A la mañana siguiente desperté
con el ánimo a tope. Me vestí rápido con la falda tableteada y el opaco suéter
del uniforme que tanto odiaba. En el baño me enjuagué la cara y tomé el cepillo
de siempre para desenredar mi cabello. Ahí estaba yo en el espejo. Vi mis ojos
cafés, mi pelo castaño claro y enredado y mi nariz que a pesar de tener el
tabique un poco saltado mantenía una forma bonita. Lo que no me gustaba eran
esos granos rojos en mi frente y barbilla; los odiaba, pero esa mañana me
parecieron menos feos.
—¡Hija —me gritó mi papá desde
afuera —, date un baño por el amor de Dios; tu tío ha estado fumando y toda tu
ropa de ayer apesta a cigarro.
Me preocupé. ¿Había sido
descubierta? No, mi padre había culpado a mi tío. Era probable que mi padre hubiera
encontrado la ropa sucia y notado el desagradable olor, debió ir molesto con mi
tío a reclamarle lo de fumar mariguana y, seguramente, mi tío había aceptado la
culpa para protegerme de un castigo feroz. En fin, abrí la regadera y me quité
toda la ropa de nueva cuenta. Desnuda miré mi cuerpo sin forma. Me lavé lo
mejor que pude. Con el agua cayendo sobre mí, detuve mi análisis de mí misma en
mi torso. ¿Qué pasaba?, ¿por qué no crecían? Alberto estaba segura de que yo
era una niña… ¿acaso a mis hormonas no les había llegado el mismo mensaje?
Tenía trece años y siete meses, ¿debía preocuparme? No lo sabía en absoluto,
pues prácticamente lo ignoraba todo de los caracteres sexuales secundarios y lo
que nos decían en la escuela era una pavada tergiversada con religión.
—Por el amor de Dios, crezcan
un poco —supliqué.
Al salir del baño mi padre se
alegró: me había lavado el cabello y no era domingo. Me indicó dónde estaba mi
desayuno y presuroso salió rumbo a su extenuante trabajo. Mi tío tenía una cara
terrible… y otra cerveza en la mano. En cuanto me vio sonrió.
—Gracias, tío —le dije.
—Para servirte, mi niña.
De nueva cuenta caminé hacia
la escuela. ¡Rayos!, había olvidado traer conmigo el dinero que me había dado
Luis la noche anterior. Pensaba dárselo a Jafet. Mi caminar era seguro, pasé
enfrente de la 113, suspiré y esperé lo más que pude, pero no le vi. Continué
mi camino ya algo retrasada.
Al llegar el portero casi me
cierra la puerta; apenas si alcance a entrar. Y entonces noté los murmullos.
Caminé por el pasillo y la sensación era extraña. Llegué a mi salón y pedí
permiso a la maestra de Química para poder pasar pues la clase ya había
comenzado.
—Grajales, llega tarde otra
vez…— Mierda: el apellido que tanto odiaba. Entonces, en el anonimato alguno de
mis compañeros dijo:
—No es Grajales, es Zeppelin.
Todos rieron discretamente. La
maestra los acalló con una amenazante mirada. Era obvio, se habían enterado.
Más tarde.
—¡Claro que no! Es imposible.
No pudiste haberlo hecho. —me decía un escéptico.
—Seguramente son rumores
falsos. Jafet y Tomás el Moro no vinieron porque se quedaron en la fiesta ¿Por
qué tú sí estás aquí? —preguntó un segundo escéptico.
—No sé, ¿porque a mí sí me
importan las clases? —el chiste caló; había aprendido a ser sarcástica y cada
día tomaba más práctica.
—Como sea, no te creo. Debe
ser mentira… una niña como tú en la fiesta del Domingos no es posible.
—Yo vivo a dos cuadras del
terreno del Domingos y sé que ese tío no te dejaría entrar nunca. Es más, no te
vi por ahí.
Las pruebas en mi contra eran
demasiadas, no me importaba que me creyeran, pero yo ni siquiera sabía quién
era “el Domingos”. Entonces mis detractores se pusieron fríos, boquiabiertos. A
mi espalda estaba Laura, con su sequito de costumbre: Penélope Zanoniani y Mercedes
Olivera. Las tres estaban maquilladas discretamente, llevaban la falda escolar
más arriba de lo normal y nunca usaban el suéter horrible del uniforme.
—Ana —me dijo Laura —, ven con
nosotras a tomar el descanso.
Yo asentí con la cabeza,
callada como era. Miré a mis detractores y les hice una mueca de burla, pero
ellos no la notaron, pues sus cerebros estaban idiotizados por la belleza de
las tres barbies con las que yo, Ana Zeppelin, vocalista de Kindergarten,
iba a pasar el descanso.
Veamos un poco de estas tres
muñecas de porcelana que eran el sueño húmedo de todos aquellos chicos de la
escuela que no eran gays. Ya les he hablado de Laura Negrete, delgada,
1.65 de estatura, medidas perfectas, piernas largas, cabello rubio… En fin,
¿hace falta más? Su cerebro era hueco en gran medida pero brillante desde otro
punto de vista; jamás requería de estudiar; siempre pasaba los exámenes porque
uno de los chicos genio que estaba perdidamente enamorado de ella, le hacía
todos sus exámenes. El sistema era tan perfecto que el maestro en turno jamás
se daba cuenta. Por ese servicio ella no pagaba más que con una sonrisa al
pobre esclavo.
Pamela Zanoniani era novia de
Patiño, el chico que sabía pelear. No era muy distinta de Laura, de hecho
parecían dos calcas. Tenía un poco más de honestidad en los estudios, pero eso
lo pagaba caro pues era una de las de promedio más bajo. Su carácter era débil
y lloraba con facilidad. Dependía mucho de la perfección para mantenerse
cuerda.
Finalmente estaba Mercedes
Olivera, quien se diferenciaba de las otras chicas porque era morena. Ojos
azules pero morena. Imaginarán lo exótica que esto hacía su belleza. Al
contrario de sus dos amigas, Mercedes era lista y lo demostraba con buenas
notas y relaciones públicas con todo tipo de personajes, desde los nerds hasta
los deportistas, pasando por los maestros e incluso el personal administrativo
de la escuela.
Las tres se sentaron frente a
mí en una de esas pequeñas mesas de cafetería redondas. Cada una pidió un café
y las atendieron de inmediato. Yo era totalmente ignorante de que lo a
continuación vendría, era un juicio.
—Entonces… Ana, ¿quién eres?—
cuestionó Laura que sin duda era la juez principal del tribunal.
—Mmm, no sé, tú ya me conoces.
—Sí, sí; pero ¿qué más nos
puedes decir de ti?
—Bueno, me gusta el rock, tú
lo viste ayer. Canto en una banda de rock…
—¡Ay!, querida, eres un
capricho de Jafet. Te doy tu crédito. Pero si solo eres eso que vi ayer, podría
decir que eres un personaje medio loco y andrógino…
—¿An… qué?
—Te está diciendo que pareces
un niño en lugar de una niña. Al menos, algo intermedio —explicó Mercedes.
Mierda, otra vez con esas
cosas. Ese asunto de poner en duda mi género ya me molestaba.
—¿Y si parezco qué? ¿Hay algún
problema?
—En absoluto, querida, yo
respeto la locura de las personas —dijo Laura en son de burla —, pero lo que
queremos valorar es si puedes de ser una de nosotras.
—¿Ser una de ustedes? ¿Qué
rayos creen que no tengo amor propio? ¡A la mierda con ustedes!
Laura me miró con rabia;
Mercedes en cambio rió, Pamela estaba consternada, quizás no podía creer que
tan alto privilegio pudiera ser despreciado de tan fea forma.
—Por mi parte pasó el examen
—dijo Mercedes y la conversación se destensó un poco —, es lista y tiene valor.
Es mal encarada, pero mira… detrás de ese rostro bonito hay mucho potencial…
—Detrás de ese rostro con
mucho acné querrás decir… —se burló Laura.
—Como sea, dame dos semanas y
tendrás lo que quieres Laura —dijo Mercedes.
—En dos semanas esta no empezará
la pubertad, Mercedes —replicó Laura.
—Tienes razón, pero… puedo
hacerla mejorar mucho.
—Está bien, pero no te pases
de lista, Mercedes. Y ten cuidado: esta es una cavernícola.
Dicho esto, Laura se alejó y
llamó a Pamela que se había quedado pasmada. Quedé entonces frente a frente con
Mercedes, la más enigmática del grupo. Ella me miraba. Luego de un minuto, ¡me
miraba!
—¿¡Qué!? —protesté.
—Tienes una rara belleza.
—A la mierda si eso es así.
—No es cierto; te importa, a
todas nos importa. De ser cierto, dejarías de ser mujer. Es una parte de
nosotras que no podemos eliminar, una cárcel… que deja millones de dólares a
los fabricantes de cosméticos.
¡Dios Santo, esta hablaba como
mi tío y solo tenía quince años! Definitivamente, estaba frente a alguien
distinta. Su postura denotaba una seguridad inusitada, cruzaba la pierna y me
miraba como a un reto, como a un paciente.
Ella continuó.
—Mira, Ana, les llamaste la
atención a estos tipos. En todos lados se habla de ti, nadie lo puede creer,
pero también se ríen de ti.
—¿A quiénes les llamé la
atención?
—A los Ontiveros y sus amigos.
Ahora estás en un punto donde puedes decidir qué tipo de vida quieres vivir.
Puedes seguir siendo su bufón o puedes beneficiarte de la situación que da el
estar cerca de ellos; y para eso una parte importante es la imagen. Este mundo
es de imágenes, el mundo es de los bellos y hermosos. Si tú quieres ser fantoche,
está bien, es muy honesto, pero solo eso. En cambio, si aprovechas el
trampolín, puedes volar muy alto.
Damned, eso me lo había dicho el
propio Luis Ontiveros. Seguía sin saber qué pretendía exactamente esta niña
conmigo.
—Seguramente piensas que son
fastidiosas… y lo son —dijo Mercedes.
—¿Por qué hablas así de tus
amigas?
—¿Amigas? No, Ana, ellas no
son mis amigas; son cómplices de sociedad, así les llamo yo, pero no estarán
ahí el día de mi muerte o si llego a enfermarme. Lamentablemente, del único de
todo ese grupo que puedo decir que sí lo haría sería de Luis Ontiveros, pero
aún somos un nivel inferior en su grupo. Soy novia de Tomás, ¿lo sabías?
—Sí.
—Bien, pues ni siquiera entre
él y yo hay amor, hay solo un acuerdo, que nos permite a él y a mí tener
libertad para movernos.
Yo pensaba que esa era la explicación
de que Tomás el Moro hubiera estado con otra chica el día anterior.
—Entonces, ¿qué decides?
¿Quieres ser un bufón o una princesa?
Esta perra hablaba de mí con
desdén; la filosofía grunge no podía permitirme ser parte del club de
estas madonas. Por otro lado, yo era parte de la banda de Luis Ontiveros, de
quién Mercedes, esta chica que desenmascaraba la pantomima protocolaria de ese
grupo, hablaba bien.
—¿Qué me harás exactamente?
—pregunté.
Mercedes esbozó una sonrisa y
dijo:
—Transformarte.
La campana sonó; teníamos que
regresar a clases. Ella dio un sorbo más a su café y se levantó con toda
cadencia y estilo.
—Ana, cumple con las reglas y
un mundo se abrirá. Mírame a mí, soy la jefa del grupo de debates, soy tenista
rankeada juvenil y tengo a la mano todo lo que pueda querer. Y todo eso es
porque tengo la imagen para poder hacer relaciones públicas. Se bella y se te
perdonará todo.
—¿Todo?
—Menos no ser como ellos,
fuera de eso, todo. Hasta ser lesbiana.
—¡Ey, no porque no visto como
ustedes soy lesbiana!
—No hablaba de ti, querida. Te
veo en la salida, no me hagas esperar.
Otra vez, una cita con el mundo de los Ontiveros al terminar las
clases. El medio de la farándula era rudo.

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