.
—Entonces no fuiste a ver a
Michael Jackson.
—Sí fui, pero aproveché el
viaje para ver otras cosas y me encontré con esto.
—Pero tú no te vistes como si
te gustara el hip hop…
—No, pero ¿qué sería peor: que
me vistiera así y no supiera nada de hip hop o lo que soy ahora?
—Bueno, tienes razón…
—Ese es el punto. La gente es
como las revistas, se venden por cómo se ven, pero lo valioso es lo que hay
adentro.
Reflexioné sobre esto último
que había dicho Mercedes; comprendía ahora que trataba de ayudarme a hacerme
una nueva portada para venderme mejor. Me pareció que estaba bien, mientras no
tocara mi esencia. Sin embargo, eso me hizo preguntarme cuál era mi esencia: ¿Quién
era Ana? Lo del grunge había funcionado plenamente, el disfraz, la
actitud, era mi portada. No era una portada falsa ya que en realidad sabía todo
sobre el grunge. Aun así, la pregunta de quién era yo era algo que
todavía no podía responder con certeza absoluta.
El resto del tiempo platicamos
de cosas más agradables como de sus sueños de cosmeatra y del tenis; también me
explicó qué era la danza jazz. Según entendí, cuando mi cuerpo comenzara los
cambios sexuales tendería a engordar; por lo tanto, requería tener una actividad
de sano ejercicio que además me ayudara a tener control sobre mi peso. También
me dio una serie de menjurjes que ella tenía ahí guardados, los debería de usar
y la promesa de que estos eliminarían el acné era motivación suficiente para no
fallar en ello. Una de las cosas que no me gustó fue que me limitara los
chocolates en mi dieta. Como sea, estaba dispuesta a hacerle caso. Esta chica
tenía un magnetismo similar al de Luis Ontiveros, eran magnates listos,
inteligentes, hermosos, contundentes y con clase ¿Cómo demonios no hacerles
caso?
—Toma, esta ropa te servirá.
Es parte de la que ya no me queda.
Aquello era una bolsa enorme
con una gran cantidad de indumentaria hermosa. Nunca podría haber comprado algo
así. Blusas, faldas, jeans, suertes… todos estaban ahí…
—También puedes llevarte
algunos de esos zapatos. Te veré aquí en una semana, ¿ok?
—Sí, Mercedes… ¡gracias!
—Por nada. Yo quiero que tú y
yo seamos algo más que cómplices de sociedad, Ana.
Aquello fue para mí algo muy
lindo. Una amiga… se me abría la posibilidad de tener una amiga. La abracé. Era
demasiada generosidad; nadie nunca me había dado nada… tan caro. Ahora que
sentía que me lo daban todo, estaba emocionada.
Justo cuando pensé que
habíamos terminado, ella comenzó a mostrarme el uso básico de los cosméticos,
todo sobre su aplicación. Me maquilló una y otra vez para enseñarme distintos
colores para usar de día, de noche o para ocasiones especiales. Al final, me
puso ante el espejo… Simplemente… me veía hermosa.
—Parezco muñeca —dije con toda
honestidad y sin un gramo de ego.
—Así es. Te lo dije. Ahora,
tendremos que hacer algo con eso de los lentes… Ven.
Salimos de su cuarto no sin
antes tener especial cuidado en esconder las cintas de rap que eran su otro
tesoro. En una parte de su casa estaba un hombre elegante y alto, tomaba café
junto a la madre de Mercedes, seguramente era su padre.
—Antonio— dijo Mercedes
dirigiéndose al hombre —, ella es mi amiga Ana. Ana, él es Antonio, mi
padrastro.
—Un gusto, señor Antonio —dije
con toda propiedad.
Entonces Mercedes le explicó a
Antonio el problema de mis ojos. Él se acercó hasta mí y me llevó hasta otro
lugar de la casa que parecía ser su oficina, salvo que en el medio había una
silla como de esas de dentista. No lo comprendí de inmediato, hasta que me puso
a leer letras sobre la pared. El padrastro de Mercedes era doctor de ojos. Era
demasiada mi suerte.
—Ana —me dijo el señor Antonio
—, lo tuyo es posible curarlo con una operación láser. Es una nueva técnica.
Pero tendríamos que hablarlo con tu padre. Mientras tanto, ten. Estos lentes
son de contacto; Mercedes te enseñará a usarlos. No tienen color como los de
ella pero te servirán, aunque si quieres unos de color me lo dices y ya. Estoy
enterado de lo de tu madre, así que no tendrías que pagarme nada.
Lo primero que vino a mi
cabeza fue algo horrible, pensé: esto de ser huérfana de madre tiene sus
ventajas. Luego me arrepentí y miré a Mercedes, sus fantásticos ojos azules
eran falsos, una parte más de su linda portada. La chica perfecta no era
perfecta. Regresamos a su cuarto. Ya era bastante noche. Al día siguiente había
clases y yo tenía mi primer ensayo con mi banda, Kindergarten.
Mercedes me limpió el rostro y
me dijo que el día siguiente quería verme maquillada, pero discreta para no
tener problemas con las autoridades de la escuela. Le dije que lo intentaría.
Mientras limpiaba mi rostro, ella nuevamente me miraba fijamente.
—¿Qué? —pregunté un poco
incómoda.
—Nada
—dijo ella y me preguntó —. ¿Crees en al amor?
Rara pregunta. De principio
jamás me la había hecho, pero sabía que estaba yo estaba enamorada. El nombre
de Alberto, mi chico skato, me hizo suspirar.
—Sí —dije luego de mi
reflexión —, de hecho estoy enamorada. Se llama Alberto.
Ella me miró con ternura, me
hizo un cariño en el rostro y llamó a su chofer a quien le pidió que me llevara
hasta mi casa con todas mis cosas. Antes de irme yo me quedé con la curiosidad
de su última pregunta.
—¿Por qué me hiciste esa
pregunta?
—Por nada.
—Ya me has dicho que Tomás no
es tu amor, pero entonces ¿quién te gusta? ¿Cómo le harás cuando te enamores
realmente si es que aún no lo estás? ¿Qué pasará con el pacto de sociedad y
Tomás?
Ella bajó su mirada al suelo,
abrió la ventana de su cuarto. Afuera la luna ya era llena.
—Lo que a mí me gusta no lo
puedo tener. El hip hop no es lo único que hago cuando voy a Nueva York. Si te
dijera quién me gusta, no me lo creerías.
Y de nuevo su mirada intensa,
pero ahora con el ingrediente extra de la humedad de las lágrimas.
El chofer interrumpió aquello;
había subido hasta el cuarto para ayudarme con las cosas: una enorme caja con
zapatos, otra con cosméticos y cremas y una bolsa grande con ropa. En mi mano
llevaba el estuchito con mis nuevos lentes de contacto.
Esto no podía ser obra de la casualidad. Estaba muy fuera de mi
control. Lo increíble era que todo apenas comenzaba y hasta ese momento era
maravilloso.

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